GUÍA DE LECTURA – POESÍA: Oda a la pacificación, de Mario Benedetti

51sztR-GuiL._SX355_

No sé hasta dónde irán los pacificadores con su ruido metálico de paz
pero hay ciertos corredores de seguros que ya colocan póliza contra la pacificación
y hay quienes reclaman la pena del garrote para los que no quieren ser pacificados.

cuando los pacificadores apuntan por supuesto tiran a pacificar
y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro.

es claro que siempre hay algún necio que se niega a ser pacificado por la espalda
o algún estúpido que resiste la pacificación a fuego lento

en realidad somos un país tan peculiar
que quién pacifique a los pacificadores un buen pacificador será.

El fino sarcasmo del poeta uruguayo Mario Benedetti está presente en cada uno de los nueve versos de este poema, jugando con la contradicción que supone el eufemismo utilizado por muchos golpistas para hacerse con el control del poder, sobre todo económico (a fin de cuentas, lo único que les interesa), de sus países, triste realidad histórica y actual de Hispanoamérica. Algo que el propio Benedetti sufrió en persona tras el Golpe de Estado y la instauración en su país de una dictadura cívico – militar desde el 27 de junio de 1973 hasta el 1 de marzo de 1985, lo que le llevó al exilio.

En aquellas naciones donde la pobreza es norma y la riqueza es propiedad de unos pocos, el ejército no es el garante de la estabilidad y la defensa del pueblo, por el contrario, al proceder todos sus mandos de las familias oligarcas, el orden que defienden es el de la alta burguesía, la cual, cuando siente en peligro algunos de sus privilegios, no duda en echar manos de las tropas para “pacificar” el país.

Pero lo triste es que también hemos visto, a lo largo de la historia, cómo varias revoluciones que se denominaban populares, una vez alcanzado el poder, se han convertido en otro tipo de tiranía olvidándose de los ideales que les llevaron hasta allí y queriendo perpetuarse en la poltrona hasta convertirse también ellos en opresores.

Por ello, el sarcasmo de Benedetti sabe a amargura y va mucho más allá de una simple ironía, sabe a desengaño, a pérdida de la esperanza y a la dura resignación ante la condición humana. Y es que se da cuenta de que el pueblo no necesita que nadie haga las cosas por “su bien”, no necesita de salvadores ni mesías, que más pronto o más tarde se descubren en su cruda realidad. Y Benedetti lanza su protesta con sonrisa torcida por el dolor de ver cómo se oprime, se tortura y se mata a inocentes en nombre de la paz, tanto en aquellos que se lanzan contra su propio pueblo como esos “pacificadores” que invaden países para imponer la democracia. La democracia no se impone ni se regala, simplemente se consigue entre todos. Imponer democracias es la nueva escusa que disfraza la colonización.

Oda a la pacificación apareció en su poemario Letras de emergencia, escrito entre 1969 y 1973, cuando en Uruguay se abatía una profunda crisis económica, social y política que contrastaba con los años de bonanza y prosperidad vividos en las décadas anteriores cuando se llegó a denominar a este país “la Suiza de América”, pero una necesidad casi absoluta de la inversión extranjera, lo que hacía salir al exterior la mayor parte de los beneficios, quedando el resto en manos de unos pocos, y una dependencia energética completa de terceros países, lo que hacía aumentar la deuda pública, produjo una enorme inflación que abrió mucho más la gran brecha existente en las clases dirigentes y el resto del pueblo, lo que provocó disturbios, revueltas y la aparición de la guerrilla de los “Tupamaros”, algo que los diferentes gobiernos de las décadas de los 50 y 60 no supieron controlar, dejando el paso franco al ejército para llevar a cabo el Golpe de Estado que encontró la resistencia de la mayoría del pueblo, por lo que no dudaron en utilizar la fuerza de las armas, las detenciones masivas, las torturas tanto físicas como psicológicas, las vigilancias permanentes, los exilios, las desapariciones y las muertes. Todo para “restaurar la paz”…

GUÍA DE LECTURA – NOVELA: El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias.

Antigua City at Sunrise

GUÍA DE LECTURA PARA DESCARGAR

El Señor Presidente es una novela-denuncia que va más allá de la memoria colectiva, donde se revela la situación de desigualdad social, la injusta explotación del campesinado, el acoso a los pueblos nativos y a la cultura tradicional de los “hombres del maíz”, además de la sensación de miedo ante los caprichos de una de las dictaduras que se sucedieron en su país, Guatemala.

MANUEL JOSÉ ESTRADA

MANUEL JOSÉ ESTRADA

El Señor Presidente está inspirada en la vida real del tirano Manuel José Estrada quien accedió a la presidencia el 8 de febrero de 1898, como primer designado para la sucesión, al ser asesinado el presidente José María Reina Barrios.

Cabrera, como le denominaban sus detractores, se mantuvo en el poder hasta 1920 mediante elecciones fraudulentas, algunas tan ridículas como en la que consiguió diez millones de votos siendo la población total de Guatemala de dos millones, pero contaba con la lealtad del Ejército y mantenía bajo control a los altos mandos militares así como a las personas más influyentes del país, además de seguirle una corte de aduladores que le designaban con diferentes apelativos que iban desde el sencillo “Don Manuel” hasta el rimbombante “Benemérito de la Patria”, pasando por “Jefe del Partido Liberal”, “Excelencia” o “Benefactor de la juventud estudiosa”, pero lo peor fue que, tras tomar el poder, no permitió ningún tipo de oposición y no dudó en desencadenar una inmensa crueldad hacia sus contrarios mediante asesinatos, detenciones, torturas y fusilamientos. Casado con Desideria Ocampo, tuvo dos hijos con ella y doce más con otras mujeres, aunque todos reconocidos… eso le daba caché de macho.

La fuerza de la novela de Miguel Ángel Asturias no se basa tanto en la creación de un personaje tiránico para luego seguirlo en sus fechorías como figura despótica y central de la narrativa, sino más bien en el estudio psicológico de cómo ese personaje se convierte en una imposición en la vida de todos quienes le rodean. Su nombre nunca aparece, pues todos se refieren a él como El Presidente y su aspecto físico no se transcribe, pero, aunque técnicamente se le puede considerar un personaje secundario, su presencia está siempre presente, por lo que se le podría calificar como el personaje principal de la novela.

Alrededor de El Presidente se mueve una constelación de personajes que subsisten gracias a, o a pesar de, él, pero los más importantes de esta historia son:
– Miguel Cara de Ángel (bello y malo como Satán) es su favorito y el asesor más cercano del tirano, un hombre sin corazón y carente de escrúpulos que veremos evolucionar a lo largo de la novela.
– El General Eusebio Canales, un influyente alto mando militar al que, aprovechando el asesinato del Coronel Panales Sonriente, se acusa falsamente de tal crimen y debe huir del país.
– Camila, la heroína dramática de esta historia, es la hija del General Canales y es sobre quien Miguel Cara de Ángel tiene sus ojos puestos y decide raptar el mismo día en que va a ser detenido su padre.
– El Mayor Farfán, a quien Miguel Cara de Ángel salva la vida jugando a doble carta y en espera de que algún día lo necesite.
– Y el Pelele, un pobre perturbado mental de quien se burlaban todos los pordioseros de la ciudad que se acumulaban en las gradas de la Puerta del Señor, junto a la Catedral, y que fue el desencadenante accidental de todo este argumento, tan disparatado como él, cuando mató al Coronel Parrales Sonriente, “el hombre de la mulita”, con sus propias manos, lo que le sirvió al Señor Presidente para organizar una agresiva ofensiva con la misión de librarse de todos aquellos a quienes consideraba una amenaza para su poder.

Aunque también los secundarios tienen importancia en esta novela coral donde a todos les puede llegar la lotería de la crueldad, como la pobre Fedina de Rodas, quien fue torturada y vendida a un prostíbulo con su hijo muerto en sus brazos sin saber de qué se le acusaba, o el malvado Auditor que disfrutaba torturando y de todo intentaba sacar provecho, o Genaro de Rodas quien busca trabajo y hace lo que sea, incluso traicionar y creerse las mentiras sobre su mujer, o la Masacuata, una de las figuras más íntegras de la novela, o toda esa variedad de mendigos, presos, parientes, aduladores, prostitutas, funcionarios y camareros que pululan por la historia alrededor la luz del Presidente, como las moscas alrededor de la bombilla, hasta que mueren abrasadas.

EL PORTAL DEL SEÑOR

EL PORTAL DEL SEÑOR

La trama es lineal, en un lenguaje bastante lírico, a veces reflexivo y en otras lleno de acción, apareciendo en varios capítulos de la novela secuencias ilusorias de sueños que difuminan la línea entre la fantasía y la realidad, que nos transmiten, con más fidelidad, las dificultades existentes al vivir bajo el poder de una dictadura en la que el tirano decide qué es verdad, por que quienes sufren bajo su opresión deben esforzarse constantemente para poder adaptarse a esa verdad cambiante, responder a ella y no convertirse en víctimas de puro accidente. Por ello, los personajes que Miguel Ángel Asturias recrea en esta novela dan la sensación de ser planos en general, escasamente dimensionales, pero es difícil que exista la ambigüedad bajo un poder político que no la permite, pues la confusión moral y ética se castiga, según la moral o la ética del dirigente, incluso con la muerte, en un mundo austero donde todo o es blanco o es negro, pero jamás gris.

El argumento se basa en la crueldad sufrida por hombres y mujeres de un país latinoamericano bajo el poder de una dictadura, pero el autor lo aprovecha, entrelazando la verdad y la fantasía surrealista, para dar cuenta de las costumbres y la naturaleza del pueblo guatemalteco. La crueldad impulsada por la codicia y la ambición de poder de unos pocos contra una mayoría de seres indefensos e inocentes. La crueldad que llega incluso a no permitirles morir en paz y les llenan el ánimo de mentiras e injurias para que su agonía sea más dolorosa.

No existe un tiempo específico, sino que todo se mueve con relación a la luz el sonido o las necesidades de los personajes, como destellos intemporales que entre todos dan a la historia una sensación de temporalidad. Solo en los títulos de las tres partes en las que se divide aparecen referencias temporales concretas.

La obra está dividida en cuarenta y un capítulos breves más un epílogo y en cada uno de ellos Asturias ha ido desgranando su mensaje por medio de diversos actos que constituyen un pequeño universo de tragedias. A veces nos damos de bruces con párrafos verdaderamente incomprensibles que se relacionan con momentos de gran tensión, como el encierro en un calabozo, algunos sueños o pesadillas, el miedo o la locura. Párrafos en los que hay palabras fuera de orden, onomatopeyas sin sentido aparente, frases sin acabar, repeticiones confusas… Es el juego de Asturias en una alianza entre el sonido y el sentido que produce en el lector sensaciones de confusión y desazón similares a las que sufren los personajes, sus espíritus apasionados, e introducirnos en sus vidas, sus sufrimientos o sus gozos y, por supuesto, sus esperanzas, describiendo unos personajes nítidos y comprensibles cargados de veracidad. Unos seres deformados y degradados por la imaginación del autor con la intención de hacerlos visibles para los lectores, pues siempre tendemos a apartar la mirada cuando pasamos ante la miseria, como si al no verla, no existiera. Y sin darnos cuenta, nuestra postura burguesa resulta mucho más grotesca.

El empleo del habla popular, coloquial, con un numeroso uso de las frases hechas que nos cuesta entender, con palabras dialectales o de jerga utilizada por ciertos grupos, nos hace utilizar continuamente el vocabulario que aparece al final del libro, pero todo esto es necesario porque de lo contrario la novela no tendría sentido. De esta forma tan realista, Asturias describe el contexto cotidiano y da coherencia a la ambientación argumental. Algo similar ocurre con su descripción de aquellos lugares, como El Portal del Señor, ya desaparecidos, capaces de transportarnos a un pasado ya no existente, pero sentido como real.

El génesis de El Señor Presidente fue un cuento escrito por Miguel Ángel Asturias en su juventud que llevaba por título Los mendigos políticos y que viajó con él hasta Francia en 1923. Allí escribió la novela, concluyéndola en 1933, sin embargo, no pudo ser publicada hasta 1946, en México, a causa de las sucesivas prohibiciones de los gobiernos dictatoriales guatemaltecos.

Miguel-Ábgel-AsturiasMiguel Ángel Asturias nació en Ciudad de Guatemala el 19 de octubre de 1899 y falleció en Madrid el 9 de junio de 1974. Además de diplomático fue un gran poeta y novelista ganador del Premio Nobel de Literatura en 1967. En sus escritos se combina el misticismo de la cultura Maya con un impulso épico hacia la protesta social, resumiendo las aspiraciones sociales y morales de su pueblo tantos siglos reprimido. Sus obras más importantes son: Leyendas de Guatemala (1930), donde se describe la vida y cultura de los mayas antes de la llegada de los españoles; Sonetos (1930), su primer trabajo poético; El Señor Presidente (1946); Hombres del maíz (1949), novela considerada su obra maestra; El ciclón (1950); El Papa verde (1954) y Los ojos de los enterrados (1960).

GUÍA DE LECTURA – POESÍA: La odisea, de Sipho Sepamla

Explora la belleza de nuestra tierra

descubre dónde brilla el sol
dónde las sobras permanecen eternamente
donde la paz se sienta lista para alejarse
dónde el juego salvaje espera oler tu presencia
y correteando

descubre la mentira de nuestras jorobas de montaña
dónde bajo y dónde alto
Drakensberg y sus posadas
donde cae el Tugela y luego fluye
y da lugar a una rica promesa

por todos los medios haz estos descubrimientos
pero no te apures
escala
cae
y pronuncia

descubre los vastos espacios vacíos
que van a suplicar un acuerdo
y el silencio en el medio
donde el sabor de las aguas sazonadas
puede hechizar la mente y hacer que uno
sucumba a una especie de parloteo

descubre estos espacios y siéntete emocionado
pero no te sorprendas
son apurados por algunos
son racionados para otros
sin embargo, no están abarrotados por ninguno

descubre las muchas naciones de nuestra tierra
porque la nuestra es la tierra de las tribus

el africano
el inglés
el afrikáner
el colorado
el indio
el judío
y etcétera, etcétera y etcétera

descubre que estamos lejos de ser un pueblo ignorante
para nosotros es una tierra de muchas universidades tribales
donde muchos leen periódicos tribales imparciales
porque la nuestra es la tierra del sabc
el guardián de los giros modernos

descubre la sed de nuestra maravillosa tierra
y la mente hambrienta se alimenta de experimentos humanos

descubre el amor que hay
sentado despierto esperando ser utilizado
y el odio
que se hincha y fluye mientras se alimenta de miedo

y cuando los pies comiencen a doler
ampollas a punto de estallar
y cuando las orejas comiencen a picar
y oigan herir el alma

no te quejes
no gimas

descubre cómo las personas desconfían unas de otras en la sala
descubre cómo hablan alrededor de un punto
descubre cómo las personas están hechas para vivir una mentira

y cuando la carne comience a temblar
siéntete incapaz de desatar tu miedo
y cuando los párpados comiencen a silbar
búrlate de esas lágrimas
exprime
pero no llores

y cuando sientas que el dolor comienza a comprender
cómo lo hundo a veces
en corrientes azucaradas que fluyen en mi dirección

y cuando te maravilles de cómo caigo de rodillas para rezar
tómalo tienes razón
no has empezado a entender cómo me hice antes
de que el tiempo fuera

descubre la esperanza que vive con la desesperación

descubre las ratas que roen esta esperanza

descubre la preocupación de todas las personas no tribales

descubre la tierra que se ha vuelto malhumorada

69873302_2567728519960509_7669068688632315904_nEste es un poema escrito en 1993, cuando Sudáfrica ya llevaba un año sin Apartheid, un año con democracia y con un presidente negro: Nelson Mandela. Y a pesar de lo que nos quiere transmitir, es un poema sereno, un poema con un título épico que nos trae referencias de un largo viaje iniciático, repleto de peligros y aventuras, cuya meta es devolvernos a la única casa que realmente poseemos: a nosotros mismos, porque esa sea, tal vez, la única forma en la que podamos comprender lo que Sipho nos invita a descubrir: su país, nada menos, y mediante ese viaje detrás de la sombra más buscada y deseada: la verdad, por lo tanto, el verbo que más se repite en el poema es justamente ese: “descubrir”, como si la persona a la que va dirigido, un tú universal, un tú que engloba a toda aquella persona que quiera escucharlo, estuviera buscando algo que no ve: nuevos paisajes, nuevos lugares, o quizá, ese punto de vista diferente que le dé una nueva perspectiva, porque en el poema lo que persisten son las sombras, metafóricamente, claro, pues la mayoría de las sombras dejan de ser cuando aparece la luz, igual que la paz que está ahí, por el momento, aunque todos sabemos que en cualquier instante puede salir corriendo. Y de eso quiere avisarnos Sipho pues, aunque el amor esté despierto, el odio sigue creciendo ya que se alimenta del miedo, algo que engorda y engorda sin cesar, y no es exclusivo de aquellas naciones, no, ocurre lo mismo en cualquier parte del planeta, y a pesar de que el poeta esté considerando la tierra como una unidad, la verdad es que está muy dividida, no por accidentes geográficos, si no por tribus, tribus creadas por la fiebre de los hombres, creadas para mantener viva la llama del odio, para debilitar y que una siempre gane; o dividida por quienes apuran y atesoran la tierra, mientras a otros se les raciona. Y aunque las palabras de Sipho puedan globalizarse, él nos expone la belleza y la fealdad de su país como un todo, porque es así y no podría entenderse sin ambas partes, por eso es una tierra malhumorada, pues los parias la pisan, pero no la poseen, y quienes la poseen saben que no es suya, sino usurpada por sus antepasados a sus legítimos dueños, y fue ese miedo a reconocer su delito el que les empujó a crear leyes que los cosificasen, que los deshumanizasen, a los otros, los nativos, leyes que le diesen a ellos, los blancos, los superiores, la justificación de que todo lo hicieron por la patria, palabra manchada de sangre y prostituta del dinero, y por el bien de aquellas tribus descarriadas a cuyas almas vinieron a salvar con la fe y a redimir con el trabajo… Peligrosos paralelismos con ecos de otros tiempos y latitudes…
70706296_2567728523293842_45753891467296768_n69873625_2567728666627161_2549009111027023872_nSipho Sepamla (Sidney) nació en Soweto, Johannesburgo, Sudáfrica, en 1932. Estudio magisterio en la Universidad de Durban y trabajó como maestro de primaria, aunque pronto se dio a conocer como poeta y novelista y, sobre todo, por encabezar protestas contra el régimen de Apartheid en la década de los años sesenta del pasado siglo, a causa de la represión y las matanzas llevadas a cabo por la policía en su ciudad natal, lo que le llevó a formar parte del Movimiento de Conciencia Negra, por lo que sus libros, en especial The Soweto I Love, fueron prohibidos. Fundó la Unión Federada de Artistas Negros, que con el tiempo se convertiría en la actual Academia de Artes Fuba, y editó dos revistas culturales: la literaria New Classic y S’ketsh, sobre teatro. Sipho murió en Brakpan, Sudáfrica, el 9 de enero de 2007.
Considerado dentro del grupo de los “poetas de las grandes ciudades”, refiriéndose solamente a las pobladas por negros, como Soweto, Kwa Mashu o Langa, pues compartía con ellos un tipo de poesía de convicciones firmes, con una expresión rabiosa e inesperada para aquellos tiempos, por lo que desconcertaba a la crítica del momento. En su mundo metafórico, África es una niña negra, lo que le dio pie para realizar algunas imágenes bastante sorprendentes, y una gran parte de su trabajo surgió a partir de los hechos ocurridos en Soweto a causa de las protestas contra la ley imperante del Apartheid, o segregación de blancos y no blancos, impuesta por el Partido Nacionalista en 1948, con el propósito de conservar el poder y los privilegios, ya que se había llegado a la circunstancia de que la población blanca suponía tan solo el 21% de la total. Esta ley se mantuvo en vigor hasta 1992.

GUÍA DE LECTURA POESÍA: Éxodo, de Ángela Figuera Aymerich

60175608_2353447531388610_8146306973319561216_n

El tema que tocamos en esta ocasión, tanto en la novela Las uvas de la ira, como en este poema, es el abandono, ese que se produce cuando una sombra ajena a ti te impulsa a dejarlo todo y caminar, caminar sin descanso en busca de algo indefinido, tal vez inexistente, pero caminar para dejar atrás aquello que te oprime, que te empuja, que te va degradando hasta convertirte en un despojo…
Guerra, odio, hambre, violencia, miedo… da igual pues el resultado es el mismo: si te quedas, sucumbes, si te vas, agonizas, pero queda, al menos, una brizna de esperanza: tal vez todavía exista un pecho humano que albergue un poco de bondad y valentía…
El abandono supone un final, pero también un comienzo.

60304333_2353439248056105_9061322542819573760_n

Éxodo

Una mujer corría.
Jadeaba y corría.
Tropezaba y corría.
Con un miedo macizo debajo de las cejas
y un niño entre los brazos.

Corría por la tierra que olía a recién muerto.
Corría por el aire con sabor a trilita.
Corría por los hombres erizados de encono.

Miraba a todos lados.
Quería detenerse.
Sentarse en un ribazo y con su hijo menudo.
Sentarse en un ribazo y amamantar en paz.

Pero no hallaba sitio.
No encontraba reposo.
No lograba la pausa sosegada y segura
que las madres precisan.
Ese viento apacible que jamás se interpone
entre el pecho y el labio.

Buscaba cerca y lejos.
Buscaba por las calles,
por los jardines y bajo los tejados,
en los atrios de las iglesias,
por los caminos desnudos y carreteras arboladas.
Buscaba un rincón sin espantos,
un lugar aseado para colocar una cuna.

Y corría y corría.
Dio la vuelta a la tierra.
Buscando.
Huyendo.
Y no encontraba sitio.
Y seguía corriendo.

Y el niño sollozaba débilmente.
Crecía débilmente
colgado de su carne fatigada.

AVT_ngela-Figuera-Aymerich_7381Ángela Figuera Aymerich nació mujer y se hizo poeta. Ángela Figuera Aymerich ejerció de mujer y cultivó la poesía enfrentándose al ninguneo que ambos factores implican, y más si van emparejados, y más si le tocó en suerte ser mujer y ser poeta en una época en la que ambas entidades componían una enorme sospecha.
Pero cuando la mujer y la poesía se unifican, surge la sinceridad, y Ángela estuvo comprometida en ser abanderada de quienes perdieron la voz bajo las huellas del miedo, de quienes perdieron los horizontes tras las nubes del odio, de quienes fueron despojados de la dignidad por los roedores del tiempo.
Ella escribía para ser entendida y así despertar fuegos. No le interesaba crear perlas para cuellos insustanciales, ni ornar cabelleras con palabras huecas, ni ascender olimpos alejados de la realidad. No. Ella quería llegar, penetrar, mantener la herida abierta pues, mientras duela, mientras supure, sabes que sigues con vida, de lo contrario, o has muerto o te extingues en la esclavitud.
Nacida en Bilbao el 30 de octubre de 1902, fue una de esas pioneras españolas en acabar el Bachillerato, licenciarse en Filosofía y Letras y obtener una cátedra de Lengua y Literatura.
60348896_2353439164722780_2285955390782832640_nSu transcurrir poético se inició bajo una cierta influencia machadiana y una cierta afectación por los cotidiano y lo paisajístico, pero con la llegada de la guerra, la derrota, la persecución, los traslados, el anonimato y la opresión, aparece en ella el interés por todo lo social, el mundo femenino, la intimidad, la familia, el amor, hasta llegar al grito, a la rabia…
Al final, con el paso del tiempo, esta mujer consciente de su papel fue, sin embargo, cayendo en el olvido de una intelectualidad pomposa fabricada por y para hombres, hasta que la muerte le dio la mano en Madrid, un 2 de abril de 1984.
Ángela, cuando su hijo José Ramón nació durante un bombardeo de Madrid perpetrado por la aviación franquista, en diciembre de 1936, dijo: “Nace con salvas, como los reyes.” Aunque pronto ellos, al igual que otros muchos españoles, tuvieron que abandonarlo todo y buscarse nuevos caminos que les garantizaran la existencia.
60434719_2353439378056092_8621633920250675200_nÉxodo es un poema que trata de eso, de las miles y miles de personas de aquella guerra y de tantas otras que pululan por las veredas de lo desconocido tras el último atisbo de esperanza, esa esperanza que nunca encuentran, que ya no existe, pero que ellas no lo saben y por ello siguen su marcha hasta el infinito. En este caso es una madre con su hijo que corría y corría, sin importarle los tropiezos, pues le podía más ese miedo que tomaba cuerpo, se solidificaba y contenía en sí misma; una madre que corría por terrenos de odio, explosivos y muerte, buscando un lugar donde descansar y amamantar a su pequeño, pero no lo encontraba, a pesar de buscarlo por todas partes, y por eso siguió corriendo hasta dar la vuelta a la tierra, y siguió corriendo con el niño llorando y débil aferrado a lo único que tenía: su madre.

GUÍA DE LECTURA NOVELA: Las uvas de la ira, de John Steinbeck

60146269_2350143628385667_3914115851325800448_n

“Las últimas lluvias cayeron con suavidad sobre los campos rojos y parte de los campos grises de Oklahoma, y no hendieron la tierra llena de cicatrices. Los arados cruzaron una y otra vez por encima de las huellas dejadas por los arroyos. Las últimas lluvias hicieron crecer rápidamente el maíz y salpicaron las orillas de las carreteras de hierbas y maleza, hasta que el gris y el rojo oscuro de los campos empezaron a desaparecer bajo una manta de color verde. A finales de mayo el cielo palideció y las rachas de nubes altas que habían estado colgando tanto tiempo durante la primavera se disiparon. El sol ardió un día tras otro sobre el maíz que crecía hasta que una línea marrón tiñó el borde de las bayonetas verdes. Las nubes aparecieron, luego se trasladaron y después de un tiempo ya no volvieron a asomar. La maleza intentó protegerse oscureciendo su color verde y cesó de extenderse. Una costra cubrió la superficie de la tierra, una costra delgada y dura, y a medida que el cielo palidecía, la tierra palideció también, rosa en el campo rojo y blanca en el campo gris.”
Las uvas de la ira (Inicio)
John Steinbeck

9788491813590Las uvas de la ira es una novela del escritor norteamericano John Steinbeck donde se describe la pugna por la subsistencia de miles de familias campesinas del centro y medio oeste de Estados Unidos durante la Gran Depresión de los años treinta del pasado siglo.
Sin embargo, este conflicto surge mucho antes motivado por una mala planificación, curiosamente, durante un momento altamente favorable para sus intereses. Todo comenzó cuando la Primera Guerra Mundial asolaba las tierras europeas y la mayor parte de sus campesinos no podían cultivar sus campos, ante tal situación, los agricultores norteamericanos, sin apenas competencia, recibieron una enorme demanda de productos agrícolas a unos elevados precios, lo que les condujo a querer invertir en mejores equipos agrícolas y en la compra de más tierras de cultivo, para lo que se dirigieron en masa a las entidades bancarias en busca de préstamos. Pero la Gran Guerra concluyó en 1918 y, poco a poco, los campesinos europeos volvieron a producir en sus campos bajando, automáticamente, el precio de los productos. Los agricultores norteamericanos vieron caer sus ventas y hundirse sus ingresos, en cambio, sus cuotas mensuales de la devolución de los créditos les llegaban con desesperante precisión y los intereses de las mismas se iban elevando a causa de los impagos. En conclusión, muchas de estas familias fueron expulsadas de sus tierras por los bancos al no poder pagar las deudas contraídas con ellos, algo que dio comienzo en la década de los años veinte, pero que se agravó en la de los treinta a causa del Crac del 29, cuando muchas familias, no solo campesinas, sino de cualquier ámbito social, perdieron sus ahorros, empleos y hogares.
Pero todavía se podía poner peor la situación, y así fue, pues en extensas áreas rurales de los estados de Oklahoma, Kansas y Texas la sequía se cebó con particular saña, y si a esto le sumamos los años de malas prácticas agrícolas, en un ciego empeño de sacarle el mayor beneficio en el menor tiempo posible, tales como la sobreexplotación de la tierra y la ausencia de rotación de cultivos, empobrecieron aquellos campos dejando un paisaje desértico donde el polvo se acumulaba sobre cosas, animales y humanos, soportando continuas tormentas secas enormemente devastadoras. Este periodo es conocido como el Dust Bowl, durante el cual se produjo un éxodo de miles de familias hacia la idílica California, prácticamente con lo puesto, en busca de unas condiciones mejores de vida.
60343469_2350143508385679_7395272464906846208_nAnte esta situación desesperada, la administración del presidente Roosevelt creó The Farm Security Administration, en 1933, dentro del New Deal, construyendo campamentos gubernamentales en el estado de California que pudieran albergar a familias de agricultores migrantes, con la intención de influir en los propietarios de tierras para que estos edificaran viviendas similares en sus fincas destinadas a estos desterrados, cosa que no ocurrió, quedándose muchas de estas familias en aquellos campamentos durante años con poca o ninguna ayuda y a expensas de la explotación laboral por parte de los propietarios de California. Ante esto, los migrantes intentaron hacerse fuertes asociándose en sindicatos, algo que se empeñaron en desbaratar, por todos los medios, los terratenientes locales con ayuda de las fuerzas policiales, lo que produjo muchas situaciones de gran violencia.
Steinbeck, fuertemente sensibilizado por este problema, se involucró en la vida de estos trabajadores yendo a los campos gubernamentales donde se ocupó como uno más de ellos, conociendo así, desde dentro, el sistema de trabajo de las granjas californianas, algo que dejó plasmado en la serie de novelas sobre los sueños y la lucha de los campesinos migrantes por sobrevivir ante los efectos adversos del capitalismo: En lucha incierta (In Dubious Battle [1936], De ratones y hombres (Of Mice and Men) [1937] y Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath) [1939].
60203420_2350143408385689_5092504656572055552_nLas uvas de la ira produjo muchas controversias desde el mismo momento de su publicación en 1939, sobre todo por tres cuestiones principales: la filosofía social que encierra en sí misma, que algunos confundieron con una apología del comunismo, el posible ateísmo que se desprende del desengaño de los personajes y el lenguaje profano e irreverente empleado por el autor, lo que le llevó a estar censurada en muchos colegios y bibliotecas públicas de Oklahoma, California, Kansas o New York, llegando, incluso, a boicotear la filmación de la película de John Ford algunos grupos religiosos y varias cámaras de comercio. Sin embargo, la película estuvo nominada a siete Oscar, de los que se llevó dos, y la novela se convirtió rápidamente en un gran éxito de ventas, consiguiendo el Premio Pulitzer en 1940, y sigue siendo considerada la mejor obra de Steinbeck.
En lo concerniente al supuesto ateísmo, se malinterpretaron las actitudes espirituales de ciertos personajes, como Jim Casy, Tom Joad y Rose of Sharon, ante las situaciones negativas que se les plantea en sus vidas, sin embargo, Casy se sacrifica para salvar a la familia que le dio cobijo y compartió con él lo poco que tenían, lo mismo se puede decir de Tom, y las dos mujeres tienen muchas cualidades que se podrían calificar de cristianas, como espíritu de sacrificio, amor al prójimo y fortaleza ante la tragedia, algo de lo que parecían carecer quienes tanto atacaron esta obra.
Las acusaciones de apología del comunismo también se caen por su peso, pero claro, en unos Estados Unidos, donde el capitalismo era casi una religión, toda persona que reivindicase sus derechos contra la estructura del poder, derechos pragmáticos, no ideológicos, hacía brotar sarpullidos de terror en la sensible piel de las clases dirigentes. Pero la novela simplemente denuncia la decadencia de una sociedad materialista que teme al diferente, sobre todo si es pobre y mucho más si se revela contra la opresión y la explotación.
60075334_2350143621719001_905156480661979136_nLa novela, escrita en tercera persona, no tiene un punto de vista omnisciente fijo, sino que se acomoda, mediante el ritmo y el tono de la redacción, a las diferentes perspectivas de los personajes y a sus cambios de pensamiento o tono, por lo que es más sencillo para el lector comprender el texto. Al mismo tiempo, Steinbeck va intercalando, entre el desarrollo de la acción, unos capítulos breves que no tratan del viaje de la familia Joad, sino que en ellos explora diversos conceptos y temas que van con el argumento, como el uso de la tierra, la emigración, la lucha de clases, etcétera, lo que da a la lectura un aspecto contextual mucho más amplio. El lenguaje es coloquial y perfectamente adaptado a las distintas esferas sociales, aunque en la traducción al castellano no lo podamos apreciar, por un lado, el típico de los campesinos del medio oeste norteamericano y, por otro, el de la costa oeste de California. Esto es algo bastante importante, pues en esta diferencia del lenguaje radica el indicador diferencial entre los peones migrantes y los terratenientes californianos, fundamento del conflicto de clases y el maltrato a los trabajadores en que se centra la novela. De esta forma consigue que los lectores simpaticen más con el habla desenfadada, amable e irónica de los trabajadores, que con el lenguaje frío y crítico de los contratistas o policías.
60063125_2350143511719012_1381988585997074432_nSteinbeck no utiliza las descripciones gratuitamente ni sin venir a cuento, pues ellas son empleadas como un medio más, y bastante eficaz, de la narración. La historia comienza en las secas e implacables tierras de Oklahoma, en el hogar de los Joads devastado por las tormentas de polvo, donde todo es rojo o marrón, polvoriento y con escasa vegetación y casi sin sombras donde cobijarse, lo que nos da una clara idea de la grave situación por la que pasan los Joads y comprendemos su necesidad de marcharse de allí para sobrevivir.
El contraste viene marcado por las tierras fértiles del Valle de San Joaquín en California, sin embargo, a pesar de ser un lugar mucho más saludable que del que vienen, allí no son bien acogidos y les explotan en sus trabajos.
La Ruta 66 es la utilizada en su largo viaje y se nos describe como una zona inestable e insegura hasta llegar al río Colorado, la frontera entre los dos mundos y donde la familia pierde a uno de sus hijos, Noah, quien decide quedarse allí. Los sucios e inquietantes “hoovervilles”, asentamientos irregulares construidos por los migrantes a los que se iban acoplando a medida que llegaban, contrastaban con el Weedpatch Camp construido por el gobierno, limpio, pulcro y perfectamente organizado por los propios desempleados y sus familias, un lugar que les permitía seguir teniendo esperanzas, lo que no gustaba a los nativos, quienes preferían seguir pensando en ellos como en unos desarrapados vagabundos, vagos y maleantes, y así continuar teniendo una buena excusa para echarlos.
Pero el cenit del maltrato, el abuso y la explotación les llega en la granja Pixley Peach, donde las lluvias torrenciales y la inundación subsiguiente les hace ver que nada podrán conseguir si no se unen, y esto es el comienzo de mayores problemas y sufrimientos…
60012226_2350143418385688_2222105281679065088_nLa novela es cruda, realista, no maquilla nada y nada esconde, pero no hace apología ni quiere adoctrinar ni convencer, simplemente nos va mostrando los hechos tal como fueron para que nosotros saquemos nuestras propias conclusiones. Y su tema, a pesar de estar centrado en un momento determinado de la historia, es tristemente muy actual. Sin embargo, como siempre, para quienes quieren seguir manteniendo su estatus y no consienten que nada cambie, resulta peligrosa y sospechosa de poseer sus peores fantasmas. La verdad siempre lo es.

 

GUÍA DE LECTURA: Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, por Ancrugon

  Descarga en PDF: GUÍA DE LECTURA: Réquiem por un campesino españolserequi1

    “El cura esperaba sentado en un sillón con la cabeza inclinada sobre la casulla de los oficios del réquiem. La sacristía olía a incienso. En un rincón había un fajo de ramitas de olivo de las que habían sobrado el Domingo de Ramos. Las hojas estaban muy secas, y parecían de metal. Al pasar cerca, Mosén Millán evitaba rozarlas porque se desprendían y caían al suelo.

     Iba y venía el monaguillo con su roquete blanco. La sacristía tenía dos ventanas que daban al pequeño huerto de la abadía. Llegaban del otro lado de los cristales rumores humildes.

     Alguien barría furiosamente, y se oía la escoba seca contra las piedras, y una voz que llamaba:

     – María… Marieta…

     Cerca de la ventana entreabierta un saltamontes atrapado entre las ramitas de un arbusto trataba de escapar, y se agitaba desesperadamente. Más lejos, hacia la plaza, relinchaba un potro. “Ése debe ser –pensó Mosén Millán- el potro de Paco el del Molino, que anda, como siempre, suelto por el pueblo”. El cura seguía pensando que aquel potro, por las calles, era una alusión constante a Paco y al recuerdo de su desdicha.

     Con los codos en los brazos del sillón y las manos cruzadas sobre la casulla negra bordada de oro, seguía rezando. Cincuenta y un años repitiendo aquellas oraciones habían creado un automatismo que le permitía poner el pensamiento en otra parte sin dejar de rezar. Y su imaginación vagaba por el pueblo. Esperaba que los parientes del difunto acudirían. Estaba seguro de que irían –no podían menos- tratándose de un misa de réquiem, aunque la decía sin que nadie se la hubiera encargado. También esperaba Mosén Millán que fueran los amigos del difunto. Pero esto hacía dudar al cura. Casi toda la aldea había sido amiga de Paco, menos las dos familias más pudientes: don Valeriano y don Gumersindo. La tercera familia rica, la del señor Cástulo, no era ni amiga ni enemiga.

(Inicio)

9788423342396     Réquiem por un campesino español, es una pequeña historia de un nuevo redentor que dará su vida por la salvación de una utopía, como, a fin de cuentas, son todos los actos de fe, creyendo hasta su último aliento que la verdad puede triunfar, que la verdad nos hace libres, y siendo una víctima más del inframundo de la caverna.

Ramón J. Sender escribió esta novela, que en un principio se tituló Mosén Millán, en tan sólo una semana, pero, a pesar de ello y de su brevedad, tiene la calidad suficiente para estar considerada una verdadera obra de arte, tanto por su agilidad, su desarrollo, su frescura como por el esbozo de los personajes, sin olvidarnos de que los temas tratados, justo en el momento de su creación, 1953, seguían bastante latentes en la memoria, el dolor y el ánimo de los españoles, catalogándose por este motivo de novela social donde Sender denuncia las miserias humanas, no sólo las económicas con sus enormes y eternas desigualdades, sino también las físicas y morales, porque Sender era más que un novelista, un cronista de su época y de la vida cotidiana, y así nos presenta la sociedad rural heredada de la Restauración, más propia del Antiguo Régimen que de una nación desarrollada y democrática, dividida en dos clases sociales totalmente opuestas: los terratenientes, quienes se consideraban dueños de todos los privilegios por designio divino, y los campesinos, quienes malvivían trabajando para engordar a los primeros. Y entre ellos la Iglesia, cuyos miembros predicaban la resignación, el conformismo y la mansedumbre entre los pobres mientras compartían mesa con los poderosos. Lógicamente estas situaciones sociales eran perfectos viveros donde brotaban las hierbas de la rebeldía que dieron como fruto los múltiples pequeños héroes que el poder establecido, celoso de su status quo, calificará, a través de los tiempos, de marginales anti sistema o simplemente delincuentes. Y es que Ramón J. Sender vivió de primera mano todas estas situaciones y estuvo siempre atento a todos los movimientos sociales surgidos en aquella época convulsa de la historia española y europea.

Los elementos de tiempo y lugar se funden en el transcurso de un día, mejor dicho, de un momento de un día de 1937, lo que dura la espera previa a la misa de aniversario de la muerte de Paco el del Molino, durante el cual, Mosén Millán, el cura de la parroquia, repasa toda la vida del difunto desde su bautizo hasta su asesinato, con lo que si sumamos el año que ha pasado desde aquel acto, se puede asegurar que el tiempo interno de la obra va desde el nacimiento de Paco hasta el día de la misa, que es de donde parte la historia, haciendo un total de veintiséis años, como nos explica el narrador:

     Veintiséis años después se acordaba de aquellas perdices, y en ayunas, antes de la misa, percibía los olores de ajo, vinagrillo y aceite de oliva.

     Por su lado el espacio surge de la sacristía de la iglesia, donde se desarrolla la acción actual, para extenderse mediante la evocación por todo el pueblo y sus alrededores.

Durante esos años, en aquel pequeño pueblo aragonés, se van viviendo las diferentes etapas de la historia de España: reinado de Alfonso XIII, dictadura de Primo de Rivera, las elecciones municipales ganadas por los republicanos y que supondrían la abdicación y exilio del rey, la llegada de la Segunda República con su inestabilidad de gobiernos y la Guerra Civil, la cual se vive pero no se nombra en la novela.

El personaje central es Mosén Millán, un anciano de 74 años quien llevaba más de cincuenta ejerciendo en aquella parroquia, durante los cuales ha visto nacer, crecer y morir a muchos de sus vecinos, especialmente a Paco, al que le reprochaba el haberse metido en aquellos asuntos que sólo le podían traer problemas, como así fue. Pero el párroco es un hombre sin ambición personal y sin personalidad, cobarde y temeroso de enfrentarse a la verdad, lo que le impide ejercer su pastoreo como le pide su religión, por lo que se olvida de defender al débil y acusar las injusticias, dejándose simplemente llevar por la situación y acomodándose a lo que ordenan los poderosos y no su conciencia, justificándolo con el pensamiento de que “Dios permite la pobreza y el dolor.” Por lo que el personaje del cura y su apatía ante las circunstancias es una clara metáfora del fracaso de la Iglesia que representa y su incapacidad para llevar a cabo la doctrina que predica:

– Usted me prometió que me llevarían a un tribunal y me juzgarían.
– Me han engañado a mí también. ¿Qué puedo hacer? Piensa, hijo, en tu alma, y olvida, si puedes, todo lo demás.
– ¿Por qué me matan? ¿Qué he hecho yo? Nosotros no hemos matado a nadie. Diga usted que yo no he hecho nada. Usted sabe que soy inocente, que somos inocentes los tres.
– Sí, hijo. Todos sois inocente; pero ¿qué puedo hacer yo?

     Por eso ahora, un año después, durante la insoportable espera anterior a la misa, él sigue confiando en su pasividad, en que todo se irá arreglando por sí solo, y aguarda sin hacer nada a que acudan los familiares o amigos del difunto como signo de perdón, de redención, pero sólo llegan los tres actores directos de la muerte de Paco, aunque ninguno de ellos apretara un gatillo, y hasta se permiten querer pagar la misa, dejando al descubierto la hipocresía de la fe de los poderosos y de la falsedad del perdón de los pecados… Y un cuarto personaje que irrumpe en el templo con toda su fuerza simbólica: el caballo blanco de Paco, cuya pureza contrasta con la oscura mezquindad de los otros. Así pues, a Mosén Millán en esta pequeña obra le ha tocado el papel de Judas, pues acaba vendiendo a un inocente por nada:

A veces, hijo mío, Dios permite que muera un inocente. Lo permitió de su propio Hijo, que era más inocente que vosotros tres.

     Paco el del Molino es un hombre joven, valiente, voluntarioso y lleno de fe en el ser humano y en la verdad, pero comete el imperdonable error de enfrentarse al poderoso y de defender los derechos de los pobres contra el de los que lo tienen todo, por lo tanto Paco se convierte en un ser molesto que debe ser eliminado para que los de siempre puedan seguir haciendo lo se les antoje y, denunciado por el Judas de turno, el propio párroco, Paco se convierte en un Cristo social cuya muerte será necesaria para atemorizar al resto y así evitar que corra más sangre… y como Cristo morirá acompañado de otros dos hombres tan inocentes como él. A Paco nos lo va describiendo la mala conciencia de Mosén Millán, un año después de su asesinato, recordando cada hecho de su vida, una vida que un principio discurría bastante paralela a la del cura hasta que un día, ejerciendo de monaguillo, le acompañó a dar la extremaunción a un moribundo de las cuevas y entonces comenzó a alejarse, porque Paco descubrió la injusticia y la sangre de sus pocos años le hervía de rabia al ver que nadie hacía nada por remediarlo. Luego, con la República, llegó a ser concejal y se enfrenta cara a cara con los poderosos o, en el caso de la aldea, con sus representantes, lo que le granjea la simpatía del pueblo y el encono de los ricos… Y al final le falla hasta aquello en lo que más cree: la justicia. Y los forasteros uniformados, como los romanos con Jesús, acabaron con su vida.

Y como en toda historia tenemos dos bandos: los que habitan a la sombra del poderoso y los que se arrastran a pleno sol. De los primeros está don Valeriano, el administrador de las tierras del duque y uno de los hombres más ricos del terreno, pero que desconocía el significado de la palabra caridad, porque atesorar riqueza, más que un acto de avaricia, era una ostentación de poder. Falto total de conciencia está dispuesto a pagar la misa porque “había que olvidar”… Como no pudo comprar a Paco para que dejara de trabajar a favor de los campesinos, decidió abandonar el pueblo mientras los forasteros hacían el trabajo sucio.

Luego está don Cástulo Pérez quien quiere estar a bien con todo el mundo y siempre intenta jugar a dos barajas, como cuando se entera de la caída del rey y se apresura a prestar el coche a Paco y Águeda, el día de su boda, para llevarlos a la estación, coche que, sin embargo, también servirá de confesionario para Mosén Millán el día en que mataron a Paco y el último lugar donde intentó cobijarse ya herido de muerte y cubierto de sangre.

Por último aparece don Gumersindo, una mala bestia acostumbrado a avasallar a quien se le ponga por delante y bastante mal educado. Siempre lleva botas de campo y sus taconazos se hacían oír a la perfección allá por donde pasaba como símbolo de su poder.

Entre los segundos destacaremos a dos: la Jerónima y el zapatero.

Para la Jerónima parece que Sender se inspiró en un personaje lorquiano de Yerma, la Vieja Pagana, pues como aquella, aunque es soltera, alardea de que siempre tuvo los hombres que quiso. Es una mujer supersticiosa que ejerce de partera y ensalmadora, lo que la enemista con el joven médico, aún así lo que mejor desempeña es de chafardera llevando y trayendo noticias, sobre todo en el carasol, el lugar donde se reúnen todas las mujeres. Pero esta mujer es también una ferviente defensora de los pobres y siempre habla pestes de los ricos del pueblo y fue la única que criticó a los señoritos forasteros:

El pueblo estaba asustado, y nadie sabía qué hacer. La Jerónima iba y venía, menos locuaz que de costumbre. Pero en el carasol insultaba a los señoritos forasteros, y pedía para ellos tremendos castigos.

      Por su parte el zapatero, personaje bastante recurrente en la literatura popular, es gracioso, ingenioso, chistoso, y en cuestiones de política es neutral, pero más por anarquista que por condescendiente, lo que le llevará a ser el primer represaliado del pueblo. Tiene una relación especial con la Jerónima, con quien siempre está discutiendo, pero ella llora su muerte desconsoladamente, lo que no sabemos es si por estar enamorada de él o por haberlo denunciado. Y aunque es un hombre bastante anticlerical, con Mosén Millán tiene siempre bastantes atenciones:

Mire, Mosén Millán. Si aquellos es la casa de Dios, yo no merezco estar allí, y si no lo es, ¿para qué?

      También están el grupo de señoritos falangistas capitaneados por el centurión, quienes se comportan como lo que son, simples perros de presa a las órdenes de su dueño. El monaguillo que se pasa todo el rato recitando el romance sobre la muerte de Paco, como una letanía que hace más pesada la carga de conciencia del cura. O el padre de Paco, un campesino esclavo de la tierra pero que no pierde el buen humor, como cuando alguien le pregunta, al nacer Paco, si el hijo es suyo y él responde:

Hombre, no lo sé… Al menos, de mi mujer, sí que lo es.

      Concluyendo, Réquiem por un campesino español es una novela sencilla, como corresponde a sus personajes principales, gente de pueblo, sacrificada, abnegada y explotada, cuyo lenguaje es sobrio, escueto, de frases cortas, directas y con escasa afectación. Es una novela escrita por un hombre del pueblo y para ser leída por el pueblo.

s3977

     Ramón J. Sender nació en Chalamera de Cinca, un pequeño pueblo de la provincia aragonesa de Huesca, en 1902, yendo a morir a un lugar tan lejano como la ciudad estadounidense de San Diego, en 1982, en su continuo exilio, primero obligado: de 1939 a 1942 en México, y posteriormente voluntario en los Estados Unidos. De espíritu rebelde y agitado, militó en su juventud en las facciones más izquierdistas del espectro nacional para, a medida que madura en edad y pensamientos, se fue dejando tentar por el anarquismo tal vez desencantado de un universo político cada vez más corrupto y alejado de su propia finalidad. Autodidacta y de mente abierta, comenzó a trabajar como periodista en publicaciones libertarias tras concluir su servicio militar en las colonias españolas de Marruecos, por ello sus primeras novelas tienen ese trasfondo social y acusador: en Imán (1930) nos habla sobre la guerra absurda que España llevó a cabo en el Norte de África; en O.P.: orden público (1931), critica el régimen policiaco del estado español; en Siete domingos rojos (1932), reflexiona sobre la lucha anarquista; en Mr. Witt en el cantón (1935), relata la insurrección cantonal de Cartagena, y en Contraataque (1937), realiza una especie de documental sobre su participación en la Guerra Civil en la Sierra de Guadarrama.

Tras marchar a las américas siguió publicando, pero con un estilo más alegórico y sacando de dentro la rabia en forma de sátira y reflexión más filosófica y llegaron: El lugar del hombre (1939), La esfera (1947), El rey y la reina (1949), El verdugo afable (1952), Los cinco libros de Ariadna (1957) y Nocturno de los catorce (1971), obras que fueron apareciendo entremezcladas con sus trabajos en novela histórica: Epitalamio del prieto Trinidad (1942), Bizancio (1956), Jubileo en el Zócalo (1964) y La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964), y con otros, seguramente los más importantes, compuestos por sus memorias vivenciales de la reciente historia de España: Mosén Millán, luego titulada Réquiem por un campesino español (1953) y la serie Crónica del alba, compuesta por nueve novelas que fueron escritas entre 1942 y 1966.

En sus trabajos de vejez aparecen más sus antipatías y temores ideológicos, por lo que se resienten en su calidad final: La tesis de Nancy (1962), En la vida de Ignacio Morell (1969), El fugitivo (1972) y La mirada inmóvil (1979).

Además de toda esta extensa obra narrativa, Sender escribió ensayos, teatro y poesía, radicando la mayor parte de su éxito en su estilo potente, pero sencillo, de resonancias sugerentes, en su pasión por la vida vista desde una perspectiva filosófica, en su fecunda imaginación y en su capacidad de pintar escenas y personajes cercanos, entrañables y creíbles.