La soledad de los números primos, de Paolo Giordano.

La novela propuesta en esta ocasión, La soledad de los números primos, intenta profundizar en la individualidad personal, en ese mundo oculto que pertenece a cada ser y en el que ese ser se forma, evoluciona, se desarrolla y muere alejado del resto de seres que le rodean, pero que no pueden mitigar su soledad esencial e ineludible.

Y es por eso que Paolo Giordano, quien la publicó a la edad de veintiséis años mientras preparaba su doctorado en Física, emplea, con acierto, la metáfora de los números primos, pues estos, al ser solo divisibles por sí mismos y por la unidad, no tienen relación alguna con el resto de infinitos números e, incluso, jamás pueden aparecer juntos en la serie numérica, ya que lo más cerca que alcanzan a estar de otro número primo es con un número par de por medio, solo pueden relacionarse con ellos mismos o con la nada, y es ahí, en ese espacio entre el yo y el vacío, donde se sustenta la soledad, el espacio que ocupan los dos protagonistas de esta novela.

Esta historia, ambientada a caballo entre los siglos XX y XXI en la ciudad comercial de Turín, puede considerarse un tanto atípica porque los personajes están destinados a no poder encontrarse, son como los números primos gemelos, a los que se comparan en un momento de la trama: dos almas gemelas que se aman, pero no pueden estar juntos. Poco comprendido por sus respectivas familias, a lo largo de los años van perdiendo las escasas amistades que frecuentaban y la capacidad de relación.

Marcados desde su infancia por unos traumas que no pueden superar, ambos protagonistas, Alice y Mattia, se refugian en sí mismos, excluyéndose del mundo y, así, a pesar de poseer algo que les une: la soledad, es ella también la que los separa. Por todo ello, La soledad de los números primos no es una historia tradicional de amor con final feliz, sino la de una relación imposible y una profunda reflexión sobre el mecanismo de la mente humana y de sus regiones incógnitas e inexplicables: los humanos somos imprevisibles y no debemos rechazar el hecho de sorprendernos ante nuestras propias actuaciones.

Al leer esta historia nos encontraremos con situaciones en las que los protagonistas niegan una solución que quienes observamos desde fuera consideramos obvia y sencilla… Pero cuánto cambia la historia si en lugar de ser meros espectadores nos convertimos en actores y todo se nos vuelve imposible.

Sin embargo, Giordano no solo toca el tema de la soledad insuperable, sino que también analiza varias de las dificultades características de los jóvenes actuales, como los problemas ligados a la socialización en una sociedad donde prima el individualismo y la competencia: el exilio laboral al acabar los estudios y encontrarse que no hay posibilidades de realizarse en su propio país, la anorexia como válvula de escape de un desierto en el que la realidad se ha convertido en un espejismo, la depresión, las drogas, la exclusión social, el acoso escolar, las autolesiones… en fin, los típicos daños colaterales, y directos, del mundo contemporáneo donde prima un bienestar basado en lo material y el consumo. Y así lo vemos en los propios protagonistas: La infancia de Mattia y Alice está marcada por sus traumas particulares, pues si para él es la muerte de su hermana lo que le encerró en sí mismo, para ella es el accidente de esquí que le dejó coja lo que le condujo hacia la depresión y la anorexia.

La novela está escrita en un estilo bastante comprensible e inmediato, sobre todo en los primeros capítulos, pero, a medida que avanzamos en ella, vemos que el tono va creciendo y la sintaxis va volviéndose más compleja, además, las descripciones casi elementales del principio evolucionan hacia una profundidad de pensamiento inesperado, con un lenguaje fuerte e incisivo en algunos pasajes, combinando el estilo directo y el indirecto en una alternancia que ayuda a mantener la tensión.

El título no fue elegido por el propio autor, pues él había titulado su manuscrito original: Dentro y fuera del agua, pero Antonio Franchino, el editor de Mondadori, bautizó la obra como la hemos conocido. Esta novela fue la opera prima de Paolo Giordano y la más reconocida y premiada de todos sus trabajos: Premio Campiello, Premio Strega…En este último fue el autor más joven en ganarlo con tan solo veintiséis años. Nacido en Turín en 1982, se licenció en Física en la universidad de su ciudad natal en 2006, sin embargo, Giordano sentía una fuerte atracción por la literatura, por lo que asistió a la Scuola Holden de escritura, fundada por Baricco, entre 2006 y 2007, y en 2008 publicaba su primera novela, como ya hemos visto. A partir de ese momento, ha comenzado a escribir artículos y relatos para varias revistas y periódicos, así como también ha editado más novelas. Sin embargo, no olvidó su carrera científica y en 2010 obtuvo el Doctorado en Física Teórica.

GUÍA DE LECTURA POESÍA: Armonía, de José Hierro.

Quise tocar el gozo primitivo,
batir mis alas, trasponer la linde
y volver, al origen, desde el fin de
mi juventud, para sentirme vivo.
 
Quise reverdecer el viejo olivo
de la paz, pero el alma se me rinde.
¿Quién es sin su dolor? ¿Quién que no brinde,
sin pena, su ayer libre a su hoy cautivo?
 
Y ¿quién se adueñará de la armonía
universal, si rompe, nota a nota,
grano a grano, el racimo, los acordes?
 
¿Quién se olvida que es cuna y tumba, día
y noche, honda raíz y flor que brota,
luz, sombra, vida y muerte hasta los bordes?

Al igual que ocurrió con la novela y el teatro, también hubo en España una poesía social durante la década de los años 50 del siglo XX, cuyo objetivo, hermosa e ingenua utopía, era motivar un cambio político y social en el país mostrando la realidad cotidiana, denunciando los problemas y apoyando a los más desfavorecidos. Para ello, los poetas, preocupados por las injusticias sociales y las crecientes dificultades internas y externas, hicieron el esfuerzo de presentarse más comprensibles a una mayor cantidad de lectores con un tono coloquial, lenguaje más claro y un estilo más funcional, sin aparcar sus recursos literarios, claro está, pero haciéndolos más cercanos al público y subordinando la estética al contenido, con el consecuente peligro de convertir la poesía en algo prosaico y vulgar sin valor artístico. Sin embargo, nada de esto ocurrió, pues la enorme calidad de los autores que se apuntaron a este movimiento (Blas de Otero, Gabriel Celaya, Vicente Aleixandre, Carlos Bousoño o José Hierro, entre otros) produjo verdaderas joyas literarias que, en su gran mayoría, sobrevivieron las tijeras de los censores, igual porque no las entendieron, aunque no consiguieron la meta deseada, pues ¿qué podía hacer la literatura en una nación en la que apenas se leía?…

El poema que hemos elegido, Armonía, es de José Hierro (1922-2002), un hombre que fue detenido a los diecinueve años por pertenecer a una organización en defensa de los presos políticos, como era el caso de su propio padre, y se pasó cuatro en la cárcel, algo que le marcaría como persona y como poeta, algo que se puede observar en su retrato de España como un país en ruinas mediante metáforas otoñales de su primer libro, Tierra sin nosotros (1947), o en la búsqueda de la esperanza desde el pesimismo y la amargura de su segundo libro, Alegría (1947). Ese escepticismo se acentuó en las tres obras que podemos encuadrar, de algún modo, dentro de la poesía social: Con las piedras, con el viento (1950), Quinta del 42 (1952) y Cuanto sé de mí (1957), en las que, sin embargo, a pesar de su profunda ansiedad existencialista y su compromiso social, no dejó de lado su preocupaciones formales y estéticas.

Armonía, un soneto en endecasílabos, pertenece a Quinta del 42, un libro cuyo título procede de la denominación que Hierro y varios amigos daban a su grupo reunido en torno a dos revistas: Corcel, en Valencia, y Proel, en Santander. Armonía, entendida, en este caso, como el arte de enlazar los diversos elementos en su justa proporción y correspondencia para concertar una buena máquina social, es lo que buscaba el poeta al querer volver “al origen, desde el fin de su juventud” (en esos momentos José Hierro tenía treinta años), a un pasado del que una buena parte le fue robada, pues el presente no le era propicio para realizarse como persona. Quería recuperar la paz necesaria para que se desarrollase la armonía, pero le podían más las heridas, que no le permitían olvidar, de toda una vida basada en el dolor y de una libertad ofrecida y perdida, y aquí es donde nos lanza dos preguntas de profundo calado que cada cual podrá responder a su manera: “¿Quién es sin su dolor? ¿Quién que no brinde, sin pena, su ayer libre a su hoy cautivo?”, pues en un mundo sin libertad todo el mundo es cautivo, unos de los que mandan y estos de su propia obsesión. Pero cuando llega a los tercetos se da cuenta de que esa armonía es imposible si se van arrancando los granos del racimo, si se van rompiendo las notas de los acordes cuando hay alguien que quiere imponer una “armonía” ficticia, a su capricho, porque siempre hay que no quiere recordar que, hasta el ser que se piensa el más poderoso, está hecho de la misma materia que todos y, como todos, repleto de claros y oscuros, de luces y sombras.

Armonía define perfectamente la búsqueda de todo ser humano que solo aspira a vivir plenamente, que ya es mucho, ese camino a cuya meta nunca llegamos, pero que da sentido a nuestra existencia, el cual, en esencia, solo existe en cada nuevo paso que damos, pues las huellas quedaron atrás y son irrecuperables y acabarán siendo borradas por el polvo de tiempo.

GUÍA DE LECTURA NOVELA: Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé.

“Caminan lentamente sobre un lecho de confeti y serpentinas, una noche estrellada de septiembre, a lo largo de la desierta calle adornada con un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos: última noche de Fiesta Mayor (el confeti del adiós, el vals de las velas) en un barrio popular y suburbano…” Así comienza Últimas tardes con Teresa, dejándonos una premonición de un posible desenlace.

Juan Marsé, cuyo nombre de nacimiento era Juan Faneca Roca, se definía a sí mismo como “un novelista catalán que escribía en castellano”, pero sus novelas van más allá de la narrativa social que se desarrolló en España durante la década de los años cincuenta del pasado siglo, utilizando un estilo bastante personal con el que pretendía poner orden estético al caos que le rodeaba, por todo ello es difícil encasillarlo en alguna tendencia narrativa existente en su época.

Juan Marsé

Nacido en Barcelona el 8 de enero de 1933, su madre murió en el parto y su padre, taxista de profesión, se encontró de golpe solo y con una niña y un recién nacido, no tardando en darlo en adopción al matrimonio Marsé, quienes no podían tener hijos, una familia trabajadora procedente de sendos pueblos tarraconenses, que emigraron a Barcelona para poder subsistir.

Juan fue un pésimo estudiante, aunque un ávido lector de novelas de aventuras, un devorador de películas americanas y un empedernido callejeador de los barrios de Gracia, Guinardó y Monte Carmelo, todo ello, y sus simpatías anarquistas y su militancia comunista, configurarían su mundo literario.

Comenzó a trabajar como aprendiz de joyero a la edad de trece años, desempeñando ese oficio durante más de una década, el tiempo que le llevó a descubrir su afición por la escritura, apareciendo algunos de sus relatos en la revista Ínsula y ganando el premio Sésamo de cuentos en 1959.

En 1960 marcha a Paris, aconsejado por Jaime Gil de Biedma, donde trabajaría como mozo de recados en el Instituto Pasteur, bajo las órdenes de Jacques Monod, quien le introduciría en el PCE. Dos años más tarde regresaría a Barcelona. Tras varias novelas publicadas, entre las que destacan Encerrados con un solo juguete y Esta cara de la luna, de las que Marsé no se sentía muy orgulloso, edita Últimas tardes con Teresa, con la que conseguiría el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral y que le daría el empujón necesario para dedicarse por entero a la literatura, publicando más de quince novelas, muchas de ellas llevadas al cine, una gran cantidad de relatos cortos y otro buen número de creaciones diversas, consiguiendo muchos premios entre los que destacan el Premio Nacional de Narrativa 2001 y el Premio Cervantes 2008.

El espacio de la mayor parte de su obra se sitúa en la Barcelona de su infancia y parte de su juventud, más concretamente en el barrio del Guinardó y sus circundantes, y en el contexto temporal de la postguerra o las décadas de los 50 y 60 del franquismo. Pero centrémonos en la novela que nos ocupa: Últimas tardes con Teresa.

El crítico literario Gonzalo Sobejano definió Últimas tardes con Teresa “como una parodia sarcástica de la novela social en sus dos vertientes: como testimonio de los sufrimientos del pueblo y como testimonio de la decadencia de la burguesía”. Y el propio Marsé pensaba que los personajes de esta novela le habían salido algo desfigurados, algo caricaturizados, tal vez por la admiración que sentía hacia Valle Inclán y sus esperpentos.

Portada del libro

Juan Marsé desarrolló su primera época como creador en el periodo literario definido como “Literatura de posguerra” y, dentro de ella, en la “novela social”, la cual se caracterizaba por su realismo, intentando dar testimonio del momento histórico y general que estaban viviendo, tanto en el aspecto existencial de los personajes, lo que le acercaría a la novela psicológica, como a su comportamiento colectivo como individuos dentro de una comunidad.

Marsé pretende utilizar la figura del narrador omnisciente en tercera persona que va describiendo las acciones, pensamientos y sentimientos de los personajes sin vincularse con ellos, un narrador muy escrupuloso en ocasiones con los datos y las fechas, pero que en otras no evita aportar la subjetividad de sus propias opiniones, con lo que toma partido y desvirtúa su figura a favor del autor, por ejemplo, al inicio de la Tercera Parte, cuando deja claro lo que piensa de aquellos niños bien subiéndose al carro revolucionario:

“La naturaleza del poder que ejercen es ambigua como la naturaleza misma de nuestra situación: de ellos solo puede decirse que son de ideas contrarias. Sus primeros y juveniles desasosiegos universitarios tuvieron algo del vicio solitario. Desgraciadamente, en nuestra universidad, donde no existía lo que Luis Trias de Giralt, en un alarde menos retórico de lo que pudiera pensarse, dio en llamar la cópula democrática, la conciencia política nació de una ardiente, gozosa erección y de un solitario manoseo ideológico. De ahí el carácter lúbrico, turbio, sibilino y fundamentalmente secreto de aquella generación de héroes en su primer contacto con la subversión.”

Así mismo, hay dos momentos en los que quien habla no es el narrador si no la moribunda Maruja que, desde su inconsciencia, repasa sus recuerdos mediante un monólogo interior, como cuando conoció a Manolo:

“… la fragancia del jardín esa noche, las parejas bailando en la pista, la música y los cohetes de la verbena de San Juan, estaba muy asustada, fue durante un pequeño descanso después de preparar y distribuir otra bandeja de canapés (ya sabía yo que faltarían) pues me dije mira vamos a sentarnos un rato al borde de la piscina para verles bailar…”

Es lo que se denomina ‘enfoque múltiple’, recurso que, si bien en un principio puede desconcertar, en cambio nos muestra aquellos pensamientos más ocultos del personaje que no pudieron ser mostrados en el transcurso de la trama, algo que, menos acentuado, se repite cuando Manolo fantasea con sus ensoñaciones heroico-eróticas donde él salva a su heroína que se confunde entre Teresa y su actriz preferida, Jean Simmons.

Las minuciosas descripciones de los espacios, llevadas a cabo tanto por el narrador como por los personajes, dejan bien clara la división de los dos mundos antagonistas y definen, por ende, a los personajes que los habitan, levantándose una impenetrable barrera entre ambos:

“para la señora Serrat, el monte Carmelo era algo así como el Congo, un país remoto e infrahumano, con sus leyes propias, distintas”

El barrio del Carmelo, tan cercano y, al mismo tiempo, tan lejano del de San Gervasio, lugar de residencia de los Serrat era “una ensalada picante de varias regiones del país, especialmente del Sur”, es decir, un barrio de xarnegos, inmigrantes de vida precaria o, incluso, en los límites de la delincuencia.

El contexto en el que se desarrolla la novela es la sociedad española de finales de los 50 y principios de los 60 la cual, gracias al desarrollo del turismo y de una incipiente y frágil industrialización, ve como se van aclarando algo los nubarrones de la posguerra. Sin embargo, esta mejora económica trae consigo una acentuada diferenciación social que distribuye a la población en dos grupos bastante alejados: la clase baja, inmigrantes en su mayoría, y la incipiente y cada vez más pujante burguesía, lugar en el que se encontraban los Serrat. Esta diferencia de clases es algo que en Cataluña todavía se acentuaba más a causa de la identificación racial entre catalanes y no catalanes (xarnegos). El caso es que los hijos de los privilegiados (aquellos que forman una especie de aristocracia de altos cargos vinculados con el régimen) y, poco a poco en mayor número, los de la burguesía son los que llenan las universidades del país, siendo estos jóvenes quienes, al tener acceso a otras fuentes de información y de pensamiento, se van dando cuenta del estado social, político y religioso de represión en el que estaban viviendo, surgiendo entre ellos los primeros grupos intelectuales de oposición con personas jóvenes, en algunos casos bastante entregadas a la causa, aunque no faltaban quienes lo hacían por simple esnobismo. Al mismo tiempo, con la misma finalidad, pero alejados de estos por su estatus social, aparecen los primeros movimientos obreros que se oponen a la dictadura con sus acciones reivindicativas y revolucionarias. Así que se podría asegurar que a finales de los 50 y principios de los 60 comenzó en España el embrión de una resistencia social al franquismo que, con el tiempo, culminaría en la transición democrática.

Con este telón de fondo, la acción de la novela se despliega entre dos mundos sociales bastante distantes e incomunicados y que solo suelen encontrarse o bien por medio de acciones violentas (robos, irrupción en las propiedades o destrucción del mobiliario, como el suceso de la valla rota en la casa de la playa), o mediante una relación de poder y sometimientos (amo/criado, como en el caso de Maruja y su familia), por lo tanto, el tema principal es el sueño utópico de Manolo de conseguir una relación tan desigual a causa de las muchas diferencias económicas, culturales, familiares y sociales entre los dos protagonistas. Pero también podemos encontrar una serie de subtemas de bastante interés: la inconsistencia de una sociedad basada en las apariencias, la falacia del pensamiento romántico de que el amor rompe barreras, la impostura de unos personajes que fingen ser lo que no son, la moda del progresismo frente al inmovilismo…

Los personajes que componen el elenco de esta novela pertenecen a uno o a otro de los dos mundos contrapuestos que en ella se reflejan. Así, Teresa y sus amigos (Bori, Mari Carmen, Luis Trías y otros), a pesar de sus ideales democráticos, más o menos sinceros, no pueden esconder que vienen de un ámbito relamido, clasista y lleno de prejuicios, como tampoco Manolo, por mucho que lo intente, y sus colegas (el Cardenal, Hortensia, las hermanas Sister o Bernardo) pueden disimular que proceden del barrio obrero del Carmelo.

Estos personajes no están creados de una manera maniquea, es decir, Marsé no redujo la visión de la realidad en un enfrentamiento entre buenos y malos, pues todos ellos están formados de partes oscuras y partes luminosas. Cierto que su concepción social le hace ser más crítico con algunos personajes procedentes del lado burgués, pero en compensación también presenta a los otros con características bastante negativas. Tampoco sus personajes son planos, pues todos presentan alguna evolución, sobre todo tras algún fracaso y diversas contradicciones, consiguiendo de esta forma una mayor verosimilitud.

El lenguaje también es un rasgo que les diferencia, sobre todo en los giros y jergas propias de cada grupo, en sus frases a medias, en sus dobles sentidos, en sus características ironías y en la diferencia del sentido del humor, sin olvidarnos de sus variados apodos.

En conclusión, Últimas tardes con Teresa es una novela espejo porque en ella nos podemos ver reflejados, una novela donde entran en juego las contradicciones, los sueños imposibles, utópicos, que a sabiendas de ser una quimera se siguen hasta el final, el creerse lo que no es porque se necesita tener fe en algo, aunque sea falso, es una huida de la realidad, pero no solo de los menos favorecidos, sino, incluso, de quienes lo tienen todo menos la felicidad, es una búsqueda romántica de un mundo inexistente, pero que les ha hecho, al menos, en algunos momentos, sentirse vivos.

TEMAS DE TRABAJO.

En este comentario he hablado de los personajes de forma general pues quería que ellos fueran el eje de nuestras discusiones, así que os propongo que los describamos los principales uno a uno, no solo como han aparecido en la novela, sino yendo un poco más allá y viéndolos desde nuestros puntos de vista personales.

PERSONAJES: Manolo (Pijoaparte), Teresa, Maruja, El Cardenal, Hortensia, Bernardo, Luis Trías y los padres de Teresa.

GUÍA DE LECTURA POESÍA: Distinto, de Juan Ramón Jiménez

Tras leer la novela propuesta para esta ocasión, Viento del este, viento del oeste, de la autora norteamericana Pearl S. Buck, me ha quedado un cierto escozor al comprobar qué poco hemos evolucionado, aunque a primera vista no parezca tan evidente, a lo largo de la historia en relación con los prejuicios hacia las otras personas y, por ello, he considerado oportuno que el poema a comentar podría ser Distinto, de Juan Ramón Jiménez.

Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura 1956, partió al exilio en agosto de 1936 y murió en Puerto Rico en mayo de 1958 siendo todavía un expatriado. Su creación literaria dio comienzo en 1900, alcanzando su plenitud poética cincuenta años más tarde, lo curioso es que la mayor parte de los poemarios escritos entre 1936 y 1954 no pasaran por la imprenta hasta después de su muerte: En el otro costado en 1974, Dios deseado y deseante en 1964, De ríos que se van en 1974 y Una colina meridiana, gestado en su totalidad en Estados Unidos entre 1942 y 1950 y libro en el que aparece el poema que nos ocupa, fue editado en España en 2003 con prólogo de Alfonso Alegre Heitzmann.

El poema en sí es una elegía en memoria de la libertad, de la diversidad, del individualismo, caídos bajo la intransigencia, el odio y la majadería del pensamiento único. Aquella fue la época del auge del fascismo y la supremacía racial nazi, pero el tiempo ha pasado y el peligro persiste y se amplía por diversos frentes, por lo que, tristemente, el mensaje del poema está de plena actualidad. Veámoslo:

Lo querían matar
los iguales
porque era distinto.
 
Si veis un pájaro distinto,
tiradlo;
si veis un monte distinto,
caedlo;
si veis un camino distinto,
cortadlo;
si veis una rosa distinta,
deshojadla;
si veis un río distinto,
cegadlo…;
si veis un hombre distinto,
matadlo.
 
¿Y el sol y la luna
dando en lo distinto?,
altura, olor, largor, frescura, cantar, vivir
distinto
de lo distinto;
lo que seas, que eres
distinto
(monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre…):
si te descubren los iguales
huye a mí,
ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.

No es un poema de difícil comprensión, sin embargo, el poeta ha utilizado diversos recursos para hacerlo más efectivo, sobre todo destacan las repeticiones y paralelismos machacones de la segunda estrofa que recuerdan a las consignas ideológicas proferidas y vociferadas por un crispado líder y coreadas por una masa de sumisos clones en cuyos cerebros se acuñan los mensajes de odio. Se repiten los elementos y los conceptos y, sobre todo, el adjetivo “distinto”.

El texto está dividido en tres partes que coinciden con las tres estrofas: en la primera (de los versos 1 a 3) Juan Ramón expone cuál era el problema con una sencillez rotunda que no admite interpretaciones: “Lo querían matar / los iguales / porque era distinto”. Y eso fue lo que les ocurrió a muchos hombres y mujeres durante aquellos tristes años de la atribulada historia de España: unos lo pudieron contar, pero otros no. Y es que el ser humano añora la esclavitud intelectual porque es más fácil que otros piensen por uno que hacerlo uno mismo con los quebraderos de cabeza que ello conlleva. Y de aquí surge el miedo a lo “distinto”, al “cambio”, a la “diversidad”… Sin embargo, la humanidad seguiría en la edad de piedra si no hubiesen aparecido pensamientos distintos, innovadores, revolucionarios… Los clones solo sirven para las cadenas de producción y para consumir en los centros comerciales. Y ahí es donde radica el problema, pues al poder, sea el que sea: político, religioso, económico, intelectual, etcétera, no le interesa el pensamiento individual, ya que es impredecible y muy poco manejable, sin embargo la masa, esa cantidad amorfa de seres vociferantes y obedientes, puede convertirse en un ejército eficaz con el ánimo, la vista y oído puestos únicamente en una meta: la consigna, como vemos en la segunda parte del poema, la irreflexiva (del verso 4 al 12). Pero todo da un giro en la tercera parte (del verso 13 al 24), la reflexiva, donde Juan Ramón se pregunta qué hay de igual entre la luz y la oscuridad, entre el día y la noche, entre el sol y la luna… Todo en el universo es distinto y por ello se complementa y la naturaleza puede funcionar. Y así, el poeta se propone como cobijo de lo distinto, no porque sea igual a él, sino porque es distinto.

El poema, como habréis podido comprobar, es de una sencillez aplastante, por lo que llega con facilidad y muestra el mensaje con claridad. Ello fue algo premeditado por Juan Ramón Jiménez quien, como muchos otros intelectuales, hombres y mujeres, no tuvieron otro remedio que dejar España para seguir con vida, tanto mental como física, simplemente por no compartir las mismas ideas de aquellos que ganaron la guerra. Eso fue en el siglo pasado, pero sigue repitiéndose constantemente en todo momento y en cualquier parte del planeta. Y no solo por cuestiones políticas, sino también por creencias religiosas, por tendencias sexuales, por el color de la piel, por nacionalidad, por el origen cultural, en fin, ¿para qué seguir? La capacidad del ser humano para encontrar motivos por los que odiar a quien no procede de su propio rebaño es infinita y, lamentablemente, los avances en los medios de comunicación, en vez de ser un canal para unir y educar en la convivencia, están siendo acaparados por aquellos grupos que fomentan y alientan la división y el enfrentamiento en beneficio de unos oscuros intereses que solo conocen las personas que pretenden dictar las normas, el resto de lacayos solo son meros instrumentos. Pero lo triste es que, a causa de esto, desde que la humanidad pulula sobre la litosfera, se han desencadenado miles de guerras a causa de este odio estéril con el resultado de cientos de millones de muertos, lo que nos lleva hacia un único destino: el día que un grupo de iguales consiga exterminar a todos sus diferentes, ellos mismos se autodestruirán por carecer de sentido sus vidas.

GUÍA DE LECTURA – NOVELA: Todo ese fuego, de Ángeles Caso.

todo ese fuego

¡No soy un pájaro; y ninguna red me atrapa: soy un ser humano libre con voluntad independiente”
Charlotte Brontë, Jane Eyre

202339_portada_todo-ese-fuego_angeles-caso_201506111158En esta ocasión hemos elegido una novela biográfica en la que, como es normal, se mezclan la realidad y la ficción, pero Ángeles Caso, autora además de la que nos ocupa de otros títulos como: Elisabeth, emperatriz de Austria-Hungría, El peso de las sombras (finalista del Premio Planeta en 1994), Un largo silencio (Premio Fernando Lara en el 2000), Donde se alzan los tronos o Contra el viento (ganadora del Premio Planeta en 2009), ha mezclado ambos condimentos en la proporción adecuada, primando lo histórico sobre lo inventado y ambientando a la perfección el momento descrito tanto con su lenguaje literario como con las descripciones.

Dividida en dos partes bastante diferentes, utiliza la primera para delinearnos con perfectos trazos de su dinámica y amena narración, un día en la vida de las tres hermanas Brontë, concretamente el 16 de julio de 1846, con los sonidos cotidianos durante sus trabajos caseros, con la vieja sirvienta contando sus leyendas, con las ilusiones y fantasías de cada una de las hermanas, con la inquietud sobre el destino de su hermano Branwell, con el peso de la presencia del padre, el rector de la parroquia de Haworth, un pequeño pueblo perdido en el frío y húmedo norte inglés, y con los omnipresentes recuerdos: de amores perdidos, de sueños marchitos y de las hermanas y la madre muertas cuyas tumbas pueden verse al lado de la casa, pero por las tardes se evadían de aquella realidad creando sus mundos inventados. Y en la segunda, meramente informativa, nos va dejando constancia de los ocurrido durante los años posteriores a todos los miembros de la familia.

A medida que avanzamos por sus páginas, nos puede dar la sensación de que es una novela triste, y es así, pues en ella se refleja con bastante fiabilidad la vida de aquellas tres mujeres. Charlotte, Emily y Anne Brontë crecieron en Yorkshire a principios del siglo XIX, una época en la que lo único que se esperaba de las mujeres de clase media, como ellas, era un buen matrimonio, muchos hijos y que fueran capaces de manejar las tareas del hogar y educar a su progenie, además de que fueran unas sumisas esposas y un buen objeto decorativo sentadas en silencio y aprisionadas por sus corsés, mientras el marido se explayaba en sus opiniones en largas conversaciones con los amigos.

Las mujeres eran consideradas físicamente más débiles pero moralmente superiores a los hombres, y de ello surgió la teoría de las “esferas separadas”, mediante la cual, los varones tenían que dirigir el mundo y las mujeres el hogar, y a causa de esto, la influencia de ellas en la familia fue utilizada como un argumento en contra de su derecho a votar.

Las actividades intelectuales, y ya no digamos las físicas, eran exclusivas de los hombres, y lo mismo ocurría con la facultad de expresar sus sentimiento y pasiones. A las mujeres bien educadas solo se les consentía el recato y la discreción, y se les reconocía las habilidades que habían aprendido en los internados: “Una mujer debe tener un conocimiento profundo de la música, el canto, el dibujo, el baile y los idiomas modernos… y además de todo esto, debe poseer cierta cosa en su aire y forma de caminar, el tono de su voz, su dirección y expresiones… (Orgullo y prejuicio cap. 8, de Jane Austin). Pero las hermanas Brontë tenían la puerta de escape de la escritura, donde se permitían crear heroínas capaces de controlar sus propios destinos y sucumbir a las pasiones.

Is this a photo of the Bronte sisters? L to R: Charlotte, Anne and Emily Bronte

9788439730101Sin embargo, ellas sabían muy bien que las mujeres que se dedicaban con entusiasmo a las actividades intelectuales, “azules” las llamaban, eran consideradas poco femeninas y desagradables por pretender usurpar la superioridad intelectual “natural” de los hombres. Incluso algunos “científicos” llegaron a asegurar que el estudio tenía efectos perjudiciales en los ovarios… y era muy difícil que encontrasen marido. Así que las tres hermanas escribieron bajo seudónimos masculinos: Charlotte como Currer, Emily como Ellis y Anne como Acton, tres hermanos imaginarios de apellido Bell, por lo que las iniciales seguían siendo las mismas. De esta forma consiguieron que sus manuscritos se publicaran sin ningún problema, aunque en sus novelas, además de los múltiples guiños autobiográficos, siempre dejaban alguna perla suelta, reflejo de su condición femenina. Por ejemplo, en Jane Eyre, Charlotte creó una heroína que definió como “pobre, oscura, sencilla y pequeña”, pero llena de pasión y determinación, íntegra y llena de confianza en sí mismo, y capaz de reivindicar sus derechos como persona: “Se supone que las mujeres son muy tranquilas, en general; pero las mujeres sienten lo mismo que los hombres sienten… es irreflexivo condenarlas, o reírse de ellas si buscan hacer más o aprender más de lo que la costumbre ha considerado necesario para ellas”.

9788420664934Por su parte, Emily, en su única novela, Cumbre borrascosas crea un personaje femenino egoísta, infantil y difícil de amar, Catherine Earnshaw, pero la fuerza de esta historia radica en la pasión y el poder que de ella emana, justo en un momento en que la sexualidad femenina era un tabú, por lo que este libro recibió tantas críticas, pues las mujeres jóvenes, y no tan jóvenes, de aquella época, no tenían más remedio que permanecer castas hasta el matrimonio, si éste llegaba, y ni tan siquiera se les permitía hablar con hombres a solas, a menos que hubiera otra mujer casada delante.

513CUcT15IL._SX327_BO1,204,203,200_Aunque, a pesar de haber sido eclipsada por la fama de sus hermanas, la más joven de las tres, Anne, es la más radical de las hermanas, como podemos comprobar con una de sus figuras femeninas, Helen Graham, la heroína de su segunda novela, La inquilina de Wildfell Hall, quien desafía las convenciones sociales e infringe la ley inglesa del momento al abandonar a su esposo alcohólico y criar ella sola a su hijo, solo por ello, muchos críticos la consideraron como la primera novela feminista. Puede ser que Anne fuese la que más quedó marcada por el hermano, Branwell, en quien toda la familia había depositado todas sus esperanzas, pero que resultó ser un fracasado, alcohólico, mujeriego y violento, pues Anne exploró en sus novelas las consecuencias devastadoras del alcoholismo.

bronte-hermanas-sisters-escritorasEn conclusión, las hermanas Brontë, además de ser tres exitosas autoras, tuvieron éxito en un momento en que las mujeres no tenían mucha libertad, ni en el hogar ni en la sociedad, desafiando las convenciones y abogando en sus novelas, en cierta forma, por los derechos de la mujer:

En Jane Eyre, Charlotte creó un personaje femenino fuerte, una mujer decidida a abrirse camino en el mundo. Trabajando como institutriz, Jane decide huir del señor Rochester, en lugar de convertirse en su amante. Trabajar de institutriz era la única profesión respetable para una mujer soltera, pero ofrecía una vida agotadora y ninguna seguridad. En El profesor y Villette plasmó sus propias experiencias, abogando por mejores opciones profesionales para las mujeres y por el derecho de éstas a poder expresar sus deseos sexuales.

En Cumbres borrascosas, la única novela de Emily, diseñó una protagonista apasionada y repleta de un fuego sexual, por lo que se lamente de su matrimonio respetable, lo que resultó una caracterización femenina totalmente innovadora. Para el lector victoriano esta novela resultaba extremadamente progresista, pues no se esperaba que las mujeres respetables expresaran, ni fueran conscientes, de los deseos sexuales.

En La inquilina de Wildfell Hall, Anne es una mujer maltratada que huye de su marido llevándose con ella a su hijo, impugnando de esta forma una ley de la época que daba derecho a los hombres a la custodia completa de los hijos y el derecho a la propiedad. Las mujeres todavía tardarían diez años, desde que se editó esta novela, a obtener derechos legales limitados tanto en la custodia como en la propiedad. Con Agnes Gray, Anne, al igual que su hermana Charlotte, abordará el papel y el tratamiento de la institutriz en la sociedad victoriana, desde una visión más sombría y menos romántica de los problemas reales.

Sin embargo, las hermanas Brontë no tenían una visión de futuro todavía plenamente desarrollada sobre el papel de la mujer en la sociedad en la que vivían, por lo que no estaban interesadas en conseguir el derecho al voto, pero muchas de las reivindicaciones aparecidas en sus novelas, a pesar de haber sido logradas parcialmente, todavía son una meta a alcanzar en muchas partes del mundo en la lucha por la igualdad de sexos.

Guía de Lectura – Poesía: El pájaro, de Octavio Paz

GUÍA DE LECTURA: El pájaro EN PDF

paz_octavio_1En esta ocasión he querido traeros un pequeño poema de un gran poeta. El viernes 20 de abril se cumplieron veinte años sin Octavio Paz, el hombre de miradas claras y palabras con luz. El mexicano universal que regalaba luciérnagas en sus libros y calmas de cálido viento en sus silencios. Uno de esos escasos seres humanos que, a pesar de todo, creyeron en el mundo y en la amabilidad. Uno de esos escasos políticos capaces de renunciar a su puesto como protesta ante la masacre de Tlatelolco perpetrada por su propio gobierno, o capaz de denuncia las violaciones de los derechos humanos consumadas por quienes decían tener su misma ideología. Un hombre íntegro a quien nunca le perdonaron esa integridad. Octavio Paz, poeta, ensayista y diplomático mexicano considerado uno de los escritores más importantes del siglo XX, como así se le reconoció con el Premio Nobel de Literatura en 1990.

William Carlos Williams afirmaba que “nunca deberíamos explicar un poema, pero de todos modos ayuda”. Es cierto. El poema siempre es un acto único. Ya jamás será el mismo en las diferentes lecturas pues, cuando lo declamamos, lo hacemos nuestro y es diferente. Pero todo poema está ahí para capturarlo e interpretarlo desde nuestra particular perspectiva y, por ello, voy a atreverme con…

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EL PÁJARO

Un silencio de aire, luz y cielo.
En el silencio transparente
el día reposaba:
la transparencia del espacio
era la transparencia del silencio.
La inmóvil luz del cielo sosegaba
el crecimiento de las yerbas.
Los bichos de la tierra, entre las piedras,
bajo la luz idéntica, eran piedras.
El tiempo en el minuto se saciaba.
En la quietud absorta
se consumaba el mediodía.

Y un pájaro cantó, delgada flecha.
Pecho de plata herido vibró el cielo,
se movieron las hojas,
las yerbas despertaron …
Y sentí que la muerte era una flecha
que no se sabe quién dispara
y en abrir los ojos nos morimos.

Lo primero que se me vino a la cabeza al leerlo fue la imagen de un luminoso mediodía de verano, aunque en el poema no se diga nada de calores. Uno de esos instantes en que todo permanece en calma y todo parece en su sitio, sin perturbación alguna, solo tranquilidad, sosiego, paz… hasta que logras despegar de las cadenas que vas arrastrando de forma cotidiana y tienes la sensación de haber conectado con la naturaleza que te rodea. Formas parte de ella… “Un silencio de aire, luz y cielo”

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Todo es etéreo, intangible, invisible: “En el silencio transparente // el día reposaba: // la transparencia del espacio // era la transparencia del silencio”. Nada hay que te pese, nada te subyuga ni te impide ver más allá. Y todo movimiento se hace con calma: “La inmóvil luz del cielo sosegaba // el crecimiento de las yerbas”. Se podría decir que eres capaz de ver cómo crecen esas hierbas, el latido de las hojas, los seres que se mimetizan con el entorno: “Los bichos de la tierra, entre las piedras, // bajo la luz idéntica, eran piedras”. Y hasta el tiempo se detiene: “El tiempo en el minuto se saciaba”. Con un minuto ya tiene suficiente, un minuto eterno, en el que nada muda, en el que nada cambia, donde todo: el aire, la luz y el cielo se funden para realizar su creación repetida: “En la quietud absorta // se consumaba el mediodía”

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Pero, de pronto, cuando más ensimismado estás en dejarte llevar, en no pensar en nada, algo ocurre: “Y un pájaro cantó, delgada flecha”. Y esa flecha que es su trino parte veloz hacia el universo y rompe la magia del silencio y todo vuelve a su rutina: “Pecho de plata herido vibró el cielo, // se movieron las hojas, // las yerbas despertaron “… Y regresas a tus pensamientos, a tus preocupaciones, a tus cadenas: “Y sentí que la muerte era una flecha // que no se sabe quién dispara // y en abrir los ojos nos morimos”.

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“¿Qué es la vida sino un sueño?”, se preguntaba Segismundo en la inmortal obra de Calderón, y eso es lo que Octavio Paz nos explica en su poema. Tal vez despertar sea morir, y la flecha que nos hiere sea la misma que rompe el silencio, en este caso, el trino de un pájaro, en otro momento, no se sabe… Consumimos el tiempo como si fuera infinito, lo malgastamos como moneda barata, y nos olvidamos de dejarnos acariciar por la luz, nos olvidamos de sentir crecer la yerba, de oler las fragancias del tiempo, de escuchar los latidos de la sangre, nos olvidamos de vivir.

 

EN TORNO A LA LECTURA: Mitología vasca en El guardián invisible.

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El misterio que envuelve al propio origen del pueblo vasco y a la peculiaridad de su cultura, cuyo idioma ya es un verdadero dilema, lo convierten en sí mismo en una nación casi mitológica. Sus antiguas creencias que, a pesar de la presiones del cristianismo y de otras influencias culturales o filosóficas que puedan haberla modificado en alguna forma en el transcurso del tiempo, se mantienen en su materia básica, la cual viene, probablemente, de épocas tan lejanas como el Neolítico, y sigue siendo fiel a aquellos principios de convivencia y entendimiento con la naturaleza que le caracteriza, por ello, no nos debe extrañar que todos los seres que pueblan su mitología están en estrecha relación con las montañas, los bosques, ríos, cavernas y todo aquellos elementos que formaban el mundo donde ellos habitaban.

         Al igual que otras culturas prehistóricas, la vasca se basa también en el culto a los cuatro elementos: el fuego, la tierra, el aire y el agua, aunque tiene dos singularidades que la particularizan: su antigua religión era de carácter ctónico, es decir, sus dioses o espíritus procedían del inframundo, del interior de la Tierra, en oposición a aquellas otras cuyas deidades eran celestes. Y la segunda particularidad es el carácter femenino de sus dioses: Mari, diosa de la Tierra (Lurra); Eguzki Amandrea, diosa del Sol (Eguzki); Ilargi Amandre, diosa de la Luna (Ilargi)… En la Prehistoria, los antiguos vascos creían que cuando el sol o la luna se escondían por el horizonte era para dar una vuelta por el interior de la tierra, la cual imaginaban plana e infinita.

         Entre las páginas 124 y 128 de “El guardián invisible”, Dolores Redondo nos explica, por boca de Ros, una de las hermanas de la inspectora Amaia, algo de las creencias ancestrales de la cultura vasca:

“… un basajaun es una criatura real, un homínido que mide unos dos metros y medio de alto, con anchas espaldas, una larga melena y bastante pelo por todo el cuerpo. Habita en los bosques, de los que forma parte y en los que actúa como entidad protectora. Según las leyendas, cuida de que el equilibrio del bosque se mantenga intacto. Y aunque no se prodiga demasiado, solía ser amistoso con los humanos. Por la noche, mientras los pastorees dormían, el basajaun vigilaba las ovejas desde la distancia y, si se acercaba el lobo, despertaba a los pastores con fuertes silbidos que componían todo un idioma y eran audibles a varios kilómetros de distancia. También solían avisarlos desde los cerros más altos cuando se aproximaba una tormenta, para que los pastores tuvieran tiempo de poner el rebaño a salvo en las cuevas cercanas. Y los pastores se lo agradecían dejando sobre una roca o en la entrada de una cueva algo de pan, queso, nueces o leche de las mismas ovejas, ya que el basajaun no come carne…”

         A lo que Amaia, educada en el escepticismo de la búsqueda minuciosa de pistas y relaciones lógicas entre las cosas, le responde:

“Mitología (…) Sólo para paletos crédulos.

         Sin embargo, no tardará en verse envuelta, por un motivo u otro, en todo este universo misterioso y mágicos que le irá atrapando mucho más de lo que ella se imagina.

Pero comencemos a aclarar los conceptos y primero nos preguntaremos, ¿qué es la Mitología?…

El análisis etimológico de la palabra “mitología” nos indica que procede del latín “mythologia”, el cual, a su vez, derivaba de las palabras griegas “μῦθος” y “λόγος”, pudiéndose traducir la primera como “relato tradicional” o “relato fantástico”, y la segunda como “estudio” o “explicación”, lo que nos daría: “estudio de los relatos tradicionales o fantásticos”.

Los mitos son las explicaciones que los antiguos supieron darle a los fenómenos de la naturaleza que se les escapaba a su entendimiento, ya que carecían de la lógica científica suficiente para poderlos entender, surgiendo, de este modo, una relación con lo sagrado, lo inexplicable que, gracias a la tradición y a la transmisión entre generaciones de esos mismos mitos evolucionados de leyendas a historias “verdaderas” y “reveladas” por las propias divinidades, se convirtieron en religiones y sus personajes en dioses o seres con poderes mágicos.

         Nuestros antepasados adoraban, como ya hemos dicho, al sol, a la luna, al fuego, y a un largo etcétera de astros, objetos, elementos, animales, plantas y fenómenos naturales de todo tipo a los que denominaban con nombres diferentes según sus lenguas y culturas, así, en la antigua cultura egipcia, “Ra” era el dios Sol, el origen de la vida en la Tierra, mientras “Osiris” representaba a la fertilidad y la resurrección, o “Maat”, hija de “Ra”, era la diosa de la justicia, e “Isis”, de la maternidad… Y así con griegos, romanos, germanos, persas, mayas, y todo el resto de pueblos y razas del planeta. Por lo tanto, no nos debe extrañar en absoluto que el pueblo vasco, tal vez el de mayor antigüedad entre los que ocupamos la Península Ibérica, pues su permanencia en aquellas tierras viene, posiblemente, desde el Neolítico, y con toda seguridad, uno de los que mejor conserva sus tradiciones ancestrales, tenga su “Olimpo” particular de dioses y seres mágicos que componen su propia mitología.

          800px-euskal_jainkoen_familiaEn este caso, la mitología vasca es la única de las existentes en la Península que posee seres considerados dioses, los cuales presentan diversas coincidencias con otras mitologías existentes, pero la dificultad que se encuentra a la hora de realizar algún estudio sobre ella es que, a diferencia de la griega o romana, por ejemplo, en la mitología vasca no se encuentran documentos escritos, sino que es plenamente de transmisión oral, la cual fue recogida, principalmente, por dos insignes estudiosos del folklore vasco, me refiero a José Miguel Barandiarán y Julio Caro Baroja, aunque siempre con el inconveniente que representa las diferentes versiones particulares de cada narrador.

Con la llegada del cristianismo se intentó erradicar estas creencias y, al mismo tiempo que se iban sustituyendo, o en muchas ocasiones mimetizando, todas las celebraciones e imaginería pagana por las oficiales, se perseguía a aquellas personas acusadas de brujería, como ocurrió en Zugarramurdi o en el país vasco francés. Sin embargo, a pesar de todas las presiones, el pueblo vasco siempre ha sabido defender sus raíces, en las que tienen un lugar primordial su cultura y sus tradiciones.

En El guardián invisible se hace referencia a varios de estos mitos: Mari, Olentzero, Basajaun, Eguzkilore, Sorginak, Belagile, de ellos hablaremos, pero debo dejar constancia que la lista es todavía mucho más larga: Maju o Sugar, que es el esposo de Mari, con quien tuvo dos hijos, uno malo, Mikelatz, y otro bueno, Atarrabi; Urtzi, quien parece ser algo similar al Júpiter romano; Lamiak, un hada, ninfa o, incluso, sirena; Mairuak, el constructor de los círculos de piedras o crómlechs; Tartalo, el cíclope antropomorfo y antropófago de las montañas; los duendecillos del bosque, Iratxoak; los duendes de la casa, Mamarro, o los Jentiliak, los legendarios habitantes de las tierras altas.

Pero vayamos por partes…

baxajaunAl inicio hemos copiado literalmente la explicación de Ros sobre el Basajaun, “el señor del bosque”, un genio que habita en las profundidades del bosque o en las cuevas de las montañas. Su estatura es muy elevada, más de dos metros, tiene el cuerpo totalmente cubierto de pelo y una melena muy larga, por lo que se le denomina también el “Yeti Vasco”, y sus dos pies son diferentes, pues mientras uno es similar al humano, el otro es como un casco de caballo. Su misión es la de cuidar y conservar la naturaleza, por lo que también protege los rebaños avisando a los pastores sobre cualquier peligro. A pesar de su envergadura, posee gran agilidad y fuerza, así como una curiosa maestría con la manipulación de los metales, la arquitectura y la agricultura, por lo que sus secretos eran codiciados por los primeros agricultores de la zona, como Martin Txiki quien, según la tradición, le robó esos secretos y se los comunicó a los humanos. Su hábitat no se limita a la zona vasco-navarra, sino que se extiende por toda la cordillera pirenaica, aunque con nombres diferentes según la zona, pero su tradición es más fuerte en los bosques de Gorbea, Irati y Ataun. A su pareja de sexo femenino se le llama Basandere, “la señora del bosque”. Algunos paleontólogos han querido ver en este mito, al igual que en los seres similares como ogros, yetis o trolls, de otras culturas, la imagen de los neanderthales que convivieron con nuestros antepasados y cuya memoria ha ido pasando a través de generaciones hasta nuestros días. Amaia, a pesar de su posición escéptica, cree, durante el curso de la novela, haber tenido alguna especie de contacto con este ser en las espesuras del bosque, por lo que su indiferencia inicial ante las creencias de su pueblo va evolucionando hacia la duda y a una predisposición más abierta para creer.

Volvamos a las palabras de Ros, ahora en su definición de Mari:

mari“…Ella vive en las cuevas y en los riscos, siempre en lo alto de los montes. Mari aparece mucho antes del cristianismo, simboliza la madre naturaleza y el poder telúrico. Es la que protege las cosechas y los partos del ganado, y la que propicia la fecundidad no sólo de la tierra y el ganado, sino también de las familias. Un genio, una señora de la naturaleza y, para algunos, un espíritu telúrico y antojadizo capaz de tomar cualquier forma de la naturaleza, una roca, una rama, un árbol, que siempre recuerdan un poco a su forma de mujer, la forma que más le gusta: la de una dama hermosa y elegantemente vestida, como una reina. Así se presenta, y nunca sabes que es ella hasta que se ha ido. (…) Tiene muchas casas, se desplaza volando desde Aia hasta Amboto, desde Txindoki hasta aquí. Vive en lugares que por fuera parecen peñas, riscos o cuevas, pero que a través de pasadizos secretos conducen a sus aposentos, lujosos y majestuosos, repletos de riquezas. Si quieres un favor de ella, debes ir hasta la entrada de su cueva y depositar allí una ofrenda. Y si lo que quieres es tener un hijo, hay un lugar con una roca en forma de dama en la que a veces Mari se encarna para vigilar el camino. Debes ir hasta allí y poner sobre la roca un canto que habrás llevado contigo desde la puerta de tu casa. Después de depositar tu ofrenda debes alejarte sin volverte, caminando hacia atrás hasta que no puedas ver la roca o la entrada de la cueva…”

Lo cierto es que Mari era considerada como una divinidad central, con el máximo poder de crear o destruir, pero siempre de un modo ético. Vivía en grutas, cuyos tesoros eran custodiados por los Zezengorri, toros salvajes de color rojizo, y estaba casada con Sugar o Maju, quien también era capaz de cambiar de forma, aunque normalmente se le representaba como una serpiente, él poseía sus propias cuevas, y cuando se juntaba con Mari en alguna cumbre sagrada, de normal un viernes por la noche, se producían grandes tormentas, eran las noches de aquelarres… De su unión nacieron dos hijos: Mikelatz, el hijo infame, y Atarrabi, el virtuoso. Cuando Mari viajaba al monte Amboto era época de lluvias, sin embargo, cuando lo hacía al Aloña, era de sequía.

Desde la página 252 a la 257, Amaia tiene un encuentro en la montaña que le va a llenar de confusión…

olentzeroEn otro momento de la novela también se nombra al Olentzero, este es un carbonero bastante peculiar, pues en la noche del solsticio de invierno se desplazaba cargado con un gran saco desde su cabaña hasta las casas de todos los pueblos, entraba por las chimeneas, cuyos humeros habían sido limpiados bien por los habitantes de las mismas, y, tras calentarse un poquito, les dejaba regalos si se habían portado bien, o carbón, si habían sido malos; tras la llegada del cristianismo, este personaje comenzó a salir en Nochebuena con la misión de llevar a todos los hogares la Buena Nueva del nacimiento del Niño Jesús y ocupando el lugar, en Guipúzcoa y al norte de Navarra, de Papá Noel. En muchos pueblos se celebra su llegada con hogueras en la que queman un muñeco y con los niños disfrazados como él pidiendo regalos por las casas.

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El Eguzkilore es una flor protectora que durante siglos se ha encargado de defender del mal las casas de los vascos. Es la llamada “flor del sol” probablemente a causa de su forma, y se trata de la flor del cardo silvestre, también llamada carlina acaulis, que se coloca en las puertas de las casas para ahuyentar a los peligros. Según una leyenda, las Lamias (seres mitológicos cuya mitad superior es una bella mujer y la inferior, la de un animal, desde una gallina hasta un pez), se acercaban a los pueblos, amparadas por la oscuridad de la noche, con la intención de robar niños, pero la gente colgaba estas flores en la puerta y solamente podían entrar si eran capaces de decir cuántos pétalos tenían. Como las Lamias no sabían contar, siempre se equivocaban y así pasaban toda la noche intentándolo, hasta que aparecía el sol y tenían que huir.

tumblr_inline_mwdbc3zanc1spdqtbLas Sorginas o Sorginak son las brujas, aunque en ocasiones ejercen de ayudantes de Mari y están encargadas de castigar a los mentirosos. Suelen reunirse los viernes por las noches en la eperlanda, o campo del “macho cabrío”, como se denomina al Diablo, para celebrar un aquelarre e invocar a Lucifer mediante ritos donde se mezclan la magia y el sexo, el alcohol y la música. Se las considera de naturaleza maligna, con muchos poderes mágicos, incluso el de volar, y el de crear venenos y ungüentos prodigiosos, y se les echa la culpa de todos los males que puedan ocurrir, desde la destrucción de las cosechas, una muerte o incluso el hundimiento de un barco, sin embargo, esta visión parece ser la impuesta por la Iglesia, siendo en realidad mujeres que conocían las cualidades de las plantas con la preparaban todo tipo de pócimas y que tenían algún don especial. Durante mucho tiempo fueron perseguidas, como en el caso de las mujeres de Zugarramurdi.

Y para concluir por este pequeño recorrido de la mitología vasca de la mano de Dolores Redondo en su novela El guardián invisible, no he encontrado nada mejor que hacerlo con las palabras de uno de sus personajes, en concreto el subinspector Jonan:

“… Hace cien años, ciento cincuenta a lo sumo, era raro encontrar a alguien que declarase no creer en brujas, sorguiñas, belagiles ,basajaun, tartalo y, sobre todo, en Mari, la diosa, genio, madre, la protectora de las cosechas y los ganados que a capricho hacía tronar el cielo y caer granizos que sumían al pueblo en la más terrible de las hambrunas. Llegó un punto en la que había más gente que creía en las brujas que en la Santísima Trinidad, y eso no escapaba a la Iglesia, que veía cómo sus fieles, al salir de misa, seguían observando los antiguos rituales que habían formado parte de las vidas de las familias desde tiempo inmemorial. Y fueron obsesos medio enfermos como el inquisidor de Bayona, Pier de Lancré, los que emprendieron la guerra sin cuartel contra las antiguas creencias, consiguiendo con su locura el efecto contrario. Lo que siempre había formado parte de las creencias de la gente se convirtió de pronto en algo maldito, perseguible, objeto de denuncias absurdas motivadas la mayoría de las veces por la creencia de que quien colaboraba con la Inquisición se veía libre de sospecha. Pero antes de llegar a esa locura la antigua religión había formado parte de los moradores del Pirineo durante cientos de años sin causar ningún problema, incluso convivió con el cristianismo sin mayores complicaciones, hasta que la intolerancia y la locura hicieron su aparición. Creo que recuperar algunos valores del pasado no vendría mal a nuestra sociedad.

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Nota: La fotografía de portada y la eguzkilore en ella representada son obra de Silmariñecas: http://www.silmarinecas.com/2016/02/pintar-eguzkilore-y-leyenda.html#axzz5jfTMfalb

 

GUÍA DE LECTURA: El guardián invisible, de Dolores Redondo

9788423341986“Ainhoa Elizasu fue la segunda víctima del basajaun, aunque entonces la prensa todavía no lo llamaba así. Fue un poco más tarde cuando trascendió que alrededor de los cadáveres aparecían pelos de animal, restos de piel y rastros dudosamente humanos, unidos a una especie de fúnebre ceremonia de purificación. Una fuerza maligna, telúrica y ancestral parecía haber marcado los cuerpos de aquellas casi niñas con la ropa rasgada, el vello púbico rasurado y las manos dispuestas en actitud virginal.”

Así comienza El guardián invisible, el primero de los tres tomos de la Trilogía del Baztán (junto con Legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta), de la autora donostiarra, Dolores Redondo, quien sin más preámbulos, así, de golpe, nos introduce en medio del sinsentido de unos asesinatos de muchachas muy jóvenes, casi niñas, en un entorno rural, tranquilo y pacífico que, en otras circunstancias, podría resultar entrañable, incluso bucólico, pero que, a causa del terror a lo desconocido y de la estupefacción por lo ocurrido, se ha convertido en un infierno de fantasmas y quimeras por el que su autora nos conducirá a través de un laberinto de intrigas que nos irán atrapando poco a poco en una tela de araña de la que no podremos salir hasta llegar al final.

La protagonista, Amaia Salazar, inspectora de la sección de homicidios de la Policía Foral, vuelve a su pueblo, Elizondo, con el encargo de investigar estas muertes, pero allí no sólo se encuentra con un caso intrincado, oscuro, perfectamente maquinado por una mente inteligente, aunque a todas luces enferma, sino que debe hacer frente también a sus propios espectros familiares, a sus miedos del pasado y a sus cuentas pendientes con el presente y, por si ello no bastara, tiene la obligación de encontrar la verdad en medio de un mundo dominado todavía por las supersticiones, donde la leyendas toman cuerpo de realidad.

El guardián invisible es una novela donde se mezclan la intriga policiaca con una historia de viejos secretos familiares y la esencia subyacente de la mitología local. Tres esferas argumentales que van conjugándose entre sí durante toda la trama, creando una red de implicaciones y relaciones que se irá complicando hasta la solución final. El argumento es lineal en lo que respecta a la investigación de los crímenes, sin embargo, cuando se trata de las relaciones familiares, los flashbacks (saltos hacia el pasado) son bastante frecuentes con la finalidad de explicarnos las causas de la extraña relación de Amaia con su familia del pueblo, sus dos hermanas y su tía. Por otra parte, los apuntes de lo tradicional van moteando la narración aquí y allá, en pequeñas dosis, logrando de esta forma introducirnos en el ambiente ancestral de los bosque navarros y vascos.

Según confesó la propia autora, ella pretendía escribir sobre el matriarcado típico de las tierras vascas, donde las mujeres tienen bastante peso y toman gran parte de las decisiones familiares, por ello, los crímenes eran algo secundario en su idea inicial de la novela, pues lo que intentaba era darle más importancia a la historia familiar que, sin embargo, a causa de los atroces asesinatos, ha ido quedando relegada al escenario contextual sobre el que transcurre la acción central: la investigación de las sucesivas muertes. Aun así, la historia de la familia ocupa gran parte de la novela y llega a tener estrecha relación con el desarrollo del caso llevado por la joven inspectora y, en algunos momentos, los recuerdos de lo sucedido en el pasado dan la sensación de sobreponerse sobre lo que está ocurriendo en el momento actual. En Elizondo, su pueblo natal del que siempre ha querido huir, viven todavía las personas que le quedan de su familia: su tía y sus dos hermanas, y para dar vida a estos personajes femeninos de la familia de Amaia, la autora se basó en personajes reales, según ella misma dijo: “Flora y Ros están inspiradas en mujeres que conozco. Tía Engrasi se inspira en Maritxu Guller, una vidente y echadora de cartas de tarot popular en San Sebastián.”

La protagonista es la inspectora foral Amaia Salazar, cuyo reciente ascenso no ha sentado muy bien a todos los compañeros varones, sobre todo a otro inspector que acata a regañadientes sus órdenes y a quien no lo ha gustado nada que se le haya encargado a ella la dirección del caso.  Amaia parece tener una sensibilidad especial para percibir el mal, además de una excelente preparación en Quantico (Virginia), de donde han salido los agentes de la FBI, además, en su designación parece que también ha tenido bastante importancia el hecho de ser natural de Elizondo y, por lo tanto, de conocer bien el terreno y las personas. Pero cuando sus jefes la envían de vuelta a su tierra, al ocurrir el segundo asesinato, este retorno porvoca que se le despierten los recuerdos del pasado y los miedos de su infancia. Con todo, es un personaje diferente al que últimamente estábamos acostumbrándonos del tipo, como ella misma dice, “policía alcoholizado y solitario”, pues Amaia es un mujer vital y reivindicativa de su condición femenina.

9953793015_518a9a60d9_bDolores Redondo podría haber situado esta historia en cualquier otro lugar, pero quería ambientarla en algún punto del País Vasco o de Navarra y la situó en Elizondo a causa de su entorno y, sobre todo, de los bosques que alfombran el valle del río Baztán, donde los cadáveres van apareciendo, el hogar del basajaun, el señor del bosque, y de Mari, que cuida de las cosechas, y por donde deambulan las sorguiñas y las belagiles. Elizondo, un pequeño pueblo de poco más de tres mil habitantes, enclavado en el Pirineo occidental y situado en la zona de habla euskera de Navarra, donde la existencia pasa con la cadencia propia de las gentes que viven sin prisas y donde cualquier incidente de este tipo podría trastocar por completo la tranquila convivencia de sus habitantes; un pueblo con muchos edificios palaciegos, no sólo de los antiguos hidalgos de la Edad Media o el Renacimiento, sino también de los algo más recientes propiedad de aquellos burgueses indianos que volvían ricos de hacer las Américas… Y este hecho, que pudo ser casual, le ha dado un enfoque a la novela, místico, misterioso, mágico, que no habría tenido de ocurrir en otro lugar, y mucho menos en una ciudad.

Con su estilo natural, abierto y evitando al máximo perderse en explicaciones innecesarias, Dolores Redondo ha conseguido, con esta su segunda novela, atrapar la atención del lector, sobre todo en lo relacionado con el aspecto psicológico de los principales personajes. Le evolución del argumento va evolucionando desde la presencia total del tema central de los asesinatos y la investigación policial, con pequeñas referencias, al principio, y aumentando el protagonismo del problema familiar hasta confluir ambos al final, lo que nos va envolviendo paulatinamente.

dolores-redondoDolores Redondo nació en San Sebastián el año 1969. Comenzó la carrera de Derecho en Deusto, pero la abandonó para dedicarse a la restauración, llegando a tener su propio restaurante, el cual dejaría más adelante con la intención de dedicarse de pleno a la literatura, en la que se inició con relatos cortos y cuentos infantiles, hasta que publicó su primera novela, Los privilegios del ángel, en el 2009. Cuatro años más tarde apareció El guardián invisible, a la que siguieron en los meses posteriores las dos siguientes de la Trilogía del Baztán: Legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta. En este mes de octubre de 2016, ha sido galardonada con el Premio Planeta por su último trabajo, que no tardaremos en ver en las librerías, Todo esto te daré, otro thriller ambientado, esta vez, en tierras gallegas.

Para la primavera de 2017 está previsto el estreno de la película basada en El guardián invisible, cuyo rodaje se comenzó en marzo de 2016, coproducida por Atresmedia, Peter Nadermann (Millennium) y Nostromo Pictures (Buried y Palmeras en la nieve).