EN TORNO A LA LECTURA: Mitología vasca en El guardián invisible.

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eguskiloreEl misterio que envuelve al propio origen del pueblo vasco y a la peculiaridad de su cultura, cuyo idioma ya es un verdadero dilema, lo convierten en sí mismo en una nación casi mitológica. Sus antiguas creencias que, a pesar de la presiones del cristianismo y de otras influencias culturales o filosóficas que puedan haberla modificado en alguna forma en el transcurso del tiempo, se mantienen en su materia básica, la cual viene, probablemente, de épocas tan lejanas como el Neolítico, y sigue siendo fiel a aquellos principios de convivencia y entendimiento con la naturaleza que le caracteriza, por ello, no nos debe extrañar que todos los seres que pueblan su mitología están en estrecha relación con las montañas, los bosques, ríos, cavernas y todo aquellos elementos que formaban el mundo donde ellos habitaban.

         Al igual que otras culturas prehistóricas, la vasca se basa también en el culto a los cuatro elementos: el fuego, la tierra, el aire y el agua, aunque tiene dos singularidades que la particularizan: su antigua religión era de carácter ctónico, es decir, sus dioses o espíritus procedían del inframundo, del interior de la Tierra, en oposición a aquellas otras cuyas deidades eran celestes. Y la segunda particularidad es el carácter femenino de sus dioses: Mari, diosa de la Tierra (Lurra); Eguzki Amandrea, diosa del Sol (Eguzki); Ilargi Amandre, diosa de la Luna (Ilargi)… En la Prehistoria, los antiguos vascos creían que cuando el sol o la luna se escondían por el horizonte era para dar una vuelta por el interior de la tierra, la cual imaginaban plana e infinita.

         Entre las páginas 124 y 128 de “El guardián invisible”, Dolores Redondo nos explica, por boca de Ros, una de las hermanas de la inspectora Amaia, algo de las creencias ancestrales de la cultura vasca:

“… un basajaun es una criatura real, un homínido que mide unos dos metros y medio de alto, con anchas espaldas, una larga melena y bastante pelo por todo el cuerpo. Habita en los bosques, de los que forma parte y en los que actúa como entidad protectora. Según las leyendas, cuida de que el equilibrio del bosque se mantenga intacto. Y aunque no se prodiga demasiado, solía ser amistoso con los humanos. Por la noche, mientras los pastorees dormían, el basajaun vigilaba las ovejas desde la distancia y, si se acercaba el lobo, despertaba a los pastores con fuertes silbidos que componían todo un idioma y eran audibles a varios kilómetros de distancia. También solían avisarlos desde los cerros más altos cuando se aproximaba una tormenta, para que los pastores tuvieran tiempo de poner el rebaño a salvo en las cuevas cercanas. Y los pastores se lo agradecían dejando sobre una roca o en la entrada de una cueva algo de pan, queso, nueces o leche de las mismas ovejas, ya que el basajaun no come carne…”

         A lo que Amaia, educada en el escepticismo de la búsqueda minuciosa de pistas y relaciones lógicas entre las cosas, le responde:

“Mitología (…) Sólo para paletos crédulos.

         Sin embargo, no tardará en verse envuelta, por un motivo u otro, en todo este universo misterioso y mágicos que le irá atrapando mucho más de lo que ella se imagina.

Pero comencemos a aclarar los conceptos y primero nos preguntaremos, ¿qué es la Mitología?…

El análisis etimológico de la palabra “mitología” nos indica que procede del latín “mythologia”, el cual, a su vez, derivaba de las palabras griegas “μῦθος” y “λόγος”, pudiéndose traducir la primera como “relato tradicional” o “relato fantástico”, y la segunda como “estudio” o “explicación”, lo que nos daría: “estudio de los relatos tradicionales o fantásticos”.

Los mitos son las explicaciones que los antiguos supieron darle a los fenómenos de la naturaleza que se les escapaba a su entendimiento, ya que carecían de la lógica científica suficiente para poderlos entender, surgiendo, de este modo, una relación con lo sagrado, lo inexplicable que, gracias a la tradición y a la transmisión entre generaciones de esos mismos mitos evolucionados de leyendas a historias “verdaderas” y “reveladas” por las propias divinidades, se convirtieron en religiones y sus personajes en dioses o seres con poderes mágicos.

         Nuestros antepasados adoraban, como ya hemos dicho, al sol, a la luna, al fuego, y a un largo etcétera de astros, objetos, elementos, animales, plantas y fenómenos naturales de todo tipo a los que denominaban con nombres diferentes según sus lenguas y culturas, así, en la antigua cultura egipcia, “Ra” era el dios Sol, el origen de la vida en la Tierra, mientras “Osiris” representaba a la fertilidad y la resurrección, o “Maat”, hija de “Ra”, era la diosa de la justicia, e “Isis”, de la maternidad… Y así con griegos, romanos, germanos, persas, mayas, y todo el resto de pueblos y razas del planeta. Por lo tanto, no nos debe extrañar en absoluto que el pueblo vasco, tal vez el de mayor antigüedad entre los que ocupamos la Península Ibérica, pues su permanencia en aquellas tierras viene, posiblemente, desde el Neolítico, y con toda seguridad, uno de los que mejor conserva sus tradiciones ancestrales, tenga su “Olimpo” particular de dioses y seres mágicos que componen su propia mitología.

          800px-euskal_jainkoen_familiaEn este caso, la mitología vasca es la única de las existentes en la Península que posee seres considerados dioses, los cuales presentan diversas coincidencias con otras mitologías existentes, pero la dificultad que se encuentra a la hora de realizar algún estudio sobre ella es que, a diferencia de la griega o romana, por ejemplo, en la mitología vasca no se encuentran documentos escritos, sino que es plenamente de transmisión oral, la cual fue recogida, principalmente, por dos insignes estudiosos del folklore vasco, me refiero a José Miguel Barandiarán y Julio Caro Baroja, aunque siempre con el inconveniente que representa las diferentes versiones particulares de cada narrador.

Con la llegada del cristianismo se intentó erradicar estas creencias y, al mismo tiempo que se iban sustituyendo, o en muchas ocasiones mimetizando, todas las celebraciones e imaginería pagana por las oficiales, se perseguía a aquellas personas acusadas de brujería, como ocurrió en Zugarramurdi o en el país vasco francés. Sin embargo, a pesar de todas las presiones, el pueblo vasco siempre ha sabido defender sus raíces, en las que tienen un lugar primordial su cultura y sus tradiciones.

En El guardián invisible se hace referencia a varios de estos mitos: Mari, Olentzero, Basajaun, Eguzkilore, Sorginak, Belagile, de ellos hablaremos, pero debo dejar constancia que la lista es todavía mucho más larga: Maju o Sugar, que es el esposo de Mari, con quien tuvo dos hijos, uno malo, Mikelatz, y otro bueno, Atarrabi; Urtzi, quien parece ser algo similar al Júpiter romano; Lamiak, un hada, ninfa o, incluso, sirena; Mairuak, el constructor de los círculos de piedras o crómlechs; Tartalo, el cíclope antropomorfo y antropófago de las montañas; los duendecillos del bosque, Iratxoak; los duendes de la casa, Mamarro, o los Jentiliak, los legendarios habitantes de las tierras altas.

Pero vayamos por partes…

baxajaunAl inicio hemos copiado literalmente la explicación de Ros sobre el Basajaun, “el señor del bosque”, un genio que habita en las profundidades del bosque o en las cuevas de las montañas. Su estatura es muy elevada, más de dos metros, tiene el cuerpo totalmente cubierto de pelo y una melena muy larga, por lo que se le denomina también el “Yeti Vasco”, y sus dos pies son diferentes, pues mientras uno es similar al humano, el otro es como un casco de caballo. Su misión es la de cuidar y conservar la naturaleza, por lo que también protege los rebaños avisando a los pastores sobre cualquier peligro. A pesar de su envergadura, posee gran agilidad y fuerza, así como una curiosa maestría con la manipulación de los metales, la arquitectura y la agricultura, por lo que sus secretos eran codiciados por los primeros agricultores de la zona, como Martin Txiki quien, según la tradición, le robó esos secretos y se los comunicó a los humanos. Su hábitat no se limita a la zona vasco-navarra, sino que se extiende por toda la cordillera pirenaica, aunque con nombres diferentes según la zona, pero su tradición es más fuerte en los bosques de Gorbea, Irati y Ataun. A su pareja de sexo femenino se le llama Basandere, “la señora del bosque”. Algunos paleontólogos han querido ver en este mito, al igual que en los seres similares como ogros, yetis o trolls, de otras culturas, la imagen de los neanderthales que convivieron con nuestros antepasados y cuya memoria ha ido pasando a través de generaciones hasta nuestros días. Amaia, a pesar de su posición escéptica, cree, durante el curso de la novela, haber tenido alguna especie de contacto con este ser en las espesuras del bosque, por lo que su indiferencia inicial ante las creencias de su pueblo va evolucionando hacia la duda y a una predisposición más abierta para creer.

Volvamos a las palabras de Ros, ahora en su definición de Mari:

mari“…Ella vive en las cuevas y en los riscos, siempre en lo alto de los montes. Mari aparece mucho antes del cristianismo, simboliza la madre naturaleza y el poder telúrico. Es la que protege las cosechas y los partos del ganado, y la que propicia la fecundidad no sólo de la tierra y el ganado, sino también de las familias. Un genio, una señora de la naturaleza y, para algunos, un espíritu telúrico y antojadizo capaz de tomar cualquier forma de la naturaleza, una roca, una rama, un árbol, que siempre recuerdan un poco a su forma de mujer, la forma que más le gusta: la de una dama hermosa y elegantemente vestida, como una reina. Así se presenta, y nunca sabes que es ella hasta que se ha ido. (…) Tiene muchas casas, se desplaza volando desde Aia hasta Amboto, desde Txindoki hasta aquí. Vive en lugares que por fuera parecen peñas, riscos o cuevas, pero que a través de pasadizos secretos conducen a sus aposentos, lujosos y majestuosos, repletos de riquezas. Si quieres un favor de ella, debes ir hasta la entrada de su cueva y depositar allí una ofrenda. Y si lo que quieres es tener un hijo, hay un lugar con una roca en forma de dama en la que a veces Mari se encarna para vigilar el camino. Debes ir hasta allí y poner sobre la roca un canto que habrás llevado contigo desde la puerta de tu casa. Después de depositar tu ofrenda debes alejarte sin volverte, caminando hacia atrás hasta que no puedas ver la roca o la entrada de la cueva…”

Lo cierto es que Mari era considerada como una divinidad central, con el máximo poder de crear o destruir, pero siempre de un modo ético. Vivía en grutas, cuyos tesoros eran custodiados por los Zezengorri, toros salvajes de color rojizo, y estaba casada con Sugar o Maju, quien también era capaz de cambiar de forma, aunque normalmente se le representaba como una serpiente, él poseía sus propias cuevas, y cuando se juntaba con Mari en alguna cumbre sagrada, de normal un viernes por la noche, se producían grandes tormentas, eran las noches de aquelarres… De su unión nacieron dos hijos: Mikelatz, el hijo infame, y Atarrabi, el virtuoso. Cuando Mari viajaba al monte Amboto era época de lluvias, sin embargo, cuando lo hacía al Aloña, era de sequía.

Desde la página 252 a la 257, Amaia tiene un encuentro en la montaña que le va a llenar de confusión…

olentzeroEn otro momento de la novela también se nombra al Olentzero, este es un carbonero bastante peculiar, pues en la noche del solsticio de invierno se desplazaba cargado con un gran saco desde su cabaña hasta las casas de todos los pueblos, entraba por las chimeneas, cuyos humeros habían sido limpiados bien por los habitantes de las mismas, y, tras calentarse un poquito, les dejaba regalos si se habían portado bien, o carbón, si habían sido malos; tras la llegada del cristianismo, este personaje comenzó a salir en Nochebuena con la misión de llevar a todos los hogares la Buena Nueva del nacimiento del Niño Jesús y ocupando el lugar, en Guipúzcoa y al norte de Navarra, de Papá Noel. En muchos pueblos se celebra su llegada con hogueras en la que queman un muñeco y con los niños disfrazados como él pidiendo regalos por las casas.

eguzkiloreEl Eguzkilore es una flor protectora que durante siglos se ha encargado de defender del mal las casas de los vascos. Es la llamada “flor del sol” probablemente a causa de su forma, y se trata de la flor del cardo silvestre, también llamada carlina acaulis, que se coloca en las puertas de las casas para ahuyentar a los peligros. Según una leyenda, las Lamias (seres mitológicos cuya mitad superior es una bella mujer y la inferior, la de un animal, desde una gallina hasta un pez), se acercaban a los pueblos, amparadas por la oscuridad de la noche, con la intención de robar niños, pero la gente colgaba estas flores en la puerta y solamente podían entrar si eran capaces de decir cuántos pétalos tenían. Como las Lamias no sabían contar, siempre se equivocaban y así pasaban toda la noche intentándolo, hasta que aparecía el sol y tenían que huir.

tumblr_inline_mwdbc3zanc1spdqtbLas Sorginas o Sorginak son las brujas, aunque en ocasiones ejercen de ayudantes de Mari y están encargadas de castigar a los mentirosos. Suelen reunirse los viernes por las noches en la eperlanda, o campo del “macho cabrío”, como se denomina al Diablo, para celebrar un aquelarre e invocar a Lucifer mediante ritos donde se mezclan la magia y el sexo, el alcohol y la música. Se las considera de naturaleza maligna, con muchos poderes mágicos, incluso el de volar, y el de crear venenos y ungüentos prodigiosos, y se les echa la culpa de todos los males que puedan ocurrir, desde la destrucción de las cosechas, una muerte o incluso el hundimiento de un barco, sin embargo, esta visión parece ser la impuesta por la Iglesia, siendo en realidad mujeres que conocían las cualidades de las plantas con la preparaban todo tipo de pócimas y que tenían algún don especial. Durante mucho tiempo fueron perseguidas, como en el caso de las mujeres de Zugarramurdi.

Y para concluir por este pequeño recorrido de la mitología vasca de la mano de Dolores Redondo en su novela El guardián invisible, no he encontrado nada mejor que hacerlo con las palabras de uno de sus personajes, en concreto el subinspector Jonan:

“… Hace cien años, ciento cincuenta a lo sumo, era raro encontrar a alguien que declarase no creer en brujas, sorguiñas, belagiles ,basajaun, tartalo y, sobre todo, en Mari, la diosa, genio, madre, la protectora de las cosechas y los ganados que a capricho hacía tronar el cielo y caer granizos que sumían al pueblo en la más terrible de las hambrunas. Llegó un punto en la que había más gente que creía en las brujas que en la Santísima Trinidad, y eso no escapaba a la Iglesia, que veía cómo sus fieles, al salir de misa, seguían observando los antiguos rituales que habían formado parte de las vidas de las familias desde tiempo inmemorial. Y fueron obsesos medio enfermos como el inquisidor de Bayona, Pier de Lancré, los que emprendieron la guerra sin cuartel contra las antiguas creencias, consiguiendo con su locura el efecto contrario. Lo que siempre había formado parte de las creencias de la gente se convirtió de pronto en algo maldito, perseguible, objeto de denuncias absurdas motivadas la mayoría de las veces por la creencia de que quien colaboraba con la Inquisición se veía libre de sospecha. Pero antes de llegar a esa locura la antigua religión había formado parte de los moradores del Pirineo durante cientos de años sin causar ningún problema, incluso convivió con el cristianismo sin mayores complicaciones, hasta que la intolerancia y la locura hicieron su aparición. Creo que recuperar algunos valores del pasado no vendría mal a nuestra sociedad.

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GUÍA DE LECTURA: El guardián invisible, de Dolores Redondo

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9788423341986“Ainhoa Elizasu fue la segunda víctima del basajaun, aunque entonces la prensa todavía no lo llamaba así. Fue un poco más tarde cuando trascendió que alrededor de los cadáveres aparecían pelos de animal, restos de piel y rastros dudosamente humanos, unidos a una especie de fúnebre ceremonia de purificación. Una fuerza maligna, telúrica y ancestral parecía haber marcado los cuerpos de aquellas casi niñas con la ropa rasgada, el vello púbico rasurado y las manos dispuestas en actitud virginal.”

Así comienza El guardián invisible, el primero de los tres tomos de la Trilogía del Baztán (junto con Legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta), de la autora donostiarra, Dolores Redondo, quien sin más preámbulos, así, de golpe, nos introduce en medio del sinsentido de unos asesinatos de muchachas muy jóvenes, casi niñas, en un entorno rural, tranquilo y pacífico que, en otras circunstancias, podría resultar entrañable, incluso bucólico, pero que, a causa del terror a lo desconocido y de la estupefacción por lo ocurrido, se ha convertido en un infierno de fantasmas y quimeras por el que su autora nos conducirá a través de un laberinto de intrigas que nos irán atrapando poco a poco en una tela de araña de la que no podremos salir hasta llegar al final.

La protagonista, Amaia Salazar, inspectora de la sección de homicidios de la Policía Foral, vuelve a su pueblo, Elizondo, con el encargo de investigar estas muertes, pero allí no sólo se encuentra con un caso intrincado, oscuro, perfectamente maquinado por una mente inteligente, aunque a todas luces enferma, sino que debe hacer frente también a sus propios espectros familiares, a sus miedos del pasado y a sus cuentas pendientes con el presente y, por si ello no bastara, tiene la obligación de encontrar la verdad en medio de un mundo dominado todavía por las supersticiones, donde la leyendas toman cuerpo de realidad.

El guardián invisible es una novela donde se mezclan la intriga policiaca con una historia de viejos secretos familiares y la esencia subyacente de la mitología local. Tres esferas argumentales que van conjugándose entre sí durante toda la trama, creando una red de implicaciones y relaciones que se irá complicando hasta la solución final. El argumento es lineal en lo que respecta a la investigación de los crímenes, sin embargo, cuando se trata de las relaciones familiares, los flashbacks (saltos hacia el pasado) son bastante frecuentes con la finalidad de explicarnos las causas de la extraña relación de Amaia con su familia del pueblo, sus dos hermanas y su tía. Por otra parte, los apuntes de lo tradicional van moteando la narración aquí y allá, en pequeñas dosis, logrando de esta forma introducirnos en el ambiente ancestral de los bosque navarros y vascos.

Según confesó la propia autora, ella pretendía escribir sobre el matriarcado típico de las tierras vascas, donde las mujeres tienen bastante peso y toman gran parte de las decisiones familiares, por ello, los crímenes eran algo secundario en su idea inicial de la novela, pues lo que intentaba era darle más importancia a la historia familiar que, sin embargo, a causa de los atroces asesinatos, ha ido quedando relegada al escenario contextual sobre el que transcurre la acción central: la investigación de las sucesivas muertes. Aun así, la historia de la familia ocupa gran parte de la novela y llega a tener estrecha relación con el desarrollo del caso llevado por la joven inspectora y, en algunos momentos, los recuerdos de lo sucedido en el pasado dan la sensación de sobreponerse sobre lo que está ocurriendo en el momento actual. En Elizondo, su pueblo natal del que siempre ha querido huir, viven todavía las personas que le quedan de su familia: su tía y sus dos hermanas, y para dar vida a estos personajes femeninos de la familia de Amaia, la autora se basó en personajes reales, según ella misma dijo: “Flora y Ros están inspiradas en mujeres que conozco. Tía Engrasi se inspira en Maritxu Guller, una vidente y echadora de cartas de tarot popular en San Sebastián.”

La protagonista es la inspectora foral Amaia Salazar, cuyo reciente ascenso no ha sentado muy bien a todos los compañeros varones, sobre todo a otro inspector que acata a regañadientes sus órdenes y a quien no lo ha gustado nada que se le haya encargado a ella la dirección del caso.  Amaia parece tener una sensibilidad especial para percibir el mal, además de una excelente preparación en Quantico (Virginia), de donde han salido los agentes de la FBI, además, en su designación parece que también ha tenido bastante importancia el hecho de ser natural de Elizondo y, por lo tanto, de conocer bien el terreno y las personas. Pero cuando sus jefes la envían de vuelta a su tierra, al ocurrir el segundo asesinato, este retorno porvoca que se le despierten los recuerdos del pasado y los miedos de su infancia. Con todo, es un personaje diferente al que últimamente estábamos acostumbrándonos del tipo, como ella misma dice, “policía alcoholizado y solitario”, pues Amaia es un mujer vital y reivindicativa de su condición femenina.

9953793015_518a9a60d9_bDolores Redondo podría haber situado esta historia en cualquier otro lugar, pero quería ambientarla en algún punto del País Vasco o de Navarra y la situó en Elizondo a causa de su entorno y, sobre todo, de los bosques que alfombran el valle del río Baztán, donde los cadáveres van apareciendo, el hogar del basajaun, el señor del bosque, y de Mari, que cuida de las cosechas, y por donde deambulan las sorguiñas y las belagiles. Elizondo, un pequeño pueblo de poco más de tres mil habitantes, enclavado en el Pirineo occidental y situado en la zona de habla euskera de Navarra, donde la existencia pasa con la cadencia propia de las gentes que viven sin prisas y donde cualquier incidente de este tipo podría trastocar por completo la tranquila convivencia de sus habitantes; un pueblo con muchos edificios palaciegos, no sólo de los antiguos hidalgos de la Edad Media o el Renacimiento, sino también de los algo más recientes propiedad de aquellos burgueses indianos que volvían ricos de hacer las Américas… Y este hecho, que pudo ser casual, le ha dado un enfoque a la novela, místico, misterioso, mágico, que no habría tenido de ocurrir en otro lugar, y mucho menos en una ciudad.

Con su estilo natural, abierto y evitando al máximo perderse en explicaciones innecesarias, Dolores Redondo ha conseguido, con esta su segunda novela, atrapar la atención del lector, sobre todo en lo relacionado con el aspecto psicológico de los principales personajes. Le evolución del argumento va evolucionando desde la presencia total del tema central de los asesinatos y la investigación policial, con pequeñas referencias, al principio, y aumentando el protagonismo del problema familiar hasta confluir ambos al final, lo que nos va envolviendo paulatinamente.

dolores-redondoDolores Redondo nació en San Sebastián el año 1969. Comenzó la carrera de Derecho en Deusto, pero la abandonó para dedicarse a la restauración, llegando a tener su propio restaurante, el cual dejaría más adelante con la intención de dedicarse de pleno a la literatura, en la que se inició con relatos cortos y cuentos infantiles, hasta que publicó su primera novela, Los privilegios del ángel, en el 2009. Cuatro años más tarde apareció El guardián invisible, a la que siguieron en los meses posteriores las dos siguientes de la Trilogía del Baztán: Legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta. En este mes de octubre de 2016, ha sido galardonada con el Premio Planeta por su último trabajo, que no tardaremos en ver en las librerías, Todo esto te daré, otro thriller ambientado, esta vez, en tierras gallegas.

Para la primavera de 2017 está previsto el estreno de la película basada en El guardián invisible, cuyo rodaje se comenzó en marzo de 2016, coproducida por Atresmedia, Peter Nadermann (Millennium) y Nostromo Pictures (Buried y Palmeras en la nieve).