A callarse, de Pablo Neruda

Es este un poema de Pablo Neruda, publicado en su libro «Estravagario”, publicado en 1958, donde el poeta chileno reflexiona sobre el silencio y la quietud, imaginando que, tal vez, si consiguiéramos detener por un instante nuestro frenético impulso de hacer y decir, ese sería un instante de verdadera paz.

A CALLARSE

Ahora contaremos doce
 y nos quedamos todos quietos.

Por una vez sobre la tierra 
no hablemos en ningún idioma, 
por un segundo detengámonos, 
no movamos tanto los brazos.

Sería un minuto fragante, 
sin prisa, sin locomotoras, 
todos estaríamos juntos 
en una inquietud instantánea.

Los pescadores del mar frío 
no harían daño a las ballenas 
y el trabajador de la sal 
miraría sus manos rotas.

Los que preparan guerras verdes,  
guerras de gas, guerras de fuego, 
victorias sin sobrevivientes, 
se pondrían un traje puro
y andarían con sus hermanos 
por la sombra, sin hacer nada.

No se confunda lo que quiero 
con la inacción definitiva: 
la vida es sólo lo que se hace, 
no quiero nada con la muerte.

Si no pudimos ser unánimes 
moviendo tanto nuestras vidas, 
tal vez no hacer nada una vez, 
tal vez un gran silencio pueda 
interrumpir esta tristeza, 
este no entendernos jamás 
y amenazarnos con la muerte, 
tal vez la tierra nos enseñe 
cuando todo parece muerto 
y luego todo estaba vivo.

Ahora contaré hasta doce 
y tú te callas y me voy.

¿Os imagináis que fuera posible?: “Ahora contaremos doce y nos quedamos todos quietos”. El mundo, libre de la delirante agitación de la humanidad, continuaría indiferente con su evolución vital, sufriendo simplemente los accidentes propios de su cambiante naturaleza. Durante ese breve tiempo ni un solo gramo de contaminación, ni un solo disparo, ni una sola agresión, ni un solo estruendo, ni una sola huella…

Nuestro planeta es enorme, aunque nuestro impetuoso movimiento lo ha empequeñecido. Hay en él recursos para todos, pero en pocas manos, y el resto se afanan por disputarse las sobras aceptando unas reglas de juego impuestas por un sistema ajeno. Simplemente por eso ya sería importante ese momento de silencio en el que poder reflexionar.

Reflexionar, palabra temida por quienes dominan. El pensamiento es peligroso para quienes tienen algo que perder. Para ello se apoyan en el chorro de palabras, imágenes, sonidos de los medios de comunicación. Esas fuentes constantes e infinitas de (dis)información que no nos dejan pensar, sólo absorber, tragar el escuálido maná que se nos envía en nuestro desierto existencial.

Pero Neruda no quiere que confundamos ese momento de quietud y silencio con la inacción de la muerte, sin embargo, ¿no es ella misma una amenaza cuando pretendemos llegar a acuerdos con las palabras? Por ello puede que no se tan descabellado pensar que no hacer nada se capaz de generar un cambio. Claro que esto es algo bastante utópico, pues en este no hacer nada tendría que participar hasta el último habitante del planeta y eso…

Hay tanto ruido en el mundo que es milagroso que no estemos todos sordos.

La poesía de Neruda tuvo sus periodos románticos y otros sociales, a estos últimos pertenece este poema, pero en todos ellos utiliza las cosas sencillas como elementos poéticos, intentando que todo fuese lo más natural posible para que la mayoría de sus lectores pudieran comprender sus creaciones, usando palabras que emocionaran y figuras retóricas enfocadas en temas populares.

La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata.

La casa de las bellas durmientes se basa en el viejo mito sobre la utilización por los ancianos de la fragancia propia de las doncellas como elixir de la juventud. Pero todo supuesto milagro conlleva un elevado precio. En este caso, enfrentarse cara a cara con la propia realidad.

Yoshio Eguchi es un hombre de sesenta y siete años a quien un amigo le comenta la existencia de una posada donde se puede yacer junto a una hermosa joven durmiente. Este establecimiento atiende solamente a caballeros ancianos, cuya potencia sexual ya se ha visto mermada considerablemente, pero, a pesar de todo, la casa les exige una serie de estrictas reglas, pues todas las muchachas son vírgenes y deben seguir intactas. La niña está drogada, por lo que no puede ser despertada, y acostada totalmente desnuda en una habitación decorada con cortinas de terciopelo rojo. El anciano debe marcharse por la mañana temprano, antes de que la muchacha despierte, de esta forma, ella nunca sabrá con quién ha estado ni qué ha pasado. Todo lo que este comentario implica despierta la curiosidad de Eguchi, por lo que decide visitar el lugar.

La casa de las bellas durmientes es una novela breve pues consta de tan solo cinco capítulos que corresponden a las cinco visitas de Eguchi y en cada ocasión se acostará con una muchacha diferente, menos en la ultima que, en lugar de una, se encontrará con dos niñas en la cama. Estas sucesivas visitas se convertirán en una especie de viaje a través de los recuerdos provocados por la presencia de cada una de las seis chicas junto a las cuales duerme, en el que irá comprendiendo su propia naturaleza imperfecta y aceptando su propia muerte.

Las cinco visitas de Eguchi a la posada tienen lugar en el transcurso de pocos meses de un mismo año que van desde el otoño hasta mediados del invierno, lo que queda muy claro en la narración por los comentarios con la encargada y los sonidos que llegan desde el exterior, reforzando, de este modo, el impulso metafísico de la novela.

Aunque las chicas junto a las que duerme están vivas y responden a los estímulos, no pueden ser despertadas por mucho que lo intente, y Eguchi, por ello, las ve como cadáveres; considerando que su sueño es una forma de muerte. Sin embargo, él mismo les crea una personalidad y carácter a partir de los detalles físicos que contempla, y la experiencia de acostarse junto a ellas, el aroma de sus cuerpos, los matices en el color de sus pieles y las diferentes texturas, estimulan su memoria, aunque de forma aleatoria, según el impulso surgido del proceso de asociación, pero todos tienen en común el hecho de referirse a una etapa de la vida y pueden variar desde la inocencia de la infancia hasta la experiencia de la muerte.

La casa de las bellas durmientes es una reflexión sobre la aceptación de nuestro cuerpo a medida que envejecemos y nos acercamos al final de la vida. Del mismo modo, se debe aprender a aceptar la pérdida de los placeres de este mundo. Es un enfoque moral de un Kawabata ya maduro quien, para reforzar su tesis, hace repasar a su personaje todas aquellas amantes que, en realidad, no le hicieron feliz, más bien le aumentaron el vacío, para acabar con el recuerdo de la madre moribunda, de su piel pálida, sus manos frías, el contraste del rojo de su sangre sobre las sábanas limpias… ese cuerpo ajado que, sin embargo, tanto amó. Y es que Eguchi, cada vez que entra en la habitación de terciopelo rojo pretende renacer gracias a la juventud de las bellas durmientes, pero el sonido del mar y el viento que llega de fuera no le deja perder conciencia de la realidad.

Kawabata describe los hermosos cuerpos con una gran minuciosidad y profusión de detalles, aunque sin abandonar jamás la perfecta elegancia y delicadeza, sin dejarse atraer en ningún momento por el recuso fácil de lo pornográfico. Todas sus imágenes son muy alusivas, consiguiendo una perfecta interconexión entre los sexual y lo espiritual, dejando bien claro que el valor y el significado de la vida de cualquier persona se aclaran a medida que se acerca al final de ella.

Recopilando, la acción de La casa de las bellas durmientes ocurre solo en la conciencia de Eguchi, pues las chicas de la posada ni actúan ni hablan. La única persona con la que interactúa Eguchi es la mujer que dirige la posada, una persona autodisciplinada y tranquila que rechaza las repetidas solicitudes de Eguchi para tomar la misma droga que pone a las niñas para dormir. Eguchi teme a la muerte y se siente atraído por ella. Utiliza sus experiencias en la posada y los recuerdos que evocan las chicas, tanto para afirmar su propia vitalidad como para enfrentar el vacío de la mayoría de sus encuentros con otras mujeres. Al carecer de conocimiento de los hombres que las besan y acarician, estas chicas permanecen incorruptas por la experiencia. Varían en edad y apariencia, pero todas representan a la mujer eterna. Eguchi las ve como encarnaciones de la complejidad de la vida. Sus recuerdos de las mujeres que ha amado, impulsados por las seis chicas, confirman tanto su placer en su propia capacidad sexual como su reconocimiento de su vacío moral y espiritual. Al igual que el Buda, las bellezas dormidas llevan a Eguchi al autoconocimiento. Despertándose, lo despiertan.

Durante las horas que pasa junto a estas muchachas, la tentación de romper las normas establecidas y aceptadas previamente va haciéndose cada vez más poderosa y debe hacer verdaderos esfuerzos para no ceder, lo cual refleja las tensiones internas en la mente de Eguchi. Pero no adelantaremos acontecimientos y dejaremos el desarrollo y final de este bellísimo relato para ser descubierto en su lectura.

Cuando Kawabata fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1968, se hizo hincapié en su capacidad para transmitir, mediante la ficción, la sensación de la forma de vida tradicional de Japón, algo que queda bastante patente en esta novela gracias a su énfasis en la psicología de la atracción sexual, que a la luz del enfoque explícitamente budista de la creciente comprensión de Eguchi de sí mismo, La casa de las bellas durmiente se convierte en un libro sobre un aspecto tradicional de la cultura japonesa.

Leopoldo María Panero: la poesía de la locura.

“Yo en la vida he vivido siempre en el infierno” (Leopoldo María Panero)

EL LOCO

He vivido entre los arrabales, pereciendo 
un mono, he vivido en la alcantarilla 
transportando las heces, 
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas 
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.
Fui una culebra deslizándose 
por la ruina del hombre, gritando 
aforismos en pie sobre los muertos, 
atravesando mares de carne desconocida 
con mis logaritmos.
Y solo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla 
y que mis padres me sedujeron para 
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.
He enseñado a moverse a las larvas 
sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír 
cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.
Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar, 
y decían con los ojos “fuera de la vida”, o bien “no hay nada que pueda 
ser menos todavía que tu alma”, o bien “cómo te llamas” 
y “qué oscuro es tu nombre”.
He vivido los blancos de la vida, 
sus equivocaciones, sus olvidos, su 
torpeza incesante y recuerdo su 
misterio brutal, y el tentáculo 
suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies 
frenéticos de huida.
He vivido su tentación y he vivido e pecado 
del que nadie cabe nunca nos absuelva.

Leopoldo María Panero temía a la muerte, aunque pareciera que la buscara, y por eso ella llegó sigilosa mientras dormía. Tenía 65 años y de ellos vivió más de cuarenta en los psiquiátricos.

Hijo de Leopoldo Panero, considerado poeta oficial del franquismo (aunque en su juventud coqueteara con las izquierdas), y de Felicidad Blanc, escritora y actriz, nació en Madrid el 16 de junio de 1948. Era el pequeño de tres hermanos: el también poeta Juan Luis Panero y el escritor y empresario hostelero Michi Panero, con quienes terminó enfrentado y sin apenas relación.

A los dieciséis años le diagnosticaron esquizofrenia, y aunque ello le acarreara problemas de adaptación, no le privó de escribir cerca de sesenta libros de poemas (más algunos de ensayos y narrativa) en los que se percibía su espíritu funambulista al borde casi siempre del abismo. Su poesía podía ser feroz y delicada, apasionada y perversa, siempre en el límite de los sentimientos enfrentados.

UN LOCO TOCADO DE LA MALDICIÓN DEL CIELO

Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina
sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano
la vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.

Panero expresaba desde los manicomios su confusa visión del mundo con versos que podrían catalogarse de culturalistas y cismáticos, siendo algunos de ellos recogidos por José María Castellet en su antología Nueve novísimos poetas españoles (1970). Adicto al alcohol y a ciertas drogas, su canto era más bien un grito visionario donde los ratos de lucidez se enlazaban con los de locura creando un espacio maldito como reflejan algunos de sus títulos: “Poemas del manicomio de Mondragón”, “Piedra negra o del temblor”, “Heroína y otros poemas”, “Guarida de un animal que no existe” o “Abismo”.

Pero este “malditismo romántico” que le venía desde su adolescencia no era producto exclusivo de su problema psicológico, pues las presiones familiares con respecto a su educación y su comportamiento, así como las circunstancias ajenas, tuvieron mucho que ver en su degradación. Por ello, en sus poemas podemos encontrar muchas referencias al mundo mágico que proceden de las fantasías infantiles, pues siempre tuvo, referente a su niñez, un sentimiento de pérdida y destrucción. Otras, sin embargo, le vienen de sus vivencias con las drogas, el alcoholismo y la cárcel, sin olvidar sus varios intentos de suicidio.

EL LOCO MIRANDO DESDE LA PUERTA DEL JARDÍN

Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina.

El tema de la locura es tratado por Panero como una revelación de sus sueños que aporta, de forma inequívoca, un cierto grado de lucidez en sus tinieblas existenciales. La transgresión es su grito de protesta y, al mismo tiempo, el tronco al que aferrarse para no hundirse. Es una poesía dura porque surge del dolor, aunque no es difícil encontrar en ella algún atisbo de humor. A medida que su vida iba cayendo en la oscuridad, el tema de la locura alcanzaría tintes cada vez más dramáticos.

EL LOCO AL QUE LLAMAN REY

Bufón soy y mimo al hombre en esta escalera cerrada
con peces muertos en los peldaños
y una sirena ahogada en mi mano que enseño
mudo a los viandantes pidiendo
como el poeta limosna
mano de la asfixia que acaricia tu mano
en el umbral que me une al hombre
que pasa a la distancia de un corcel
y cándido sella el pacto
sin saber que naufraga en la página virgen
en el vértice de la línea, en la nada
cruel de la rosa demacrada
donde
ni estoy yo ni está el hombre

Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena.

Tamara de Lempicka

“Los renglones torcidos de Dios” son, en verdad, muy torcidos. Unos hombres y unas mujeres ejemplares, tenaces y hasta heroicos, pretenden enderezarlos. A veces lo consiguen. (Torcuato Luca de Tena).

Los renglones torcidos de Dios es una novela inquietante, conmovedora en algunos momentos y angustiosa en otros, en la que nos internamos en un mundo confuso, peligroso e incomprensible que nos hace dudar de la realidad y de lo evidente, aunque, a la vez, nos llega a fascinar por lo enigmático y lo morboso que en sí encierra, además de por la intriga que se mantiene hasta el final.

En su prólogo a este libro, el psiquiatra Juan Antonio Vallejo Nágera afirmaba: “Es muy llamativa la afición de Torcuato Luca de Tena a los temas psiquiátricos, el acierto con que los desarrolla, la precisión de conceptos técnicos y la verosimilitud clínica de muchas de sus historias.”

Torcuato Luca de Tena la publicó en 1979 tras ingresar voluntariamente en el Hospital Psiquiátrico de Nuestra Señora de la Fuentecilla, en Zamora, “como un loco más entre los locos”, para convivir con los enfermos mentales y tomar notas de primera mano. De esta forma, casi todos los internos que aparecen en la novela corresponden a personas reales, aunque con el nombre cambiado, y los que son invención del autor fueron dotados de las características pertenecientes a otros que existieron en la realidad.

Sin embargo, esta obra no es un tratado de psiquiatría, sino una novela construida en torno el personaje central, Alice Gould, una mujer que, según asegura ella, es internada en el psiquiátrico con la intención de investigar algunas pistas que le llevasen a descubrir el autor, o autores, de un homicidio, pues todo le hacía pensar que esta persona, o personas, se hallaban dentro de este hospital. Alice afirmaba ser una detective privada que estaba llevando el caso de un cliente con la connivencia del propio director del centro, Samuel Alvar, quien, precisamente, coincidiendo con su ingreso en el centro, estaba de vacaciones, por lo que fue recibida por el doctor Teodoro Ruipérez, quien sería el primero en interrogarla. Seguidamente fue atendida por la enfermera Montserrat Castell, una muchacha muy agradable y bondadosa con la que no tarda en entablar una buena relación de amistad. Sin embargo, Ruipérez no se fiaba de su historia y sospechaba que pudiera padecer una paranoia, por lo que ordenó la realización de los exámenes pertinentes para comprobar su salud mental, pero Alice, mujer sumamente inteligente, cultivada y perspicaz, no se dejó dominar con facilidad. Sin embargo, la visión de aquel lugar y la indescriptible e inesperada colección de miserias humanas que allí se encerraban: aquellas personas que dan título a la novela como “los renglones torcidos de Dios”, estuvieron a punto de superarle en un primer momento y le surgieron diversos problemas de adaptación, hasta que conoció a Ignacio Urquieta, un joven educado y atractivo que destacaba del resto de internos por parecer completamente sano. Aunque en aquel mundo no era difícil que las cosas fueran diferentes a lo que parecían.

Con el regreso del director Samuel Alvar, que ella espera con ansia, todo se complicaría mucho más, ya que él aseguró no tener ningún acuerdo con ella, ni con nadie, para que Alice ingresara en el centro con la finalidad de llevar a cabo una investigación. Ella, muy nerviosa, pierde la compostura y agrede al director, por lo que le colocan una camisa de fuerza.

A partir de ese momento surgen las dudas, las confusiones: ¿Es Alice realmente lo que dice ser o es una mujer desequilibrada que se cree lo que su mente enferma imagina? Varios sucesos inesperados vienen a aumentar el desconcierto y sale a la luz la capacidad manipuladora y la maestría en el engaño de Alice para ir conduciendo la situación hacía donde a ella le interesa. Mientras tanto, todo un sombrío catálogo de seres torturados por los caprichos de la naturaleza y abandonados allí por sus familiares va pasando ante nosotros, como en un desfile de esperpentos y monstruosidades propios de una mente delirante. Aun así, la caracterización de los personajes está minuciosamente cuidada, el desarrollo de la trama tiene un ritmo ágil y está bien perfilada y la ambientación perfectamente conseguida, lo cual nos empuja hacia las profundidades de una historia que se debate entre la cordura y la locura que no nos dejará indiferentes y nos hará que miremos hacia nuestro interior con curiosidad no exenta de temor ante nuestras inesperadas respuestas.

Los temas que se plantean son muchos y variados, aun así, podríamos destacar la paciencia y bondades de las personas que realizan sus trabajos en el interior de una institución psiquiátrica, así como la dificultad de diagnosticar las posibles dolencias y lo peligroso que puede ser errar en algún tratamiento de las mismas o a la hora de dar el alta a los pacientes y su reincorporación a la vida cotidiana, y, sobre todo, la inmensa soledad en la que se encuentran gran parte de las personas internadas absorbidas por sus propias obsesiones.

Antes de concluir, no estaría de más dejar constancia de Torcuato Luca de Tena (1923-1999), aunque licenciado en Derecho, fue un periodista que ejerció de corresponsal en varios países repartidos por el mundo, hasta que llegó a director del periódico ABC y a miembro de número de la Real Academia Española. Escribió varias novelas, entre las que destacan Edad prohibida y la que nos ocupa, además de cultivar el teatro, la poesía, el cuento y el ensayo. A lo largo de su vida cosechó diversos premios y reconocimientos sobre su obra.

Alá pola alta noite…, de Rosalía de Castro

Loui Jover

El poema que nos ocupa, escrito por la poeta y novelista gallega Rosalía de Castro, es aquel que comienza con el siguiente verso: “Alá pola alta noite…” y que lleva el número VIII en la primera parte de “Follas novas” titulada “Vaguedás” (Vaguedades). Primero aparece la versión original y, seguidamente, la traducción de la edición bilingüe de Juan Barja para Abada Editores de 2016. “Follas novas” fue publicado de forma simultánea en La Habana y Madrid en 1880.

Alá pola alta noite, 
á luz da triste e moribunda lámpara 
ou antr’a negra oscuridad medosa 
o vello ve pantasmas.

Uns son árboles muchos e sin follas; 
otros, fontes sin auguas: 
montes qu’a neve eternamente crube, 
ermos que nunca acaban.

I ó amañecer do día, 
cando ca última estrella aqueles marchan, 
otros veñen máis tristes e sañudos, 
pois a verdade amarga 
escrita trán no apagados ollos 
e nasa sienes calvas.

Non digás nunca, os mozos, que perdeches 
a risoña esperanza: 
do que a vivir começa sempre’é amiga, 
¡só enemiga mortal de quen acaba!...
Allá, en la alta noche, 
a la luz de una moribunda lámpara 
o entre la negra oscuridad medrosa 
el viejo ve fantasmas.

Unos, árboles mustios, deshojados; 
otros, fuentes sin aguas; 
montes que nieve eternamente cubre, 
yermos que nunca acaban.

Luego, al abrirse el día, 
cuando con las estrellas ya se marchan, 
otros llegan más tristes y sañudos, 
pues la verdad amarga 
escrita traen en los marchitos ojos, 
y en las sienes calvas.

No digáis nunca, mozos, que perdisteis 
la risueña esperanza: 
del que a vivir empieza es siempre amiga: 
¡y enemiga mortal de quien acaba!...
Rosalía de Castro

Rosalía de Castro – nacida el 25 de febrero de 1837 en Santiago de Compostela, hija ilegítima de un sacerdote, José Martínez Viojo, y de una joven perteneciente a la nobleza gallega, Teresa Castro, – escribió gran parte de su obra en castellano, en especial sus novelas y el último libro de poemas, “A orillas del Sar”, sin embargo, es gracias a su producción en gallego, sobre todo por dos de sus poemarios: “Cantares Gallegos” y “Follas novas” (Hojas nuevas), que se la considera una de las mayores escritoras de Galicia y España del siglo XIX. Y así, durante mucho tiempo, se ha venido estableciendo que el punto de partida del “Rexurdimento” fue la publicación del primer libro de poemas en lengua vernácula de Rosalía de Castro. “Cantares Gallegos” (1863), aunque esta afirmación todavía tenga algunas lagunas.

Loui Jover

El “Rexurdimento Galego” (Resurgimiento gallego) tuvo lugar durante el siglo XIX, como respuesta a los “Séculos Escuros” (Siglos oscuros) anteriores en los que se consideraba al gallego una lengua residual postergada al ámbito rural, en contraposición al castellano utilizado por la burguesía urbana. A diferencia de aquellos siglos, comprendidos entre el XVI y el XVIII, en el “Rexurdimento” se produjo una reanimación de la lengua gallega como vehículo de expresión social y herramienta de manifestación literaria a causa, especialmente, de la creciente conciencia nacionalista que reivindicaba la identidad de Galicia como pueblo y cultura perfectamente definidos y autónomos. Fue este un intento de regresar al esplendor que tuvo esta lengua durante los siglos XIII y XIV, cuando los trovadores componían y cantaban sus “cantigas de amigo”, “cantigas de amor” o “cantigas de escarnio” al más puro estilo cortesano llegado de Occitania, elevando al gallego, dentro de la Península Ibérica, a la lengua propia de la lírica

En este aspecto, la obra de Rosalía no solamente representa una transición entre el romanticismo y la lírica moderna, – si consideramos sus trabajos junto con los de sus contemporáneos, así mismo gallegos, Manuel Curros Enríquez y Eduardo Pondal, a quienes podemos suponer como los tres pilares en los que se apoyó el incipiente resurgimiento de las letras gallegas, utilizando como modelos las canciones populares de su tierra y combinando las formas orales tradicionales con los versos libres y los metros revolucionarios que, posteriormente, utilizarían los poetas modernistas, – sino que los poemas de Rosalía rezuman la “saudade” (melancolía) tan representativa de su tierra. Por ello, Rosalía utiliza el paisaje bucólico, verde y sombrío de Galicia como una imagen inagotable para expresar sus sentimientos, aunque su poesía no abunda en metáforas, pero sí en imágenes de la naturaleza expresadas mediante un lenguaje casi coloquial y sin ornamentos superfluos

Portada edición original

Rosalía fue una mujer de salud frágil, aunque ello no le impidió tener siete hijos, dos de los cuales fallecieron al poco de nacer, por todo ello no es extraño comprobar una cierta tristeza subyacente en sus poemas, o su concepción fatalista de la vida, su escepticismo sobre el amor y su profundas creencias religiosas, cuyas alusiones bíblicas son frecuentes en sus versos, aunque no es el caso del que nos ocupa, sin embargo, como buena gallega, tampoco deja de lado el mundo mitológico de su tierra: “meigas”, “lurpias”, “trasgos”…, lo sobrenatural de los bosques, los ríos, la noche…

En el poema propuesto, Rosalía compara la visión de la “esperanza” que se tiene durante la juventud y la vejez. Es la senectud época de fantasmas nocturnos, eternas noches repletas de ausencias y en las que se perciben la antesala de la muerte, y en las que la luz y la oscuridad se personifican y cobran una presencia tangible: “una moribunda lámpara”“la negra oscuridad medrosa”, haciéndose más cercanas y reales:

Allá, en la alta noche,
a la luz de una moribunda lámpara
o entre la negra oscuridad medrosa
el viejo ve fantasmas.

Fantasmas que se manifiestan en aquello que más ama ese viejo campesino apegado a la tierra de la que vive y para la que ha dado su vida, imaginando lo que más teme que les llegue a ocurrir: “árboles mustios, deshojados”, “fuentes sin aguas”, “nieve eterna”, “yermos infinitos”:

Unos, árboles mustios, deshojados;
otros, fuentes sin aguas;
montes que nieve eternamente cubre,
yermos que nunca acaban.

Sin embargo, cuando llega el día y aquellos fantasmas de las sombras se esconden con las estrellas, llega la realidad más cruel todavía con los “fantasmas más tristes y sañudos”. Con la luz aparece la “verdad amarga”, que descubrimos en la mirada de sus ojos y en la desnudez de sus sienes, leyéndose en esos rostros trabajados y ajados por la intemperie y el tiempo la derrota de la resignación:

Luego, al abrirse el día,
cuando con las estrellas ya se marchan,
otros llegan más tristes y sañudos,
pues la verdad amarga
escrita traen en los marchitos ojos,
y en las sienes calvas.

Ya no hay esperanza, pues vivir es simplemente dejar pasar el tiempo y cualquier atisbo de ella es siempre doloroso. Sin embargo, para la gente joven es la “amiga risueña” en quien apoyarse para continuar y, por ello, la poeta, sabia en metas cuyo premio es simplemente haber llegado, les recrimina por afirmar que la han perdido cuando, en realidad, gracias a su juventud, la tienen ahí, a su lado, intacta y virgen:

No digáis nunca, mozos, que perdisteis
la risueña esperanza:
del que a vivir empieza es siempre amiga:
¡y enemiga mortal de quien acaba!...

Rosalía alternó endecasílabos y heptasílabos con rima asonante en los verso pares y libres los impares para este poema, estructurados en cuatro estrofas de cuatro, cuatro, seis y cuatro versos, lo cual le da una especial musicalidad y armonía que contrastan con el mensaje contenido.

Rosalía dijo de este poemario que tenía una “perenne melancolía” pues ella y sus versos nunca lograron huir de esta. Pero Rosalía no escribía por escribir, sino que pretendía dejar alguna pequeña luz encendida que sirviera de guía para otras personas perdidas. Y así definía sus versos en su prólogo a ”Follas novas”: “escritos en el desierto de Castilla, pensados y sentidos en las soledades de la naturaleza y de mi corazón, pobres hijos de las horas de la enfermedad y la ausencia, reflejan, quizá con demasiada sinceridad, unas veces el estado de mi espíritu; otras mi natural disposición (porque no en balde soy mujer) para sentir como propio el dolor ajeno.”

Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán.

Loui Jover

“La obra maestra de Emilia Pardo Bazán es “Los pazos de Ulloa”, publicada este año y en la cual todo es hermoso, los caracteres vivos, la acción sencilla y patética, el fondo del paisaje, el estilo.”

Benito Pérez Galdós

Julen Bastien-Lapage

En libro propuesto para esta ocasión, “Los pazos de Ulloa”, forma parte de las grandes novelas de la literatura española y, seguramente, una de las mejores representantes del naturalismo en nuestro país.

El “naturalismo” es un movimiento literario (aunque también lo podemos encontrar en otras ramas artísticas), que surge a partir del “realismo”, pero que, a diferencia de este, reproduce la realidad con una objetividad llevada hasta los máximos extremos, por lo que no huye de plasmar imágenes que, en otros contextos, podrían resultar vulgares e, incluso, desagradables. Este movimiento surgió en Francia a mediados del siglo XIX y desde allí se extiende a toda Europa adaptándose a las diferentes literaturas nacionales, siendo su mayor impulsor y teorizador el escritor francés Émile Zola. “Realismo” y “naturalismo” aparecieron como antítesis del “romanticismo”, sobre todo, con una voluntad más social frente al individualismo e intimismo de aquel.

La autora, Emilia Pardo Bazán, nació el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña, y ella se sentía gallega en cuerpo y alma, por lo que no es de extrañar que los paisajes y la sociedad gallegas impregnasen casi la totalidad de su obra. Hija de un conde, Emilia se relacionó con la élite aristocrática. A los diecisiete años se casó con José Quiroga, con quien viajó por gran parte de Europa, lo que le permitió conocer a muchas figuras intelectuales y literarias de la época. Tuvo dos hijos: Jaime y Blanca, lo que no le impidió dedicarse a lo que más le gustaba: la literatura, escribiendo una gran variedad de cuentos, novelas y ensayos en una sociedad que rechazaba el intelecto en las mujeres. Aún así, su fama sobrepasó las fronteras, hasta que el propio monarca español, Alfonso XIII, le dio el título de condesa de Pardo Bazán en 1907. Pero la ilusión de Emilia de conseguir un sillón en la Real Academia, nunca le fue concedido. En 1910 fue asesora del Ministerio de Educación y seis años más tarde profesora de la Universidad Central de Madrid. Emilia Pardo Bazán falleció el 12 de mayo de 1921 en Madrid.

Jules Bastien-Lapage

Doña Emilia, como se referían a ella sus contemporáneos, era una gran lectora y, aunque tenía cierta inclinación hacia los románticos (Dumas, Espronceda…), fueron las lecturas de los realistas españoles, como Galdós, Valera o Alarcón, y también los franceses: Balzac, Flaubert, Goncourt o Daudet, las que la incitaron hacia la escritura, pero sería el descubrimiento de Zola lo que le haría decidirse por el “naturalismo” y, aunque ella no compartía el fondo filosófico de este autor (sobre todo se negaba a admitir el “determinismo”, pues pensaba que los humanos podemos decidir nuestro futuro gracias al “libre albedrío”), sí que adoptó sus procedimientos literarios naturalistas.

Jules Bastien-Lapage

“Los pazos de Ulloa” tiene un narrador omnisciente que va contando la historia en tercera persona y que conoce todo sobre los personajes, incluso sus pensamientos. Este narrador intenta mantener la neutralidad narrativa y no realiza comentarios que puedan descubrir a la autora, aunque sí se permite ironías o referencias culturales.

El argumento sigue las andanzas de Julián Álvarez, el capellán que llega para hacerse cargo de la parroquia del lugar. Allí le espera don Pedro Moscoso, el señor de los pazos, quien está amancebado con Sabel, con la que tiene un hijo, Perucho, y ambos son hija y nieto, respectivamente, de Primitivo, el cual hace las veces de administrador, aunque, en la sombra, se comporta como el verdadero dueño de los pazos. Julián se escandaliza ante este panorama y se empeña en convencer a don Pedro que lo mejor para su honor sería conseguir una esposa. Para llevar a cabo tal decisión, ambos viajan a Santiago con la intención de elegir entre sus primas. Y a partir de este momento todo da un cambio…

Jules Bastien-Lapage

Como ya hemos comentado, el protagonista de la novela es Julián, un hombre joven y sencillo, para quien, esta historia supone un verdadero aprendizaje, su propio viaje iniciático tras el cual ya no será el mismo y su visión de la vida se transformará completamente. Pero esta obra es rica en personajes variados y perfectamente definidos, tanto principales, como secundarios. El primer grupo estaría compuesto por: Marcelina (Nucha), quien encarna el prototipo de la mujer de la época: hacendosa, diligente, sumisa y maternal. Y su antagonista, su primo y marido, don Pedro, que representaría al noble vinculado a la tierra y venido a menos, pero que mantiene su orgullo y tiene en honra ser despótico, violento, egoísta, ignorante y vago. De los secundarios destacan: Primitivo, el contrario a Javier, ya que él desbarata todos los intentos del cura para mejorar la situación de los pazos; es un hombre ambicioso, astuto y sigiloso que todo lo hace en su propio beneficio y no duda en llevar a cabo cualquier traición. Por su parte, Sabel, una mujer hermosa, sensual e ignorante, es una víctima de la voracidad paterna, pues está con don Pedro por imposición de su padre, Primitivo. En el resto de personajes se despliega el abanico de la sociedad rural gallega de aquella época y nos encontramos desde el médico anticlerical y progresista, hasta sacerdotes resabiados y gulosos; desde madres sacrificadas, hasta caciques corruptos: desde muchachas aburguesadas cuya única meta en la vida es encontrar un buen marido, hasta aristócratas afectados e inútiles.

Jules Bastien-Lapage

La novela se estructura mediante diferentes focos de atención en uno u otro personaje, comenzando y terminando con Julián y pasando por don Pedro, Nucha, el tándem Nucha-Julián y Perucho. Cada uno de ellos tiene su propio tiempo narrativo, alternando, en ciertas ocasiones, momentos de tono grave, con otras escenas jocosas, e utilizando analepsis, es decir, saltos del tiempo hacia atrás.

El estilo empleado por Emilia Pardo Bazán sigue los cánones de la estética naturalista, como: la objetividad narrativa que elimina la voz del autor mediante un narrador neutral que se limita a contar lo que ve y siendo los personajes quienes descubren el pensamiento de la autora mediante sus propias voces. Otro procedimiento es el uso del discurso indirecto libre, que consiste en exponer los pensamientos de los personajes en tercera persona evitando los monólogos. Así mismo, es frecuente la utilización de tics: rasgos peculiares, muletillas o gestos, que caracterizan a los personajes. También para esto se usan no solo rasgos fisiológicos, sino también, psicológicos o espirituales, creando incluso frecuentes animalizaciones en comparaciones, adjetivos o acciones. Así mismo, se describen las enfermedades, heridas o dolencias utilizando para ello palabras del ámbito de la medicina, y lo mismo ocurre con las descripciones sobre cómo funcionan algunos objetos o cómo se realiza cualquier cosa. Lo curioso es que al leer “Los pazos de Ulloa” se tiene la impresión de que los personajes están determinados por su entorno ambiental, social, cultural o fisiológico, cuando Pardo Bazán, ferviente católica, estaba en contra del determinismo. Lo que sí está en relación con sus creencias religiosas es su pesimismo sobre el ser humano, la vida y el amor.

Jules Bastien-Lapage

Concluyendo, “Los pazos de Ulloa” posee una gran carga de crítica social, como la decadencia de la aristocracia rural, ignorantes, por un lado, o ineficaces, por otro, y eso se ejemplifica con la ruina de los propios pazos. Otro punto de ataque es el clero, que dedica más tiempo a los asuntos materiales que a los espirituales. Tampoco se salva la política, representada en este caso por los caciques locales, personas carentes de ética o de ideales y a los que solo les interesa su propio beneficio. Así mismo, nos muestra los defectos sociales de su tiempo, tanto de las pequeñas ciudades burguesas, como Santiago, como de los ambientes rurales olvidados y embrutecidos. Y no debemos olvidarnos de su defensa de la mujer, sobre todo criticando el machismo que representa don Pedro, u oponiéndose a la hipocresía moral que veía mal ciertos comportamientos en las mujeres que se alababan en los hombres.

“Los pazos de Ulloa” fue editada en 1886 y un año más tarde aparecería “La madre naturaleza” que es la continuación de esta historia.

"Los Pazos de Ulloa" - Emilia Pardo Bazán
Edición de Marina Mayoral
Penguin Clásicos - junio 2015

Revolució construïda, de Joan Brossa

 “Si no pudiera escribir, en los momentos de euforia sería guerrillero, en los de pasividad, prestidigitador. Ser poeta incluye las dos cosas”.

Joan Brossa

REVOLUCIÓ CONSTRUÏDA 

                     A Guillem i Pilar

Subratlla la raó qui no la té,
la pols ressona damunt l'estructura,
i mar i terra mostren la juntura
girada per la sang i pel diner.

El qui exerceix el poder, no cal fer
embuts, s'omple el barret de confitura,
es torna defensor de la cultura
i en tot ans primeríssim que primer.

Estrofa, crida, deixa't d'ors i emblemes!
El pensament traspua aquests poemes
i obre les ales al vast horitzó.

Guanya amb els seus ocells tots els dilemes
i escampa la certesa que res no
ens cal sinó la Revolució.


REVOLUCIÓN CONSTRUIDA 
(traducción literal)

                    A Guillermo y Pilar 

Subraya la razón quien no la tiene, 
el polvo resuena sobre la estructura, 
y mar y tierra muestran la juntura 
girada por la sangre y por el dinero. 

Quien ejerce el poder, no necesita hacer 
embudos, se llena el sombrero de confitura, 
se vuelve defensor de la cultura 
y en todo antes primerísimo que primero. 

¡Estrofa, grita, déjate de oros y emblemas! 
El pensamiento exuda estos poemas 
y abre las alas en el vasto horizonte. 

Gana con sus pájaros todos los dilemas 
y esparce la certeza de que nada 
necesitamos sino la Revolución.



REVOLUCIÓN CONSTRUIDA 
(Versión en castellano)

                    A Guillem y Pilar

Subraya la razón el embustero, 
resuena el polvo sobre la estructura, 
y mar y tierra muestran la juntura 
que gira con la sangre y el dinero.

El que ejerce el poder, decirlo quiero 
sin tapujos, también dicta la usura,
se vuelve defensor de la cultura, 
primerísimo antes que primero.

¡Estrofa, grita, olvida oros y emblemas!
Rezuma el pensamiento estos poemas, 
las alas abre a una vasta extensión.

Con sus pájaros vence los dilemas
y extiende la certeza que ahora no 
nos basta sino la Revolución.

Joan Brossa, poeta, dramaturgo, guionista, diseñador, escultor y varias calificaciones artísticas más, nació en Barcelona en 1919. En su extensa producción poética está muy presente su pensamiento político y social. Sus poemas suelen ser un ejercicio de la memoria, pues el olvido es una puerta abierta por donde de nuevo se cuelan las injusticias, y una llamada a la revolución y a la lucha, pero entendiendo estos conceptos en su justa medida: la revolución es un cambio, un giro que permita encontrar una mejor posición al cuerpo social sobre esta tierra, y la lucha significa no rendirse, seguir, cueste lo que cueste, defendiendo los derechos naturales y universales de todo ser humano.

En lo formal, Brossa busca la simplificación, lo importante es el mensaje y el resto una herramienta para potenciarlo, sin embargo, nunca descarta una buena metáfora o cualquier otra transgresión del lenguaje que le permita ser más efectivo, como demuestran sus poemas visuales repartidos, en un buen número, por la ciudad de Barcelona, pero, sobre todo, huye del discurso amargo utilizando el humor y la ironía por medio, en ocasiones, de la parodia. Su métrica suele ser la tradicional y popular.

Sus inicios poéticos tuvieron lugar durante el franquismo, ya que tras la guerra, en la que combatió por el bando republicano, tuvo que volver a hacer el servicio militar durante dos años en Salamanca. Era esta poesía primeriza de clara influencia surrealista, la cual aparece en toda su radicalidad en su obra plástica y su poesía escénica, que evolucionaría, utilizando los metros tradicionales y los tropos clásicos, hacia una manifiesta temática social y política muy crítica con el poder, tanto político como religioso, durante la época de la dictadura. Brossa ataca cualquier forma de totalitarismo comenzando por la depuración del propio lenguaje que, a fin de cuantas, es la materia de la poesía.

Como ejemplo de lo comentado os proponemos el soneto Revolució construïda, presentado en tres diferentes adaptaciones: la original en catalán, la traducción literal al castellano y una versión en castellano moldeada para cumplir las normas métricas. Este poema trata de esa preocupación del poeta por la mala dirección de quienes nos gobiernan y la necesidad de un cambio de rumbo de esta sociedad enquistada y conformista, Y es que Brossa estaba convencido de que el mundo podía cambiarse con el poder de las palabras, esos pájaros que vencen dilemas, esas estrofas que gritan, esas alas que ganan la libertad mostrando al mundo la hipocresía, la corrupción, la mentira que anida en quienes se aferran al poder mientras el mundo camina en otro sentido.

Pasa un obrero con el paquete del almuerzo.

Hay un pobre sentado en el suelo.

Dos industriales toma café
y reflexionan sobre el comercio.

El Estado es una gran palabra.

La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza.

Entre las dos Exposiciones Universales de Barcelona (1888 y 1929), con el telón de fondo de una ciudad tumultuosa, agitada y pintoresca, real y ficticia, Onofre Bouvila, inmigrante paupérrimo, repartidor de propaganda anarquista y vendedor ambulante de crecepelos, asciende a la cima del poder financiero y delictivo.

“La ciudad de los prodigios” es una novela de Eduardo Mendoza publicada en 1986. En ella se relata, con un enfoque épico y en el característico tono irónico y desenfadado del autor, la historia de Onofre Bouvila, un personaje surgido de las clases populares que, gracias a su empeño, trabajo y falta de escrúpulos, se convertirá en uno de los hombres más ricos de España, teniendo como fondo la evolución de Barcelona en el periodo comprendido entre la Exposición Universal de 1888 y la Exposición Internacional de 1929 realizadas en dicha ciudad.

Por lo tanto, es fácil establecer que en esta novela existen dos protagonistas principales que se interrelacionan y que, en ocasiones, uno parece la personificación de la otra o aquella la cosificación de éste: Onofre y Barcelona. Dos héroes, o antihéroes, cargados de graves defectos y causantes de muchas penalidades y dolor hacia quienes entran en contacto con ellos y, sin embargo, poseedores ambos de un gran atractivo y encanto.

Mendoza nació en Barcelona y ama su ciudad natal, aunque no de una forma ciega, sino realista, por lo que puede darse cuenta de sus vicios, sombras y desperfectos y así lo expresa en esta historia mostrando lo errático de sus decisiones económicas, el florecimiento de la corrupción, el auge de la pobreza o la invisibilidad de la miseria que campa tras cada esquina. Pero como no pretendía escribir un tratado, sino una novela, nos muestra todo ello por medio de las peripecias de Onofre Bouvila.

Onofre aparece en escena cuando tiene trece años. Entonces nos enteramos de que su infancia no ha sido feliz. Hijo único de una familia de campesinos, su padre, Joan, se larga a Cuba detrás de una utópica fortuna muy fácil de ganar y allí, en aquel pequeño pueblo abandona a Onofre, todavía muy niño, y a su madre y esposa, quienes sobrevivieron sin dinero ni comunicación. Pero cuando Onofre tenía doce años, Joan regresa vistiendo un elegante traje tropical y con un mono enjaulado. Joan se pavonea por el pueblo como triunfador y comienza a ir a la ciudad cercana por cuestión de negocios. Hasta que Onofre descubre que todo era una mentira y que Joan había vuelto más pobre que cuando se fue, y sus negocios en la ciudad se reducían a la petición de créditos sobre la fortuna inexistente que jamás podría devolver. Desilusionado, Onofre se marcha a Barcelona y no volverá al pueblo hasta muchos años después.

En la ciudad, Onofre tiene el dinero justo para quedarse en una pensión durante una semana, tiempo en el que confía poder encontrar trabajo. La pensión está a cargo del señor Braulio y su esposa Ágata, pero la realidad es que Ágata es una mujer enferma e imposibilitada y su marido es un vago, así que todo el trabajo recae sobre la hija de ambos, Delfina, que tiene la apariencia de una niña abandonada.

Sin embargo, encontrar trabajo en Barcelona en aquellos tiempos de dificultades económicas era una tarea casi imposible. Aunque, Delfina le dice que su novio, quien trabaja para un grupo anarquista, le puede dar una ocupación. Así que Onofre comienza a repartir folletos entre los trabajadores que están construyendo la Exposición Universal de Barcelona de 1888. Al principio nadie le hace caso, pero, poco a poco, se las va apañando. Pero esto no le produce pingües beneficios, por lo que decide diversificarse robando una loción para el cabello del peluquero que vive en su misma pensión y vendiéndola entre los trabajadores a quienes entrega los folletos. No tiene éxito en sus primeros intentos, pero un día un hombre gigantesco le compra una botella y el resto hace lo mismo. Más tarde, ese hombre, Efrén Castells, le pedirá su parte de los beneficios porque él solo compró para que los otros también lo hicieran. A partir de ese momento, Onofre y Efrén se convierten en socios y amigos, una relación que durará toda la vida.

Mientras tanto, Onofre se ha enamorado de Delfina y la espía para saber quién es su novio, pero lo que descubrirá es el oscuro secreto del señor Braulio quien es arrestado. Onofre le propone a Delfina que él pagará la fianza de su padre si ella consiente tener sexo con él, pero ante la resistencia de la muchacha, Onofre la viola. Al poco, Delfina y su novio son también arrestados y, a partir de ese momento, Onofre comienza su ascenso meteórico en el mundo empresarial de Barcelona, como le profetizara Micaela, una adivina que también vive en la pensión.

Y de eso trata el libro: de la evolución y gestión de la vida y negocios de Onofre, los cuales corren paralelos a los de la propia ciudad, durante los cuarenta años comprendidos entre las dos exposiciones celebradas en Barcelona. Y ahí vemos a un Onofre imaginativo y original, al mismo tiempo que despiadado, cruel, ambicioso y deshonesto. Se convierte en un hombre muy rico, pero para conseguirlo no se detiene ante nada: mata (o hace matar) a cualquiera que se interponga en sus planes, engaña, roba, destruye… Se involucra en política y, aunque simpatiza más con los oprimidos que con los ricos, quienes nunca lo aceptarán, trabaja para los poderosos. Y su ascenso y corrupción es paralelo al de Barcelona entre aquellos dos grandes eventos que situó en el mapa internacional a la ciudad y llenó los bolsillos de unos cuantos a costa del erario público, como siempre.

Esta es una novela de la picaresca repleta de mitos y fastos locales donde la mayoría de los personajes se muestran como caricaturas de sí mismos, al estilo de los esperpentos de Valle Inclán, destacando más sus defectos que sus posibles virtudes, sin embargo, la realidad puede ser más increíble. Quizá nos parezca algo grotesco, pero ¿qué sabemos de las tramas secretas, negocios sucios, extorsiones y corrupción en general que pululan detrás de cada gran empresa, negocio o gobierno? Por eso, Mendoza, prefiere utilizar su humor ácido que la crítica directa y amarga. El resto depende de quienes lo leemos.

Una vida de pueblo (Quemando hojas), de Louise Glück.

La escritora norteamericana Louise Glück, nacida en Nueva York el 22 de abril de 1943, ganadora de Premio Nobel de Literatura 2020, del Premio Tranströmer 2020, de la Medalla Nacional de Humanidades 2015, Poeta Laureada de Estados Unidos 2003-2004 y Premio Pulitzer de Poesía 1993 por su poemario “The Wild Iris” (El Iris Salvaje), es una poeta de distancias cortas, de pequeños detalles, de elevación de la existencia individual a un ámbito universal.

Aunque, como siempre, os propondremos un poema, “Burning Leaves” (Quemando hojas), realmente vamos a hablar de un libro completo: “A Village Life” (Una vida de pueblo), publicado en 2009. Una colección perfectamente elaborada en cuyos poemas se muestra el plácido transcurrir de la vida en una pequeña ciudad de granjeros y campesinos, y donde todos los pequeños detalles de la existencia tienen esa trascendencia elemental de las cosas importantes que nos muestran la resistencia de los humanos al implacable paso del tiempo de la cual, tarde o temprano, se resienten. De aquí la importancia de las etapas universales de la vida: infancia, adolescencia, edad adulta, vejez y muerte, las cuales, a pesar de su universalidad, son experimentadas por cada persona de manera diferente.

El poema elegido; “Burning Leaves” (Quemando hojas), es uno de los más cortos del poemario y aparece hacia el final del mismo, siendo el tercero con el mismo título:

BURNING LEAVES

The dead leaves catch fire quickly.
And they burn quickly, in not time at all, 
they change from something to nothing.

Midday. The sky is cold, blue; 
under the fire, there’s gray earth.

How fast it all goes, how fast the smoke clears.
And where the pile of leaves was, 
an emptiness that suddenly seems vast.

Across the road, a boy’s watching.
He stays a long time, watching the leaves burn.
Maybe this i show you’ll know the earth is dead-
it will ignite.
QUEMANDO HOJAS

Las hojas secas se prenden rápido.
Y arden rápido; de inmediato
 pasan de algo a nada.

Mediodía. El cielo es frío, azul; 
bajo el fuego hay tierra gris.

Cuán rápido se va todo, cuán rápido se despeja el humo.
Y donde había una pila de hojas, 
un vacío que aparece vasto de pronto.

Al otro lado del camino, un chico observa.
Se queda un largo rato, viendo arder las hojas.
Quizás así sabrás cuando la tierra esté muerta; 
se encenderá.

La mutabilidad y la fugacidad de los seres vivos es un tema importante en este poemario. No solo la edad adulta y la vejez se mueven rápida e inexorablemente hacia la muerte, sino que cada periodo tiene su propia forma de muerte, como el niño que un día, sin más, deja de serlo para convertirse en un adolescente: ”Un chico cruza el campo en medio de la oscuridad: / ha tocado a una chica por primera vez, / así que camina a casa hecho un hombre, con apetitos de hombre.” (Abundancia)  Y es que los emblemas de la muerte  nunca están demasiado lejos de las imágenes de la juventud, como cuando los jóvenes se bañan en el río: “La piedra estaba fría y húmeda, / mármol para cementerios,” (Mediados de verano).  

En otros poemas se muestran las difíciles relaciones de la edad adulta, lo que conduce a matrimonios insatisfechos, al engaño, al divorcio, al alcoholismo, a la ira, a la violencia y a la asfixia existencial: “como si la privacidad del matrimonio / fuera una puerta que dos personas cierran juntas / y ninguna pudiera salir por sí misma, ni la esposa ni el esposo, /así que el calor se queda atrapado allí hasta que se sofocan, / como si vivieran en una cabina telefónica”. (Un pasillo). Y es que el amor conyugal también muere, sobre todo cuando un miembro de la pareja pretende modelar al otro a su gusto: “quiere los platos de su madre, pero no los preparo bien. / Cuando lo intento, me enfado. / Él trata de convertirme en una persona que nunca fui”. Y es que las personas se pierden en la búsqueda de una pareja que sea la respuesta a sus vidas. Sin ambargo, también la pérdida de la juventud puede traer algo de paz consigo: “Ahora que es vieja, / los jóvenes no se le acercan, / así que las noches están libres, / al anochecer las calles, que eran tan peligrosas, / se han vuelto tan seguras como la pradera.” (Caminando de noche).

Y llegando al poema propuesto que, como ya os indiqué anteriormente, forma parte de un trío con el mismo título: Quemando hojas, donde Glück trata la mutabilidad inevitable de la vida, y si en el primero compara a un granjero quemando hojas muertas al atardecer con la muerte humana: “la muerte crea espacios para la vida”; en el segundo, las hojas quieren escapar de las llamas, aunque sin ningún éxito; y en el tercero, el que aquí os presentamos, “Las hojas secas se prenden rápido. / Y arden rápido; de inmediato / pasan de algo a nada.” Lo que resulta una metáfora bastante adecuada sobre la brevedad de la vida y la permanencia de la muerte: “Cuán rápido se va todo, cuán rápido se despeja el humo. / Y donde había una pila de hojas, / un vacío que aparece vasto de pronto.” Y todo ello observado por la juventud de un muchacho… En la juventud, “tu cuerpo no escucha. Ahora lo sabe todo.” Es la osadía de la adolescencia. Como las jovencitas que se dejaban robar la ropa en el río: “porque tenían cuerpos nuevos desde el verano pasado, querían exhibirlos.” Pero a medida que se acerca la vejez y la muerte, “ver cómo cambia tu cuerpo es difícil”. El deterioro y la pérdida final del ser físico de uno es un símbolo doloroso de la fugacidad de la vida.

Para Glück, la vida dura solo un día, por lo que la infancia y la juventud están bañadas por la luz del sol brillante, mientras que la edad adulta, la vejez y la muerte están envueltas en un velo de oscuridad cada vez más profunda.

Al entrelazar poemas del mismo título a los largo de esta colección (lo hace también con Murciélago y Lombriz) y a través de su desarrollo de imágenes y temas, Glück pretende indicar que todas las personas están conectadas, únicas pero iguales. Todas las personas somos aldeanos que corremos una carrera contrarreloj en la que el final está asegurado: la muerte. Sin embargo, necesitamos experimentar y apreciar cada átomo de vida mientras se posea.

Matar a un ruiseñor, de Harper Lee.

“Disparad a todos los arrendajos azules que queráis, si podéis, acertadles, pero recordad que es un pecado matar a un ruiseñor”. Este es el consejo que da a sus hijos un abogado que está defendiendo al verdadero ruiseñor del clásico de Harper Lee: un hombre de color acusado de violar a una joven blanca. 

Matar a un ruiseñor es una novela dura y tierna al mismo tiempo. La dureza le viene de la crueldad que pueden causar los prejuicios y la complejidad moral de unas sociedades cerradas en sí mismas, donde todo se mide mediante la costumbre o la tradición, considerándose peligroso cualquier atisbo de cambio. Y la ternura procede de la visión de los acontecimientos desde la perspectiva de unos niños, en especial de Scout.

Scout y Jem Finch son hermanos: ella, Scout (exploradora), es la pequeña, todavía una niña, aunque tan despierta, observadora y lista que parece demasiado madura para su edad, y Jem es un preadolescente curioso, valiente y con la sensatez de su padre, Atticus. Es Jean Louise “Scout” Finch quien relata, desde la madurez, lo ocurrido, comenzando con la rotura de codo que sufrió su hermano cuando tenía trece años, lo que le da pie a revisar aquel periodo de su infancia, desde los seis a los ocho años, durante la década de 1930. Jem es cuatro años mayor y Atticus, el padre, es un abogado muy respetado en su comunidad, Maycom, Alabama, además de ejercer como miembro de la Legislatura Estatal.

Poco a poco, nos va introduciendo en la vida cotidiana de aquella pequeña localidad por medio de los distintos personajes, como Dill, quien en realidad se llama Charles Baker Harris, un niño de ciudad, bastante mentiroso, que pasa los veranos en el pueblo en casa de su tía convirtiéndose en inseparable de los hermanos Finch, en especial de Scout.

Pero el catálogo de personajes es bastante amplio, todos perfectamente definidos, más que por descripciones físicas, por su forma de ser y sus reacciones y comportamientos ante los hechos. Así tenemos a la sabia vecina que se pasa el día cuidando su jardín u horneando pasteles y a quien todas llaman señorita Maudie, ella es la que mejor le cae a Scout porque, en vez de reprenderla por sus travesuras o sus excesos, le da valiosas lecciones de vida y defiende siempre a Atticus asegurándole que es un hombre íntegro; o a la sirvienta afroamericana Calpurnia, que cuida de los niños Finch como si fueran sus propios hijos y dirige el hogar con mano dura, a falta de una madre para hacerlo, sobre todo con Scout, a la que amonesta con frecuencia; ola tía Alexandra, hermana de Atticus, una mujer excesivamente crítica con los comportamientos de los demás y, en especial, con los de Scout. Pero por encima de todos está Atticus, el guía moral de sus hijos, quienes lo idolatran, siendo él quien, al regalarles un rifle de aire comprimido por Navidad, les dice que jamás disparen a un ruiseñor porque es un pecado matar algo que solo crea belleza, en este caso su hermoso trino, para el disfrute de todos sin pedir nada a cambio. De aquí surge el título y la enseñanza moral de esta novela.

Scout no es como las otras niñas de Maycomb. Siempre viste como un chico y no está interesada en comportarse como una “dama”. Se pelea con los niños, especialmente con Walter Cunningham, y se enfrenta con la maestra. Scout, Jem y Dill forman el trío inseparable de los veranos y siempre están inventando juegos elaborados y complejos que les causan más de un problema, en especial con su vecino Boo y su padre, el señor Radley.

Pero, a pesar de ser Maycomb un pueblo tranquilo, también ocurren cosas que producen alarma entre los vecinos, como el incendio de la casa de la señorita Maudie, la supuesta tortura de animales por parte de un tal Crazy Addie (el loco Addie), la aparición del perro rabioso que obliga a Atticus a poner en evidencia su excelente puntería con el rifle, o el ataque a Mayella.

Esta supuesta violación de la joven blanca Mayella Ewell, hija de uno de los hombres más pobres y más borracho de la ciudad, por un afroamericano, Tom Robinson, hace aumentar la tensión en Maycomb, sobre todo cuando se enteran de que Atticus ha sido designado como abogado defensor de Robinson. Atticus comienza a sentirse muy presionado, sin embargo, prevalece su sentido de la justicia y sus principios morales, por lo que se niega a pasar el caso a otro abogado. La gente comienza a cotillear y a faltarle al respeto, como la anciana señora Dubois que dice cosas terribles sobre Atticus y Jem, en represalia, le corta todas las camelias de su jardín, pero Atticus le obliga a disculparse ante la anciana y le castiga a leer a la señora Dubois un rato todas las tardes.

Pero no seguiremos desvelando más sobre la novela, pues eso corresponde a las personas lectoras descubrirlo. Aunque, llegados a este punto, sí podemos decir que los tres temas principales de Matar a un ruiseñor son: el prejuicio, la complejidad moral y la inocencia.

Mientras leemos este libro, vamos acompañando a Scout y Jem en su viaje de alejamiento del mundo de la ignorancia infantil hasta llegar a un pacto con la realidad, que es lo mismo que abrir la puerta al mundo adulto. La pérdida de la inocencia de estos niños comienza cuando Atticus decide hacerse cargo de la defensa de Robinson, pues los jóvenes hermanos descubren la fealdad del racismo. Para ellos es duro comprobar que la verdad, la justicia y la bondad no siempre triunfan sobre la mentira, la injusticia y la maldad. Y el juicio provoca el despertar, no solo de los niños, sino de toda la ciudad que debe enfrentarse, por primera vez, a sus propios prejuicios y planteamientos morales caducos. Y así, también descubrimos con Scout y Jem que sus propios juegos infantiles, donde habían convertido a su vecino Boo Radley en un fantasma malévolo, no dejaban de ser otra forma hiriente para aquel pobre hombre, víctima de sus prejuicios infantiles. Y es que la intolerancia y la ceguera impuesta por conceptos abstractos sin más base que el odio por tradición, puede causar, y causa, mucho dolor, injusticias y muertes en el mundo. Es curioso, y estremecedor, ver como la familia Ewell, considerada por el resto de la ciudad como “basura blanca”, se apoya en la persecución a Tom por su deseo de afirmar su poder sobre el único grupo de la ciudad con menos status social que ellos. Y la ciudad lo permite incapaz de sobreponerse a sus convicciones racistas. Antes permitir una injusticia que ceder un centímetro en mi forma de pensar heredada… Así va el mundo…

Esta maravillosa novela puede plantearnos muchos puntos de reflexión e, incluso, hacernos sentir incómodos. Igual que Scout y Jem, también descubriremos que no se puede categorizar a las personas como buenas o malas, pues si bien, la mayoría del tiempo, todas parecen objetivamente “buenas”, no hay persona que no posea sus partes oscuras y sea capaz de realizar alguna maldad. Al final, como ocurre en la novela, solo la visión de, en este caso, una niña, con su capacidad para la empatía que, desgraciadamente, irá perdiendo con el tiempo, es capaz de reconocer que, hasta las personas que han hecho algo malo también han vivido una vida dura y triste, por lo que también son dignas de comprensión y de ser tratadas con dignidad.

Neller Harper Lee nació en Monroeville, Alabama, USA, el 28 de abril de 1926. Su madre era una abogada bastante parecida en su sentido moral y en el cariño por sus hijos, a Atticus, el personaje de Matar a un ruiseñor. Lee también estudió Derecho en la Universidad de Alabama, pero abandonó sus estudios para marcharse a Nueva York donde trabajo en unas aerolíneas hasta que pudo dedicarse a escribir gracias a la ayuda financiera de unos amigos. Matar a un ruiseñor surgió de la unión de una serie de cuentos sobre su infancia. Con ella consiguió el Premio Pulitzer 1961, de la que surgiría en la memorable película de 1962. Parece ser que el personaje de Charles Baker “Dill” Harris, el niño amigo de Scout y Jem, está basado en su amigo de la infancia, y también escritor, Truman Capote, a quien Lee acompañó a Kansas en 1959 y ayudó en su reportaje sobre los asesinatos  de la familia Clutter, que se convertiría en el libro de Capote A sangre fría. De regreso a su localidad natal, Lee publicó Ve y pon un centinela, considerada la secuela de su primera novela, también escribió algunos ensayos, falleciendo el 19 de febrero de 2016.