Guía de lectura: “Voy a dormir”, de Alfonsina Storni

Autor: Raúl Molina

PDF: “Voy a dormir”, de Alfonsina Storni

VOY A DORMIR

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…

sriimg20081015-9849694-1-dataEra primavera en Mar del Plata, lo que quiere decir podría estar lloviendo o haciendo una agradable temperatura, quién sabe, o quizás ambas cosas a la vez, lo cual tampoco es extraño. Una mujer de pelo corto camina decidida hacia la Playa de la Perla, donde un embravecido Océano Atlántico rompe con fuerza. Aquí las versiones se confunden: hay quien dice que se interna lentamente en el agua hasta que desaparece en la marea y hay quien prefiere contar que se lanza desde una escollera y su cuerpo se pierde entre las olas. Todos coinciden en algo: ha fallecido Alfonsina Storni a los 46 años de edad. Estamos en la madrugada del 25 de octubre de 1938.

Esa misma noche, Storni había enviado tres cartas: una para su hijo Alejandro, otra para su amigo Gálvez, a quien pedía que cuidara de su familia, y una última con su poema de despedida “Voy a dormir”, dirigida al diario La Nación.

objeto_poema_alfonsina2Alfonsina Storni no es una poeta más en la historia de la poesía hispánica. No, para nada. Maestra de profesión durante buena parte de su vida, su obra, profundamente feminista, es de tal originalidad y calidad que consiguió dar un vuelvo a la poesía latinoamericana en una época en la que esta se salpicaba de nombres tan notables como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, Amado Nervo o Vicente Huidobro, entre muchos otros. Su poesía, de acentos románticos, profundidad lírica y notable sencillez, es la de alguien que se cuestiona atormentadamente por el amor, por las limitaciones sociales que se imponían a las mujeres de su época y por el  miedo a la cercanía de la muerte (sobre todo después de serle detectado el cáncer en 1935). Buena parte de sus poemas se construyen desde el punto de vista de un cuerpo y una voz femenina y consiguen atraer a numerosos lectores, lo cual llegó a provocar la desconfianza de sus colegas escritores. Storni es, en definitiva, La Poeta argentina con mayúsculas del primer tercio del siglo XX: por un pensamiento adelantado a su época, por la calidad de su verso y por las innovaciones formales que introduce.

firma0as“Voy a dormir”, su poema de despedida, es un soneto en endecasílabos sin rima, lo que en época de Storni se llamó anti-soneto, composición de la que decía lo siguiente José Carlos Mariátegui en un texto profundamente vanguardista de 1928: “El anti-soneto anuncia que ya la poesía está suficientemente defendida contra el soneto: en largas pruebas de laboratorio, Martín Adán ha descubierto la vacuna preventiva. El anti-soneto es un anticuerpo. Sólo hay un peligro: el de que Martín Adán no haya acabado sino con una de las dos especies del soneto: el soneto alejandrino. El soneto clásico, toscano, auténtico es el de Petrarca, el endecasílabo. Por algo, Torres Bodet lo ha preferido en su reivindicación. El alejandrino es un metro decadente. Si nuestro amigo, ha dejado vivo aún el soneto endecasílabo, la nueva poesía debe mantenerse alerta. Hay que rematar la empresa de instalar al disparate puro en las hormas de la poesía clásica”.

Monumento en Mar del Plata a Alfonsina Storni

Monumento en Mar del Plata a Alfonsina Storni

Storni le da la vuelta a la forma clásica, la subvierte y pervierte en el último de sus poemas. Catorce versos. Los catorce versos más utilizados de la historia de la poesía. Pero si rima. Como acogiéndose a la tradición y a la vez dándole la espalda, de igual manera que hizo justo antes de sumergirse en el Atlántico. Storni, revolucionaria y exclusiva hasta el final, describe con serenidad e imágenes claras su aposento eterno (el aposento eterno de todos): “Dientes de flores, cofia de rocío / manos de hierbas, tú, nodriza fina / tenme prestas las sábanas terrosas / y el edredón de musgos escardados”. Se despide del mundo y se marcha, a descansar bajo las estrellas: “Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. / Ponme una lámpara a la cabecera; / una constelación; la que te guste; / todas son buenas; bájala un poquito”. Pero antes, unas últimas pinceladas a este cuadro: “Déjame sola: oyes romper los brotes… / te acuna un pie celeste desde arriba / y un pájaro te traza unos compases”. Y entonces, para cerrar el poema y a la vez dejar para siempre abierto un círculo de suposiciones y enigmas nunca resueltos, que agrandan más si cabe su figura, un último terceto que invita a seguir pensando sobre ella, a seguir fabulando, a seguir escribiendo, a seguir creyendo en la poesía. La última voluntad de Alfonsina Storni: Gracias. Ah, un encargo: / si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido…”.

P.D. 1: “Voy a dormir”, en voz de Johan Sebastian.

P.D. 2: “Alfonsina y el mar”, canción dedicada a Storni interpretada por Mercedes Sosa.

P.D. 3: Película-documental sobre Storni

Análisis poético: “Los perros románticos”, de Roberto Bolaño

Autor: Raúl Molina Gil

PDF: Guía de lectura “Los perros románticos” (Roberto Bolaño)

En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.

Quizás, tener veinte años y estar loco sea una redundancia o puede que la redundancia sea decir que alguien está loco, porque es posible que todos lo estemos y que nuestra vida sea una lucha constante contra unos instintos que la cultura (occidental, oriental, la que sea) reprime: ¿Somos perros románticos? Y, lo peor, ¿lo desconocemos?

A Roberto Bolaño Ávalos, natural de Santiago de Chile, fundador del Infrarrealismo en México, exiliado en Blanes, suicida en decenas de lugares nada pintorescos, amante de la vida, fallecido en Barcelona en 2003 por una insuficiencia hepática y considerado el mejor novelista latinoamericano desde los escritores del Boom (Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Julio Cortázar), le gustaba considerarse poeta. NoLucero Andrede, Roberto Bolaño y Bruno Montané en vano, en 1993, pocos meses después de conocer que sufría una grave enfermedad degenerativa, organizó sus poemas (publicados e inéditos) en un volumen que tituló La universidad desconocida y que no se publicaría hasta cuatro años después de su muerte. Bolaño, oí afirmar con la contundencia de quien no tiene la razón a uno de esos estudiosos de la literatura que llevan demasiada caspa en las solapas de su americana, decía que era poeta para llevar la contraria a todos los críticos que lo consideraban el mejor novelista de su generación, pues, sabed, que Bolaño gustaba de entretenerse engañando a quienes le rodeaban con mentiras tan dulces como ácidas. ¡Falso!, hubiera querido contestarle yo, Bol año podía jugar con muchas cosas, pero nunca con algo tan serio para él como la poesía: el Bolaño más sincero, el más transparente, el que se desnuda ante los lectores no es el narrador sino el poeta. El otro, el de la prosa, en un borgiano juego de espejos, es Arturo Belano: realvisceralista, detective salvaje, veterano de las guerras floridas y suicida en África. Pero claro, Bolaño hubiera sido capaz de decirnos simultáneamente que no a mí y al casposo profesor para después afirmar, cuando le preguntáramos por qué tiene la manía de llevar siempre la contraria, “Yo nunca llevo la contraria”.

“Había perdido un país / pero había ganado un sueño”, que es lo mismo que decir que Chile había caído en manos de Pinochet. Y entonces “Ya nada importaba”: ni trabajar (Bolaño se dedicó durante muchos años casi por completo a la literatura; no sólo durante su juventud), ni rezar (era agnóstico) ni estudiar en la madrugada (porque, seamos sinceros, no hay institución que encorsete más la mente de un escritor que la Universidad).

“Una habitación de madera, / en penumbras, / en uno de los pulmones del trópico”: la imagen es potente y nos traslada a lo íntimo a la vez que, haciendo uso de la antítesis y la ironía, hacia un exterior incontrolable. Sólo recurriendo a estas figuras es posible entender primero, que hable de la ciudad donde vivía, México DF, como “pulmón del trópico” y, segundo, que en esa jungla de asfalto su espacio más personal pueda ser una “habitación de madera”.

Este movimiento finaliza en el terreno interior e incontrolable de los sueños: “Y la pesadillaBolaño me decía: crecerás. / Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto /y olvidarás”. Es decir, olvidarás lo que has sido: el dolor de la ausencia de libertad en los campos de detención chilenos durante la dictadura de Pinochet, el laberinto de calles del DF. Parece decirle esa voz onírica: Acabarás cayendo del caballo y verás que la vida artística de los vanguardistas no tiene sentido en el mundo de los adultos, la edad todo lo entierra, enterrará tus sueños, Bolaño, desarticulará tus utopías y las convertirá en polvo, entonces harás lo posible para que tus hijos coman, darás la espalda a la escritura porque no te dará ni un duro y leerás por simple entretenimiento.  “Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen”. Estamos de acuerdo. “Estoy aquí, dije, con los perros románticos / y aquí me voy a quedar”. Y, aunque no era correspondido, en esa posición se mantuvo firmemente, como sólo puede hacer quien tiene la certeza de estar trabajando en la dirección correcta. Carolina López, la madre de sus hijos, decía que Bolaño escribía por las mañanas y corregía por las tardes mientras escuchaba música heavy a todo volumen en un walkman. Como acallando, pienso, las voces que en silencio le gritaban: ven al mundo de los días cotizados, al de las hipotecas, los planes de pensiones y las nóminas. Pero, quizás, crecer también hubiera sido un crimen entonces. Como puede que lo sea ahora.

La palabra que brota de las mismas entrañas del escritor, que rescata la búsqueda de una libertad juvenil que todavía se vislumbra, con menos fuerza, en el presente, tiene a su vez un aire de tristeza, de mala leche y de ironía salvaje, pero también de ternura y, por qué no, de nostalgia. Quizás tuviera que hablar de derrota o de victoria, pero desconozco si vivir junto a los perros románticos hasta el último día es darle mate a la vida en la partida de ajedrez que comienza con nuestro primer llanto o es caer rendido ante unos evaporados sueños de juventud. Bolaño decía que la literatura es como las peleas de samuráis; un samurái no pelea con samuráis, pelea contra un monstruo y generalmente sabe que va a ser derrotado. Tener el valor, conociendo previamente tu destino,  de salir a pelear: eso es la literatura. No sé si le daría la razón a Bolaño en esta afirmación, pero hay algo que defenderé a capa y espada: tenemos la obligación de agradecerle la decisión, pues, de haber cedido ante las voces que lo llamaban a alistarse en esto de la Norma, hoy no habría detectives salvajes, estrellas distantes o poemas como este. El mundo literario es (a veces) de los que creen en los sueños que habitan junto a los perros románticos. Le debemos, al menos, un hígado a Bolaño.

 01 Hígado a Bolaño

 

Análisis poético: “M.A.”, de Juan Gelman

Autor: Raúl Molina

Descargar en PDF: ‘M.A.’, de Juan Gelman

M.A.

Estas visitas que nos hacemos,
vos desde la muerte, yo
cerca de ahí, es la infancia que pone
un dedo sobre el tiempo y dice
que desconocer la vida es un error.
Me pregunto por qué
al doblar una esquina cualquiera
encuentro tu candor sorprendido.
¿El horror es una música extrema?
Las penas llevan a tu calor
cantado en lo que soñaste,
las casas de humo donde vivía el fulgor.
De repente estás solo.
Huelo tu soledad de distancia
obediente a sus leyes de fierro.
El pensamiento insiste en traerte y devolverte
a lo que nunca fuiste.
Tu saliva está fría.
Pesás menos que mi deseo,
que la lengua apretada del aire.

01

Un par de mantas y un edredón cubrían mi cuerpo esa fría noche de enero en una ciudad del extrarradio de Barcelona. Me los quité de encima, con bastante trabajo por cierto. Siempre me ha costado mucho salir de la cama. Solía despertarme pronto, ducharme, desayunar y ponerme delante del ordenador a escribir unos cuantos trabajos que tenía pendientes en la Universidad. Nada hacía presagiar que ese día iba a ser diferente. Me calenté el café de la noche anterior,  abrí la versión digital del diario Público y el titular me golpeó como un gancho de izquierdas digno del mejor Hemingway: “Fallece a los 83 años el escritor argentino Juan Gelman”. Qué queréis que os diga. Gelman siempre había sido un referente para mí. Su vida, dura, muy dura, y su obra, increíble y penetrante como pocas, son claras muestras de la perseverancia y la lucha en pos de la justicia y la verdad. En mi opinión: uno de los mejores poetas vivos de habla hispana. Este poema que aquí proponemos busca transmitir, como tantos otros salidos de su pluma, los sentimientos asociados al episodio más doloroso de su vida: la desaparición y muerte de su hijo Marcelo Ariel Gelman.NUNCA MAS PLAN CONDOR

Situémonos. La gran águila imperial estadounidense miraba con recelo y temor el auge de los gobiernos de izquierda en América Latina. Sus vecinos del sur, que no le habían creado nunca excesivos problemas (más allá de Cuba), comienzan a tomar posiciones políticas alejadas tanto del capitalismo que Estados Unidos deseaba imponer como de las íntimamente relacionadas doctrinas neoliberales que desde la Escuela de Chicago economistas como Milton Friedman o Robert Lucas comenzaban a teorizar. Llegados a este punto, la cúpula política estadounidense, principalmente los presidentes Johnson y Nixon, pero también el secretario de estado Henry Kissinger, contribuye activamente a la llegada al poder, vía golpe de estado, de dictadores a lo largo de toda América Latina y a la consolidación de los regímenes totalitarios ya establecidos: Paraguay estaba bajo el mando del General Alfredo Stroessner desde03 1954; el gobierno democrático de Gulart en Brasil es derrocado por los militares en 1964; el general Hugo Banzer llega al poder en Bolivia en 1971; en junio de 1973, el presidente electo Juan María Bombarderry disuelva las cámaras e instaura la dictadura cívido-militar uruguaya; el 11 de septiembre de 1973, el general Augusto Pinochet se convierte en Presidente de la Junta de Gobierno y en Comandante en jefe del Ejército de Chile tras bombardear el Palacio de la Moneda y asesinar al socialista Salvador Allende; el 24 de marzo de 1976, la Junta Militar, presidida por Jorge Rafael Videla, toma el poder en Argentina derrocando a Isabel Perón. Para coordinar las operaciones entre los distintos países tomados por mandos militares, Estados Unidos ideó la llamada Operación Cóndor en los años 70 y 80, que se materializó en un terrorismo de estado basado en la vigilancia, tortura, persecución, desaparición y muerte de personas vinculadas a organizaciones contrarias a las políticas totalitarias de los gobiernos dictatoriales de turno.

En este contexto se desarrolla la vida de Juan Gelman en Buenos Aires. El poeta, que había formado parte de organizaciones guerrilleras durante su juventud, se trasladó a Roma en 1975 para denunciar la violación de derechos humanos en América Latina y, casualidades dantescas de la vida, durante su larga estancia en la capital de Italia se produce el ya comentado golpe de estado de Videla en su país natal. Forzadamente, debe permanecer en el exilio a miles de kilómetros de su familia.

Marcelo Ariel y María Claudia

Marcelo Ariel y María Claudia

El cerco sobre los militantes de izquierdas en toda la Argentina era cada vez más duro. Todos los días, cientos de jóvenes eran detenidos y encarcelados o llevados a campos de concentración donde sufrían constantes torturas y vejaciones. El 24 de agosto de 1976, apenas cinco meses después del golpe de estado, los militares entran en casa de Berta Shubaroff, primera mujer de Juan Gelman y madre de Marcelo Ariel Gelman y Nora Gelman. Ambos, junto a sus parejas fueron detenidos. Dos días después, Nora y su novio son liberados, pero Marcelo Ariel y María Claudia, su novia, enmbarazada, permanecen en el campo de concetración. Juan Gelman, desde Roma, intenta lo indecible para liberar a su hijo y su nuera, aunque le es imposible.

Pasan los años y el hijo y la nuera de Gelman son incluidos en las extensas y espeluznantes listas de desaparecidos. El poeta investiga, utiliza su influencia para abarcar información y, finalmente, en 1978, una noticia: María Claudia había conseguido dar a luz, sin embargo no se sabe ni dónde ni cuándo ni en qué lugar se encuentra el bebé. Doce años después, ya en democracia, son encontrados en un río de San Fernando, dentro de un tambor lleno de grasa y cemento, los restos mortales de Marcelo Ariel Gelman. La autopsia confirma que la causa de la muerte fue un tiro en la nuca. Juan Gelman ya puede enterrar a su hijo. Pero, ¿y su nuera?, ¿y su nieta? Nuevas informaciones se hacen públicas en 1998: el Plan Cóndor permitió que María Claudia fuera trasladada a Uruguay, donde pudo dar a luz en el Hospital Militar de Montevideo.

El 23 de diciembre de ese mismo año, Gelman publica un emotivo texto, “Carta abierta a mi nieto”, en el semanario Brecha. Es larga, pero no puedo resistirme a copiarla por completo.

Dentro de seis meses cumplirás 19 años. Habrás nacido algún día de octubre de 1976 en un campo de concentración. Poco antes o poco después de tu nacimiento, el mismo mes y año, asesinaron a tu padre de un tiro en la nuca disparado a menos de medio metro de distancia. Él estaba inerme y lo asesinó un comando militar, tal vez el mismo que lo secuestró con tu madre el 24 de agosto en Buenos Aires y los llevó al campo de concentración Automotores Orletti que funcionaba en pleno Floresta y los militares habían bautizado “el Jardín”. Tu padre se llamaba Marcelo. Tu madre, Claudia. Los dos tenían 20 años y vos, siete meses en el vientre materno cuando eso ocurrió. A ella la trasladaron -y a vos con ella- cuando estuvo a punto de parir. Debe haber dado a luz solita, bajo la mirada de algún médico cómplice de la dictadura militar. Te sacaron entonces de su lado y fuiste a parar -así era casi siempre- a manos de una pareja estéril de marido militar o policía, o juez, o periodista amigo de policía o militar. Había entonces una lista de espera siniestra para cada campo de concentración: Los anotados esperaban quedarse con el hijo robado a las prisioneras que parían y, con alguna excepción, eran asesinadas inmediatamente después. Han pasado 12 años desde que los militares dejaron el gobierno y nada se sabe de tu madre. En cambio, en un tambor de grasa de 200 litros que los militares rellenaron con cemento y arena y arrojaron al Río San Fernando, se encontraron los restos de tu padre 13 años después. Está enterrado en La Tablada. Al menos hay con él esa certeza.

Me resulta muy extraño hablarte de mis hijos como tus padres que no fueron. No sé si sos varón o mujer. Sé que naciste. Me lo aseguró el padre Fiorello Cavalli, de la Secretaría de Estado del Vaticano, en febrero de 1978. Desde entonces me pregunto cuál ha sido tu destino. Me asaltan ideas contrarias. Por un lado, siempre me repugna la posibilidad de que llamaras “papá” a un militar o policía ladrón de vos, o a un amigo de los asesinos de tus padres. Por otro lado, siempre quise que, cualquiera hubiese sido el hogar al fuiste a parar, te criaran y educaran bien y te quisieran mucho. Sin embargo, nunca dejé de pensar que, aun así, algún agujero o falla tenía que haber en el amor que te tuvieran, no tanto porque tus padres de hoy no son los biológicos -como se dice- sino por el hecho de que alguna conciencia tendrán ellos de tu historia y de cómo se apoderaron de tu historia y la falsificaron. Imagino que te han mentido mucho.

 También pensé todos estos años en qué hacer si te encontraba: si arrancarte del hogar que tenías o hablar con tus padres adoptivos para establecer un acuerdo que me permitiera verte y acompañarte, siempre sobre la base de que supieras vos quién eras y de dónde venías. El dilema se reiteraba cada vez -y fueron varias- que asomaba la posibilidad de que las Abuelas de Plaza de Mayo te hubieran encontrado. Se reiteraba de manera diferente, según tu edad en cada momento. Me preocupaba que fueras demasiado chico o chica -por ser suficientemente chico o chica- para entender lo que había pasado. Para entender lo que había pasado. Para entender por qué no eran tus padres los que creías tus padres y a lo mejor querías como a padres. Me preocupaba que padecieras así una doble herida, una suerte de hachazo en el tejido de tu subjetividad en formación. Pero ahora sos grande. Podés enterarte de quién sos y decidir después qué hacer con lo que fuiste. Ahí están las Abuelas y su banco de datos sanguíneos que permiten determinar con precisión científica el origen de hijos de desaparecidos. Tu origen. 

Ahora tenés casi la edad de tus padres cuando los mataron y pronto serás mayor que ellos. Ellos se quedaron en los 20 años para siempre. Soñaban mucho con vos y con un mundo más habitable para vos. Me gustaría hablarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él. Para reparar de algún modo ese corte brutal o silencio que en la carne de la familia perpetró la dictadura militar. Para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar. Ya sos grande, dije. 

Los sueños de Marcelo y Claudia no se han cumplido todavía. Menos vos, que naciste y estás quién sabe dónde ni con quién. Tal vez tengas los ojos verdegrises de mi hijo o los ojos color castaño de su mujer, que poseían un brillo especial y tierno y pícaro. Quién sabe cómo serás si sos varón. Quién sabe cómo serás si sos mujer. A lo mejor podés salir de ese misterio para entrar en otro: el del encuentro con un abuelo que te espera.

De nuevo, su pista se pierde. Gelman pide la colaboración del preseidente uruguayo Julio María Sanguinetti, pero este se la niega. En el año 2000, tras la llegada al poder de Jorge Batlle, se inician otra vez las diligencias para encontrar a su nieta y a los pocos meses salta la noticia: María Macarena, es encontrada. Dos fantásticos documentos de Macarena Gelman, en los que cuenta su historia, pueden ser consultados en Youtube:

Non fiction: Macarena Gelman

Nietos, historias con identidad: Macarena Gelman

Tanto sufrimiento acumulado durante décadas. Esta es la historia de Juan Gelman, de su hijo y su nuera, vilmente asesinados en 1976. No creo que haga falta decir mucho más, ni veo necesario analizar el poema que aquí hemos presentado. Léanlo otra vez pensando en todo lo que hemos dicho, en todo el dolor con el que Gelman escribió esos versos. Háganlo así y se os mostrará ante los ojos con toda su crudeza. No puedo tampoco resistirme a dejaros otros versos de Juan Gelman. Para leer estos, pertenecientes a Carta Abierta, un conjunto de poemas dedicados a su hijo, hay que seguir las mismas pautas. Con su voz y este grito nos despedimos: ¡Memoria, Verdad, Justicia!

deshijándote mucho/deshijándome/
o sea buscándote por tu suavera/
paso mi padre solo de vos/pasa
la voz secreta que tejés/paciente/

como desalmadura de mi estar/
¿niñito que pasás volando por
los trabajos grandísimos de vos? /
¿atando? /desatando? /¿atando para

que no me quepa en vos? /¿me fuese afuera
de este dolor? /¿adónde? /qué país
sangrás/para que sangre carnemente? /
¿por dónde andás/trístisimo de tibio?

 07

Post scriptum: Es totalmente recomendable ver una película del director Marcelo Piñeyro, titulada Kamchatka, que cuenta la historia de una familia argentina de izquierdas de clase media, desde el punto de vista de uno de los hijos, que se ve obligada a esconderse de los militares en el Buenos Aires de los años 70.

Post scriptum 2: Hay canciones necesarias cuando se habla de determinados temas. Ahí va una de León Gieco.

Análisis poético: “Arte poética”, de Vicente Huidobro

Autor: Raúl Molina

Descargar en PDF: ‘Arte Poética’, de Vicente Huidobro

01 Huidobro

Arte poética

Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
como recuerdo en los museos;
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero
reside en la cabeza.

Por qué cantáis la rosa, ¡oh, Poetas!
Hacedla florecer en el poema.

Sólo para vosotros
viven todas las cosas bajo el Sol.

El poeta es un pequeño Dios.

Desde Arica hasta el Cabo de Hornos, es Chile tierra de poetas. Quizás tenga la culpa el Pacífico: “Dicen que acalla los ruidos, los ruidos inútiles, se sobreentiende”, afirmaba un personaje de Bolaño. Es cierto que el rumor del océano más grande del planeta acompaña a un chileno desde su nacimiento hasta el día de su muerte a lo largo de seis mil kilómetros de costa, pero también es innegable que lo cubre la sombra de Los Andes, a los que Nicanor Parra gritaba  “Perdonadme si pierdo la razón / en el jardín de la naturaleza / pero debo gritar hasta morir / ¡¡¡Viva la Cordillera de Los Andes!!!”. Sea por la razón que sea no son pocos los chilenos dedicados a la poesía: desde los citados Roberto Bolaño y Nicanor Parra, hasta Raúl Zurita, Pablo de Rokha, Gonzalo Rojas, Gabriela Mistral o Pablo Neruda.

También merece Vicente Huidobro (1893-1948) entrar en esta envidiable02 Altazor lista. Lo merece desde su primer poemario de huella modernista Ecos del alma, aparecido en 1911, hasta el póstumo Últimos poemas, de 1948. Pero si uno de todos ellos le hace merecedor de un espacio reservado junto a los grandes nombres, este debe ser Altazor, un poema en siete cantos que juega con la desarticulación del lenguaje forzándolo hasta los mismos límites de la expresión. El último de los movimientos, el más corto con apenas 65 versos, representa la luxación definitiva del lenguaje. En él, el yo poético únicamente articula fonemas inconexos que se convierten en el último grito desesperado con el que intentar salvar una caída que no tiene vuelta atrás. Acaba así:

Tempovío
Infilero e infinauta zurrosía
Jaurinario ururayú
Montañendo oraranía
Arorasía ululacente
Semperiva
ivarisa tarirá
Campanudio lalalí
Auriciento auronida
Lalalí
Io ia
iiio
Ai a i a a i i i i o ia

Altazor, más allá de su intrínseca e innegable calidad poética, marca un hito en la historia de la poesía de vanguardia, ya que supone para muchos03 Manifiestos estudiosos el inicio del creacionismo literario. No confundir, por favor, con la fundamentalista creencia religiosa según la cual el universo y los seres vivos provienen de la acción divina. No lo confundáis, pero no descartéis la relación. Según esta corriente poética la poesía no debe retratar el mundo, sino crear uno propio a través del lenguaje: “Hasta ahora”, dice Huidobro en el Manifiesto creacionista “Non Serviam”, “no hemos hecho otra cosa que imitar al mundo en sus aspectos, no hemos creado nada. ¿Qué ha salido de nosotros que no estuviera antes parado ante nosotros, rodeando nuestros ojos, desafiando nuestros pies o nuestras manos? Hemos aceptado, sin mayor reflexión, el hecho de que no puede haber otras realidades que las que nos rodean, y no hemos pensado que nosotros también podemos crear realidades en un mundo nuestro, en un mundo que espera su fauna y su flora propias. Flora y fauna que sólo el poeta puede crear, por ese don especial que le dio la misma madre Naturaleza a él y únicamente a él”.

Precisamente, el contrapunto en forma de poema a este manifiesto es “Arte poética”. Según la concepción huidobriana y creacionista, la poesía es la única tarjeta de embarque a espacios otros, tiempos otros o sensaciones otras, inalcanzables por otros medios: “Que el verso sea como una llave / que abra mil puertas”, dice el poema. Así, es labor del poeta inventar nuevos y diferentes mundos, eso sí, cuidando la expresión: “cuida tu palabra; / el adjetivo, cuando no da vida, mata”. Ya sabemos qué hacer y cómo hacerlo. Ahora bien, ¿de dónde extraer las fuerzas necesarias si “El músculo cuelga / como recuerdo en los museos”? Huidobro tiene la respuesta: “el vigor verdadero / reside en la cabeza”. Esto es: el arma del poeta no es la fuerza física, sino la capacidad de controlar el lenguaje. Así, dejándonos llevar entre los versos, llegamos a la más famosa de las estrofas: “Por qué cantáis la rosa, ¡oh, poetas! / Hacedla florecer en el poema”. Y es que no hay síntesis más clara.

Os he dicho, recordadlo, que no confundamos corriente poética con04 Creacionismo religiosa. Pero también he dicho que no descartéis los vínculos. Pues bien, fijémonos en el último verso: “El poeta es un pequeño dios”. Aquí la palabra dios juega en una doble dirección: como ser superior y, sobre todo, como creador. Recordemos el inicio del Génesis bíblico: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz. Y fue la luz”. Más adelante, en el Evangelio de Juan se lee: “En el principio era la palabra y la palabra estaba con Dios y Dios era la palabra […] Y el verbo se hizo carne”. En el cristianismo la palabra se convierte en creadora del Universo y de los seres humanos. No es este un caso aislado, sino que se repite en multitud de relatos cosmogónicos. El increíble poema babilónico Enuma Elis, similar en muchos detalles al Génesis bíblico, comienza así:

Cuando en lo alto los cielos no habían sido nombrados
y abajo el nombre de la tierra no se había pronunciado,
existía ya Apsu, el primordial, su procreador,
y también la creadora Tiámat, la paridora de todos ellos.
Cuando mezclaron sus aguas,
no estaban juntos los pastos, no se extendían los cañaverales.
Cuando ninguno de los dioses había aparecido,
no se había pronunciado ningún nombre ni se habían establecido los destinos,
entonces, los dioses fueron creados en su interior:
Lahmu y Lahamu aparecieron, sus nombres fueron pronunciados.

Por tanto, la palabra es en muchas concepciones religiosas, el cincel utilizado por los dioses cuando crean el universo. Para el creacionismo en general y para Huidobro en particular, en un movimiento metafórico, el poeta se convierte en Creador porque sabe manejar el lenguaje. De la palabra poética brotan mundos que nunca antes habían existido, como lo hacen de la palabra divina en los relatos cosmogónicos. Ese es su poder. El poder que lo asemeja a la divinidad. Recordemos de nuevo ese verso: “El poeta es un pequeño dios”. Nada más que decir.

Post Scriptum 1: En el siguiente enlace podéis encontrar un interesante documental sobre Vicente Huidobro.

Post Scriptum 2: Una de las formas poéticas que el creacionismo contribuyó a difundir fueron los caligramas: composiciones que utilizan las palabras para formar imágenes acerca de lo que trata el poema. Al contrario de lo que mucha gente cree, los caligramas no son formas poéticas inventadas en la vanguardia, sino que ya fueron utilizados en la poesía clásica griega y romana y tuvieron relativa importancia en las composiciones religiosas medievales. Ahora bien, sí es cierto que las vanguardias (cubismo, ultraísmo y creacionismo, principalmente), las popularizaron en todo el mundo occidental. Guillem Apollinaire, que les dio el nombre de ideogramas, fue su más famoso cultivador. Vicente Huidobro no quiso quedar atrás y nos legó caligramas tan interesantes como los que aquí os dejo:

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