El lagarto está llorando, de Federico García Lorca.

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El poema que os proponemos en esta ocasión es un ejemplo del interés que Federico García Lorca tuvo por el mundo infantil y por la naturaleza, dos temas que nos sirve para relacionarlo, como siempre intentamos hacer, con la novela propuesta, la cual, como ya podréis haber comprobado quienes la hayáis leído, tiene como tema principal la visión del mundo natural desde la perspectiva de un niño.

El lagarto está llorando.                                                                    La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta                                                                      con delantalitos blancos. 

Han perdido sin querer                                                                      su anillo de desposados.

¡Ay, su anillito de plomo,                                                                   ay, su anillito plomado!

Un cielo grande y sin gente                                                              monta en su globo a los pájaros. 

El sol, capitán redondo,                                                                 lleva un chaleco de raso.

¡Miradlos qué viejos son!                                                               ¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay cómo lloran y lloran, ¡ay!,                                                       ¡ay!, cómo están llorando!

fot_4818_grEl poema tiene una estructura adecuada para ser musicado: estrofas de dos versos que forman individualmente una unidad de significado, rima asonante en los versos pares quedando libres los impares, todos los versos, excepto los dos últimos que tienen nueve y siete sílabas, son octosílabos y aparecen muchas interjecciones, exclamaciones, diminutivos y repeticiones, así mismo, debemos tener en cuenta la personificación de los lagartos, los cuales son utilizados como símbolo de la vejez, y la del cielo y del sol, al que incluso le adjudica el título de “capitán”. Todos estos elementos favorecen el ritmo y hacen el poema atractivo para el recitado y fácil de memorizar.

Los protagonistas son dos viejos lagartos, el lagarto y la lagarta, que están llorando porque han perdido su anillo de desposados, por lo que es fácil deducir que en su llanto hay más una motivación nostálgica por el paso del tiempo que por la pérdida del objeto en sí, el cual representa todas las sucesivas pérdidas de aquellas cosas, momentos, sentimientos que ya no volverán.

El amor y el afecto son de por sí los elementos que subyacen en el poema y que se adivinan al ver la imagen de ambos lagartos llorando juntos, compartiendo juntos una pena común por una vida pasada en armonía entre ambos que ya no regresará, eso es lo que han perdido sin querer perderlo. En este caso, los diminutivos ayudan a aumentar la expresión de esa imagen de ternura y, en cierta forma, de tristeza, como “delantitos blancos”, que no es ni más ni menos que una descripción de los lagartos, los cuales suelen ser oscuros por el dorso y claros por la panza, aunque en manos de Lorca, estas dos palabras pueden ser una metáfora de la pureza, así como el anillo representa la unión, el compromiso del uno con el otro, mucho más grande, si cabe, al no estar fabricado con un metal precioso como oro o plata, sino con plomo, un metal mucho más pesado y que necesitaría de los dos para poder ser cargado.

Esta tristeza contrasta con el despliegue de vida y jovialidad que desarrolla la naturaleza a su alrededor: el cielo, los pájaros, el sol… todo redondo y puro y sin gente… Demostrándonos de esta forma lo íntimo de las penas propias y la evidencia de que, a pesar de nuestras aflicciones, el mundo sigue su curso.

Es curioso descubrir que en un poema infantil se puedan esconder sentimientos tan profundos y, a la vez, contradictorios, pero eso es algo totalmente intencionado por parte de Lorca para quien el mensaje no estaba reñido con lo lúdico ni lo bello. Él poseía una sensibilidad jovial y una curiosidad auténtica por las cosas, lo que le hacía verlas desde un prisma diferente, por eso, cuando componía poemas para niños, no trataba de ellos, si no que infantilizaba los temas importantes de la existencia para que la gente menuda pudiese captar la idea.

Este poema fue incluido por Lorca en su poemario Canciones, publicado en 1927 y donde se puede apreciar el Lorca popular y tradicional que siempre se compaginó, a lo largo de toda su obra, con el poeta vanguardista.

GUÍA DE LECTURA POESÍA: Éxodo, de Ángela Figuera Aymerich

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El tema que tocamos en esta ocasión, tanto en la novela Las uvas de la ira, como en este poema, es el abandono, ese que se produce cuando una sombra ajena a ti te impulsa a dejarlo todo y caminar, caminar sin descanso en busca de algo indefinido, tal vez inexistente, pero caminar para dejar atrás aquello que te oprime, que te empuja, que te va degradando hasta convertirte en un despojo…
Guerra, odio, hambre, violencia, miedo… da igual pues el resultado es el mismo: si te quedas, sucumbes, si te vas, agonizas, pero queda, al menos, una brizna de esperanza: tal vez todavía exista un pecho humano que albergue un poco de bondad y valentía…
El abandono supone un final, pero también un comienzo.

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Éxodo

Una mujer corría.
Jadeaba y corría.
Tropezaba y corría.
Con un miedo macizo debajo de las cejas
y un niño entre los brazos.

Corría por la tierra que olía a recién muerto.
Corría por el aire con sabor a trilita.
Corría por los hombres erizados de encono.

Miraba a todos lados.
Quería detenerse.
Sentarse en un ribazo y con su hijo menudo.
Sentarse en un ribazo y amamantar en paz.

Pero no hallaba sitio.
No encontraba reposo.
No lograba la pausa sosegada y segura
que las madres precisan.
Ese viento apacible que jamás se interpone
entre el pecho y el labio.

Buscaba cerca y lejos.
Buscaba por las calles,
por los jardines y bajo los tejados,
en los atrios de las iglesias,
por los caminos desnudos y carreteras arboladas.
Buscaba un rincón sin espantos,
un lugar aseado para colocar una cuna.

Y corría y corría.
Dio la vuelta a la tierra.
Buscando.
Huyendo.
Y no encontraba sitio.
Y seguía corriendo.

Y el niño sollozaba débilmente.
Crecía débilmente
colgado de su carne fatigada.

AVT_ngela-Figuera-Aymerich_7381Ángela Figuera Aymerich nació mujer y se hizo poeta. Ángela Figuera Aymerich ejerció de mujer y cultivó la poesía enfrentándose al ninguneo que ambos factores implican, y más si van emparejados, y más si le tocó en suerte ser mujer y ser poeta en una época en la que ambas entidades componían una enorme sospecha.
Pero cuando la mujer y la poesía se unifican, surge la sinceridad, y Ángela estuvo comprometida en ser abanderada de quienes perdieron la voz bajo las huellas del miedo, de quienes perdieron los horizontes tras las nubes del odio, de quienes fueron despojados de la dignidad por los roedores del tiempo.
Ella escribía para ser entendida y así despertar fuegos. No le interesaba crear perlas para cuellos insustanciales, ni ornar cabelleras con palabras huecas, ni ascender olimpos alejados de la realidad. No. Ella quería llegar, penetrar, mantener la herida abierta pues, mientras duela, mientras supure, sabes que sigues con vida, de lo contrario, o has muerto o te extingues en la esclavitud.
Nacida en Bilbao el 30 de octubre de 1902, fue una de esas pioneras españolas en acabar el Bachillerato, licenciarse en Filosofía y Letras y obtener una cátedra de Lengua y Literatura.
60348896_2353439164722780_2285955390782832640_nSu transcurrir poético se inició bajo una cierta influencia machadiana y una cierta afectación por los cotidiano y lo paisajístico, pero con la llegada de la guerra, la derrota, la persecución, los traslados, el anonimato y la opresión, aparece en ella el interés por todo lo social, el mundo femenino, la intimidad, la familia, el amor, hasta llegar al grito, a la rabia…
Al final, con el paso del tiempo, esta mujer consciente de su papel fue, sin embargo, cayendo en el olvido de una intelectualidad pomposa fabricada por y para hombres, hasta que la muerte le dio la mano en Madrid, un 2 de abril de 1984.
Ángela, cuando su hijo José Ramón nació durante un bombardeo de Madrid perpetrado por la aviación franquista, en diciembre de 1936, dijo: “Nace con salvas, como los reyes.” Aunque pronto ellos, al igual que otros muchos españoles, tuvieron que abandonarlo todo y buscarse nuevos caminos que les garantizaran la existencia.
60434719_2353439378056092_8621633920250675200_nÉxodo es un poema que trata de eso, de las miles y miles de personas de aquella guerra y de tantas otras que pululan por las veredas de lo desconocido tras el último atisbo de esperanza, esa esperanza que nunca encuentran, que ya no existe, pero que ellas no lo saben y por ello siguen su marcha hasta el infinito. En este caso es una madre con su hijo que corría y corría, sin importarle los tropiezos, pues le podía más ese miedo que tomaba cuerpo, se solidificaba y contenía en sí misma; una madre que corría por terrenos de odio, explosivos y muerte, buscando un lugar donde descansar y amamantar a su pequeño, pero no lo encontraba, a pesar de buscarlo por todas partes, y por eso siguió corriendo hasta dar la vuelta a la tierra, y siguió corriendo con el niño llorando y débil aferrado a lo único que tenía: su madre.

GUÍA DE LECTURA – NOVELA: Los cuatro jinetes de la Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez.

GUÍA DE LECTURA – NOVELA: Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez -PDF

Publicada en 1916, en pleno horror de la “Gran Guerra”, Vicente Blasco Ibáñez representó con singular acierto en Los cuatro jinetes del Apocalipsis las distintas fuerzas, intereses y mentalidades cuyo enfrentamiento llevó a la primera conflagración mundial. Estructurada en torno a dos familias -los Desnoyers y los Hartrott- que, aunque provenientes parcialmente de un tronco común, pertenecen cada uno a uno de los bandos en conflicto, la novela discurre ágilmente por los escenarios dantescos de una Europa rota, sobre cuyos desolados campos de batalla el gran vitalista que fue Blasco hace latir finalmente, salvaje e invencible, el deseo de vivir.

En todo tipo de guerra, la primera víctima es la verdad.

9788420652894[1]Vicente Blasco Ibáñez, uno de los más grandes escritores realistas, no solo de España, sino incluso universal, intentó ser fiel a los dos impulsos vitales en que se apoyaba para realizar sus obras: su militancia artística y su militancia social, lo cual le llevó a no pocos conflictos internos, pues mientras que la primera le empujaba a reflejar la realidad con toda objetividad, la segunda le hacía aflorar la subjetividad de un hombre participante convencido en el eterno desarrollo de la lucha social. De ahí que no le faltasen las acusaciones sobre la existencia de un calculado maniqueísmo en sus trabajos.
Los cuatro jinetes del apocalipsis es, tal vez, si no la más importante, una de sus mejores novelas y en ella se reflejan los horrores y errores de la guerra, concretamente la Primera Guerra Mundial, vistos en primera persona, pero no por los combatientes, sino por los espectadores inevitables que la sufrieron sin poder hacer mucho más que sobrevivir, tal y como el propio autor nos dice en la introducción:
“Esta novela la escribí en París cuando los alemanes estaban a unas docenas de kilómetros de la capital, y bastaba tomar un automóvil de alquiler en la plaza de la Ópera para hallarse en menos de una hora a pocos metros de sus trincheras, oyendo sus conversaciones a través del suelo siempre que cesaba el traquetear de los fusiles y ametralladoras, restableciéndose el silencio sobre los desolados campos de muerte”.

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Ya había concluido la batalla del Marne que frenó el avance de las tropas alemanas hacia París y Blasco Ibáñez, recién llegado de Argentina, había colaborado en la defensa de la democracia con lo que mejor sabía hacer, “sus escritos espontáneos a favor de Francia”, cosa que le agradeció el propio presidente de la República, M. Poincaré, en persona, aprovechando ese encuentro para hacerle una petición:
“Quiero que vaya usted al frente -me dijo-, pero no para escribir en los periódicos. Eso pueden hacerlo muchos. Vaya como novelista. Observe, y tal vez de su viaje nazca un libro que sirva a nuestra causa”.
¡Y vaya si lo escribió!…
Leyendo sus páginas, y gracias a su capacidad para reflejar el verismo y la inmediatez de lo que él mismo estaba contemplando, nos vamos introduciendo en una guerra inverosímil, impensable, pero que muchos deseaban. Claro que, a causa de la ideología del autor, los alemanes aparecen inevitablemente como los malos, con su sentimiento de raza superior, su desprecio de los otros pueblos europeos, sobre todo de los mediterráneos, su soberbia al considerarse los destinados para unificar Europa bajo su yugo, y empeño en adoctrinar al resto de culturas… lo curioso es que eso que él describía en 1916, se confirmó trágicamente veinticuatro años después con el infierno de Hitler.
Pero volviendo al principio, fiel a sus ideales artísticos y sociales, y no queriendo apartarse de ninguno, Vicente Blasco Ibáñez habla a través de sus personajes, predominando la observación sobre la acción, llegándonos la mayor parte de las escenas de enfrentamientos bélicos de oídas, pues no las protagonizan los personajes principales, pero son ellos quienes van exponiendo todas las ideas que fluyen de su cabeza y no el narrador en sí, sin embargo, y a pesar de que son todos ficticios, muchas de las situaciones descritas están inspiradas de la realidad:
“El primer capítulo de Los cuatro jinetes del Apocalipsis me lo proporcionó un viaje casual a bordo del último trasatlántico germánico que tocó en Francia”.

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Y en la novela esto mismo le ocurre a Julio Desnoyers, un joven franco-argentino que vuelve a casa tras recaudar las rentas de las tierras familiares en aquella nación sudamericana, y es él quien nos describe lo que en realidad escuchó y vio el propio autor de primera mano ofrecido por los pasajeros alemanes que tenía como compañeros de viaje:
“Les oí hablar con entusiasmo de la “guerra preventiva”, y celebrar, con una copa de champaña en la mano, la posibilidad, cada vez más cierta, de que Alemania declarase la guerra, sin reparar en pretextos”.
La batalla del Marne la describe desde dos posiciones: el París abandonado por el Gobierno que, ante la inminente invasión teutona prevista, se trasladó a Burdeos, de la mano de la familia Desnoyers y su día a día en una ciudad donde se respiraba el miedo, donde se palpaba el silencio, la soledad, la desesperanza, tal como él mismo pudo experimentar:
“Marchando por las avenidas afluentes al Arco del Triunfo, que en aquellos días parecían de una ciudad muerta y contrastaban por su fúnebre soledad con los esplendores y riquezas de los tiempos pacíficos, tuve la visión de los “cuatro jinetes”, azotes de la Historia, que iban a trastornar por muchos años el ritmo de nuestra existencia”.
El París de las estaciones repletas de hombres alegres camino del frente y mujeres y niños llorosos o de ancianos orgullosos, incluso algunos llenos de envidia viéndo partir a sus hijos a defender a la patria. Hijos que muchos ya no volvería y que otros muchos lo harían sin aquella alegría inicial, destrozados físicamente o en lo más profundo de su espíritu.
Y la otra posición era el mismo frente, donde él fue por petición del presidente de la República, desarrollándose esa visita a cargo del viejo Marcelo Desnoyers, en dos episodios, concretamente: uno con la excusa de defender sus posesiones y el otro, cargado de enfrentados sentimientos de culpabilidad y arrepentimiento, arrastrado por el miedo de perder lo único que le queda, su hijo.
Con la guerra llegan los cuatro jinetes del Apocalipsis: la Guerra, el Hambre, la Peste y la Muerte, azuzados por el militarismo prusiano, ese pueblo que, para quienes defendían la razón y la libertad, representaba la fuerza bruta de la caverna y el sentimiento reaccionario más oscuro de Europa. Alemania quería instaurar “el reino de la Bestia”, el retorno de la barbarie, como así lo proclamaba otro de los personajes alter ego del autor, el ruso Tchernoff.
Al igual que éste, el resto de los personajes fueron elegidos con artesanal cuidado para poder encajar la función propagandística evidente que debía tener la novela, sin perder por ello ni ápice de verosimilitud ni realismo:
Marcelo Desnoyers, en su juventud, 1870, huye de Francia a Argentina por causa de su militancia republicana negándose a formar parte del ejército imperial. En aquellas lejanas tierras encuentra trabajo en la inmensa hacienda de un español primario y vital, Madariaga, quien desprecia cualquier atisbo de nacionalismo, pues para él todo hombre es de donde trabaja y funda una familia:
“Fíjate, gabacho: yo soy español, tú francés, Karl es alemán, mis niñas argentinas, el cocinero ruso, su ayudante griego, el peón de cuadra inglés, las chinas de la cocina unas son del país, otras gallegas o italianas, y entre los peones hay de todas castas y leyes. ¡Y todos vivimos en paz! En Europa tal vez nos habríamos golpeado a estas horas, pero aquí todos amigos”.
jinetes[1]Este hombre, además de repoblar sus tierras con los hijos que siembra entre las nativas, tiene dos hijas de su matrimonio con una india, la China, con una se casa Marcelo y con la otra Karl Hartrott, un joven alemán que emigró a Sudamérica en busca de fortuna. Tras la muerte de Madariaga, sus hijas y sus nietos marchan a los países de sus esposos: Francia y Alemania. Ambos no pueden ser más diferentes, pues mientras Desnoyers siente una impulsiva necesidad de proteger sus propiedades y tiene remordimientos, al ver cercana la guerra, por haber desertado en su juventud, Hartrott esta imbuido del pensamiento racista y nacionalista alemán, asegurando que “la guerra es un hecho necesario para la salud de la humanidad”. Y mientras los hijos del segundo buscan su futuro en la carrera militar y en la teorización de la enseñanza, los del primero no pueden ser más dispares, pues Julio, por su lado, carece completamente de conciencia nacional y pretende vivir sin ningún reparo de la fortuna de su padre, dedicándose a la vida bohemia de la pintura, el tango y las mujeres, y Chichi, por el suyo, muchacha fuerte y comprometida, vuelca toda su energía en su amor por René. Pero la guerra todo lo cambia, aunque no voy a profundizar más en la historia para dejaros la puerta abierta a su lectura.
En conclusión, tras acabar la novela, nos queda la amarga evidencia de que es inevitable no responder a la agresión con agresión, de que en este planeta se ha creado una sociedad de sordos donde el diálogo es inútil, pues todos quieren llegar a él mejor posicionados que el otro y entonces forzar las posibles soluciones, lo que nos lleva a la deducción de que no hay parlamento sino extorsión y, lo más triste, llegamos a descubrir que se mata por unas ideas que no son nada más que mentiras, invenciones de quienes mueven los hilos en la oscuridad para pretextar su maldad, haciendo creer a un pueblo, necesitado de convicciones, de que está luchando por algo justo.
Escrito en 1916, con la Gran Guerra todavía en su desarrollo, esta novela pasó casi desapercibida en Europa, pero no así en América y, sobre todo, en Estados Unidos, donde tuvo un éxito espectacular. Ha sido llevada al cine en varias ocasiones.

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Para concluir con la Guía de Lectura, podemos centrar nuestra atención en varios puntos que nos ayudarán a comprender mejor la obra en todo su conjunto:

  1. En la novela, el autor mezcla experiencias personales con escenas totalmente ficticias, pero en ningún momento aparece en la trama como un personaje más, sino que las encubre en diferentes acciones realizadas por distintos caracteres.
  2. En el desarrollo de la novela la observación de los hechos predomina sobre la acción, por lo que todo se percibe y se conoce de oídas, y en las escasas escenas de combates que aparecen, los personajes principales jamás las protagonizan.
  3. El hecho de que la familia central sea de procedencia argentina le da a la historia un punto de distanciamiento que nos permite juzgar los acontecimientos con más equidad y realismo, sin embargo, este recurso tiene una trampa, pues las ideas de Vicente Blasco Ibáñez van apareciendo por medio de ellos y, de esta forma, disimula su verdadera intención.
  4. Al mismo tiempo, sus opiniones negativas sobre los alemanes se demuestra mediante sus palabras y sus hechos.
  5. Los personajes sufren una evidente transformación a lo largo de la novela y, podríamos asegurar, que cuando todo acaba ya no son las mismas personas que al inicio. Este proceso es bastante realista, pues en la vida cotidiana cualquier suceso importante puede modificar conductas y pensamientos.
  6. La idea del nacionalismo es atacada en muchas ocasiones a lo largo de la novela e, incluso, se le culpabiliza de los grandes males de la humanidad, sin embargo, podemos encontrar una contradicción en esta tesis cuando vemos que se defiende el sentido patriótico de la defensa de Francia.
  7. En sus anteriores novelas, Vicente Blasco Ibáñez plantea constantemente las injusticias causadas por la sociedad clasista, en cambio, en esta novela todo eso carece de importancia, al igual que la familia o el amor, y todo se sacrifica ante el interés de la comunidad, por lo que en ella no encontraremos la figura del héroe individual, sino que aquí ese papel le corresponde al pueblo, el cual es un héroe colectivo.
  8. El posible antibelicismo de Blasco Ibáñez no es tal en esta historia, pues parece que es capaz de justificar la guerra y sus muertos dividiéndolos en dos categorías: los invasores y los defensores. Y es irrefrenable la atracción de los uniformes en las mujeres de París…

En 1921, Los cuatro jinetes del Apocalipsis era calificado como el segundo libro más leído del mundo, después de la Biblia, por la revista británica The Illustrated London News, pero su autor comentó: “Yo ni siquiera había sospechado el éxito de Las cuatro jinetes del Apocalipsis. En el año 16 yo estaba en París. La gente me creía rico, pero la verdad es que vivía con mil pesetas al mes”.

GUÍA DE LECTURA: Historia de un canalla, de Julia Navarro.

 

Skyline New York
La afirmación de que el ser humano es bueno por naturaleza es una aseveración bastante peregrina, sin base sólida y que se desmorona fácilmente como un castillo de naipes. En la humanidad, no nos engañemos, lo que predomina es la maldad. Pruebas de ello las tenemos todos los días y a todas las horas. Lo que ocurre es que nuestras facultades perversas no son ejercidas en todo momento y situación, por muchas razones, pero principalmente a causa de la educación recibida, a nuestros sentimentalismos inherentes o por el simple hecho de que los humanos estamos diseñados para ser seres sociales, de manada, y no vamos a quedar apartados de buenas a primeras del grupo por un “quitarme allá estas pajas…”
Pensaréis que o me he vuelto loco o soy demasiado duro con mis semejantes, incluso conmigo mismo, porque de ninguna manera pienso excluirme, pero no, realmente es lo que pienso y, a medida que voy avanzando en edad, las circunstancias me lo van confirmando. Cierto que no todo el mundo es un asesino en potencia, aunque a veces nos llevemos alguna que otra sorpresa: “Pero si parecía una buena persona…” Ni que todos roben, aunque cada vez falta menos para lograrlo con lo de moda que se está poniendo… Ni que todos los hombres vayan por ahí maltratando a las mujeres, aunque de obra no, pero de pensamiento…
libro_1453898913Claro que encontrarnos con un personaje como Thomas Spencer es como conseguir un catálogo completo y esmerado del género perverso: un ser infantil, egoísta, caprichoso, inseguro, envidioso, vengativo, celoso, carente de escrúpulos, incapacitado para los sentimientos… es muy difícil de lograr, además si en él aparece lo que en otras personas podríamos calificar como virtud, la sinceridad, en sus manos se convierte en una terrorífica arma de destrucción masiva capaz de rendir hasta las más resistentes fortalezas. No, el resto de los humanos no somos tan completos ni sofisticados en nuestras dotes malignas, simplemente nos conformamos con poseer algunas, variadas, y desarrollarlas, para darle a nuestra personalidad el punto exacto de sal y pimienta que nos salve de ser catalogados como seres insulsos. Porque no nos equivoquemos, lo que más atrae de los otros son sus pequeñas maldades… aunque luego lo podamos pagar caro.
De hecho, en la novela Historia de un canalla, de Julia Navarro, que es sobre lo que estoy hablando, por si no os habíais dado cuenta, el verdadero canalla es Thomas, pero ¿podríais señalarme, entre la multitud de personajes que aparecen, y es que 863 páginas dan para mucho, alguno que realmente pueda definirse como íntegramente bueno?… Si hasta el prometedor hermanito Jaime tiene su lado oscuro, fijaos cómo pierde la fortuna a causa de su vanidad, ¿y qué me decís de codiciar la mujer de su propio hermano?… y no me lo negaréis que, de tan bueno, amable, comprensivo, cariñoso, abnegado, etcétera, etcétera, no os resulta pastoso…
Todos los personajes, absolutamente todos, ejercen su capacidad para el mal en alguna que otra ocasión, unos porque lo son, aunque no lo habían ejercitado nunca antes de conocer al rey maligno, Thomas, otros porque no pueden más y necesitan devolver los golpes, unos por omisión, otros por beneficiarse, otros por venganza, incluso algunos, por miedo… pero todos, absolutamente todos, coinciden con Thomas en algún que otro artículo de su completo catálogo.

london-skyline2[1]Y es que personas buenas hay pocas, muy pocas, incluso los santos y santas no son todos los que están, pero posiblemente sí estén todos los que son, y los que ejercen como tales, tampoco ostentan este título al completo, pues a más de uno lo han tenido que meter en el santoral con calzador. Y como no somos perfectos, lo cual sería bastante soporífero, nos damos normas, leyes, estudiamos ética y moral y santificamos a aquellos que han conseguido vivir en el camino de la bondad sin parecer tontos, de lo contrario, nos mataríamos como humanos…
Sí, sí, como humanos, no es un error de imprenta, porque yo pienso que deberíamos aparcar ya de una vez frases hechas como la de “esto es inhumano” cuando vemos en el telediario un genocidio o algo parecido, sí, deberíamos dejar de usarlas porque no se ajustan a la realidad, pues lo verdaderamente humano es eso, hacer daño a tus semejantes por hacerlo. Cuando un perro muerde a una persona ponemos el grito en el cielo protestando por el hecho de que no los lleven atados y con bozal… ¿Cómo deberíamos ser llevados entonces nosotros?… Por cada ser humano que muere a causa de un perro, son millares los humano que mueren a manos de otro humano, y ya no digamos perros u otros animales.
Pues de esto va la última novela de Julia Navarro. Algunos, más entendidos que yo, la califican de “novela psicológica”, puede ser, ¿quién soy yo para discutirlo? La verdad es que, a medida que nos vamos introduciendo en ella, nos va aportando cosas en las que pensar, pero, lo curioso, es que simplemente nos va exponiendo eso mismo que vemos todos los días si ponemos la tele, o escuchamos la radio, o leemos la prensa, o sencillamente salimos a la calle, o lo sufrimos en nuestras propias carnes… Así que yo le daría un calificativo más metafórico, el de “novela espejo”.
Varios son los temas que aparecen en ella, aunque, sin discusión, la maldad es el número uno y sobre él gira todo el argumento, pero no estaría de más echarle un vistazo a esos otros que he creído vislumbrar entre sus numerosas páginas. Por ejemplo, la corrupción. Está ahí, desde el principio al fin, como algo natural, como algo que debería enseñarse en las academias de economía, lo cierto es que en la de Paul Hard es la asignatura principal, pero es que da la impresión de que en esta sociedad la corrupción se ha convertido en una herramienta imprescindible para poder llegar a triunfar, para ser alguien, para tener un nombre, para ganar dinero, influencia, poder… incluso para pegar un polvo… No me extrañaría ver algún día manuales al uso con el título “Cómo llegar a ser un corrupto ejemplar” o “Hágase un maestro de la corrupción en pocos meses…” ¿Y las consecuencias?… ¡Bah!… Simples daños colaterales…
Otro muy esgrimido es la mentira. Sí, la verdad está obsoleta, da pena, no vende… Nadie llega a ser congresista, o ministro, o presidente de lo que sea diciendo la verdad… se le iban a reír en su cara. El único pecado que tiene la mentira, y que puede costar muy caro si nos descuidamos, es que te pillen. Lo ideal es saber mentir, es lo que está de moda… miente que algo queda… y a ver como lo limpian luego… La verdad se ha quedado relegada para las películas románticas de batín, cafecito o chocolate, y clínex. Para la vida, para la lucha diaria, para poder salir a la calle, hay que saber disimular, adular, falsear, embaucar, aparentar, fingir, disimular, ocultar, enredar, confundir, inventar, fantasear… es decir, mentir. Sólo así se garantiza un gran futuro en aquella empresa que desees alcanzar, sea económica, académica, política o religiosa. Con la verdad, mejor te quedas en casa. ¿Y las consecuencias?… ¡Bah!… Simples daños colaterales…
Otro tema, bastante importante, es el desamor. No el amor, no, no, el desamor. Enamorarse es un error, trae quebraderos de cabeza, problemas, complicaciones… El desamor es más pragmático, pues se le parece en el brillo, incluso para el sexo parece más efectivo, y no compromete a nada. En la novela no se enamora casi nadie y, las pocas personas que lo hacen han tenido que sufrir las consecuencias. Se percibe como que el amor es algo imperdonable, de hecho, ¿no os ha ocurrido alguna vez que habéis declarado vuestros sentimientos y habéis perdido una amistad?… Además, el amor y los negocios son totalmente incompatibles, un tándem inadecuado, y ya no digamos el amor y la política, o la pretensión de un ascenso rápido donde sea… El amor es una losa y hacer algo por amor, tarde o temprano, le revienta en la cara a los personajes de esta historia. ¿Qué es eso de amor filial, o fraternal, familiar o lo que sea?… Nada, losas y más losas que aplastan a quienes lo siente. ¿Y las consecuencias?… ¡Bah!… Simples daños colaterales…
El cuarto tema importante es el pasado. El pasado es traidor, le gusta contar cosas inoportunas que afectan al presente, incluso al futuro. Lo que ocurre es que todo el mundo tiene un pasado… Y mucha gente tiene memoria… Y algunas personas saben utilizar el pretérito de los otros en beneficio propio… No importa quién seas ahora, ni lo que hayas hecho por los demás, ni los sacrificios que hayas realizado en tu vida, no, nada importa… Cuando el pasado regresa, aquello que parecía ya olvidado te escupe en la cara y te revienta en las manos… y todo se da la vuelta. ¿Quieres tumbar a un contrincante más poderoso que tú?, busca en su basura que igual ayer tiró algo que puedas utilizar en su contra. Del pasado solo vienen fantasmas capaces de hacer mucho daño. ¿Y las consecuencias?… ¡Bah!… Simples daños colaterales…
Pero no podemos olvidarnos de la hipocresía, esa bruja obstinadamente falsa que siempre viaja de la mano de su amiga inseparable, la cobardía. Ambas, tanto monta, monta tanto, son esgrimidas por las personas que, como en el caso de Thomas, rodean a un líder malo malísimo para medrar con él y, cuando la cosa se tuerce, el malo es el culpable. Le tienen miedo, le odian, les da asco, pero ahí están, chupando de la teta y besando la mano que les hace ricos, aunque de vez en cuando les de también algún tortazo. ¿Y las consecuencias?… ¡Bah!… Simples daños colaterales…

Skiline_madrid_muralesyvinilos_39870443__Monthly_XXL[1]Y el poder. ¿Qué me decís del poder?… El poder es la mayor pornografía de la sociedad, ¿o deberíamos decir “suciedad”?… Eso es lo que le pone a Thomas, por él tortura, por él golpea, por él atesora una fortuna para poder seguir ejerciéndolo, por él odia, por él desprecia y por él nunca se pone al frente de ninguna candidatura política, porque sabe que el poder no está en los que ganan las elecciones, sino en quienes manejan los hilos para hacerles ganar, en las empresas publicitarias, en los gurús del presente que son capaces de hacer cambiar la opinión de las masas de la noche a la mañana. Y para el poder trabajan los buscadores de tesoros en los mares del pasado, los hechiceros del desamor, los domadores de la mentira, los ingenieros de la corrupción, las mariposas del miedo y la hipocresía, en fin, toda la curia de sacerdotes del mal.
Sí, Julia Navarro me ha hecho pensar en todo esto porque con su novela me ha puesto un espejo y, más todavía, cuando ha ido intercalando párrafos en cursiva donde el protagonista versiona lo que hubiera ocurrido si él hubiera actuado bien… Han sido insufribles, tanto que he acabado por saltármelos, lo reconozco. Sin embargo, al ver que la inmensa mayoría de la gente ha hecho lo mismo, me he dado cuenta de cuál era la misión de ellos en la novela: demostrar que la bondad nos aburre.
No considero Historia de un canalla como la mejor novela de Julia Navarro, ni mucho menos. Juzgo que está lejos de Dispara que ya estoy muerto o Dime quién soy, con cuyas historias disfruté, aprendí y saboreé el placer de la lectura. Sin embargo, Historia de un canalla me ha hecho preguntarme muchas cosas y replantearme otras, lo cual siempre es molesto, aunque interesante y productivo. Sobre todo, me he dado cuenta de que esos “daños colaterales” que se desprenden de nuestros actos no nos resultarán siempre gratis, pues algún día encontraremos la horma de nuestro zapato, que hurgará en el cubo de nuestro pasado, y nos los hará pagar con creces.
Felices lecturas.

Guía de Lectura. Poesía: “Hombres necios que acusáis”, de Sor Juana Inés de la Cruz

HOMBRES NECIOS QUE ACUSÁIS… Descarga en PDF

REDONDILLAS:

“ARGUYE DE INCONSECUENTES EL GUSTO Y LA CENSURA DE LOS HOMBRES QUE EN LAS MUJERES ACUSAN LO QUE CAUSAN”

Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?

Mas, entre el enfado y la pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es de más culpar,
aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

¿Pues, para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

juana_ines_firma

“Yo no estudio para saber más, sino para ignorar menos”.

juana_ines_3Se dice que este poema, escrito en redondillas, es la primera manifestación feminista de la historia… Tal vez sea cierto o tal vez no, pero el caso es que su autora, Sor Juana Inés de la Cruz, una monja mexicana del siglo XVII, una mujer rebelde e incómoda para los altos cargos eclesiásticos de la época, erudita, estudiosa, autodidacta y aplaudida entre el mundillo mujeril coetáneo, fue una tenaz valedora de los derechos de la mujer.

Nacida en la población mexicana de San Miguel de Nepantla, en 1651, fue, lo que hoy en día se consideraría, una niña prodigio, pues con tan solo tres años de edad ya sabía leer y escribir perfectamente y, a los catorce, pasó a ser dama de la esposa del virrey, en cuya corte brilló por su sabiduría, su enérgica inteligencia y su talento para versificar. En 1667, debido a su deseo de “no tener una ocupación fija que pudiera restringir mi libertad de estudio”, según sus propias palabras, y a pesar de poseer una escasa vocación religiosa, ingresó en un convento de carmelitas descalzas, donde sólo permaneció cuatro meses por problemas de salud, aunque, dos años más tarde, se enclaustraría definitivamente en otro convento de la Orden de San Jerónimo.

Pero su celda, lejos de ser un lugar de retiro y meditación, se convirtió en un punto de reunión de poetas, intelectuales y damas con inquietudes poéticas y literarias. Allí se realizaron, también, investigaciones y experimentos científicos, se compusieron piezas musicales, obras de teatro, ensayos, poemas e, incluso, estudios filosóficos, atesorando entre aquellas cuatro paredes, una considerable biblioteca.

En respuesta a un escrito en prosa de Sor Juana Inés sobre un sermón de un jesuita portugués, el obispo de Puebla escribió: “Carta de Sor Filotea de la Cruz”, aconsejándole que se dedicase a las cosas propias de su condición de monja y mujer, por lo que ella le contestó con: “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, donde reivindicaba el derecho de las mujeres a poder aprender y a opinar, respuesta que pudo causarle muchos problemas y a causa de la que tuvo que deshacerse de la biblioteca y dedicarse a la vida monástica a tiempo completo.

juana_inesEl estilo literario de Sor Juana Inés de la Cruz no puede ser más representativo del Barroco, pues está a caballo entre el culteranismo gongorino y el conceptismo de Quevedo, sin embargo, su perspicacia, agudeza, penetración y originalidad, le han hecho mantener una personalidad propia por encima de los movimientos y corrientes poéticas.

Escribió de todo: astronomía, filosofía, humanidades, artes… y literatura (prosa, poesía, teatro). Su poesía es mayoritariamente profana, utilizando diversos versos y estrofas: redondillas, liras, endechas, sonetos… destacando en estos últimos donde conseguiría una calidad digna de compararse a Calderón o el mismísimo Góngora, como podemos comprobar en el siguiente ejemplo:

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

Sus temas preferidos son el amor, donde alcanzaría sus mejores logros, la mística, en cuyos argumentos brillaría su capacidad de razonamiento, y el psicológico o didáctico, como el poema que nos ocupa. Así mismo, no debemos olvidarnos de sus villancicos, muy populares en su tiempo, y el largo poema escrito en silvas, “Primer sueño”, sobre el conocimiento humano.

Sor Juana murió en 1695, durante una epidemia de cólera de devastó México, mientras cuidaba de sus compañeras enfermas.

El poema que hemos elegido consta de dieciséis estrofas de cuatro versos octosílabos cada una, rimando en consonante con el esquema: abba, es decir, son redondillas. En casi todas las estrofas aparecen encabalgamientos, o bien entre el primer y segundo versos, o entre el tercero y el cuarto, que marcan una pausa a la hora de leerlos.

Como buen ejemplo del Barroco, podemos encontrar bastantes muestras de figuras retóricas, como las siguientes a nivel morfosintáctico: el retruécano (la que peca por la paga / o el que paga por pecar), el apóstrofe (¿Por qué queréis que obren bien / si las incitáis al mal?), el paralelismo (quejándoos, si os trata mal / burlándoos, si os quieren bien), preguntas retóricas (¿cuál mayor culpa ha tenido / en una pasión errada: / la que cae de rogada, / o el que ruega de caído?), subrayando en todos estos ejemplos la hipocresía moral del hombre y su desprecio hacia la mujer, porque este es un poema satírico que quiere ridiculizar la doble moral de la sociedad de su tiempo que permite a los hombres seducir a las mujeres, pero, si éstas ceden, las acusan de livianas, una sociedad de hombres que subliman la imagen ideal de la mujer decente, aunque luego insisten para que ceda ante sus deseos, como podemos ver en la siguiente antítesis: (Y después de hacerlas malas / las queréis hallar muy buenas).

En conclusión, lo que pretende demostrar Sor Juana Inés de la Cruz es que es el hombre quien conquista, por lo tanto, la culpa es suya y no de la mujer, por lo que les aconseja que se dejen seducir por ellas y entonces podrán criticar.

“Sin claridad no hay voz ni sabiduría”.