La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza.


Entre las dos Exposiciones Universales de Barcelona (1888 y 1929), con el telón de fondo de una ciudad tumultuosa, agitada y pintoresca, real y ficticia, Onofre Bouvila, inmigrante paupérrimo, repartidor de propaganda anarquista y vendedor ambulante de crecepelos, asciende a la cima del poder financiero y delictivo.

“La ciudad de los prodigios” es una novela de Eduardo Mendoza publicada en 1986. En ella se relata, con un enfoque épico y en el característico tono irónico y desenfadado del autor, la historia de Onofre Bouvila, un personaje surgido de las clases populares que, gracias a su empeño, trabajo y falta de escrúpulos, se convertirá en uno de los hombres más ricos de España, teniendo como fondo la evolución de Barcelona en el periodo comprendido entre la Exposición Universal de 1888 y la Exposición Internacional de 1929 realizadas en dicha ciudad.

Por lo tanto, es fácil establecer que en esta novela existen dos protagonistas principales que se interrelacionan y que, en ocasiones, uno parece la personificación de la otra o aquella la cosificación de éste: Onofre y Barcelona. Dos héroes, o antihéroes, cargados de graves defectos y causantes de muchas penalidades y dolor hacia quienes entran en contacto con ellos y, sin embargo, poseedores ambos de un gran atractivo y encanto.

Mendoza nació en Barcelona y ama su ciudad natal, aunque no de una forma ciega, sino realista, por lo que puede darse cuenta de sus vicios, sombras y desperfectos y así lo expresa en esta historia mostrando lo errático de sus decisiones económicas, el florecimiento de la corrupción, el auge de la pobreza o la invisibilidad de la miseria que campa tras cada esquina. Pero como no pretendía escribir un tratado, sino una novela, nos muestra todo ello por medio de las peripecias de Onofre Bouvila.

Onofre aparece en escena cuando tiene trece años. Entonces nos enteramos de que su infancia no ha sido feliz. Hijo único de una familia de campesinos, su padre, Joan, se larga a Cuba detrás de una utópica fortuna muy fácil de ganar y allí, en aquel pequeño pueblo abandona a Onofre, todavía muy niño, y a su madre y esposa, quienes sobrevivieron sin dinero ni comunicación. Pero cuando Onofre tenía doce años, Joan regresa vistiendo un elegante traje tropical y con un mono enjaulado. Joan se pavonea por el pueblo como triunfador y comienza a ir a la ciudad cercana por cuestión de negocios. Hasta que Onofre descubre que todo era una mentira y que Joan había vuelto más pobre que cuando se fue, y sus negocios en la ciudad se reducían a la petición de créditos sobre la fortuna inexistente que jamás podría devolver. Desilusionado, Onofre se marcha a Barcelona y no volverá al pueblo hasta muchos años después.

En la ciudad, Onofre tiene el dinero justo para quedarse en una pensión durante una semana, tiempo en el que confía poder encontrar trabajo. La pensión está a cargo del señor Braulio y su esposa Ágata, pero la realidad es que Ágata es una mujer enferma e imposibilitada y su marido es un vago, así que todo el trabajo recae sobre la hija de ambos, Delfina, que tiene la apariencia de una niña abandonada.

Sin embargo, encontrar trabajo en Barcelona en aquellos tiempos de dificultades económicas era una tarea casi imposible. Aunque, Delfina le dice que su novio, quien trabaja para un grupo anarquista, le puede dar una ocupación. Así que Onofre comienza a repartir folletos entre los trabajadores que están construyendo la Exposición Universal de Barcelona de 1888. Al principio nadie le hace caso, pero, poco a poco, se las va apañando. Pero esto no le produce pingües beneficios, por lo que decide diversificarse robando una loción para el cabello del peluquero que vive en su misma pensión y vendiéndola entre los trabajadores a quienes entrega los folletos. No tiene éxito en sus primeros intentos, pero un día un hombre gigantesco le compra una botella y el resto hace lo mismo. Más tarde, ese hombre, Efrén Castells, le pedirá su parte de los beneficios porque él solo compró para que los otros también lo hicieran. A partir de ese momento, Onofre y Efrén se convierten en socios y amigos, una relación que durará toda la vida.

Mientras tanto, Onofre se ha enamorado de Delfina y la espía para saber quién es su novio, pero lo que descubrirá es el oscuro secreto del señor Braulio quien es arrestado. Onofre le propone a Delfina que él pagará la fianza de su padre si ella consiente tener sexo con él, pero ante la resistencia de la muchacha, Onofre la viola. Al poco, Delfina y su novio son también arrestados y, a partir de ese momento, Onofre comienza su ascenso meteórico en el mundo empresarial de Barcelona, como le profetizara Micaela, una adivina que también vive en la pensión.

Y de eso trata el libro: de la evolución y gestión de la vida y negocios de Onofre, los cuales corren paralelos a los de la propia ciudad, durante los cuarenta años comprendidos entre las dos exposiciones celebradas en Barcelona. Y ahí vemos a un Onofre imaginativo y original, al mismo tiempo que despiadado, cruel, ambicioso y deshonesto. Se convierte en un hombre muy rico, pero para conseguirlo no se detiene ante nada: mata (o hace matar) a cualquiera que se interponga en sus planes, engaña, roba, destruye… Se involucra en política y, aunque simpatiza más con los oprimidos que con los ricos, quienes nunca lo aceptarán, trabaja para los poderosos. Y su ascenso y corrupción es paralelo al de Barcelona entre aquellos dos grandes eventos que situó en el mapa internacional a la ciudad y llenó los bolsillos de unos cuantos a costa del erario público, como siempre.

Esta es una novela de la picaresca repleta de mitos y fastos locales donde la mayoría de los personajes se muestran como caricaturas de sí mismos, al estilo de los esperpentos de Valle Inclán, destacando más sus defectos que sus posibles virtudes, sin embargo, la realidad puede ser más increíble. Quizá nos parezca algo grotesco, pero ¿qué sabemos de las tramas secretas, negocios sucios, extorsiones y corrupción en general que pululan detrás de cada gran empresa, negocio o gobierno? Por eso, Mendoza, prefiere utilizar su humor ácido que la crítica directa y amarga. El resto depende de quienes lo leemos.

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