Una vida de pueblo (Quemando hojas), de Louise Glück.

La escritora norteamericana Louise Glück, nacida en Nueva York el 22 de abril de 1943, ganadora de Premio Nobel de Literatura 2020, del Premio Tranströmer 2020, de la Medalla Nacional de Humanidades 2015, Poeta Laureada de Estados Unidos 2003-2004 y Premio Pulitzer de Poesía 1993 por su poemario “The Wild Iris” (El Iris Salvaje), es una poeta de distancias cortas, de pequeños detalles, de elevación de la existencia individual a un ámbito universal.

Aunque, como siempre, os propondremos un poema, “Burning Leaves” (Quemando hojas), realmente vamos a hablar de un libro completo: “A Village Life” (Una vida de pueblo), publicado en 2009. Una colección perfectamente elaborada en cuyos poemas se muestra el plácido transcurrir de la vida en una pequeña ciudad de granjeros y campesinos, y donde todos los pequeños detalles de la existencia tienen esa trascendencia elemental de las cosas importantes que nos muestran la resistencia de los humanos al implacable paso del tiempo de la cual, tarde o temprano, se resienten. De aquí la importancia de las etapas universales de la vida: infancia, adolescencia, edad adulta, vejez y muerte, las cuales, a pesar de su universalidad, son experimentadas por cada persona de manera diferente.

El poema elegido; “Burning Leaves” (Quemando hojas), es uno de los más cortos del poemario y aparece hacia el final del mismo, siendo el tercero con el mismo título:

BURNING LEAVES

The dead leaves catch fire quickly.
And they burn quickly, in not time at all, 
they change from something to nothing.

Midday. The sky is cold, blue; 
under the fire, there’s gray earth.

How fast it all goes, how fast the smoke clears.
And where the pile of leaves was, 
an emptiness that suddenly seems vast.

Across the road, a boy’s watching.
He stays a long time, watching the leaves burn.
Maybe this i show you’ll know the earth is dead-
it will ignite.
QUEMANDO HOJAS

Las hojas secas se prenden rápido.
Y arden rápido; de inmediato
 pasan de algo a nada.

Mediodía. El cielo es frío, azul; 
bajo el fuego hay tierra gris.

Cuán rápido se va todo, cuán rápido se despeja el humo.
Y donde había una pila de hojas, 
un vacío que aparece vasto de pronto.

Al otro lado del camino, un chico observa.
Se queda un largo rato, viendo arder las hojas.
Quizás así sabrás cuando la tierra esté muerta; 
se encenderá.

La mutabilidad y la fugacidad de los seres vivos es un tema importante en este poemario. No solo la edad adulta y la vejez se mueven rápida e inexorablemente hacia la muerte, sino que cada periodo tiene su propia forma de muerte, como el niño que un día, sin más, deja de serlo para convertirse en un adolescente: ”Un chico cruza el campo en medio de la oscuridad: / ha tocado a una chica por primera vez, / así que camina a casa hecho un hombre, con apetitos de hombre.” (Abundancia)  Y es que los emblemas de la muerte  nunca están demasiado lejos de las imágenes de la juventud, como cuando los jóvenes se bañan en el río: “La piedra estaba fría y húmeda, / mármol para cementerios,” (Mediados de verano).  

En otros poemas se muestran las difíciles relaciones de la edad adulta, lo que conduce a matrimonios insatisfechos, al engaño, al divorcio, al alcoholismo, a la ira, a la violencia y a la asfixia existencial: “como si la privacidad del matrimonio / fuera una puerta que dos personas cierran juntas / y ninguna pudiera salir por sí misma, ni la esposa ni el esposo, /así que el calor se queda atrapado allí hasta que se sofocan, / como si vivieran en una cabina telefónica”. (Un pasillo). Y es que el amor conyugal también muere, sobre todo cuando un miembro de la pareja pretende modelar al otro a su gusto: “quiere los platos de su madre, pero no los preparo bien. / Cuando lo intento, me enfado. / Él trata de convertirme en una persona que nunca fui”. Y es que las personas se pierden en la búsqueda de una pareja que sea la respuesta a sus vidas. Sin ambargo, también la pérdida de la juventud puede traer algo de paz consigo: “Ahora que es vieja, / los jóvenes no se le acercan, / así que las noches están libres, / al anochecer las calles, que eran tan peligrosas, / se han vuelto tan seguras como la pradera.” (Caminando de noche).

Y llegando al poema propuesto que, como ya os indiqué anteriormente, forma parte de un trío con el mismo título: Quemando hojas, donde Glück trata la mutabilidad inevitable de la vida, y si en el primero compara a un granjero quemando hojas muertas al atardecer con la muerte humana: “la muerte crea espacios para la vida”; en el segundo, las hojas quieren escapar de las llamas, aunque sin ningún éxito; y en el tercero, el que aquí os presentamos, “Las hojas secas se prenden rápido. / Y arden rápido; de inmediato / pasan de algo a nada.” Lo que resulta una metáfora bastante adecuada sobre la brevedad de la vida y la permanencia de la muerte: “Cuán rápido se va todo, cuán rápido se despeja el humo. / Y donde había una pila de hojas, / un vacío que aparece vasto de pronto.” Y todo ello observado por la juventud de un muchacho… En la juventud, “tu cuerpo no escucha. Ahora lo sabe todo.” Es la osadía de la adolescencia. Como las jovencitas que se dejaban robar la ropa en el río: “porque tenían cuerpos nuevos desde el verano pasado, querían exhibirlos.” Pero a medida que se acerca la vejez y la muerte, “ver cómo cambia tu cuerpo es difícil”. El deterioro y la pérdida final del ser físico de uno es un símbolo doloroso de la fugacidad de la vida.

Para Glück, la vida dura solo un día, por lo que la infancia y la juventud están bañadas por la luz del sol brillante, mientras que la edad adulta, la vejez y la muerte están envueltas en un velo de oscuridad cada vez más profunda.

Al entrelazar poemas del mismo título a los largo de esta colección (lo hace también con Murciélago y Lombriz) y a través de su desarrollo de imágenes y temas, Glück pretende indicar que todas las personas están conectadas, únicas pero iguales. Todas las personas somos aldeanos que corremos una carrera contrarreloj en la que el final está asegurado: la muerte. Sin embargo, necesitamos experimentar y apreciar cada átomo de vida mientras se posea.

Matar a un ruiseñor, de Harper Lee.

“Disparad a todos los arrendajos azules que queráis, si podéis, acertadles, pero recordad que es un pecado matar a un ruiseñor”. Este es el consejo que da a sus hijos un abogado que está defendiendo al verdadero ruiseñor del clásico de Harper Lee: un hombre de color acusado de violar a una joven blanca. 

Matar a un ruiseñor es una novela dura y tierna al mismo tiempo. La dureza le viene de la crueldad que pueden causar los prejuicios y la complejidad moral de unas sociedades cerradas en sí mismas, donde todo se mide mediante la costumbre o la tradición, considerándose peligroso cualquier atisbo de cambio. Y la ternura procede de la visión de los acontecimientos desde la perspectiva de unos niños, en especial de Scout.

Scout y Jem Finch son hermanos: ella, Scout (exploradora), es la pequeña, todavía una niña, aunque tan despierta, observadora y lista que parece demasiado madura para su edad, y Jem es un preadolescente curioso, valiente y con la sensatez de su padre, Atticus. Es Jean Louise “Scout” Finch quien relata, desde la madurez, lo ocurrido, comenzando con la rotura de codo que sufrió su hermano cuando tenía trece años, lo que le da pie a revisar aquel periodo de su infancia, desde los seis a los ocho años, durante la década de 1930. Jem es cuatro años mayor y Atticus, el padre, es un abogado muy respetado en su comunidad, Maycom, Alabama, además de ejercer como miembro de la Legislatura Estatal.

Poco a poco, nos va introduciendo en la vida cotidiana de aquella pequeña localidad por medio de los distintos personajes, como Dill, quien en realidad se llama Charles Baker Harris, un niño de ciudad, bastante mentiroso, que pasa los veranos en el pueblo en casa de su tía convirtiéndose en inseparable de los hermanos Finch, en especial de Scout.

Pero el catálogo de personajes es bastante amplio, todos perfectamente definidos, más que por descripciones físicas, por su forma de ser y sus reacciones y comportamientos ante los hechos. Así tenemos a la sabia vecina que se pasa el día cuidando su jardín u horneando pasteles y a quien todas llaman señorita Maudie, ella es la que mejor le cae a Scout porque, en vez de reprenderla por sus travesuras o sus excesos, le da valiosas lecciones de vida y defiende siempre a Atticus asegurándole que es un hombre íntegro; o a la sirvienta afroamericana Calpurnia, que cuida de los niños Finch como si fueran sus propios hijos y dirige el hogar con mano dura, a falta de una madre para hacerlo, sobre todo con Scout, a la que amonesta con frecuencia; ola tía Alexandra, hermana de Atticus, una mujer excesivamente crítica con los comportamientos de los demás y, en especial, con los de Scout. Pero por encima de todos está Atticus, el guía moral de sus hijos, quienes lo idolatran, siendo él quien, al regalarles un rifle de aire comprimido por Navidad, les dice que jamás disparen a un ruiseñor porque es un pecado matar algo que solo crea belleza, en este caso su hermoso trino, para el disfrute de todos sin pedir nada a cambio. De aquí surge el título y la enseñanza moral de esta novela.

Scout no es como las otras niñas de Maycomb. Siempre viste como un chico y no está interesada en comportarse como una “dama”. Se pelea con los niños, especialmente con Walter Cunningham, y se enfrenta con la maestra. Scout, Jem y Dill forman el trío inseparable de los veranos y siempre están inventando juegos elaborados y complejos que les causan más de un problema, en especial con su vecino Boo y su padre, el señor Radley.

Pero, a pesar de ser Maycomb un pueblo tranquilo, también ocurren cosas que producen alarma entre los vecinos, como el incendio de la casa de la señorita Maudie, la supuesta tortura de animales por parte de un tal Crazy Addie (el loco Addie), la aparición del perro rabioso que obliga a Atticus a poner en evidencia su excelente puntería con el rifle, o el ataque a Mayella.

Esta supuesta violación de la joven blanca Mayella Ewell, hija de uno de los hombres más pobres y más borracho de la ciudad, por un afroamericano, Tom Robinson, hace aumentar la tensión en Maycomb, sobre todo cuando se enteran de que Atticus ha sido designado como abogado defensor de Robinson. Atticus comienza a sentirse muy presionado, sin embargo, prevalece su sentido de la justicia y sus principios morales, por lo que se niega a pasar el caso a otro abogado. La gente comienza a cotillear y a faltarle al respeto, como la anciana señora Dubois que dice cosas terribles sobre Atticus y Jem, en represalia, le corta todas las camelias de su jardín, pero Atticus le obliga a disculparse ante la anciana y le castiga a leer a la señora Dubois un rato todas las tardes.

Pero no seguiremos desvelando más sobre la novela, pues eso corresponde a las personas lectoras descubrirlo. Aunque, llegados a este punto, sí podemos decir que los tres temas principales de Matar a un ruiseñor son: el prejuicio, la complejidad moral y la inocencia.

Mientras leemos este libro, vamos acompañando a Scout y Jem en su viaje de alejamiento del mundo de la ignorancia infantil hasta llegar a un pacto con la realidad, que es lo mismo que abrir la puerta al mundo adulto. La pérdida de la inocencia de estos niños comienza cuando Atticus decide hacerse cargo de la defensa de Robinson, pues los jóvenes hermanos descubren la fealdad del racismo. Para ellos es duro comprobar que la verdad, la justicia y la bondad no siempre triunfan sobre la mentira, la injusticia y la maldad. Y el juicio provoca el despertar, no solo de los niños, sino de toda la ciudad que debe enfrentarse, por primera vez, a sus propios prejuicios y planteamientos morales caducos. Y así, también descubrimos con Scout y Jem que sus propios juegos infantiles, donde habían convertido a su vecino Boo Radley en un fantasma malévolo, no dejaban de ser otra forma hiriente para aquel pobre hombre, víctima de sus prejuicios infantiles. Y es que la intolerancia y la ceguera impuesta por conceptos abstractos sin más base que el odio por tradición, puede causar, y causa, mucho dolor, injusticias y muertes en el mundo. Es curioso, y estremecedor, ver como la familia Ewell, considerada por el resto de la ciudad como “basura blanca”, se apoya en la persecución a Tom por su deseo de afirmar su poder sobre el único grupo de la ciudad con menos status social que ellos. Y la ciudad lo permite incapaz de sobreponerse a sus convicciones racistas. Antes permitir una injusticia que ceder un centímetro en mi forma de pensar heredada… Así va el mundo…

Esta maravillosa novela puede plantearnos muchos puntos de reflexión e, incluso, hacernos sentir incómodos. Igual que Scout y Jem, también descubriremos que no se puede categorizar a las personas como buenas o malas, pues si bien, la mayoría del tiempo, todas parecen objetivamente “buenas”, no hay persona que no posea sus partes oscuras y sea capaz de realizar alguna maldad. Al final, como ocurre en la novela, solo la visión de, en este caso, una niña, con su capacidad para la empatía que, desgraciadamente, irá perdiendo con el tiempo, es capaz de reconocer que, hasta las personas que han hecho algo malo también han vivido una vida dura y triste, por lo que también son dignas de comprensión y de ser tratadas con dignidad.

Neller Harper Lee nació en Monroeville, Alabama, USA, el 28 de abril de 1926. Su madre era una abogada bastante parecida en su sentido moral y en el cariño por sus hijos, a Atticus, el personaje de Matar a un ruiseñor. Lee también estudió Derecho en la Universidad de Alabama, pero abandonó sus estudios para marcharse a Nueva York donde trabajo en unas aerolíneas hasta que pudo dedicarse a escribir gracias a la ayuda financiera de unos amigos. Matar a un ruiseñor surgió de la unión de una serie de cuentos sobre su infancia. Con ella consiguió el Premio Pulitzer 1961, de la que surgiría en la memorable película de 1962. Parece ser que el personaje de Charles Baker “Dill” Harris, el niño amigo de Scout y Jem, está basado en su amigo de la infancia, y también escritor, Truman Capote, a quien Lee acompañó a Kansas en 1959 y ayudó en su reportaje sobre los asesinatos  de la familia Clutter, que se convertiría en el libro de Capote A sangre fría. De regreso a su localidad natal, Lee publicó Ve y pon un centinela, considerada la secuela de su primera novela, también escribió algunos ensayos, falleciendo el 19 de febrero de 2016.

A los jóvenes que quieren morir, por Gwendolyn Brooks

“No importa cuán frío y sin alegría haya sido el invierno, poco a poco reverdece el pasto y se alcanza a oír un pájaro solitario”. (Höldering)

En esta ocasión, aprovechando la dos últimas guías de lectura sobre novelas propuestas (la anterior: Tomates verdes fritos, y la que aparecerá posteriormente: Matar a un ruiseñor) en las que aparece el tema del racismo en Estados Unidos, hemos considerado oportuno acercaros a la vida y obra de una gran poeta afroamericana, Gwendolyn Brooks (1917-2000), la primera de su raza en ganar un premio Pulitzer, en 1949, por su libro Annie Allen, cuyos poemas se basan en el crecimiento de una niña afroamericana en la ciudad de Chicago.

Implicada en la promoción de la igualdad y la identidad racial, Brooks fue una poeta con una gran conciencia política que dedicó sus esfuerzos a sacar la poesía de los círculos académicos y acercarla a todas las clases sociales, poniendo su voz al servicio de los derechos constantemente vulnerados a la gente de color, incluso, aprovechándose de la fama que le proporcionó el Pulitzer, prefirió publicar sus libros en las pequeñas editoriales de empresas afroamericanas que aceptar las mejores ofertas de las multinacionales.

En el poema que sigue, To the Young Who Want to Die (A los jóvenes que quieren morir), Brooks se dije a todas aquellas personas que, a pesar de su juventud, piensan que el mundo ya no tiene nada que ofrecerles y se ven tentadas a buscar una salida por la puerta sin retorno:

TO THE YOUNG WHO WANT TO DIE
			de Gwendolyn Brooks


Sit down. Inhale. Exhale.
The gun will wait. The lake will wait.
The tall gall in the small saductive vial 
will wait, will wait: 
will wait a week: will wait through April.
You do not have to die this certain day.
Death will abide, will  pamper your postponement.
I assure you death will wait. Death has 
a lot of time. Death can 
attend to you tomorrow. Or next week. Death is 
just down the street; is most obliging neighbor; 
can meet you any momento.

You need not die today.
Stay here-through pout or pain or peskyness.
Stay here. See what the news is going to be tomorrow.

Graves grow no green that you can use.
Remember, green’s your color. You are Spring.
A LOS JÓVENES QUE QUIEREN MORIR
			por Gwendolyn Brooks


Siéntate. Inhala, Exhala.
El arma esperará. El lago esperará.
La enorme hiel en el pequeño seductivo frasco 
esperará, esperará: 
esperará una semana: esperará hasta abril.
No tienes que morir este exacto día.
La muerte esperará, consentirá tu aplazamiento.
Te aseguro que la muerte aguardará. La muerte tiene 
mucho tiempo. La muerte puede 
atenderte mañana. O a la próxima semana. La muerte es 
justo el final de la calle; el más atento vecino; 
puede conocerte en cualquier momento.

No necesitas morir hoy.
Quédate aquí – a pesar de las malas caras o el dolor o las pesadumbres.
Quédate aquí. Ve cuáles van a ser las noticias de mañana.

No crecen las tumbas verdes, las que puedas usar.
Recuerda, el verde es tu color. Tú eres la primavera.

Como habréis podido comprobar, el lenguaje utilizado por Brooks en este poema es muy sencillo y directo. Dice las cosas con claridad para que todo el mundo sea capaz de comprender el mensaje que intenta lanzar: “vale la pena recordar que pese a los deprimidos o doloridos que estemos, el mundo siempre vuelve a florecer”.

El tono es coloquial. Habla con la persona lectora como podría hacerlo con una amiga, y lo hace evitando frases grandilocuentes o tópicos o lugares comunes, pidiéndole que no se precipite, que espere, ya que para morir siempre hay tiempo, no tiene porqué ser ahora. “La muerte espera”. Luego le anima a continuar a pesar de sus sufrimientos porque, si se precipita, ya no hay vuelta atrás. Finalizando con el mejor motivo que puede tener para seguir viviendo: su juventud: “el verde es tu color. Tú eres la primavera”.

¿Quién querría matar la primavera?

Realmente no hay muchas figuras literarias y las pocas que aparecen son de fácil comprensión, por ejemplo cuando dice: “The tall gall in the small saductive vial” (La enorme hiel en el pequeño seductivo frasco), para referirse al suicidio mediante un amargo veneno, pues ya antes ha mencionado un arma y un lago como otros métodos para acabar con su vida. Daos cuenta que utiliza el adjetivo “seductivo” para referirse al frasco con la pócima letal, y lo hace en contraposición con “las malas caras o el dolor o las pesadumbres”, sin embargo, cuando llegamos a los últimos versos, vemos cuál es su intención: a pesar de que la muerte le parezca en este momento seductiva, a pesar de sus sufrimientos, las tumbas no son verdes, no, son la oscuridad infinita.

En el aspecto formal, el poema está compuesto en versos libres, sin rimas ni métrica computada, en cambio en tres ocasiones, mediante encabalgamientos, juega con los finales del verso para dejar un mensaje claro: (“la muerte tiene / mucho tiempo – la muerte puede / atenderte mañana – la muerte es / justo el final de la calle”):

…Death has 
a lot of time. Death can 
attend to you tomorrow. Or next week. Death is 
just down the street;…
…La muerte tiene 
mucho tiempo. La muerte puede 
atenderte mañana. O a la próxima semana. La muerte es 
justo el final de la calle;

Concluyendo, se puede afirmar que Brooks tenía muy claro su mensaje y a quién iba dirigido, por lo que simplemente buscó la efectividad antes que el lucimiento y esa misma sencillez hace que éste sea un poema bello.

Tomates verdes fritos, de Fannie Flagg.

EL SEMANARIO DE DOT WEEMS

(Semanario de Whistle Stop, Alabama)

12 de junio de 1929

UN NUEVO CAFÉ

El café Whistle Stop abrió la semana pasada, justo al lado de casa, junto a Correos, y los propietarios Idgie Threadgoode y Ruth Jamison dicen que les va muy bien. Idgie dice que como la gente sabe que a ella no le importa envenenarse, no cocina…”

Así comienza Tomates verdes fritos, una novela publicada por la actriz y escritora Fanny Flagg en 1987, quien también realizaría la adaptación para el cine que dirigió Jon Avnet en 1991, por la que sería candidata a dos premios Oscar (a la Mejor Actriz de Reparto, para Jessica Tandy, y Mejor Guion Adaptado, para la propia Fanny Flagg).

La narrativa se estructura en dos historias interconectadas, que se desarrollan en sendos planos temporales separados por varias décadas, entre las cuales se van intercalando pequeñas referencias de los noticiarios locales. La historia base tiene lugar en la ciudad de Birmingham, Alabama, en transcurso de un año: entre diciembre de 1985 y diciembre de 1986, sin embargo, la segunda transcurre durante varios años, aunque más bien centrados en la década de los 1930, durante la Gran Depresión, en una localidad ferroviaria de las afueras de Birmingham llamada Whistle Stop.

Todo comienza cuando la señora Evelyn Couch, una mujer de mediana edad, acompaña a su marido durante una visita a su suegra que vive en una residencia para ancianos, allí conoce a otra interna, Ninny Threadgoode, con la que entabla una profunda amistad y la que irá visitando con regularidad para mantener largas conversaciones, y sabrosas meriendas, en las que Ninny va evocando su vida pasada y a todos su seres queridos, describiendo, con su natural franqueza, todas sus experiencias: sexuales, matrimoniales o con los hijos o las amistades, lo que irá produciendo un cambio en la personalidad deprimida de Evelyn, ayudándole a aceptarse tal como es, a tener más autoestima y a salir de su caparazón burgués repleto de prejuicios asumidos y opiniones heredadas.

La segunda narración va apareciendo a golpes de los recuerdos, como destellos de una mente en la que ya se intuyen las primeras dentelladas del Alzheimer, de Ninny quien expone sus recuerdos a modo de ‘flashbacks’ cinematográficos, siendo las protagonistas principales de esta parte otras dos mujeres: Idgie Threadgoode y Ruth Jamison, arropadas por su amor prohibido, aunque plenamente aceptado en el silencio de todos los habitantes de aquella pequeña localidad rural. Ambas regentarán un café, que pronto se convertirá en el centro neurálgico del pueblo, y criarán a Stump, el hijo que Ruth tuvo con su marido Frank Bennett, de quien Iggie le ayudó a escapar a causa de sus abusos. Algo que traerá consecuencias…

La autora va intercalando episodios de ambas historias e incluyendo muchos otros personajes residentes en Whistle Stop, como la vieja Sipsey Peavey, la cocinera del café junto con su nuera Onzell, una noble mujer negra que trabajó de niñera para la enorme familia Threadgoode, adoptando luego a un hijo propio, el llamado ‘Big George’ Pullman Peavey, que dirigía la barbacoa del Whistle Stop Café y que tuvo cuatro hijos con su mujer Onzell, dos de los cuales, los gemelos Jasper y Artis, aunque poco parecidos sobre todo en el color de la piel y en el carácter, tendrán un lugar destacado en la novela. Así mismo, como ya he mencionado anteriormente, entre capítulo y capítulo, van apareciendo los extractos de algunos periódicos locales, sobre todo del Weems Weekly de Whistle Stop editado por Dot Weems, por los que podemos conocer las actividades de otros habitantes de la localidad, como la exitosa organista Essie Rue Threadgoode.

La credibilidad de la historia no viene de las explicaciones ni referencias directas de la autora, sino del desarrollo natural de la acción, así, nos enteramos de la enorme crisis económica que vive Norteamérica por la creciente llegada de mendigos como polizones del ferrocarril, el cual, así mismo, sufre continuos robos de mercancía causados por un ser misterioso que las reparte entre los negros y los blancos más pobres; sólo aparece una nota insinuando esta situación en el Semanario de Dot Weems dejando caer: “Por cierto, ¿es sólo mi imaginación o los tiempos son cada vez más difíciles estos días?”

Del racismo latente nos enteramos por la intervención del Ku Klux Klan en varias ocasiones, hecho que, además, nos situarán en el espacio, exactamente en algún punto de los estados sureños, en este caso Alabama. Esto no nos permite olvidarnos que, a pesar del buen trato que la mayoría de los personajes tienen entre ellos, sean blancos o negros, este problema de intolerancia continúa presente y latente, y nos hace pensar que en cualquier momento algo trágico puede ocurrir a causa de una segregación racial sorda, pero vigente, por ejemplo, a los negros se les tienen que dar la comida por la puerta trasera, mientras los blancos comen tranquilamente sentados en las mesas del café. Sin embargo, aunque Tomates verdes fritos explora en profundidad la problemática del racismo, lo hace en silencio, sin estridencias, pues, pues a pesar de que en ese pequeño pueblo todos saben que estas injusticias existen, nadie cruza la línea evitando hablar de él. Incluso décadas después, la anciana Ninny comentará algo sobre una enfermera negra de la residencia a la que algunos residentes parecen tener miedo simplemente por su color, y Evelyn, unos días más tarde, se introduce en una iglesia cuyos feligreses son mayoritariamente negros y se da cuenta sus temores hacia la gente de color le viene de los prejuicios con los que fue educada por su madre la educó para temerlos.

Otros recursos bien empleados por la autora para potenciar la verosimilitud de su historia son la constante mezcla entre resignación y desenfado de sus personajes para enfrentarse a los trágicos momentos que en la novela se suceden, lo que nos da la imagen de una pequeña sociedad de personas conscientes de sus destinos, los cuales aceptan con una mezcla de estoicismo y buen humor, lo que también le permite a Flagg poder decir lo que piensa sin herir demasiadas susceptibilidades. Y, curiosamente, no debemos olvidarnos de la pertinaz afición de estos personajes a la mentira, mienten constantemente, pero no por maldad, sino que han hecho de ello un arte, sobre todo Idgie, aunque hasta el Pastor, cuando llega el momento, también sabe mentir con verdadera maestría. Y esto los humaniza bastante, queramos o no.

La mayoría de los personajes de Flagg son bastante redondos, aunque también los hay planos formando parte del decorado, por lo que el argumento bulle de acción, acentuados todos ellos por la jerga rural utilizada en sus diálogos, lo que les hace más naturales.

Tomates verdes fritos toca muchos temas, sin embargo, el hilo conductor de la novela es el amor: el amor familiar, pero no determinado principalmente por la genética sino por la amistad, el amor entre dos mujeres, el amor interracial… Ý el faro de ese amor es Idgie, la niña rebelde que se viste con ropa de hombre y se comporta como uno de ellos, que cuenta historias repletas de fantasía, que siempre tiene palabras amables y un plato de comida para cualquier vagabundo, y que ama a Ruth y a su hijo con toda su alma. Por lo tanto, todo el mundo quiere a Idgie.

Y es este amor entre Ruth e Idgie el que nos lleva a plantearnos el tema del rol de género pues conceptos como lesbianismo u homosexualidad no era muy tolerados en los años treinta y menos en una pequeña sociedad rural y tradicional, sin embargo, llama la atención la naturalidad con que se lleva en el pequeño pueblo la relación entre las dos mujeres. Otro rol de género es que nos plantea la buena de Evelyn, aunque ella podía ser el ejemplo que abanderara a un grupo numeroso de mujeres subyugadas, pues ella siempre ha estado pendiente de no disgustar a su marido, siempre dispuesta a agradarle, siempre callando, siempre asintiendo, siempre aceptando ya que fue educada para eso. Hasta que dos sucesos: un niño la insulta y dos muchachas la ofenden, le hacen darse cuenta de que no la respetan porque ella no se respeta a sí misma como lo que es, una mujer. Y a partir de ese momento comienza su revolución.

Y agregado al del género está el problema del sexo, el miedo que impone, el tabú a lo innombrable, lo intocable, lo desconocido, lo oculto y lo ocultado, lo sublimado por la imaginación y la ignorancia, y el arma que da poder a los pastores de almas. Evelyn se siente incómoda ante cualquier referencia a ese tema, y es que, a su edad, todavía no había disfrutado del sexo, ni tan siquiera en su noche de bodas, su primera vez; sin embargo, ahora es ella quien compra un diafragma para su hija adolescente. Pero el miedo a lo desconocido del sexo no es solo femenino, pues. por otro lado, encontramos a Stump a quien Idgie, ante el miedo de él a ser rechazado por su novia Peggy por su posible torpeza en las relaciones sexuales al tener un solo brazo, le lleva con una prostituta para que practique. Y en el lado opuesto está, Frank Bennett, el marido de Ruth, el cual no teme al sexo, sino que es un obseso devorador del mimo, por lo que se convierte en un violador de jovencitas negras y un conquistador de blancas.

Llegados a este punto, no sería descabellado afirmar que Tomates verdes fritos es una novela feminista porque en ella dominan las voces femeninas y las anécdotas sobre mujeres, desde Idgie Threadgoode, cuya presencia llena por entero el libro de principio a fin representando ese espíritu libre que Evely Couch anhela ser, hasta la plácida Ninny Threadgoode y sus historias, pasando por la fuerte y abnegada Sipsey, la dulce y bella Ruth, etcétera. Y aunque existan personajes masculinos bastante potentes, todo parece girar en torno a Idgie, por una lado, y Evelyn, la verdadera protagonista ya que es la única en la que vemos una clara evolución de personalidad y de la que conocemos, de primera mano, sus pensamientos, sus sufrimientos, sus frustraciones y sus esperanzas, por otro. Cada cual es libre de pensar como quiera, pero lo innegable es la validez y actualidad de esta novela en la que, a pesar de los años pasados desde su lanzamiento, se siguen encontrando motivos para su lectura que nos llevarán, sin lugar a dudas, a alguna nueva reflexión.

Seguidamente os voy a plantear unas cuantas preguntas que podéis comentar:

  1. ¿Es Ninny Threadgoode realmente Idgie o es simplemente quien dice ser?
  2. ¿Por qué pone Sipsey el nombre de George Pullman a su hijo adoptivo?
  3. ¿Sabríais decir cuáles son las principales diferencias entre el libro y la película?
  4. ¿Quiénes eran los ancianos que al final del libro le dieron el tarro de miel a la niña?
  5. ¿Se podría afirma que Tomates verdes fritos es una novela feminista? Justificadlo.
  6. ¿Creéis que esta novela defiende el homicidio justificado?
  7. ¿Se atreve alguien a cocinar alguna de las recetas del final del libro? Si es así, quedamos para probarlas…

GUÍA DE LECTURA – POESÍA: Soneto 130, de William Shakespeare.

Los ojos de mi amada no son en nada como el sol,

el coral es mucho más rojo que sus labios rojos,

si la nieve es blanca, ¿por qué sus pechos son pardos?,

si los pelos son alambres, negros alambres le crecen en la cabeza;

he visto rosas damascadas, rojas y blancas,

pero tales rosas no veo en sus mejillas,

y en algunos aromas hay más deleite

que en el aliento que mi señora trasciende.

Me encanta escucharla hablar, pero sé bien

que la música tiene un sonido mucho más agradable.

Admito que yo nunca vi a una diosa irse,

pues mi ama, cuando camina, pisa el suelo:

y sin embargo, por el cielo, considero que mi amor es maravilloso

como cualquier otro que pudiese ser creído con falsa comparación.

Como habréis comprobado, el soneto 130 es un soneto inglés que tiene también 14 versos, pero está compuesto por tres cuartetos y un pareado final, con un esquema de rima si lo leéis en inglés, pues al traducirlo al español ésta desaparece, de la siguiente forma: abab cdcd efef gg.

Este soneto es un poema bastante inusual, sobre todo en aquellos momentos en que fue compuesto, cuando imperaban los arquetipos petrarquistas y renacentistas donde la imagen de la mujer era idealizada y presentada como un ser irreprochable, sobre todo en lo que se relacionaba con la belleza física. Sin embargo, Shakespeare elude en él de las reglas convencionales abriendo nuevos caminos innovadores y frescos, en el proceso poético, ofreciendo de esta forma una visión alternativa en la que es posible amar a una mujer con todas sus imperfecciones.

El caso es que, aún conteniendo en sí todos los temas correspondientes a la poesía amorosa tradicional, en la que él mismo era un maestro: amor, anatomía, belleza femenina…, aborda la composición de este soneto de una manera totalmente antagonista por su realismo y la ausencia de un lenguaje recargado, florido e idealista.

¿Qué pretende Shakespeare con este ejercicio de honestidad y realismo? ¿Tal vez demostrar que el verdadero amor no depende de una noción ilusoria de la belleza? ¿Huir de los convencionalismos alejándose de la falsedad poética? ¿Aceptar las cosas tal como son? ¿O burlarse de otros poetas de su época muy apegados al modelo petrarquista como Edmund Spenser o Sir Philip Sidney?…

De los ciento cincuenta y cuatro sonetos que Shakespeare escribió, los últimos veintiocho están dirigidos a una misteriosa “Dama Oscura”, una posible amante del poeta de la que parecía, según muestran los poemas, profundamente enamorado a pesar de no poseer ella una belleza perfecta según los cánones contemporáneos, por eso mismo, al resaltar los “errores” de la amada, da la sensación de que los lazos de ese amor se fortalecen. Todo esto entre comillas, claro está, porque con los poetas, y más los del renacimiento, es difícil separar la ficción de la realidad, y sobre todo cuando de hablar de amor se trata.

Pero veamos cómo se producen las antítesis ante las convenciones petrarquistas: La moda de aquel momento era comparar los ojos de la amada con la luz del sol, sin embargo, nuestro poeta lo deja bien claro ya en el primer verso: “My mistress’ eyes are nothing like te sun;”, es decir, no tiene para nada un brillo cegador. El color perfecto de los labios era el rojo de los corales, pero lo deja bien claro en el segundo verso: “Coral is far more red tan her lips’ red;”, no son tan rojos… El ideal de la belleza femenina era una piel blanca y sedosa, porte esbelto, cabello rubio y, como ya hemos dicho, labios rojos y ojos brillantes, así que Shakespeare deja bien claro en los versos siguientes que su amada no es así: “If snow be White, why then her breasts are dun; / if hairs be wires, black wires gro won her head.” Pero los pechos de la protagonista en nada se parecían a la nieve y que eran de un marrón grisáceo (pardo), tal vez porque fuera una mujer de color, y su pelo no era una sutil melena dorada, sino alambres de recio pelo negro, aunque Shakespeare al comparar los cabellos con “alambres” posiblemente se refiriera a la moda isabelina del uso de redes para el pelo tejidas con finos hilos de oro.

Las comparaciones del segundo cuarteto: “I have seen roses damasked, red and White, / but no such roses see I in her cheeks; / and in some perfumes is there more delight / tan in the breath that from my mistress reeks.” Dejan bastante claro que sus mejillas no eran sonrosadas ni su aliento olía a perfume, lo que suele ser muy normal, al igual que cuando se refiere a su forma de caminar, la cual es de lo más natural, y cuando afirma que su voz no suena a música, todo ello en el tercer cuarteto: “I love to hear her speak, yet well I know / that music hath a far more pleasing sound; / I grant I never saw a goddess go; / my mistress, when she walks, treads on the ground.”

Y todo esto culmina en el pareado final donde el poeta afirma con honestidad que a pesar de todo lo anteriormente dicho ella es su amada y, además, no pierde la ocasión de apuntillar a otros poetas que hablan de las suyas adornándolas con falsas cualidades: “And yet, by heaven, I think my love as rare / as any she belied with false compare.”

En conclusión, este es un poema de amor, pero del más puro, ese que no necesita idealizar a una persona para amarla y la ama tal cual es, por lo que a pesar de parodiar en él los usos exagerados de los recursos petrarquistas, al mismo tiempo abraza el tema fundamental de Petrarca, es decir, el amor total y devorador; aunque, quizá, también podamos pensar que es una crítica literaria hacia las metáforas vacías y los lugares comunes, verdadero castigo de la poesía de cualquier tiempo, pues, como dijo Voltaire: “el primero que comparó a la mujer con una flor fue un poeta y el segundo, un imbécil”.

La trenza, de Laetitia Colombani

En este bestseller internacional, tres mujeres de circunstancias muy diferentes en distintas partes del mundo encuentran sus vidas entrelazadas por un solo objeto, lo que les hace descubrir aquello que nos conecta a través de las diferencias: culturas, orígenes o fronteras.

En esta ocasión vamos a trabajar con un libro bastante más reciente de lo que tenemos por costumbre, pues La trenza, la primera novela de la directora, guionista y actriz francesa, Laetitia Colombani, fue editada en 2017 y, al poco de su lanzamiento, ya consiguió un éxito mundial, tanto en ventas, como en crítica. Y no es de extrañar, pues en ella se reúnen varios temas de gran interés en la actualidad, como la condición de la mujer, las diferencias sociales, el racismo, el dolor, el rechazo, la enfermedad, o el capitalismo deshumanizado, aunque también nos habla del coraje que es necesario para seguir, del saber decir “no” y de la esperanza en un futuro mejor.

El desarrollo argumental de este libro nos muestra por medio de sus vidas cotidianas: desde la intocable india, hasta la profesional canadiense, pasando por la emprendedora italiana. Tres mujeres diferentes, alejadas en el espacio, de culturas distintas y estatus sociales desiguales. Sin embargo, vinculadas entre ellas por el mismo deseo de seguir adelante, por su rechazo a la rendición, por su esperanza de que todavía existe un futuro. Y es que, a pesar de estar determinados por el entorno en que actuamos, todos los seres humanos somos, en realidad, actores de nuestro destino. Vivimos en una sociedad y debemos participar en ella, pues es imposible aislarse permanentemente sin vincular nuestro destino al de los demás. La construcción individual no está separada de la social.

La Trenza es una novela polifónica ya que en ella se entrecruzan tres historias correspondientes a tres mujeres: Smita, la joven india perteneciente a la casta de los intocables; Giulia, la joven siciliana que se hace cargo del taller de su padre, y Sarah, la brillante abogada de Montreal. La narración se desarrolla en capítulos cortos con la cadencia que hemos citado anteriormente: Smita, Giulia y Sarah, enmarcado todo por un largo poema donde el narrador (en este caso, narradora) va dando cuenta de la creación e intención de esta novela, de forma que al principio aparece como un prólogo, para continuar como una visión del desarrollo de su trabajo, concluyendo como un epílogo.

La escritura accesible permite entrar con rapidez en la novela y la descripción del modo de vida occidental de Sarah y Giulia, en contraposición de la cotidianidad radicalmente opuesta de la forma de vivir de Smita, nos hace plantearnos algunas dudas y cuestionarnos algunos comportamientos.

Las descripciones son escasas, poco detalle sobre lo mundano, hay una superficialidad en todo ello, recreando la historia casi como en una fábula, lo que les distancia un tanto de la realidad, y recreando los personajes mediante ciertos clichés alrededor de lo que representan. Hay una simetría en las historias, una correlación que se acerca al lector a medida que nos damos cuenta del patrón que hace que estas tres situaciones sean similares, y como sus vidas, a pesar de que no se conocen, se van entrelazando por el aza en la “trenza” que creará una conexión entre ellas.

Smita vive con su marido Nagarajan, cazador de ratas, y su hija Lalita. Smita se encarga de recoger las defecaciones de los habitantes del pueblo, como corresponde a las mujeres de su casta. Pero para que su hija escape de este terrible destino, ella y su marido ahorran lo poco que pueden con la finalidad de escolarizar a Lalita. Pero la niña es maltratada delante del resto de alumnos por el profesor y Smita decide que la única solución que tiene es huir del pueblo…

Por otra parte, Giulia lleva una vida tranquila en Palermo, con sus hermanas, sus padres y la Nonna. Es una joven discreta a la que le gusta pasar el tiempo en la biblioteca. Su padre es dueño de uno de los últimos talleres, Casa Lanfredi, que transforma el cabello en pelucas. Pero el padre de Giulia sufre un accidente del que queda en coma y Giulia debe encargarse de dirigir la empresa familiar, descubriendo que están en quiebra absoluta…

Y completando el trío, Sarah es una brillante abogada empleada en la empresa Johnson & Lockwood. Divorciada, con tres niños, lleva una vida sobrecargada en Montreal porque ella es una mujer joven con carácter que se niega a sacrificar su vida profesional y su carrera. Pero tras unos trastornos que parecían insignificantes, los médicos descubren que Sarah tiene cáncer de mama. Y el gabinete para el que trabaja es muy exigente y no tolera que sus empleados antepongan su vida privada al trabajo…

¿Cómo se enlazarán estas tres historias?… la mejor forma de saberlo es leyendo la novela, una historia en la que veremos cómo, para superar los momentos adversos, lo necesario es valentía, esfuerzo, solidaridad y resiliencia. La trenza es una conmovedora novela de esperanza y renovación, además de una celebración de la feminidad y el poder de la conexión y la perseverancia. Aunque la autora optó por no profundizar en los problemas tan importantes que ha planteado y los deja ahí, como flotando en las conciencias lectoras para que sean ellas las que saquen sus propias conclusiones.

La soledad de los números primos, de Paolo Giordano.

La novela propuesta en esta ocasión, La soledad de los números primos, intenta profundizar en la individualidad personal, en ese mundo oculto que pertenece a cada ser y en el que ese ser se forma, evoluciona, se desarrolla y muere alejado del resto de seres que le rodean, pero que no pueden mitigar su soledad esencial e ineludible.

Y es por eso que Paolo Giordano, quien la publicó a la edad de veintiséis años mientras preparaba su doctorado en Física, emplea, con acierto, la metáfora de los números primos, pues estos, al ser solo divisibles por sí mismos y por la unidad, no tienen relación alguna con el resto de infinitos números e, incluso, jamás pueden aparecer juntos en la serie numérica, ya que lo más cerca que alcanzan a estar de otro número primo es con un número par de por medio, solo pueden relacionarse con ellos mismos o con la nada, y es ahí, en ese espacio entre el yo y el vacío, donde se sustenta la soledad, el espacio que ocupan los dos protagonistas de esta novela.

Esta historia, ambientada a caballo entre los siglos XX y XXI en la ciudad comercial de Turín, puede considerarse un tanto atípica porque los personajes están destinados a no poder encontrarse, son como los números primos gemelos, a los que se comparan en un momento de la trama: dos almas gemelas que se aman, pero no pueden estar juntos. Poco comprendido por sus respectivas familias, a lo largo de los años van perdiendo las escasas amistades que frecuentaban y la capacidad de relación.

Marcados desde su infancia por unos traumas que no pueden superar, ambos protagonistas, Alice y Mattia, se refugian en sí mismos, excluyéndose del mundo y, así, a pesar de poseer algo que les une: la soledad, es ella también la que los separa. Por todo ello, La soledad de los números primos no es una historia tradicional de amor con final feliz, sino la de una relación imposible y una profunda reflexión sobre el mecanismo de la mente humana y de sus regiones incógnitas e inexplicables: los humanos somos imprevisibles y no debemos rechazar el hecho de sorprendernos ante nuestras propias actuaciones.

Al leer esta historia nos encontraremos con situaciones en las que los protagonistas niegan una solución que quienes observamos desde fuera consideramos obvia y sencilla… Pero cuánto cambia la historia si en lugar de ser meros espectadores nos convertimos en actores y todo se nos vuelve imposible.

Sin embargo, Giordano no solo toca el tema de la soledad insuperable, sino que también analiza varias de las dificultades características de los jóvenes actuales, como los problemas ligados a la socialización en una sociedad donde prima el individualismo y la competencia: el exilio laboral al acabar los estudios y encontrarse que no hay posibilidades de realizarse en su propio país, la anorexia como válvula de escape de un desierto en el que la realidad se ha convertido en un espejismo, la depresión, las drogas, la exclusión social, el acoso escolar, las autolesiones… en fin, los típicos daños colaterales, y directos, del mundo contemporáneo donde prima un bienestar basado en lo material y el consumo. Y así lo vemos en los propios protagonistas: La infancia de Mattia y Alice está marcada por sus traumas particulares, pues si para él es la muerte de su hermana lo que le encerró en sí mismo, para ella es el accidente de esquí que le dejó coja lo que le condujo hacia la depresión y la anorexia.

La novela está escrita en un estilo bastante comprensible e inmediato, sobre todo en los primeros capítulos, pero, a medida que avanzamos en ella, vemos que el tono va creciendo y la sintaxis va volviéndose más compleja, además, las descripciones casi elementales del principio evolucionan hacia una profundidad de pensamiento inesperado, con un lenguaje fuerte e incisivo en algunos pasajes, combinando el estilo directo y el indirecto en una alternancia que ayuda a mantener la tensión.

El título no fue elegido por el propio autor, pues él había titulado su manuscrito original: Dentro y fuera del agua, pero Antonio Franchino, el editor de Mondadori, bautizó la obra como la hemos conocido. Esta novela fue la opera prima de Paolo Giordano y la más reconocida y premiada de todos sus trabajos: Premio Campiello, Premio Strega…En este último fue el autor más joven en ganarlo con tan solo veintiséis años. Nacido en Turín en 1982, se licenció en Física en la universidad de su ciudad natal en 2006, sin embargo, Giordano sentía una fuerte atracción por la literatura, por lo que asistió a la Scuola Holden de escritura, fundada por Baricco, entre 2006 y 2007, y en 2008 publicaba su primera novela, como ya hemos visto. A partir de ese momento, ha comenzado a escribir artículos y relatos para varias revistas y periódicos, así como también ha editado más novelas. Sin embargo, no olvidó su carrera científica y en 2010 obtuvo el Doctorado en Física Teórica.

GUÍA DE LECTURA POESÍA: Armonía, de José Hierro.

Quise tocar el gozo primitivo,
batir mis alas, trasponer la linde
y volver, al origen, desde el fin de
mi juventud, para sentirme vivo.
 
Quise reverdecer el viejo olivo
de la paz, pero el alma se me rinde.
¿Quién es sin su dolor? ¿Quién que no brinde,
sin pena, su ayer libre a su hoy cautivo?
 
Y ¿quién se adueñará de la armonía
universal, si rompe, nota a nota,
grano a grano, el racimo, los acordes?
 
¿Quién se olvida que es cuna y tumba, día
y noche, honda raíz y flor que brota,
luz, sombra, vida y muerte hasta los bordes?

Al igual que ocurrió con la novela y el teatro, también hubo en España una poesía social durante la década de los años 50 del siglo XX, cuyo objetivo, hermosa e ingenua utopía, era motivar un cambio político y social en el país mostrando la realidad cotidiana, denunciando los problemas y apoyando a los más desfavorecidos. Para ello, los poetas, preocupados por las injusticias sociales y las crecientes dificultades internas y externas, hicieron el esfuerzo de presentarse más comprensibles a una mayor cantidad de lectores con un tono coloquial, lenguaje más claro y un estilo más funcional, sin aparcar sus recursos literarios, claro está, pero haciéndolos más cercanos al público y subordinando la estética al contenido, con el consecuente peligro de convertir la poesía en algo prosaico y vulgar sin valor artístico. Sin embargo, nada de esto ocurrió, pues la enorme calidad de los autores que se apuntaron a este movimiento (Blas de Otero, Gabriel Celaya, Vicente Aleixandre, Carlos Bousoño o José Hierro, entre otros) produjo verdaderas joyas literarias que, en su gran mayoría, sobrevivieron las tijeras de los censores, igual porque no las entendieron, aunque no consiguieron la meta deseada, pues ¿qué podía hacer la literatura en una nación en la que apenas se leía?…

El poema que hemos elegido, Armonía, es de José Hierro (1922-2002), un hombre que fue detenido a los diecinueve años por pertenecer a una organización en defensa de los presos políticos, como era el caso de su propio padre, y se pasó cuatro en la cárcel, algo que le marcaría como persona y como poeta, algo que se puede observar en su retrato de España como un país en ruinas mediante metáforas otoñales de su primer libro, Tierra sin nosotros (1947), o en la búsqueda de la esperanza desde el pesimismo y la amargura de su segundo libro, Alegría (1947). Ese escepticismo se acentuó en las tres obras que podemos encuadrar, de algún modo, dentro de la poesía social: Con las piedras, con el viento (1950), Quinta del 42 (1952) y Cuanto sé de mí (1957), en las que, sin embargo, a pesar de su profunda ansiedad existencialista y su compromiso social, no dejó de lado su preocupaciones formales y estéticas.

Armonía, un soneto en endecasílabos, pertenece a Quinta del 42, un libro cuyo título procede de la denominación que Hierro y varios amigos daban a su grupo reunido en torno a dos revistas: Corcel, en Valencia, y Proel, en Santander. Armonía, entendida, en este caso, como el arte de enlazar los diversos elementos en su justa proporción y correspondencia para concertar una buena máquina social, es lo que buscaba el poeta al querer volver “al origen, desde el fin de su juventud” (en esos momentos José Hierro tenía treinta años), a un pasado del que una buena parte le fue robada, pues el presente no le era propicio para realizarse como persona. Quería recuperar la paz necesaria para que se desarrollase la armonía, pero le podían más las heridas, que no le permitían olvidar, de toda una vida basada en el dolor y de una libertad ofrecida y perdida, y aquí es donde nos lanza dos preguntas de profundo calado que cada cual podrá responder a su manera: “¿Quién es sin su dolor? ¿Quién que no brinde, sin pena, su ayer libre a su hoy cautivo?”, pues en un mundo sin libertad todo el mundo es cautivo, unos de los que mandan y estos de su propia obsesión. Pero cuando llega a los tercetos se da cuenta de que esa armonía es imposible si se van arrancando los granos del racimo, si se van rompiendo las notas de los acordes cuando hay alguien que quiere imponer una “armonía” ficticia, a su capricho, porque siempre hay que no quiere recordar que, hasta el ser que se piensa el más poderoso, está hecho de la misma materia que todos y, como todos, repleto de claros y oscuros, de luces y sombras.

Armonía define perfectamente la búsqueda de todo ser humano que solo aspira a vivir plenamente, que ya es mucho, ese camino a cuya meta nunca llegamos, pero que da sentido a nuestra existencia, el cual, en esencia, solo existe en cada nuevo paso que damos, pues las huellas quedaron atrás y son irrecuperables y acabarán siendo borradas por el polvo de tiempo.

GUÍA DE LECTURA NOVELA: Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé.

“Caminan lentamente sobre un lecho de confeti y serpentinas, una noche estrellada de septiembre, a lo largo de la desierta calle adornada con un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos: última noche de Fiesta Mayor (el confeti del adiós, el vals de las velas) en un barrio popular y suburbano…” Así comienza Últimas tardes con Teresa, dejándonos una premonición de un posible desenlace.

Juan Marsé, cuyo nombre de nacimiento era Juan Faneca Roca, se definía a sí mismo como “un novelista catalán que escribía en castellano”, pero sus novelas van más allá de la narrativa social que se desarrolló en España durante la década de los años cincuenta del pasado siglo, utilizando un estilo bastante personal con el que pretendía poner orden estético al caos que le rodeaba, por todo ello es difícil encasillarlo en alguna tendencia narrativa existente en su época.

Juan Marsé

Nacido en Barcelona el 8 de enero de 1933, su madre murió en el parto y su padre, taxista de profesión, se encontró de golpe solo y con una niña y un recién nacido, no tardando en darlo en adopción al matrimonio Marsé, quienes no podían tener hijos, una familia trabajadora procedente de sendos pueblos tarraconenses, que emigraron a Barcelona para poder subsistir.

Juan fue un pésimo estudiante, aunque un ávido lector de novelas de aventuras, un devorador de películas americanas y un empedernido callejeador de los barrios de Gracia, Guinardó y Monte Carmelo, todo ello, y sus simpatías anarquistas y su militancia comunista, configurarían su mundo literario.

Comenzó a trabajar como aprendiz de joyero a la edad de trece años, desempeñando ese oficio durante más de una década, el tiempo que le llevó a descubrir su afición por la escritura, apareciendo algunos de sus relatos en la revista Ínsula y ganando el premio Sésamo de cuentos en 1959.

En 1960 marcha a Paris, aconsejado por Jaime Gil de Biedma, donde trabajaría como mozo de recados en el Instituto Pasteur, bajo las órdenes de Jacques Monod, quien le introduciría en el PCE. Dos años más tarde regresaría a Barcelona. Tras varias novelas publicadas, entre las que destacan Encerrados con un solo juguete y Esta cara de la luna, de las que Marsé no se sentía muy orgulloso, edita Últimas tardes con Teresa, con la que conseguiría el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral y que le daría el empujón necesario para dedicarse por entero a la literatura, publicando más de quince novelas, muchas de ellas llevadas al cine, una gran cantidad de relatos cortos y otro buen número de creaciones diversas, consiguiendo muchos premios entre los que destacan el Premio Nacional de Narrativa 2001 y el Premio Cervantes 2008.

El espacio de la mayor parte de su obra se sitúa en la Barcelona de su infancia y parte de su juventud, más concretamente en el barrio del Guinardó y sus circundantes, y en el contexto temporal de la postguerra o las décadas de los 50 y 60 del franquismo. Pero centrémonos en la novela que nos ocupa: Últimas tardes con Teresa.

El crítico literario Gonzalo Sobejano definió Últimas tardes con Teresa “como una parodia sarcástica de la novela social en sus dos vertientes: como testimonio de los sufrimientos del pueblo y como testimonio de la decadencia de la burguesía”. Y el propio Marsé pensaba que los personajes de esta novela le habían salido algo desfigurados, algo caricaturizados, tal vez por la admiración que sentía hacia Valle Inclán y sus esperpentos.

Portada del libro

Juan Marsé desarrolló su primera época como creador en el periodo literario definido como “Literatura de posguerra” y, dentro de ella, en la “novela social”, la cual se caracterizaba por su realismo, intentando dar testimonio del momento histórico y general que estaban viviendo, tanto en el aspecto existencial de los personajes, lo que le acercaría a la novela psicológica, como a su comportamiento colectivo como individuos dentro de una comunidad.

Marsé pretende utilizar la figura del narrador omnisciente en tercera persona que va describiendo las acciones, pensamientos y sentimientos de los personajes sin vincularse con ellos, un narrador muy escrupuloso en ocasiones con los datos y las fechas, pero que en otras no evita aportar la subjetividad de sus propias opiniones, con lo que toma partido y desvirtúa su figura a favor del autor, por ejemplo, al inicio de la Tercera Parte, cuando deja claro lo que piensa de aquellos niños bien subiéndose al carro revolucionario:

“La naturaleza del poder que ejercen es ambigua como la naturaleza misma de nuestra situación: de ellos solo puede decirse que son de ideas contrarias. Sus primeros y juveniles desasosiegos universitarios tuvieron algo del vicio solitario. Desgraciadamente, en nuestra universidad, donde no existía lo que Luis Trias de Giralt, en un alarde menos retórico de lo que pudiera pensarse, dio en llamar la cópula democrática, la conciencia política nació de una ardiente, gozosa erección y de un solitario manoseo ideológico. De ahí el carácter lúbrico, turbio, sibilino y fundamentalmente secreto de aquella generación de héroes en su primer contacto con la subversión.”

Así mismo, hay dos momentos en los que quien habla no es el narrador si no la moribunda Maruja que, desde su inconsciencia, repasa sus recuerdos mediante un monólogo interior, como cuando conoció a Manolo:

“… la fragancia del jardín esa noche, las parejas bailando en la pista, la música y los cohetes de la verbena de San Juan, estaba muy asustada, fue durante un pequeño descanso después de preparar y distribuir otra bandeja de canapés (ya sabía yo que faltarían) pues me dije mira vamos a sentarnos un rato al borde de la piscina para verles bailar…”

Es lo que se denomina ‘enfoque múltiple’, recurso que, si bien en un principio puede desconcertar, en cambio nos muestra aquellos pensamientos más ocultos del personaje que no pudieron ser mostrados en el transcurso de la trama, algo que, menos acentuado, se repite cuando Manolo fantasea con sus ensoñaciones heroico-eróticas donde él salva a su heroína que se confunde entre Teresa y su actriz preferida, Jean Simmons.

Las minuciosas descripciones de los espacios, llevadas a cabo tanto por el narrador como por los personajes, dejan bien clara la división de los dos mundos antagonistas y definen, por ende, a los personajes que los habitan, levantándose una impenetrable barrera entre ambos:

“para la señora Serrat, el monte Carmelo era algo así como el Congo, un país remoto e infrahumano, con sus leyes propias, distintas”

El barrio del Carmelo, tan cercano y, al mismo tiempo, tan lejano del de San Gervasio, lugar de residencia de los Serrat era “una ensalada picante de varias regiones del país, especialmente del Sur”, es decir, un barrio de xarnegos, inmigrantes de vida precaria o, incluso, en los límites de la delincuencia.

El contexto en el que se desarrolla la novela es la sociedad española de finales de los 50 y principios de los 60 la cual, gracias al desarrollo del turismo y de una incipiente y frágil industrialización, ve como se van aclarando algo los nubarrones de la posguerra. Sin embargo, esta mejora económica trae consigo una acentuada diferenciación social que distribuye a la población en dos grupos bastante alejados: la clase baja, inmigrantes en su mayoría, y la incipiente y cada vez más pujante burguesía, lugar en el que se encontraban los Serrat. Esta diferencia de clases es algo que en Cataluña todavía se acentuaba más a causa de la identificación racial entre catalanes y no catalanes (xarnegos). El caso es que los hijos de los privilegiados (aquellos que forman una especie de aristocracia de altos cargos vinculados con el régimen) y, poco a poco en mayor número, los de la burguesía son los que llenan las universidades del país, siendo estos jóvenes quienes, al tener acceso a otras fuentes de información y de pensamiento, se van dando cuenta del estado social, político y religioso de represión en el que estaban viviendo, surgiendo entre ellos los primeros grupos intelectuales de oposición con personas jóvenes, en algunos casos bastante entregadas a la causa, aunque no faltaban quienes lo hacían por simple esnobismo. Al mismo tiempo, con la misma finalidad, pero alejados de estos por su estatus social, aparecen los primeros movimientos obreros que se oponen a la dictadura con sus acciones reivindicativas y revolucionarias. Así que se podría asegurar que a finales de los 50 y principios de los 60 comenzó en España el embrión de una resistencia social al franquismo que, con el tiempo, culminaría en la transición democrática.

Con este telón de fondo, la acción de la novela se despliega entre dos mundos sociales bastante distantes e incomunicados y que solo suelen encontrarse o bien por medio de acciones violentas (robos, irrupción en las propiedades o destrucción del mobiliario, como el suceso de la valla rota en la casa de la playa), o mediante una relación de poder y sometimientos (amo/criado, como en el caso de Maruja y su familia), por lo tanto, el tema principal es el sueño utópico de Manolo de conseguir una relación tan desigual a causa de las muchas diferencias económicas, culturales, familiares y sociales entre los dos protagonistas. Pero también podemos encontrar una serie de subtemas de bastante interés: la inconsistencia de una sociedad basada en las apariencias, la falacia del pensamiento romántico de que el amor rompe barreras, la impostura de unos personajes que fingen ser lo que no son, la moda del progresismo frente al inmovilismo…

Los personajes que componen el elenco de esta novela pertenecen a uno o a otro de los dos mundos contrapuestos que en ella se reflejan. Así, Teresa y sus amigos (Bori, Mari Carmen, Luis Trías y otros), a pesar de sus ideales democráticos, más o menos sinceros, no pueden esconder que vienen de un ámbito relamido, clasista y lleno de prejuicios, como tampoco Manolo, por mucho que lo intente, y sus colegas (el Cardenal, Hortensia, las hermanas Sister o Bernardo) pueden disimular que proceden del barrio obrero del Carmelo.

Estos personajes no están creados de una manera maniquea, es decir, Marsé no redujo la visión de la realidad en un enfrentamiento entre buenos y malos, pues todos ellos están formados de partes oscuras y partes luminosas. Cierto que su concepción social le hace ser más crítico con algunos personajes procedentes del lado burgués, pero en compensación también presenta a los otros con características bastante negativas. Tampoco sus personajes son planos, pues todos presentan alguna evolución, sobre todo tras algún fracaso y diversas contradicciones, consiguiendo de esta forma una mayor verosimilitud.

El lenguaje también es un rasgo que les diferencia, sobre todo en los giros y jergas propias de cada grupo, en sus frases a medias, en sus dobles sentidos, en sus características ironías y en la diferencia del sentido del humor, sin olvidarnos de sus variados apodos.

En conclusión, Últimas tardes con Teresa es una novela espejo porque en ella nos podemos ver reflejados, una novela donde entran en juego las contradicciones, los sueños imposibles, utópicos, que a sabiendas de ser una quimera se siguen hasta el final, el creerse lo que no es porque se necesita tener fe en algo, aunque sea falso, es una huida de la realidad, pero no solo de los menos favorecidos, sino, incluso, de quienes lo tienen todo menos la felicidad, es una búsqueda romántica de un mundo inexistente, pero que les ha hecho, al menos, en algunos momentos, sentirse vivos.

TEMAS DE TRABAJO.

En este comentario he hablado de los personajes de forma general pues quería que ellos fueran el eje de nuestras discusiones, así que os propongo que los describamos los principales uno a uno, no solo como han aparecido en la novela, sino yendo un poco más allá y viéndolos desde nuestros puntos de vista personales.

PERSONAJES: Manolo (Pijoaparte), Teresa, Maruja, El Cardenal, Hortensia, Bernardo, Luis Trías y los padres de Teresa.

GUÍA DE LECTURA POESÍA: Distinto, de Juan Ramón Jiménez

Tras leer la novela propuesta para esta ocasión, Viento del este, viento del oeste, de la autora norteamericana Pearl S. Buck, me ha quedado un cierto escozor al comprobar qué poco hemos evolucionado, aunque a primera vista no parezca tan evidente, a lo largo de la historia en relación con los prejuicios hacia las otras personas y, por ello, he considerado oportuno que el poema a comentar podría ser Distinto, de Juan Ramón Jiménez.

Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura 1956, partió al exilio en agosto de 1936 y murió en Puerto Rico en mayo de 1958 siendo todavía un expatriado. Su creación literaria dio comienzo en 1900, alcanzando su plenitud poética cincuenta años más tarde, lo curioso es que la mayor parte de los poemarios escritos entre 1936 y 1954 no pasaran por la imprenta hasta después de su muerte: En el otro costado en 1974, Dios deseado y deseante en 1964, De ríos que se van en 1974 y Una colina meridiana, gestado en su totalidad en Estados Unidos entre 1942 y 1950 y libro en el que aparece el poema que nos ocupa, fue editado en España en 2003 con prólogo de Alfonso Alegre Heitzmann.

El poema en sí es una elegía en memoria de la libertad, de la diversidad, del individualismo, caídos bajo la intransigencia, el odio y la majadería del pensamiento único. Aquella fue la época del auge del fascismo y la supremacía racial nazi, pero el tiempo ha pasado y el peligro persiste y se amplía por diversos frentes, por lo que, tristemente, el mensaje del poema está de plena actualidad. Veámoslo:

Lo querían matar
los iguales
porque era distinto.
 
Si veis un pájaro distinto,
tiradlo;
si veis un monte distinto,
caedlo;
si veis un camino distinto,
cortadlo;
si veis una rosa distinta,
deshojadla;
si veis un río distinto,
cegadlo…;
si veis un hombre distinto,
matadlo.
 
¿Y el sol y la luna
dando en lo distinto?,
altura, olor, largor, frescura, cantar, vivir
distinto
de lo distinto;
lo que seas, que eres
distinto
(monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre…):
si te descubren los iguales
huye a mí,
ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.

No es un poema de difícil comprensión, sin embargo, el poeta ha utilizado diversos recursos para hacerlo más efectivo, sobre todo destacan las repeticiones y paralelismos machacones de la segunda estrofa que recuerdan a las consignas ideológicas proferidas y vociferadas por un crispado líder y coreadas por una masa de sumisos clones en cuyos cerebros se acuñan los mensajes de odio. Se repiten los elementos y los conceptos y, sobre todo, el adjetivo “distinto”.

El texto está dividido en tres partes que coinciden con las tres estrofas: en la primera (de los versos 1 a 3) Juan Ramón expone cuál era el problema con una sencillez rotunda que no admite interpretaciones: “Lo querían matar / los iguales / porque era distinto”. Y eso fue lo que les ocurrió a muchos hombres y mujeres durante aquellos tristes años de la atribulada historia de España: unos lo pudieron contar, pero otros no. Y es que el ser humano añora la esclavitud intelectual porque es más fácil que otros piensen por uno que hacerlo uno mismo con los quebraderos de cabeza que ello conlleva. Y de aquí surge el miedo a lo “distinto”, al “cambio”, a la “diversidad”… Sin embargo, la humanidad seguiría en la edad de piedra si no hubiesen aparecido pensamientos distintos, innovadores, revolucionarios… Los clones solo sirven para las cadenas de producción y para consumir en los centros comerciales. Y ahí es donde radica el problema, pues al poder, sea el que sea: político, religioso, económico, intelectual, etcétera, no le interesa el pensamiento individual, ya que es impredecible y muy poco manejable, sin embargo la masa, esa cantidad amorfa de seres vociferantes y obedientes, puede convertirse en un ejército eficaz con el ánimo, la vista y oído puestos únicamente en una meta: la consigna, como vemos en la segunda parte del poema, la irreflexiva (del verso 4 al 12). Pero todo da un giro en la tercera parte (del verso 13 al 24), la reflexiva, donde Juan Ramón se pregunta qué hay de igual entre la luz y la oscuridad, entre el día y la noche, entre el sol y la luna… Todo en el universo es distinto y por ello se complementa y la naturaleza puede funcionar. Y así, el poeta se propone como cobijo de lo distinto, no porque sea igual a él, sino porque es distinto.

El poema, como habréis podido comprobar, es de una sencillez aplastante, por lo que llega con facilidad y muestra el mensaje con claridad. Ello fue algo premeditado por Juan Ramón Jiménez quien, como muchos otros intelectuales, hombres y mujeres, no tuvieron otro remedio que dejar España para seguir con vida, tanto mental como física, simplemente por no compartir las mismas ideas de aquellos que ganaron la guerra. Eso fue en el siglo pasado, pero sigue repitiéndose constantemente en todo momento y en cualquier parte del planeta. Y no solo por cuestiones políticas, sino también por creencias religiosas, por tendencias sexuales, por el color de la piel, por nacionalidad, por el origen cultural, en fin, ¿para qué seguir? La capacidad del ser humano para encontrar motivos por los que odiar a quien no procede de su propio rebaño es infinita y, lamentablemente, los avances en los medios de comunicación, en vez de ser un canal para unir y educar en la convivencia, están siendo acaparados por aquellos grupos que fomentan y alientan la división y el enfrentamiento en beneficio de unos oscuros intereses que solo conocen las personas que pretenden dictar las normas, el resto de lacayos solo son meros instrumentos. Pero lo triste es que, a causa de esto, desde que la humanidad pulula sobre la litosfera, se han desencadenado miles de guerras a causa de este odio estéril con el resultado de cientos de millones de muertos, lo que nos lleva hacia un único destino: el día que un grupo de iguales consiga exterminar a todos sus diferentes, ellos mismos se autodestruirán por carecer de sentido sus vidas.