GUÍA DE LECTURA: La huella de una carta, de Rosario Raro.

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“El consuelo que nos queda es que en la literatura es más fácil hacer justicia”

Rosario Raro

 

portada_la-huella-de-una-carta_rosario-raroEste es el segundo libro de Rosario Raro que comentamos dentro de nuestro Club de Lectura, y no simplemente por el hecho de que esta excelente escritora sea amiga personal nuestra, lo cual ya sería motivo suficiente para ello, sino porque los temas que aparecen en sus novelas son lo bastante atractivos e interesantes para llamar la atención y despertar la curiosidad de cualquier lector con el sano afán de sumergirse en historias repletas de intriga, dinamismo, sorpresas y un enorme trabajo de investigación histórica.

Sobre Rosario no vamos a decir mucho más que lo que ustedes pueden leer en nuestro artículo “Pequeña biografía de Rosario Raro”, publicada en este blog allá por el 20 de abril de 2016 con motivo de la edición de su primera novela: “Volver a Canfranc”, pero sí podemos añadir que, gracias a ser una mujer comprometida con la realidad del mundo que le rodea, gracias a su gran sensibilidad y gracias a su enorme sentido de la justicia y la ética bien entendida, puede desarrollar estas historias repletas de temas capaces de hacernos empatizar con los personajes que en ellas aparecen.

En “La huella de una carta” se nos describe la sociedad apocada y gris de las décadas del 50 y 60 del pasado siglo bajo el peso de la moral hipócrita del régimen franquista, pues los mismo mandatarios que subyugaban a un pueblo con las leyes de la intransigencia, permitían, al mismo tiempo, con plena libertad, premeditación y alevosía, los desmanes más irracionales  por parte de las industrias poderosas con el sagrado pretexto del progreso y desarrollo general… aunque disfrutando, con total seguridad, de parte de aquellos beneficios obtenidos del sufrimiento, el dolor e incluso la muerte de muchas personas anónimas.

En aquella sociedad anclada en la tradición mal entendida y en una moral peor interpretada, la mujer disfrutaba de un estatus poco más elevado al de un simple objeto, eso sí, dignificado por su capacidad de ser madre, lo que en vez de sacarla de la postración cultural, laboral y económica, la sumía todavía más en el ostracismo social, algo totalmente impensable para los hombres, aquellos seres libres, aunque algunos mucho más que otros, no lo olvidemos, a quienes ellas debían permanecer sometidas de por vida, por eso, hablar de amor en aquellos tiempos era peligroso, pecaminoso, o, al menos, sospechoso, pues la mujer debía enamorarse una sola vez y para toda la vida, ya que, una vez dado el paso del tan ansiado matrimonio, se metamorfoseaba en simple sombra de su esposo y criada tanto de él como de sus hijos, eso sí, le estaban permitidas las reuniones castas, la oración, las misas y la confesión como alimento cotidiano a un dios misógino… Por ello no era de extrañar el éxito de las novelas de Corín Tellado o de consultorios radiofónicos tales como el de Elena Francis, pues en estos sucedáneos encontraban el sabor de una vida de ciencia ficción.

Sin embargo, en esta novela está Nuria, una mujer bella y joven, casada con un viajante que pasa la mayor parte de la semana fuera del hogar trabajándose el mercado y otras oportunidades, quedando, por tanto, ella en defensa de su honor mientras ahogaba sus inquietudes y habilidades en la eterna espera picotear las migajas de cariño que el marido tuviese a bien obsequiar en sus regresos, y desempeñando la labor del continuo cuidado y atención de sus dos retoños… Hasta que un día lee un anuncio en la prensa en el que se buscaban personas para un trabajo, el cual pudiese ser desempeñado desde casa para el que se requería “responsabilidad, dotes en el ámbito de la psicología, buen nivel de redacción, ser una persona creativa, de mucha intuición y capacidad resolutiva” … ni pintado para ella, una chica con estudios y bien capacitada… Y aquí comenzó todo.

Su trabajo en este consultorio consistía en leer las cartas de las oyentes y responder sus consultas, que podían ir desde una simple receta de cocina hasta la búsqueda de consejos para solucionar algún problema amoroso, claro que, para las más complicadas, Nuria debía de ceñirse a la moral cristiana y no atentar contra la unión familiar, por lo que en sus dictámenes prevalecían el conformismo, la sumisión y la discreción, valores muy cotizados por el sistema vigente, sobre todo, si eran aplicados a las clases trabajadoras, y todo por el bien de la apariencia, sacrosanta virtud de la España tradicionalista… Hasta que, en una de estas ocasiones, llegó a sus manos una misiva que destapaba uno de los grandes escándalos farmacéuticos del siglo, sobre el que todavía no se ha impartido justicia, por lo menos en nuestro país respecta: la talidomida.

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Supongo que a estas alturas ya conocerán, al menos la mayoría de ustedes, en qué consistió todo este atentado, pero, por si les interesa refrescarlo, les comentaré brevemente que, durante décadas se fue administrando a las mujeres embarazadas un producto para aliviar sus problemas de vómitos y dolores de cabeza el cual, a la larga, causó el nacimiento de bebés afectados por malformaciones en sus miembros, lo que se conoce como focomelia. Pero aquello no era reconocido ni por la empresa farmacéutica, la Grünenthal alemana, ni por los gobiernos, ni tan siquiera por la prensa. Así que Nuria, ciertamente impactada por tal dramático panorama, decide investigar por su cuenta, pero como sus conocimientos eran escasos y sus tentáculos cortos para poderlo llevar a buen cabo, necesitada de ayuda, la buscó en un compañero científico de los laboratorios de estética y perfumería que patrocinaban el consultorio, y ahí aparecerá el otro personaje principal, Boro, con le unirá algo más que el afán de hacer justicia.

Pero no quiero destripar el argumento, sino que solo os diré que a medida que la historia va desarrollándose por las páginas del libro, la acción se va volviendo más trepidante, vertiginosa, y va envolviendo al lector en una atmósfera de peligro e intriga que lo atrapará hasta el final y lo llenará de adrenalina; y claro, la trama es importante, pero si a ello le sumamos la corrección literaria impecable desarrollada por Rosario en cada frase, la sencillez de sus exposiciones y descripciones que facilitan la comprensión, y la ambientación perfectamente fundamentada en sus investigaciones históricas, el cóctel es de los que nos garantizan momentos inolvidables repletos de sentimientos encontrados.

En conclusión, “La huella de una carta” es una novela que, sin ser histórica, nos permite descubrir las características peculiares de una parte de nuestra historia donde se descubrirán muchos datos que darán luz sobre este periodo oscuro de nuestro pasado que a nadie dejará indiferente.

Sus ojos en mí, de Fernando Delgado

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“Y fue para mí una desgracia que en Beas de Segura y en día de primavera pusiera en mí sus ojos; seguro hállome de que pecó de precipitada al mostrar su complacencia en mi persona antes de cualquier examen.”

Jerónimo Gracián de la Madre de Dios

         Y no se equivocaba el bueno de Gracián al calificar de “desgracia” el hecho de que Teresa “pusiera sus ojos en él” pues ello le acarrearía muchos sufrimientos, sin embargo, no pudo evitar sentirse atraído por aquella mujer que le doblaba en edad y a la que describió con estas palabras: “No diré que el rostro de aquella mujer, recortado en la toca de una monja, fuera tan bello que incitara al pecado al que lo viera al retirar su velo. Ni que su cuerpo, ágil para su edad de mujer plena, llamara a cualquier hombre a imaginarlo con malicia, Tampoco diré que la santidad le alumbraba los ojos, porque no era su mirada la recatada mirada de una virgen. La cara vivaz, el cuerpo inquieto, la mirada solícita y la inteligencia moviéndole los labios hacían de Teresa de Cepeda una mujer de apariencia más joven a sus sesenta años y presta al atractivo.” Pero aquel amor que surgió entre ellos, o más bien en ella, pues era ella mujer “que no ponía puertas al amor ni separaba el amor divino del humano porque al fin todo lo que tocaba el amor era para ella divino”, le obligaría a sumergirse en las enfangadas aguas de una guerra sin cuartel que, durante años, se desarrolló en los submundos humanos de quienes predicaban lo divino.

         Partiendo, pues, de estas premisas, y teniendo como escenario histórico los seis últimos años de vida de la santa durante el reinado de Su Católica Majestad Felipe II de España, quien también tendrá sus momentos en el argumento, esta novela no solo despliega, con sintaxis añeja, cargada de ironía y cercana a las formas y estilo de sus protagonistas, una bella historia de amor, aquella que dio comienzo el día en que Teresa de Jesús recibe en el convento de Beas de Segura al joven visitador de la orden, Jerónimo Gracián, y ella siente de inmediato por él “lo que no había sentido antes por nadie”, calificando como “los más luminosos de mi vida” los día que pasaron juntos hablando de lo divino y lo humano y compartiendo sus mutuos sentimientos e inquietudes, sino también, al mismo tiempo, la lucha despiadada entre aquellos representantes de Dios en la tierra quienes, olvidándose de lo eterno, buscaban la gloria en lo efímero, y es que la erótica del poder abre más puertas en el infierno que la del sexo.

La novela tiene una estructura original, pues transcurre en dos tiempos narrativos: el más actual, a mediados del siglo XX, donde Julio Weyler (más tarde Fray Casto del Niño Jesús) busca los consejos de Fray Humberto San Luis para que le ayude a escribir una novela sobre San Juan de la Cruz, aunque éste le quita esa idea inicial pues considera al personaje poco interesante para la narración, en cambio piensa que es más novelesca la relación entre Teresa de Jesús y Jerónimo Gracián. Así que Julio se replantea su inicial objetivo y, en colaboración con Fray Humberto y con su tío Ronald Weyler, se lanza a una extensa labor de investigación que dará como fruto esta historia.

El otro tiempo narrativo es el de la segunda mitad del siglo XVI, donde se desarrolla la labor reformadora de Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y Jerónimo Gracián.

         La iglesia católica se había desviado bastante de sus principios originales relajando la disciplina, la observancia de las reglas, el comportamiento y la moral, por lo que, tras la reforma protestante de Lutero, se vieron en la necesidad de dar una respuesta contundente, o contrarreforma, si no querían caer en la más absoluta debilidad y permitir el avance del protestantismo. Para ello se convocó el Concilio de Trento de donde surgieron nuevas normas disciplinarias más acordes a la ortodoxia de sus creencias, revitalizando el uso de las herramientas infalibles de la oración y la meditación, así como del sacramento de la confesión, al mismo tiempo, se impulsó la formación de nuevas órdenes religiosas, cofradías y hermandades, para extender la fe y ayudar a los necesitados y, por entidad vigilante y censora se dio máximo poder a la Santa Inquisición. Y como siempre ocurre en estos casos, surgieron diferentes interpretaciones: por un lado, la idea impulsada por Pablo IV de un Dios intransigente y castigador, y por el otro el acercamiento individual a la fe y el uso de la piedad popularizado por Teresa de Jesús o Juan de la Cruz.

Sin embargo, no todos estaban por la labor de reformarse y menos cuando los monasterios y conventos veíanse repletos de hijos e hijas de casas nobles, o adineradas, que entraban en ellos por motivos bastante más peregrinos que la fe. Y ese era el caso de la orden del Carmelo, donde muchos de sus frailes “eran unos borrachos y puteros”, y de lo cual tampoco se salvaban muchas monjas

Ante la resistencia de los carmelitas calzados a mudar en sus costumbres, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz se lanzaron a una reforma según la regla antigua, mucho más estricta en los votos y mucho más humilde en las formas, que les acarrearía no pocos disgustos y sufrimientos en sus personas, sino también incluso agresiones, encarcelamientos, persecuciones y muertes entre sus seguidores, a manos de quienes hasta hacía poco eran sus hermanos.

Teresa estaba en total desacuerdo con la relajación de las normas de los conventos del Carmelo, por lo que decidió, ayudada por Juan de la Cruz, crear una nueva rama de carmelitas, los descalzos, mucho más revestidos de austeridad, pobreza, clausura y reflexión, construyendo, para ello, una serie de retiros por toda la península, comenzando por el de San José, en Ávila, su tierra natal, al que siguieron otros en Medina del Campo, Malagón, Toledo, Salamanca, Segovia, Beas de Segura, Sevilla Caravaca, Palencia y Burgos. Pero a causa de esta frenética actividad fundadora y reformista despertó la desconfianza en la Inquisición y fueron sus pasos constantemente mantenidos en estrecha vigilancia, sin olvidarnos de las suspicacias que levantaban sus escritos.

         Por su parte, Jerónimo Gracián Dantisco, natural de Valladolid, llegó, como ya hemos mencionado, ante Teresa como visitador de la orden alcanzando a ser el primer provincial de los Carmelitas descalzos. Sufrió numerosas persecuciones en su empeño por llevar a cabo las ideas de la mujer que le iluminaba y, sin perder nunca el buen humor, conoció el dolor de las traiciones y la soledad, aunque jamás la indiferencia, y nunca llegó a comprender por qué un amor tan puro, como el que había surgido entre Teresa y él, podía ser utilizado para atacarles y humillarles: “Mas este amor que yo tenía a la madre Teresa y ella a mí, en mí causaba pureza, espíritu y amor de Dios, y en ella consuelo y alivio para sus trabajos, como muchas veces me dijo, y así no querría que ni aún mi madre me quisiese más que ella. Bendito sea Dios que me dio tan buena amiga que estando en el cielo no se le entibiará este amor, y puedo tener confianza que me será de gran fruto. Mas mira qué cosa son lenguas mordaces, que de la grande comunicación y familiaridad que teníamos los dos, juzgaban algunos maliciosos no ser amor santo, y cuando no fuera ella tan santa como era y yo el más malo del mundo, de una mujer de sesenta años tan encerrada y recatada no había que sospechar mal; y con todo eso encubríamos esta tan íntima amistad porque no se nos echase a mala parte”. Y es que aquella relación produjo también muchas envidias y habladurías, incluso entre su propia comunidad, llegando Jerónimo a ser expulsado de España, apresado por los corsarios y acabando, paradójicamente, siendo recogido por los carmelitas calzados.

Recordando, pues, aquellos lances y peripecias de estos personajes históricos, Fernando Delgado nos ha dejado una deliciosa historia de amor platónico, o tal vez no tanto: “cualquier alma, por perfecta que sea, ha de tener un desguadero. Déjeme a mí tener este, que por más que me diga no pienso mudar del estilo que con él llevo”, en cuyas páginas aparece, de vez en cuando, su diablillo interno que nos hace burlas y bromas provocándonos la duda de todo lo que leemos y haciéndonos reflexionar sobre el límite entre lo divino y lo humano.

EN TORNO A LA LECTURA: Entrevista a Rosario Raro

por El Olmo Club de Lectura de Castellnovo

14383524_1076673495720733_1098127280_nCon un poco de retraso (…) publicamos la entrevista que le hicimos a Rosario Raro durante la presentación de su libro “Volver a Canfranc”, en una tarde–noche bastante agradable en la que los miembros de El Olmo Club de Lectura de Castellnovo pudimos disfrutar de su simpatía y amabilidad y en la que respondió sin fatiga ni reserva a todas las preguntas que se le hicieron.

EL OLMO:

¿Por qué esta historia, cómo se te ocurrió escribir sobre Canfranc?

ROSARIO:

Porque sucede siempre en los conflictos —en los que la condición humana está en lucha contra sí misma, como desde nuestro mismo origen como especie— que estos se sostienen siempre por motivos económicos. En cuanto se rasca la primera capa, el disfraz de la ideología, de las luchas de poder, del imperialismo, el romanticismo incluso por recuperar identidades a veces pasadas, otras legendarias y otras directamente inventadas, etc. aparece el poderoso caballero don dinero, que decía Quevedo, como razón fundamental. Esta fue la clave para escribir sobre lo sucedido en Canfranc en aquella época. En mi caso la historia sobre Canfranc surgió después de ver muchas fotografías del edificio. Fui de fuera a dentro. La primera imagen la encontré en un libro publicado en Versalles que se titula Lugares abandonados. Aunque resulte difícil de creer, ese es su estado: el paso ferroviario a Francia a través del centro de los

Pirineos está cerrado a pesar de que es el trazado más corto entre Madrid y París. Después vi muchas más fotografías, centenares de ellas, y comencé a leer sobre su historia hasta el punto de que se convirtió en una obsesión nada patológica sino muy útil para escribir esta novela. Sobre todo el periodo de mayor esplendor de este enclave en el valle de Los Arañones de Huesca durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que decía al principio de los conflictos.

14384005_1076673499054066_314957963_nEL OLMO:

Recopilar toda esta información te habrá supuesto un enorme trabajo. ¿Cómo te lo organizas en esos momentos?

ROSARIO:

He leído muchas noticias sobre la época en las hemerotecas digitalizadas de algunos periódicos, bastantes libros de ensayo histórico y periodístico y he visto numerosísimos documentales sobre la Segunda Guerra Mundial y películas. También he leído algunas novelas que aprovecho para recomendaros como Suite francesa de Irène Némirovsky. Su autora murió en Auschwitz y el manuscrito que contenía esta obra apareció en una maleta que sus hijas conservaron durante sesenta años. No se publicó hasta 2004. Se escribió simultáneamente a cuando sucedían estos hechos: la convivencia de los militares alemanes con los ciudadanos franceses en la zona ocupada del país. También leí La caja de música de la autora norteamericana Deborah Chiel aunque la historia se conoce más por la magnífica adaptación cinematográfica que hizo Costa—Gavras. En ella una hija libra su propio combate entre el amor que siente hacia su padre, un húngaro afincado en EEUU y el descubrimiento de su pasado como criminal de guerra. La decisión de Sophie escrita por el también estadounidense William Styron y que relata un dilema tan cruel para una madre que su argumento se nos ha quedado grabado a todos. Estas son las que más recuerdo entre otras muchas. Que se nos queden en la memoria siempre es una buena prueba.

Creo que para escribir literatura la documentación tiene que ser mixta: historia y ficción combinadas, como en el resultado. Después viene la labor de articularla toda sobre el eje cronológico y por último, borrar las costuras.

14389758_1076673492387400_849138524_nEL OLMO:

En la zona de Canfranc, ¿encontraste todavía personas que te pudieran hablar de aquellos momentos?

ROSARIO:

Así fue, el primer contacto fue a través de la oficina de turismo de Canfranc, después de atravesar el túnel por el que se accede a la estación y de quedarme maravillada por la manera en que el tiempo y sus historias se habían quedado allí suspendidas, condensadas. Después conocí a muchos más que me hablaron de sus abuelos, entre ellos el nieto de Albert Le Lay, el Laurent Juste en mi libro. Y las guías de la estación me remitieron a bastantes personas que habían participado en los hechos que se narran.

EL OLMO:

¿Fue tan importante el paso de judíos por Canfranc?

ROSARIO:

Canfranc fue un enclave estratégico y a la vez una vía de escape de la ratonera en la que se había convertido Europa. El paso ilegal de personas a través de la frontera, como actividad clandestina que es, no tiene registro, no hay cifras exactas de cuántos pasaron. Lo que sí se sabe es que pasaron por allí (y se salvaron) algunos de los mejores artistas e intelectuales del siglo XX: Max Ernst, Marc Chagall, Alma Mahler e incluso Josephine Baker. En este último caso, quien corría peligro no era ella sino su marido Jean Lion, magnate de la industria azucarera, por su condición de judío.

EL OLMO:

¿Los vecinos del pueblo colaboraron activamente en la ayuda a los perseguidos?

ROSARIO:

Creo que como hubiéramos hecho cualquiera de nosotros ante una mujer con un niño en brazos, al ver familias enteras que huían del horror nazi a través de las montañas. Escenas que todos sabemos que en estos momentos se están produciendo en varios lugares del mundo. Si las personas no cambian, parece que la humanidad, como suma de ellas, tampoco lo hace.

img_1697EL OLMO:

En tu novela hay bastantes personajes reales. ¿Puedes hablarnos un poco de ellos? ¿Todos los datos que aportas en la novela sobre ellos son reales o hay algo de ficción?

ROSARIO:

El jefe de la aduana internacional, las fuerzas del orden que eran muchas allí: carabineros, guardia civil, policía, gendarmes, además de los militares de varias nacionalidades. Algunos periodistas han llamado a la fonda que había en Canfranc el Café de Rick de los Pirineos o han hablado de la Casablanca del norte.

Cuando han asistido a las presentaciones personas de esta zona de La Jacetania me han dicho que cualquiera de los personajes de mi novela pudo estar allí entonces, que los que conocieron eran como ellos.

Además de poner en escena la persecución de la libertad y cómo la esperanza puede conducir nuestras vidas, me interesaba ese ensalzamiento de las buenas obras, de su recompensa. Hablar, en suma, de eso tan poético de la justicia divina a través de estas personas. Al menos en literatura es posible que así suceda, que todo cuadre. Mi intención era que cobraran vida, que se encarnaran y para eso necesitaba que no fueran perfectos. Tienen bastante que esconder, al menos a los lectores, para que sus claves, que están en su pasado, no se desvelen hasta bien avanzada la historia. Por algo eran espías.

Para crearlos pienso en alguien real: un actor, un amigo, incluso en un ministro para caracterizar a alguno. De esta forma, ante mí, ya han tomado carnalidad, ya son reales, después solo tengo que trasladar al lector todas las sensaciones que me producen, de esta forma también sé también cómo hablan, qué dirían y que no, qué piensan, como se comportan, etc. Si son creaciones ex nihilo, es decir, de la nada, creo que correría el riesgo de que parecieran fantasmagorías o figuras de cartón piedra.

img_1717EL OLMO:

El paso de wolframio hacia Alemania y de oro hacia España estaría bien controlado por la resistencia, ¿por qué nunca intervinieron para cortarlo?

ROSARIO:

El oro procedía por una parte de los bancos centrales de los países que el Tercer Reich invadía y por otro de las pertenencias de los prisioneros exterminados en los campos. Cuando lo cruzaban por la estación les daban fiesta a casi todos los trabajadores para que no hubiera testigos, solo se quedaban con los descargadores. Los lingotes los subían en unos camiones suizos que cruzaban la península, una parte se quedaba en Madrid y otra la embarcaban desde Lisboa hacia América. Este es el trayecto que describe Ramón. J. Campo en su libro sobre el oro y los nazis. Parece que no era tan fácil de interceptar porque lo llevaban muy bien escoltado.

img_1721EL OLMO:

¿Nos podrías aclarar qué tipo de ocupación ejercieron los alemanes sobre la estación? ¿Podían detener a los españoles sin más?

ROSARIO:

Los alemanes estaban en la estación de Canfranc porque aducían que la mitad de sus dependencias e instalaciones eran de nacionalidad francesa, y así sucedía, a pesar de estar ocho kilómetros tierra adentro de Aragón tiene doble jurisdicción: francesa y española, pero ni quiera la línea de la frontera se correspondía con la de la Francia ocupada. Canfranc Estación tiene la peculiaridad de ser el único municipio español en el que estuvo el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial.

Muchas personas fueron deportadas a campos de concentración y exterminio. Esa era una de las funciones de las patrullas alemanas. Terrible y muy cercano, tanto geográficamente como en el tiempo.

EL OLMO:

¿Cuánto de Albert Le Lay hay en Laurent Juste?

ROSARIO:

Todo lo que yo he podido saber de él y a decir de la familia bastante.

EL OLMO:

¿Para el personaje de Jana Belerma te inspiraste en alguien real?

ROSARIO:

Sí, en una mujer guapísima a sus casi ochenta años que aparece en el documental El rey de Canfranc y que perteneció a la plantilla de trabajadores del hotel Internacional situado en la segunda planta de la estación.

img_1724EL OLMO:

¿En quién te basaste para la figura de Voltor?

ROSARIO:

El mismo nombre ya remite a su apariencia que a muchos les recordaba a un buitre. Con él quería simbolizar los prejuicios: la manera en que se juzga a alguien por su aspecto sin conocer su historia. En el caso de Voltor lo que le ha sucedido es horrible. Después de aquello se convierte en un náufrago al que el programa de eugenesia del Reich le ha despojado de lo que más quería.

Me interesaba que apareciera un funcionario modélico del régimen, un oficinista, un ciudadano alemán cualquiera con quien tampoco tuvieron piedad.

img_1751EL OLMO:

El personaje del Gobernador tiene mucho de caricatura, algo esperpéntico, ¿hay una intención premeditada por tu parte para crearlo tan grotesco?

ROSARIO:

Sí. Incluso se podría decir que los demás son personajes y que don Gervasio Casanarbore es un tipo social, es decir, una figura prefijada que recoge todos los lugares comunes: en este caso representa a aquellos a quienes su ambición les ha llevado a la política para enriquecerse mediante trampas, para abusar del poder y sojuzgar a cuantos más semejantes mejor. Le mueven siempre los más bajos instintos y utiliza el poder como biombo para ocultar sus inseguridades y complejos que son muchos. Si miramos alrededor o dentro de la televisión, encontraremos muchos ejemplos, nada ejemplares, así.

EL OLMO:

¿Qué misión tienen dentro de la estructura de la novela los personajes ficticios?

ROSARIO:

Poner en escena estas acciones valerosas, valientes y valiosas. Esas tres uves. No quería que estos sucesos se narraran sino que se vieran en su desarrollo.

img_1757EL OLMO:

Los pasajes paralelos a la trama central, como el robo de los caballos o el rapto de la niña, ¿tienen algo de verdad?

ROSARIO:

Para el episodio de los caballos que le venden a don Gervasio y después se los roban me basé en algo que hizo un bandolero andaluz en el siglo XIX. Me hizo gracia esto de la venta temporal como forma de recaudación (delictiva, claro está).

Lo que sucede con las dos Valentinas, la aragonesa y la alemana, ilustra el programa nazi de eugenesia que te decía antes: consistía en deshacerse de todos aquellos que no encajaban en los cánones de la supuesta y rememorada raza aria. Es decir, una construcción artificial como suele suceder con todos los delirios.

Se asesinaba a quienes presentaban alguna discapacidad física o mental. Los que para los nazis tenían “una vida indigna de ser vivida”. Así lo expresaban en sus consignas.

Todos conocemos cuál era el ideal de belleza para ellos: ojos claros, cabello rubio, estatura alta, cuerpo atlético, es decir, un retrato cabal de Hitler. Sorprende muchísimo que el líder fuera precisamente todo lo contrario y no lo exterminaran. Aunque intentos hubo varios.

img_1678EL OLMO:

¿Hasta qué punto en esos momentos tan difíciles el ser humano es capaz de sacar tanto lo peor como lo mejor de sí mismo?

ROSARIO:

Creo que se debe a que se deja de lado la personalidad social, las máscaras, la hipocresía, para obrar como realmente es cada uno. Ejemplos de ambos extremos: del altruismo y la mezquindad y crueldad más absoluta los conocemos todos.

En estas circunstancias los comportamientos se extreman. Me interesaba mucho ese estudio de los personajes, el análisis de cómo en la misma encrucijada para todos, se puede decidir cómo ser y cómo actuar. En aquel momento hubo acciones muy rastreras y otras de una belleza moral que deslumbra. Los personajes fueron buenos o malos, en muchos casos según las circunstancias, no en términos absolutos y en el caso del protagonista, del jefe de la aduana internacional, como dice en el libro, consideró que “solo hizo lo que la dignidad le exigía”. Me atrajo el ejemplo que suponen estas hazañas que sucedieron tan cerca. Rescatar esos hechos y que se leyeran desde esta actualidad en la que estamos tan faltos de referencias, de “practicantes” de la generosidad.

img_1767EL OLMO:

Esta es tu primera novela larga, sin embargo, tienes escritos una gran cantidad de relatos, ¿cuáles han sido las mayores dificultades que has encontrado a la hora de trabajar con un texto más extenso en comparación con la síntesis de los cuentos?

ROSARIO:

El otro día respondí en una entrevista que independientemente de la extensión tendríamos que aplicar siempre la frase del arquitecto (tan relacionado con algunos personajes de mi novela) Mies van der Rohe: “Menos es más”. Aunque una novela sea muy extensa se tiene que tender siempre a la síntesis máxima en cada párrafo. Escribir solo lo absolutamente necesario como si se tratara de un telegrama en el que nos cobraran por palabra.

img_1739EL OLMO:

¿Eres metódica en tu forma de trabajar?

ROSARIO:

Sí, muchísimo. Paso casi el mismo tiempo planificando lo que voy a contar que escribiendo. Primero lo diseño por completo mentalmente. Hay una frase de Joan Miró que me gusta mucho, decía “Cuando más trabajo es cuando no trabajo”. A mí me sucede igual, creo historias, personajes, situaciones cuando conduzco, cuando llevo a cabo otras tareas o trabajos manuales de cualquier tipo, cuando paseo, y después, el acto de escribir para mí es en realidad transcribir porque ya lo tengo todo en la cabeza, solo tengo que cambiar el estado de ese material, consignarlo en un soporte físico para que tome “corporeidad”.

Escribo a primera hora de la mañana, cuanto más temprano mejor. Así, el resto del día lo dedico a ser una persona “normal”, es decir, a vivir mis otras siete vidas simultáneas. Lo único que me resulta imprescindible para escribir es la soledad. Tampoco puedo escribir contra una pared. Si el ordenador está conectado a Internet, mejor. De esta forma, es como tener varias ventanas enfrente, además de la física, la terraza, el balcón, etc. También escribo mucho en los viajes. Sobre todo para cumplir con los plazos. La prisa me estimula, pero después, antes de enviar algo (como esta entrevista) la tengo que revisar mucho, a veces durante meses.

Dibujo mapas mentales, lo ordeno todo en esquemas, en cuadrículas, en escaletas, utilizo cualquier medio que me sirva de ancla para la memoria.

Para mí de todo el proceso, la escritura supone un 20% y corregir el texto ocupa un 80% de mi tiempo dedicado a un libro, a un relato, a un artículo, poema, etc.

A mis alumnos les digo que escribir —mejor o peor— lo puede hacer cualquiera, que como decía Óscar Wilde solo son necesarias dos cosas o tener en cuenta dos reglas: “tener algo que decir y decirlo” pero donde se mide un escritor es en la fase de taller de mecánica y después de taller de orfebrería. Suele aplicarse aquello de que cuanto más se tacha más aumenta la calidad de una obra. En la vida sucede algo parecido.

EL OLMO:

¿Qué buscas al escribir? ¿Por qué escribes?

ROSARIO:

Porque lo necesito, porque es mi manera de ejercer la libertad más absoluta, porque me proporciona muchísima felicidad, porque no podría vivir sin escribir, porque me ordena los pensamientos, porque me da mucha satisfacción y porque es muchas veces un pretexto para desarrollar actividades muy gratas y compartir el tiempo con personas muy afines, como vosotros.

14371877_1076673582387391_2050729978_nEL OLMO:

¿Cuáles consideras que son las virtudes principales de la lectura?

ROSARIO:

Abrirnos la mente. La posibilidad de acceder a eso que se llama “las fuentes del saber” de forma autodidacta. Y frente a esto nos encontramos con el hecho de que un pueblo culto, formado, con ideas, con iniciativa propia no interesa. Sé que esto suena a cliché, pero tenemos la prueba más que evidente en la obstrucción continua de nuestros políticos para llevar a cabo un pacto de estado sobre educación. No les conviene. Cuanto más iletrados y manipulables seamos, mejor, más fácilmente gobernables. Se nos despoja de todo y no reaccionamos. Tal vez el motivo sepa que la pereza por leer alcance incluso a hacerlo con una sencilla hoja de reclamaciones.

Esto tiene relación con lo que comentábamos en La Mina de Castellnovo sobre la función de escritor: sin duda rescatar acontecimientos para que no se olviden y ponerlos frente a quienes los causaron para que aunque no quieran reconocer la gravedad de algunos sucesos, al menos sepan que no ha caído sobre ellos la losa del tiempo.

Y para que haya escritores es necesario que haya lectores, por eso quiero agradeceros la labor que lleváis a cabo desde el club de lectura El Olmo, vuestros trabajos de edición, la difusión de la poesía, y el resto de actividades culturales. Estos ámbitos junto a las bibliotecas, algunas a día de hoy incluso con libros (me refiero al caso de una cercana que no tenía libros, solo contaba el cascarón, el edificio), las casas de cultura, los salones de actos, etc. que representan el último bastión de esta resistencia que no dudo de calificar de épica, y el primer motivo para la esperanza en que todo puede cambiar a mejor.

Gracias de nuevo a todos los componentes del club de lectura por contar conmigo durante aquella noche memorable del siete de mayo. Y gracias, Raúl y Ancrugon. Hasta muy pronto. Espero que me invitéis cuando salga mi próxima novela.

EL OLMO:

Gracias a ti Rosario, ha sido un placer tenerte con nosotros. Ya estamos deseando disfrutar de tu próxima novela que, seguro, llegará a ser otro éxito, y ten por seguro que volveremos a reclamar tu presencia.

GUÍA DE LECTURA: Volver a Canfranc, de Rosario Raro

GUÍA DE LECTURA: Volver a Canfranc, de Rosario Raro. PDF

PortadaVolver a Canfranc es una novela histórica, escrita por la autora segorbina Rosario Raro, cuyo arduo trabajo de documentación e investigación le ha permitido desentrañar una serie de hechos reales acaecidos en aquella localidad de los Pirineos, que han permanecido ocultos al conocimiento de la mayoría de los españoles. En el título ya se nos informa con bastante precisión de lo que pretende decirnos la autora, pero su pensamiento, su tesis general, aparece en pequeñas, aunque constantes, dosis a lo largo del discurso de la obra y no la descubriremos en su plenitud hasta que lleguemos al final de la lectura del libro.

Durante el transcurso de la narración, perfectamente delimitada y dirigida, se van utilizando diversas señales que aportan pistas de lo que nos vamos a encontrar más adelante, tal que un juego propio de espías, como los que nos vamos a encontrar a medida que avancemos, por ejemplo con la lectura de la famosa obra de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo, por parte de una de las protagonistas de la obra, o el título del libro que lee uno de los vigilantes alemanes, Ser y Tiempo, o los de aquellos tomos utilizados para recibir los mensajes de la resistencia… Guiños estos que no debemos ignorar pues nos ayudan a entrar, poco a poco, en el sentido de esta historia.

Alguien que se acerque a la Estación Internacional de Canfranc en el presente tendrá la sensación de estar contemplando a un colosal gigante dormido. El abandono, la naturaleza, el tiempo y algún que otro gamberro o amigo de lo ajeno, han ido ajando su piel y socavando sus intestinos, pero su belleza sigue impresionando, y todo lo que calla en su memoria de edificio que ha visto pasar por su interior la vida y la muerte, la esperanza y la decepción, el reencuentro y la despedida, le reviste de un aura de misterio y aventura cuyo atractivo es difícil de resistir. Por eso no nos equivocaremos al decir que el personaje central de esta novela, aunque de piedra, madera, metal y vidrio, es la propia Estación.

Durante la Segunda Guerra Mundial en ese punto de los Pirineos convergieron diferentes personas, héroes unos, villanos otros, víctimas en diferente grado la inmensa mayoría de un ejemplo más de la estupidez humana… Lo triste es que luego, a esos seres sin escrúpulos, quienes llevados por el egocentrismo y la avaricia de poder, cuyo mérito se mide por los miles, o millones de muertes que han causado, tengamos que estudiarlos en los libros de historia con nombres y apellidos… Y mientras en el resto del planeta se regaba con sangre humana los campos quemados, en esta Estación se llevaba a cabo otra guerra silenciosa y encubierta entre los que trabajaban por la vida y quienes lo hacían por la muerte y la destrucción.

Estación Internacional de Canfranc

Por Canfranc salía el wolframio español de Carballo (Ourense), Tornavacas (Cáceres) y el Bierzo leonés (curiosamente los cuatro puntos bajo control del ejército del Tercer Reich con el beneplácito del Gobierno nacional), para perfeccionar los panzerkampfwagen (panzer) de la muerte, aquellos carros blindados que recorrieron Europa y el Norte de África arrasándolo todo a su paso, o como refuerzo de sus balas u obuses. Y por Canfranc entraba el oro expoliado a los prisioneros judíos evacuados a los campos de exterminio, el cual era llevado primero a Suiza donde lo cambiaban por francos suizos, pagándose con esta moneda el wolframio a España, y seguidamente el Gobierno español gastaba este dinero en comprar el oro nazi, ya fundido en lingotes, y perfectamente blanqueado, a Suiza. Así llegaba a la parte francesa de la Estación Internacional, donde era transferido a mano por el túnel que comunica las dos partes por debajo de la Estación, y finalmente se cargaba en camiones en la zona española para llevarlo al Banco de España en Madrid.

Pero el tráfico por la frontera no se detenía ahí, pues miembros de la resistencia francesa, apoyados por ciudadanos españoles, sobre todo de la zona, crearon una red de fuga para opositores al gobierno invasor y para miles de judíos, tanto anónimos como famosos, que huían de una muerte segura, salvando así muchas vidas aún a riesgo de perder las suyas. Y por esta Estación salía y entraba información secreta e imprescindible para que los aliados pudiesen derrotar al ejército alemán.

Pero para que todo ello pudiese ser llevado a cabo eran necesarios una serie de personajes que, con sus actuaciones, desarrollasen la trama del relato, y Rosario Raro, utilizando actores tanto reales como ficticios, teje una red de historias que confluyen en la central, y así es como todos los protagonistas se mueven alrededor de la Estación, siendo el más destacado el Jefe de la aduana francesa Laurent Juste, inspirado en Albert Le Lay, cuyo trabajo como espía a favor de la resistencia y los aliados, así como en la liberación de los perseguidos, fue encomiable. Un hombre humilde y sacrificado, que no quería honores ni recompensas, sino sencillamente el lujo de poder vivir libre y en paz.

Pero este hombre no estaba solo, sino que contaba con la ayuda de otros héroes como Jana Belerma, la camarera del Hotel Internacional, una joven zaragozana, hija de un profesor de química que, aprovechándose de sus conocimientos en esta materia, fabricaba los documentos falsos necesarios para dotar a los exiliados de una nueva identidad, cuidando, al mismo tiempo, de ellos y preocupándose de esconderlos hasta el momento de que pudiesen partir hacia sus futuros destinos. O Esteve Durandarte, hombre enigmático y centro de muchos de los chismes del lugar quien, dedicado al contrabando de tabaco y opio, además de otras mercancías clandestinas, se aprovechaba de esta circunstancia para guiar y proteger a los evadidos por las montañas. Y no podemos olvidarnos del obrero de vías Didier, ni del violinista Monthlun, quien acabó trabajando de ayudante del panadero, ni de Arlette, la esposa de Juste, y sus hijos, ni de los posaderos Tricio y Pilar quienes regentaban La Serena (Fonda Marraco en la realidad), donde se mezclaban, sin saberlo, nazis y fugitivos, oficiales de la Gestapo y espías aliados…

Así mismo encontraremos antagonistas que aportarán el contrapunto oscuro a la trama, como el oficial de la Gestapo, Eberhard Gröber, que se estableció en el lugar porque Hitler decidió aumentar el control sobre este paso fronterizo puesto que comenzaba a ser un coladero y un problema para su “solución final”, y así sustituyó al blando capitán Wagner, quien realmente existió. Otro de estos personajes es el grotesco Gobernador don Gervasio Casarnarbore, esposo de la bella doña Mimín y enemigo acérrimo de Durandarte. O el el vagabundo alemán Voltor.

Dentro del argumento principal se desgranan diversas historias y aventuras que le van dando cuerpo funcionando como las piezas de un puzle, y ya no me refiero solamente a las distintas historias personales de los diferentes actores, las cuales ya son bastante interesantes de por sí y daríansuficientes temas para otras tantas novelas, sino a hechos puntuales como el rapto de Valentina que llevará de cabeza a todos los habitantes del valle, o el robo de los caballos de un oficial alemán por parte de Durandarte, los cuales acabarán en manos de quien menos podamos imaginarnos, o los chismorreos sobre las relaciones del contrabandista con la mujer del Gobernador, o el trabajo de una madre y su hija húngaras por reunirse con el marido y padre desaparecido, sin olvidarnos del espectacular paso por la Estación de la cantante, bailarina y actriz norteamericana nacionalizada francesa Josphine Baker, ni del desparrame de las obras del pintor Marc Chagal por el andén de la Estación… Y todo entrelazado por la historia de amor entre Jana y Esteve, como queriendo demostrar que incluso en esos momentos de locura hay esperanza.

En conclusión, esta es una novela de las que una vez comenzada te duele dejar. Repleta de metáforas sobre la vida, nos cuenta un hecho histórico real aderezado con pequeños momentos de ficción que le dan el toque justo. Pero nada mejor que cerrar esta guía con las palabras de la propia autora, Rosario Raro: “Esta, además de una historia sobre la dignidad, es una historia sobre la frontera. La que separa Francia de España, la guerra de la paz, las prácticas delictivas de la solidaridad. Los personajes están en el filo de la navaja, entre la vida y la muerte, el amor y el odio”.

EN TORNO A LA LECTURA: Pequeña biografía de Rosario Raro.

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“Solo tenemos una vida pero con la que podemos salvar muchas.”

Rosario Raro (Volver a Canfranc)

 

fotografiadeRosarioRaroRosario Raro (1971) es natural de la ciudad castellonense de Segorbe, donde comenzó a escribir a la temprana edad de siete años “algo titulado Mi viaje en una nube”, según sus propias palabras, “que comenzaba en el castillo del cerro de La Estrella. En la ladera de ese monte donde aún vivo y donde espero quedarme siempre”. Es una mujer de amplio recorrido cultural y académico iniciado en la Universidad de Valencia, doctorándose en Filología Hispánica, y continuado en Perú, en cuyas tierras pasó más de diez años de su vida, con Técnicas de Escritura Creativa en la Universidad Mayor de San Marcos y en la Pontificia Universidad Católica, concluyendo con un Postgrado en Comunicación Empresarial en la Universitat Jaume I de Castellón, en la cual dirige el Curso de Escritura Creativa e imparte clases sobre esta materia.

Ha ganado los premios Ciudad de Huelva, Cruzando Culturas, Magda Portal, Ateneo Ciudad Galdós, Igualdad de Aranda, Mujer Kimetz Elkartea de Ordizia, el de Tecnocuentos de RNE 5.0, Palabras de Mujer y ha sido finalista del Certamen de Novela Vargas Llosa de la editorial Alfaguara, por nombrar sólo los más representativos entre los muchos galardones, tanto nacionales como internacionales que ha recibido, aunque para ella todo ello no tiene mucho mérito, pues afirma que “el verdadero premio son las personas que he conocido a través de la literatura”.

Rosario buscó en la escritura, desde sus inicios, un medio para alcanzar la felicidad, y lo que al principio sólo era una intuición, hoy, asegura, es algo totalmente comprobado y, por eso mismo, quiere transmitir ese sentimiento en todo lo que escribe, intentando, sobre todo, no aburrir a sus lectores ofreciendo siempre una imagen del contexto que nos rodea, sea actual o histórico, y teniendo presente en todo momento que una buena historia debe ser algo digno de compartir. Para ella la creación literaria no debe forzarse, sino dejar que fluya desde dentro surgiendo de las propias experiencias, de las propias vivencias, de las propias ausencias o necesidades: no se puede escribir de oídas, sólo se puede hacer desde uno mismo. Pero, sobre todo, afirma que en la escritura no se puede ser pretencioso, nadie es ni el primero ni el único que ha escrito algo, y jamás se acaba de aprender.

Por otro lado piensa que no hay escritura sin lectura y distingue en esto dos tipos de escritores: “aquellos que escriben de lo que han leído y los que escriben de lo que han vivido. Me quedo con el segundo grupo porque la pasión trasciende a sus textos.” Pero con todo considera a la lectura uno de los placeres de la existencia que, junto con la escritura y la amistad, nos posibilitan para tener varias vidas simultáneamente, por lo que el hecho de escribir es algo serio y responsable.

Como mujer de su tiempo ha sabido utilizar las redes sociales como una herramienta más para divulgar o acercar la creación literaria a un público ávido de la magia de la palabra, y así, además de los Talleres de Escritura Creativa que imparte en la UJI: Literapia o Cómo meter un libro en cintura (Corte y Confección Literaria), se aprovecha de Internet para impartir sus clases desde Valencia, Castellón o Benicàssim a sus cientos de participantes. No en balde su tesis doctoral giró alrededor de la literatura por Internet, la blogosfera, y de sus avances y los nuevos horizontes y posibilidades que ello nos abre.

En una entrevista que le hizo Miguel Sanfeliu para el blog “Cierta Distancia”, Rosario respondió lo siguiente sobre su forma de trabajar: Escribo a primera hora de la mañana, cuanto más temprano mejor. Así, el resto del día lo dedico a ser una persona “normal”, es decir, a vivir mis otras siete vidas simultáneas. Lo único que me resulta imprescindible para escribir es la soledad. Tampoco puedo escribir contra una pared. Si el ordenador está conectado a Internet, mejor. De esta forma, es como tener varias ventanas enfrente, además de la física, la terraza, el balcón, etc. También escribo mucho en los viajes. Sobre todo para cumplir con los plazos. La prisa me estimula, pero después, antes de enviar algo lo tengo que revisar muchísimas veces.” (…) “Para mí escribir es un trabajo sobre todo mental, plasmarlo después sobre el papel o en el procesador de textos es para mí transcribir. Eso sí, antes dibujo mapas mentales, lo ordeno todo en esquemas, en cuadrículas, en escaletas, utilizo cualquier medio que me sirva de ancla para la memoria.”

Es autora de varios libros: Carretera de la Boca do Inferno, con el que obtuvo el Premio Relatos Cortos Ciudad de Huelva 2001. Surmenage, una colección de micropoemas como “Frente al veneno siempre la sed es más fuerte que nuestro miedo.” Perder el juicio. Finlandia: Colección de micropoemas: “Es medianoche. Llueve sobre las calles. Todo se borra.” La llave de Medusa: La vida premia a los valientes con sus mejores historias y sabido es que las mejores historias se escriben solas. Ex: una novela corta. Desarmadas e invencibles, (2012), un libro de relatos cuyas protagonistas son mujeres que podrían ser absolutamente reales, por muy extrañas que nos puedan parecer sus historias. El alma de las máquinas: una divertida novela a medio camino entre la cibernética y la realidad. Los años debidos. Y la obra que nos ocupa: Volver a Canfranc.

Por otro lado, podemos encontrar artículos suyos en Vagamundos Moleskin, Axxón, The Barcelona Review, Spanorama, Realidad Literal, Letralia, Fiestacultura, Cinosargo, Literaturas.com, Maisontine y Entropía. Así como varias colaboraciones en ediciones conjuntas como Perfiles Jaula de versos, Cruzando culturas, A través de la piel, Las mujeres cuentan, Evoción, Los Excelentes, Amigos para siempre, Cuentos alígeros, Los Relatores y Por los animales.

“Poema de despedida para mi hermana”, de Elena Medel

En cuanto a las despedidas, apenas existen gestos más allá
de las pancartas: abrazos y lágrimas en el control de seguridad,
una cámara para que el momento exista
tras el regreso. ¿Tú qué prefieres? Wislawa, por favor, reza
por ella. De pequeña te confundían con un niño
por el pelo corto y la sangre en las rodillas. Tienes una cicatriz en el labio superior
porque te caíste al servirnos la merienda. Al crecer te cambiaron el nombre:
alguien te llamó Pentecostés. Todas las lenguas
las conoces                       tan sabia como un dios.

Bestia del norte, ahora vivirás a ciento ochenta grados: cuando yo actúe,
tú en mi oposición. Del dolor ‒tú también, Celan, reza por ella‒,
aquí no nos enteraremos: finge que todo marcha bien. También yo fingiría
que todo marcha bien. Podría aconsejarte. De pequeña
te confundían con un animal porque golpeabas con furia
y después rumiabas estiércol y perdón. Tienes aún el deje de quien hace
y luego piensa. Al crecer te dejaste la melena larguísima. Quién te imaginara
en aquellos días salvajes como ahora               quién te imaginaría
en aquellos días salvaje como un dios.

Voy a velar tus libros y tu ropa; voy a velar desde mi adolescencia
para que no te ocurra lo que a mí. ¿Tú qué prefieres
guardar en la maleta? He recogido los zapatos, he tocado su suela
demasiado fina. El dolor, te lo recuerdo: representa
bien. Sé cómo se hace. De pequeña te confundían con una de esas fábricas
que encadenan turnos y humo. Tus ojos
azules encendidos. Como un niño que sangra y como un
animal que muerde: así te exigen otros
así te exigen xxxxinmisericorde como un dios.
Quizá algún día desconozcas esta lengua.
Por si acaso, buen Yeats, por favor, reza con ella.

Autor: Raúl Molina

PDF:

Poema extraido de – Medel, Elena (2015): Un día negro en una casa de mentira (1998-2014), Madrid, Visor, pp. 194-195.

Adiós, au revoir, tchau, arrivederci, la revedere, auf wiedersehen, tot ziens,medel-elena-foto vi ses, favel, ha det bra, totsiens. En ocasiones, tenemos la sensación de que la vida es eso que pasa entre despedida y despedida hasta que alguna se convierte en definitiva. Preferimos un hasta luego a un adiós (las más de las veces), igual que preferimos un nos vemos pronto a un hasta nunca (habitualmente). Decía el maestro: “Esos labios que saben a despedida, a vinagre en las heridas,  pañuelo de estación”. Y es que, todo tiene en esta vida su principio y su final, aunque nos cueste aceptarlo. Elena Medel, poeta precoz (publicó Mi primer bikini con apenas diecisiete años en 2002), comprometida (ha participado, entre otras muchas acciones, en el documental feminista de Sofía Castañón Se dice poeta) y reconocida (varios libros y cuadernos después, se hizo con el prestigioso Premio Loewe en 2014 por Chatterton, poemario al que pertenece esta composición), afirma: “En cuanto a las despedidas, apenas existen gestos más allá / de las pancartas: abrazos y lágrimas en el control de seguridad, / una cámara para que el momento exista / tras el regreso ¿Tú que prefieres?”. Nos habla de la marcha de su hermana y encomienda su cuidado a sus personales dioses de la poesía: “Wislawa, por favor, reza / por ella”, “Tú también, Celan, reza por / ella” y “Por si acaso, buen Yeats, por favor, reza con ella”. Wislawa Szymborska, poeta polaca galordonada con el Premio Nobel en 1996; Paul Celan, poeta alemán de origen judío, cuya obra y pensamiento ha influido enormemente en la cultura posterior a la II Guerra Mundial con composiciones como “Shibboleth” o “Todesfugue”;  William Butler Yeats, poeta inglés, Premio Nobel de Literatura en 1923.

Medel imagina la conversación con un tú que es su propia hermana, ladespedidas viajera, la exiliada por causas que no acabamos de atisbar ¿una denuncia, quizás, de la precariedad de la juventud, obligada a marcharse en busca de un trabajo en condiciones?: “De pequeña te confundía con un niño / por el pelo corto y la sangre en las rodillas. Tienes una cicatriz en el labio superior / porque te caíste al servirnos la merienda”. Navega entre recuerdos personales y va perfilando, a la vez, el retrato de su compañera de viaje u el suyo propio: “Al crecer te cambiaron el nombre: / alguien te llamó Pentecostés. Todas las lenguas / las conocer tan sabia como un dios”. Ella, esa “bestia del norte” cuya ausencia es una herida que sangra en la distancia “a ciento ochenta grados: cuando / yo actúe / tú en mi oposición. Del dolor […] aquí no nos enteramos: finge que todo marcha bien”. No hay como la lejanía para activar los recuerdos felices de una infancia que se aleja a sesenta segundos por minuto: “De pequeña / te confundían con un animal porque golpeabas con furia / y después rumiabas estiércol y perdón”. Sí, se aparta, pero permanece: “Tienes aún el deje de quien hace / y luego piensa”. El monólogo dramático del yo lírico oscila entre un presente imposible de asir y un pasado coagulado en la memoria: “Al crecer te dejaste la melena larguísima. / Quién te imaginara, / en aquellos días salvajes como ahora / quién te imaginaría / en aquellos días salvajes como un dios”.

Con la marcha de un ser querido, creamos fetiches; elementos que se convierten en símbolos de la falta. A veces, apenas un ligero aroma, otras, un lugar, un espacio o un objeto: “Voy a velar tus libros y tu ropa; voy a velar desde mi adolescencia / para que no te ocurra lo que a mí. ¿Tú que prefieres / guardar en la maleta? He recogido los zapatos, he tocado su suela / demasiado fina”. En ese divagar fino, va hilando reflexiones personales con detalles vividos, salta de uno a otros como salta nuestra imaginación cuando la ponemos en marcha: “El dolor, te lo recuerdo: representa / bien. Sé cómo se hace. De pequeña te confundían con una de / esas fábricas / que encadenan turnos y humo”. Quedandescarga materializados en estos versos, suavemente, la denuncia social propia de los poetas jóvenes y entusiastas. Buena parte de la poesía joven que se escribe hoy en España (lo vimos ya con Ben Clark) destila estas proclamas o, mejor, las puntea en un discurso que surge a partir de lo particular, de detalles concretos que forman parte de la experiencia del poeta, para dar el salto hacia lo social. Es lógico que así sea en una sociedad que tradicionalmente, y ahora si cabe de forma más marcada, expulsa a la juventud hacia los márgenes. Y, sin más, continúa con su vagabundear, siempre con ese tú en el horizonte: “Tus ojos / azules hendidos. Como un niño que sangra y como un / animal que muerde: así te exigen / otros así te exigen inmiseridorde como un dios”. Como un dios, sí, pero como un dios que puede llegar a perder la identidad al insertarse en un espacio que no es el suyo. Y es que no hay muestra más palpable de ello que el olvido de lo que es propio y que nos moldea como seres humanos: “Quizá algún día desconozcas esta lengua”. Y al fin, una plegaria o, más bien, una demanda de ayuda a quienes ella considera compañeros, luces en el horizonte: “Por si acaso, buen Yeats por favor, reza con ella”.

“‘Hijos de la bonanza nos llamaban…”, de Ben Clark

“Hijos de la bonanza” nos llamaban:
los que no conocieron ni la hambruna
ni las agudas larvas de estridencia
chillando en el oído por las bombas.
Y cuando nuestras piernas tan delgadas
caían y sangraban porque el parque
era de un hormigón armado y frío,
se quedaban callados, observando
nuestro llanto con un gesto de sorna.

Debíamos vivir y dar las gracias
por la ocre rozadura en la garganta
que provocaba el aire al refugiarse.
Agradecer las flechas de las nubes
y que un fango lechoso a nuestros pies
-en un último gesto agonizante-
le mordiera las botas al progreso.
¿Y cómo agradecerles la alegría?
La risa provocada por los hombres
inocentes del mar
cuando se encaminaban hacia el río
dispuestos a bañarse entre excrementos.

También estaba el tedio
de tener que explicarles a los niños
palabras como pueblo indio, oso
pardo, ballena azul o lince ibérico.
Pero esto eran minucias, sacrificios
en nada comparables al sufrido
por aquellos que ahora nos decían
“hijos de nuestra sangre”, tan severos.

Aunque, a veces, es cierto, no era fácil,
simplemente intentamos ir viviendo.
Haciendo caso omiso al comezón,
al vacío que moraba en nosotros,
hijos de la bonanza;
los hijos de los hijos de la ira,
herederos de todos los despojos.

Autor: Raúl Molina

PDF: ‘Hijos de la bonanza nos llamaban…”, de Ben Clark

thumbSomos Europa y parece que ya nada irá mal. Somos Europa y nos enorgullecemos. España avanza a pasos agigantados: años setenta, ochenta, noventa, dos mil. Es inaudito: nuevos derechos, nuevas libertades, mercado global, democracia, etc. Sobre ruedas. Y entre tanto, nuevas generaciones van naciendo. Hijos de los ochenta y los noventa que cayeron a un mundo en el que todo parecía haber sido ya conquistado. Alguien luchó por nosotros (me incluyo: nací en 1991) y ahora, quizás, había llegado el momento de recrearse en lo alcanzado. Nos tumbamos en los sillones (recién comprados en alguna gran superficie con precios de escándalo), encendimos los televisores (de no sé cuántas pulgadas, por supuesto) y mientras paladeábamos cervezas amargas de importación la vida pasaba, como dijo Sabina, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido: “‘Hijos de la bonanza’ nos llamaban: / los que no conocieron ni la hambruna / ni las agudas larvas de estridencia / chillando en el oído por las bombas”.

benclarkBen Clark, nacido en Ibiza en 1984, es uno entre tantos. El Premio Hiperión 2006 y Premio RNE Joven en 2012, lo han confirmado como uno de los poetas de su generación. Su libro, Los hijos de los hijos de la ira, poemario del que he extraído esta composición, mantiene una relación intertextual directa con la obra de Dámaso Alonso Hijos de la ira, de 1944 y una de las cimas de la poesía desarraigada de posguerra. Con él, comparte una visión existencialista de la vida y el desencanto propio de quien no encuentra su lugar en una sociedad que lo maltrata constantemente.

Con una mezcla de nostalgia, duda y desilusión, nos dejamos llevar por el ritmo cadente de unos versos que nos señalan como culpables de la inmanencia: “Y cuando nuestras6a00d8341bfb1653ef019b00dcd219970c piernas tan delgadas / caían y sangraban porque el parque / era de un hormigón armado y frío, / se quedaban callados, observando / nuestro llanto con un gesto de sorna”. Ellos, la mirada de la experiencia, los que han luchado; nosotros, los que lloramos por una simple caída. Una delicada recriminación generacional la de Ben Clark en estos versos; una invitación velada a que de una vez por todas nos indignemos.

“Debíamos vivir y dar las gracias / por la ocre rozadura en la garganta / que provocaba el aire al refugiarse”, continúa. El existencialismo, recordemos, es esa vertiente de la filosofía que Sartre (gran ideólogo del Mayo del 68 parisino) resumió en una de esas sentencias para la historia: “Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Esto es: lo que consigue trascender a partir de lo que otros le ha legado. Nosotros, otra vez, los de la Generación Y, armados de tecnología hasta los dientes parece que tenemos (o debemos) “Agradecer las flechas de las nubes / y que un fango lechoso a nuestros pies / -en un último gesto agonizante-/ le mordiera las botas al progreso”. Y es que el progreso constante, tal y como lo entienden las actuales sociedades capitalistas occidentales, nos ha dado todo, pero también acabará con nosotros en un parricidio de dimensiones bíblicas: al fin y al cabo es imposible un progreso infinito en un mundo de recursos finitos, ¿no? Y sigue, ahora a partir de una cuestión que a todos nos atañe: “¿Y cómo agradecerles la alegría? / La risa provocada por los hombres / inocentes del mar/ cuando se encaminaban hacia el río / dispuestos a bañarse en excrementos”. ¡Ay, engañados! Ignorantes cegados por caminos que llevan a Comala, que es el infierno. Ellos lucharon, sí, pero ¿por qué? ¿hacia dónde? ¿para qué? Divertirse hasta morir, título de un libro de Postman, parece ser el fin último de una existencia como la actual: pasar por este mundo donde la historia ha muerto porque sólo existe el presente: explotamos el planeta para tenerlo todo ya, y nos olvidamos que los que vienen después; no hay utopía, es decir, no existe ningún gran relato hacia el que caminar en el horizonte. Vivimos, somosAcampada Sol presente y con eso basta. Al menos en 2006, cuando escribe Ben Clark: las agitaciones políticas de los últimos años a nivel mundial están desenterrando esas viejas ideas del 68. ¿Tarde? El futuro nos dirá.

“También está el tedio / de tener que explicarles a los niños / palabras como pueblo indio, oso / pardo, ballena azul o lince ibérico”: monótono, sí, porque hemos exterminado esos referentes casi por completo y sólo quedan recuerdos: lenguaje. Y entonces el eterno todo tiempo pasado fue mejor: “Pero esto eran minucias, sacrificio / en nada comparables al sufrido / por aquellos que ahora nos decían/ ‘hijos de nuestra sangre’, tan severos”. Difícil hacer frente a tan grandes ídolos de roca. Cuando una sociedad idealiza su pasado se enfrenta a un hoy demasiado desangelado. Ahora bien, reclamemos lo que es nuestro: “Aunque, a veces, es cierto, no era fácil, / simplemente intentamos ir viviendo. / Haciendo caso omiso al comezón, / al vacío que moraba en nosotros, / hijos de la bonanza”. Y es que, pese a haber tenido el plato sobre la mesa, la conexión a la red global al alcance de un click de ratón y un bonito utilitario con el que desplazarnos, estábamos (estamos) vacíos: el ser533-24 humano del existencialismo, lanzado al mundo para vivir en un tránsito hacia la muerte, es más de lo que posee. Poseemos mucho hoy en día, sí, pero tenemos los mismos huecos que nuestros antecesores (que no eran propietarios de casi nada) porque hay cuestiones metafísica que trascienden los objetos. No somos albaceas del oro de los tiempos, para nada, no: nosotros, “los hijos de los hijos de la ira, / herederos de todos los despojos”.

GUÍA DE LECTURA: Crematorio, de Rafael Chirbes, por Ancrugon.

GUÍA DE LECTURA en PDF

“Estás tendido sobre una sábana, sobre una lámina de met9788433973764al, o sobre un mármol. Te estoy viendo. Vuelvo a verte. Me he olvidado de ti mientras he estado charlando con el ruso en la cafetería, observando por detrás de la cristalera a los turistas que, a primera hora de la mañana, ocupan las sillas de la terraza y a los que, unos metros más allá, se tienden sobre la arena o chapotean en el agua. Él se ha tomado un par de whiskies. Yo me he pedido un té con hielo. No quiero beber tan temprano. Pero he mirado con ansiedad los dos vasos que el camarero le ha puesto delante. Si no hubiera sido porque estaba con él, de haber venido solo, me habría encontrado a gusto en el amplio salón aún vacío (allí dentro estábamos los dos solos), mirando el mar, verdoso en la orilla y de un intenso cobalto en la franja que precede al horizonte, por la que ya se mueven las lanchas, los barcos de vela, los catamaranes…
                                                            Inicio de “Crematorio”, de Rafael Chirbes

“No aguanto la doble moral, y me molesta el que llega arriba y desprecia al de abajo. Hay una especie de amor por los de abajo en todos mis libros. No me acabo de curar de eso.” Dijo una vez Rafael Chirbes, un novelista en cuyas obras es evidente la crítica social, aunque evita reducir la realidad a una simple oposición entre lo bueno y lo malo.
“Crematorio” es una de las novelas de este escritor valenciano donde se aborda el mundo resultante de un capitalismo desenfrenado, de dudosos negocios en los que afloran las más oscuras contradicciones del ser humano sin escrúpulos y deshumanizado, en una España ávida de dinero fácil y rápido donde a los simples timadores y especuladores se les llama empresarios.
orilla-2013-rafael-chirbes-rescoldos-crematorio_1_2107416               La historia se localiza en el pueblo ficticio de Misent, pero se podría fácilmente situar en cualquier lugar de la costa levantina española, y gira en torno a la muerte de Matías Bertomeu, un viejo idealista dedicado a la agricultura ecologista, sirviendo este suceso como excusa para introducirnos en las personalidades de los diferentes personajes que componen el clan Bertomeu, gracias a lo cual descubrimos las distintas perspectivas sobre Rubén, el hermano del fallecido, sobre sus actos, sobre su ética, sobre la destrucción de la naturaleza causada por la construcción de sus edificios costeros.

La novela se estructura en trece capítulos sin numerar, en los que tanto familiares como amigos del difunto van recreando sus vidas y las interrelaciones mantenidas con el resto de actores, formando así un conjunto polifónico que converge en una trama perfectamente organizada y compuesta de fragmentos aparentemente independientes.

Cada capítulo pertenece a un individuo, siendo pequeños monólogos en cuyas digresiones se abordan diferentes temas como la política o el dinero, la cultura o los sentimientos… Y es trabajo del lector el ir encajando las piezas de este puzle, el ir asimilando las circunstancias particulares de cada uno de ellos, y llegar al conjunto final que les dará la comprensión del drama.

Es una historia realista, sin buenos ni malos al uso, y con una carga de imperfección moral, de innumerables miserias confundidas con algunas virtudes y con un insufrible temor a la verdad que se nos hará bastante familiar y reconocible. Sin embargo es una historia válida para mostrar un espectáculo de corrupción que alimenta a toda una sociedad donde la destrucción de la naturaleza solamente es un símbolo más del futuro sin esperanza que nos aguarda. Es una sociedad abandonada, sin fe, sin creencias, sin ideas elevadas, viviendo solamente del envoltorio, de la imagen, de la apariencia, donde hasta el arte se prostituye y se doblega ante el valor monetario.

una-imagen-de-la-serie-crematorio-inspirada-en-la-novela-de-chirbesLos trece narradores nos van conduciendo mediante sus recuerdos, opiniones, deseos, temores… a lo largo de una historia en la que apenas ocurre nada porque todo sucedió en el pasado, por lo que es frecuente la utilización de regresiones que transportan al lector a otras épocas temporales: Guerra Civil, franquismo, transición, primeros gobiernos socialistas… hasta llegar a la actualidad, y todo para encuadrar la historia de una familia que se fue procurando un espacio dentro de la clase poderosa del país, “haciendo lo que había que hacer” para acumular capital, formándose como “clase social”, e intentando en el presente que ese mundo clasista se blinde de impermeabilidad para evitar que lleguen otros con nuevas armas a ocupar sus sitios.

Y mediante un perspectivismo múltiple, se analiza el conjunto agrupando los diferentes puntos de vista de los diferentes personajes, como el difunto Matías, un viejo revolucionario que, a pesar de todo, se mantuvo fiel a sus principios cobijándose en la agricultura; o su hermano Rubén, el arquitecto constructor sin escrúpulos que se ha enriquecido gracias a los manejos especulativos del boom del ladrillo; o Silvia, la hija de Rubén, una mujer dedicada a la restauración de arte y que todavía cree en los demás a pesar de las evidencias, y quien está casada con el catedrático y biógrafo Juan Mullor, totalmente opuesto al despropósito urbanístico de su suegro, y dedicado a escribir la biografía de un viejo amigo de la familia Bertomeu, el escritor fracasado, Federico Brouard, cuya perspectiva diaria gira alrededor del alcohol, las drogas y la prostitución; o el fiel perro guardián Ramón Collado, el de los trabajos sucios; o Traian, el mafioso ruso que comparte negocios con Rubén; o Mónica, su joven segunda esposa, lista y ambiciosa…

Estos monólogos interiores comienzan y acaban con el mismo Rubén, en primera persona, mientras el resto está dirigido por un narrador omnisciente y en estilo indirecto o directo libre:

“Pero aquel viaje no fue así, estaba demasiado enferma, no se sentía ni con fuerzas para escribir, o quizás pensó que lo que escribiera ya no iba a servirle para recordar nada, para documentar nada. Rubén le pidió a Silvia que los acompañara. Como cuando era pequeña, le dijo, pero ella no quiso, o no pudo ir. Seguramente, las dos cosas: no le apetecía aquella peregrinación triste, la animación forzada de preparar los equipajes y recoger las guías, ni tampoco sabía lo que hacer con los niños, con Juan, con el trabajo.”

Así pues, podemos decir que “Crematorio” es la visión de una época triste de nuestra historia, una época que todavía pervive, donde lo único que importa es el beneficio, por encima de lo que sea: destrucción del medio ambiente, sumisión de los derechos de las personas, limitación de las libertades, prostitución de la democracia… Todo vale si con ello el especulador obtiene ganancias. Y sin embargo, esos seres sin sentimientos sociales son individuos cultos, con una juventud repleta de ideales que en muchas ocasiones acabaron en las panzas de unos caballos repletas de drogas, tal y como se enriqueció Rubén.

El título, “Crematorio”, es bastante simbólico pues tanto representa el lugar donde van a acabar los restos de Matías, como el de aquellos ideales de las generaciones que ahora detentan el poder. Y en el transcurso de la historia, el ritmo textual se va incrementando, como las llamas que envuelven al lector, alimentadas por una prosa repleta de efectos, imágenes, matices y un léxico preciso.

thumbformatEl autor, Rafael Chirbes Magraner, nació el 27 de junio de 1949 en la localidad valenciana de Tabernes de Valldigna, muriendo en Valencia el 15 de agosto de 2015. En su trayectoria profesional destacan sus trabajos como crítico literario y el de novelista, con títulos como “Mimoun” (1988), que quedó finalista del Premio Herralde y que está ambientada en sus experiencias vividas durante su estancia en Marruecos como profesor de Castellano en la universidad de FEz; “La larga marcha” (1996), galardonada con el Premio SWR-Bestenliste en Alemania, primera entrega de la trilogía que habla de la sociedad española desde posguerra hasta la transición democrática y a la que siguieron “La caída de Madrid” (2000) y “Los viejos amigos” (2003); con “Crematorio” (2007) recibió el Premio Nacional de la Crítica y el V Premio Dulce Chacón, a ésta le siguió en la visión de una España en crisis “En la orilla” (2013), con la cual volvió a ganar el Premio Nacional de la Crítica de 2014 además del Premio Francisco Umbral al libro del año, y póstumamente apareció “Paris-Austerlitz”. En la actualidad Chirbes todavía es considerado el novelista que mejor ha novelado la problemática y evolución de la sociedad española de los últimos tiempos. Él mismo subrayó sobre su trabajo:

“Escribo de lo que veo. La relación entre las novelas viene después. En cada libro empiezas de cero: lo que en uno fue un hallazgo en el siguiente es un lastre. En el fondo, el tema es una excusa para las digresiones de los personajes. Por eso digo que todos son yo. Además, ninguno es del todo bueno ni malo, incluso las víctimas tienen sus mezquindades. No me gusta que los malos sean, además, tontos.”

En conclusión, “Crematorio” es como una catarsis en la que el lector se enfrenta a un estado de cosas que él mismo está tolerando y de la que forma parte más o menos activa, o por lo menos permisiva, con su actitud de cerrar los ojos para no ver, para no tener que juzgar y, en ocasiones, incluso envidiando. Y aunque en ella no aparece la trama, sí está repleta de estados de ánimo, de frustraciones, de traiciones, de deudas con la vida.

El tema es el del fracaso de esa persona que deja por testamento la ruina y las deudas, no tanto económicas, sino morales, algo que deja bien claro el propio autor:
“Crematorio no quiere ser una denuncia de la corrupción urbanística, eso de la corrupción es solo uno de los temas que circulan por detrás. Lo que se quiere contar aquí es cómo nuestra modernidad, lo que se suponía que íbamos a traer detrás del franquismo, ha dado como fruto esta especie de planta venenosa que nos asfixia. La novela trata también de si los ideales se han cumplido o no, y de la deriva de los individuos”.
Y esto no es ni más ni menos que el propio retrato de nuestra España: un país enfermo y sumido en un profunda crisis cuyas raíces se hunden en la codicia y la deshumanización de unas personas bastante cercanas genéticamente a las aves de rapiña, pues aunque la narración comience y termine el mismo día del funeral de Matías, todo gira alrededor de su hermano, Rubén, un empresario al estilo de Don Vito Corleone que ahora quiere redimirse de su pasado criminal: “Se acabó la época de lo sucio, ahora es la hora de lo limpio…”

Sin embargo él se siente feliz, contento con lo que ha hecho, porque todo lo sucio lo ha llevado a cabo la mafia rusa y sus personas de confianza, mientras él simulaba mantenerse al margen, y aunque todo lo que ha creado y le rodea sea corrupción: venta de drogas, negocio del sexo, tráfico de influencias o dinero negro, él se considera un hombre de negocios y se siente triunfador… y no asume responsabilidades en absoluto: la culpa siempre es de los otros… Y así ha ido evolucionando nuestra sociedad y el estado de nuestras almas. ¿Qué se puede esperar de aquellos que disculpan todos estos desmanes porque consideran que el beneficio justifica los medios?…

En 2011 “Crematorio”, fue llevada a la televisión en forma de serie dirigida por Jorge Sánchez-Cabezudo y con José Sancho en el papel principal.

“Las nubes”, de Blas Muñoz Pizarro

Pasan las nubes sobre el mundo. Van
indiferentes a su bien, ajenas
a su daño. Ligeras, casi inmóviles,
reproducen los sueños desprendidos

del hombre que las mira. Otras veces,
se extienden con sus párpados cerrados,
grises alas de un sueño ya sin sueños,
sobre el silencio oscuro de la vida.

Pasan las nubes bajo el cielo raso
de un cielo azul e inalcanzable. Son
rehenes de la luz, hijas del día.

En ellas contemplamos el destino:
llegar, libres sin serlo, a nuestra noche
en el flujo invisible que nos lleva.

Blas Muñoz Pizarro copiaValencia, 1943. Nace Blas Muñoz Pizarro. Su andadura en esto del
mundillo poético comienza pronto: allá por 1971, cuando publica un extenso poema, La danza, dedicado “A aquellos que tuvieron que emigrar. Y a los que se quedaron en la casa vacía, con el hueco de su ausencia entre las manos, viéndolos partir. A todos ellos. Con la voz y la esperanza del padre”. Y es que Blas Muñoz fue un activista político en la clandestinidad. Por ello el epígrafe de este poema es lorquiano: “Y queda el hueco de la danza sobre las últimas cenizas…”. Un poema reivindicativo: el poema de un joven que se inicia. Naufragio de narciso es de 1981: un poema más consolidado; culturalista, sí, quizás en la línea Novísima: las citas que lo abren son de Quevedo y de Jenaro Talens.

Y después, llegó el silencio. Blas Muñoz desapareció. Se desvanece durante veintiséis años. Nadie en el campo poético habla de él. Nadie recuerda lo que publicó en los setenta y ochenta. No hay tiempo para eso: los poetas están tan concentrados en lanzarse dardos entre ellos que son incapaces de ver el bosque. Es una decisión personal: nadie lo obliga a callarse, nadie a hablar.

2-2013-06-019_2602x2250Pero en 2007 retoma un libro que había abandonado. La mirada de Jano, con el que consigue el Premio de Poesía Paco Mollá, del Ayuntamiento de Petrer. Y entonces, todo se sucede: importantes premios literarios nacionales por libros y poemas, publicaciones, etc. E incluso, la creación dela tertulia “El limonero de Homero”, de la que formaban parte, además del propio Blas Muñoz Pizarro, Joaquín Riñón, José Luis Prieto, Antonio Mayor y Vicente Barberá. Nos han dejado, como legado, los libros El Limonero I, que apareció en 2010 y El Limonero II, en 2011, de lo mejor de la bibliografía valenciana en cuanto a poesía se refiere.

El poema “Las nubes” pertenece a su poemario de 2010 La herida de los días, con el que consiguió el Premio de Poesía Miguel Labordeta. La composición, un soneto en endecasílabos no rimados entre sí, rompe con la concepción tradicional de este tipo de piezas. Y lo hace voluntariamente en varios de los poemas del volumen. El poeta marca que es un soneto: separa convenientemente los dos cuartetos de los dos tercetos y consigue, a través de otros mecanismos como la coherencia temática, la evolución del hecho poetizado y el ritmo, que se sostenga una composición que, en principio, necesita de la rima para funcionar. No es nuevo, para nada. Ya el modernismo lo lanzó a la fama y mucho antes, durante el renacimiento, hubo quien se atrevió a escribir sonetos no rimados, aunque sin que alcanzaran gran popularidad. Sea como sea, un soneto sin rima rompe.

“Las nubes” es un poema que habla del tiempo. Del paso del tiempo, concretamente. Alguien mira el cielo y todo pasa: pero no hay lamento, ni queja ni dolor ni miedo. Sólo pasa y pasa. No hay tristeza: “Pasan las nubes sobre el mundo. Van / indiferentes a su bien, ajenas / a su daño. Ligeras, casi inmóviles, / reproducen los sueños desprendidos / del2.-Blas hombre que las mira”. Las nubes desconocen lo que ocultan. Y desconocen lo que hay debajo. El hombre es el que les da un significado y nosotros, por supuesto, como lectores. Pero, “Otras veces / se extienden como párpados cerrados, / grises alas de un sueño ya sin sueños, / sobre el silencio oscuro de la vida”. La vida, eso que pasa bajo ellas, es un silencio oscuro. Un callar constante, como el silencio del poeta durante más de veinte años. Y ocultan, lo he dicho y lo repito, aquello que permanece inalterado; la esencia; el cielo; también la verdad: “Pasan las nubes bajo el cielo raso / de un cielo azul e inalcanzable”. El cielo es la utopía: aquello que nunca podrá ser tocado, ser habitado, ser conocido. Y ellas, “rehenes de la luz”, indiferentes.

Y el hombre, no atormentado, recordemos, sigue mirando su paso, su vaivén. Como el de un tren en la noche. Y “En ellas contemplamos el destino”. El destino del que siempre hablan los poetas: el destino final y último de todo ser humano. El objetivo es alcanzarlo de una forma y un modo determinado. Este es el legado o, más bien, el consejo de Blas Muñoz Pizarro. Tomemos nota: “llegar, libres sin serlo, a nuestra noche / en el flujo invisible que nos lleva”.

P.D.: Blas Muñoz Pizarro leyendo poemas de La herida de los días

Análisis poético: “de donde vienes tú no hay esperanza”, de Antonio Méndez Rubio

Autor: Raúl Molina Gil

PDF: Guía de lectura “de donde vienes tú no hay esperanza” (Antonio Méndez Rubio)

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de donde vienes tú no hay esperanza
apenas sino sombra
temblando entre las hojas
noche nueva en el agua

de cuando vienes tú no hay ya futuro
y sin embargo nada
en tus manos significa renuncia
nada derrota nada arena oscura
ni nada desencuentro
nada
sabes del frío con que mi voz te espera

Antonio Méndez Rubio, nacido en Fuente del Arco (Badajoz) en 1967 y afincado en Valencia, donde es profesor en el Departamento de Teoría de los Lenguajes y Ciencias de la Comunicación de la UV, es una de las voces poéticas más relevantes en España desde los años 90. Su poesía aúna el silencio con la falta, la indeterminación con la voluntad de fisurar lo aparente para llegar a lo oculto. Resbaladizos y complicados, sus versos, siempre en el límite de la representación, han sabido señalar direcciones vanguardistas que otras poéticas contemporáneas mayoritarias han abandonado casi por completo. No es de extrañar si tenemos en cuenta sus referentes: Hölderlin, Paul Celan, Vladimir Holan, la poesía popular, José Ángel Valente, Antonio Gamoneda  o Jenaro Talens, entre muchos otros.

Profundamente consciente de que escribe en un mundo en crisis, gobernado por los mercados y por el neoliberalismo más voraz, donde la poesía ha sido expulsada del mundo de los negocios, de los negocios del mundo y del mundo como negocio, Antonio Méndez Rubio plantea una poética que desde la oscuridad a la que ha sido relegada intenta escrutar entre las iluminadas proclamas institucionales para encontrar sus fracturas y, así, señalar lo que ha sido voluntariamente invisibilizado. Y esto, desde su punto de vista, sólo puede partir de una subversión formal: la forma como política, la forma como fractura del sentido verticalmente impuesto, la forma como bisturí que rasga la carne de lo real, la agujerea, la espacia, haciendo del límite un lugar para respirar. Por ello, es habitual que en sus poemas no haya títulos ni signos de puntuación o que, como en este caso, una serie de heptasílabos y endecasílabos se rompa repentinamente con un verso de dos sílabas y uno de trece, a la vez que algunas rimas se repiten sin adquirir, al menos a priori, demasiada relevancia: Abba –aCC–a–. La estructura del poema no la potencia, más bien la camufla, primero, entre repeticiones y paralelismos sintácticos que acaban por asimilarlo rítmicamente a ciertas composiciones líricas populares y, segundo, entre aliteraciones de consonantes nasales que forman una intrincada red sonora, una atmósfera monótona, como de letanía, que multiplica la sensación de muerte, de ausencia, de pérdida.

Una voz, anclada en un mundo del que no tenemos datos, se dirige a un01 tú que viene de un lugar sin esperanza y de un tiempo sin futuro. Un espacio de vacíos, de sombras que tiemblan entre las hojas. Algo germina, sí, pero es oscuro: “noche nueva en el agua”. La romántica figura de la Luna reflejada sobre un lago de aguas sosegadas es sustituida por una inmensa oscuridad que va atrapando al lector sílaba tras sílaba.

Tras cinco versos, cuando todo parece abocado al abismo, se produce el renacer. El hablante acepta que caminemos sin poder evitarlo hacia el fracaso, que no haya solución y sin embargo, y sin embargo… Siempre tiene que haber un pero, ¿no? En este caso es positivo: “nada / en tus manos significa renuncia / nada derrota nada arena oscura / ni nada desencuentro”. Ahora, ya estamos en el terreno de la utopía. Frente a un mundo que no hace donaciones, que no permite que veamos más allá del presente constante que habitamos, la poesía de Antonio Méndez Rubio 02señala hacia el horizonte, que es el lugar que se aleja un paso por cada paso que damos, para hacernos ver que existe con la finalidad precisa de obligarnos a caminar hacia él. Es imposible y a la vez imprescindible, es inabarcable y necesario, absurdo e ineludible: utópico. Ver, desde la oscuridad de un mundo cegado, un rescoldo en la distancia y avanzar y avanzar y avanzar sobre el páramo y superar y superar y superar cada uno de los riscos y, sobre todo, dejar constancia de esa aspiración: es una buena definición de Poesía. Porque la voz, porque mí voz, porque tú voz, nuestra voz, la voz de todos, espera, aunque todo sea adverso en este lado o, mejor, aunque todo sea adverso en cualquier lado. Es la voz de la hipotermia, la voz del cáncer de laringe, la voz expulsada de un sistema egoísta, monstruoso, la voz anónima que cada día muere y revive y vuelve a morir y a revivir en un ciclo sin final, la voz que habla desde lo oscuro, la voz que aprehende lo oscuro, la voz que habla sobre lo oscuro, una voz que sólo puede hablar con palabras enquistadas, en crisis, con palabras muy bajas, muy bajas, con palabras muy bajas, con palabras que no son más que susurros: “nada / sabes del frío con que mi voz te espera”.