GUÍA DE LECTURA NOVELA: Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé.


“Caminan lentamente sobre un lecho de confeti y serpentinas, una noche estrellada de septiembre, a lo largo de la desierta calle adornada con un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos: última noche de Fiesta Mayor (el confeti del adiós, el vals de las velas) en un barrio popular y suburbano…” Así comienza Últimas tardes con Teresa, dejándonos una premonición de un posible desenlace.

Juan Marsé, cuyo nombre de nacimiento era Juan Faneca Roca, se definía a sí mismo como “un novelista catalán que escribía en castellano”, pero sus novelas van más allá de la narrativa social que se desarrolló en España durante la década de los años cincuenta del pasado siglo, utilizando un estilo bastante personal con el que pretendía poner orden estético al caos que le rodeaba, por todo ello es difícil encasillarlo en alguna tendencia narrativa existente en su época.

Juan Marsé

Nacido en Barcelona el 8 de enero de 1933, su madre murió en el parto y su padre, taxista de profesión, se encontró de golpe solo y con una niña y un recién nacido, no tardando en darlo en adopción al matrimonio Marsé, quienes no podían tener hijos, una familia trabajadora procedente de sendos pueblos tarraconenses, que emigraron a Barcelona para poder subsistir.

Juan fue un pésimo estudiante, aunque un ávido lector de novelas de aventuras, un devorador de películas americanas y un empedernido callejeador de los barrios de Gracia, Guinardó y Monte Carmelo, todo ello, y sus simpatías anarquistas y su militancia comunista, configurarían su mundo literario.

Comenzó a trabajar como aprendiz de joyero a la edad de trece años, desempeñando ese oficio durante más de una década, el tiempo que le llevó a descubrir su afición por la escritura, apareciendo algunos de sus relatos en la revista Ínsula y ganando el premio Sésamo de cuentos en 1959.

En 1960 marcha a Paris, aconsejado por Jaime Gil de Biedma, donde trabajaría como mozo de recados en el Instituto Pasteur, bajo las órdenes de Jacques Monod, quien le introduciría en el PCE. Dos años más tarde regresaría a Barcelona. Tras varias novelas publicadas, entre las que destacan Encerrados con un solo juguete y Esta cara de la luna, de las que Marsé no se sentía muy orgulloso, edita Últimas tardes con Teresa, con la que conseguiría el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral y que le daría el empujón necesario para dedicarse por entero a la literatura, publicando más de quince novelas, muchas de ellas llevadas al cine, una gran cantidad de relatos cortos y otro buen número de creaciones diversas, consiguiendo muchos premios entre los que destacan el Premio Nacional de Narrativa 2001 y el Premio Cervantes 2008.

El espacio de la mayor parte de su obra se sitúa en la Barcelona de su infancia y parte de su juventud, más concretamente en el barrio del Guinardó y sus circundantes, y en el contexto temporal de la postguerra o las décadas de los 50 y 60 del franquismo. Pero centrémonos en la novela que nos ocupa: Últimas tardes con Teresa.

El crítico literario Gonzalo Sobejano definió Últimas tardes con Teresa “como una parodia sarcástica de la novela social en sus dos vertientes: como testimonio de los sufrimientos del pueblo y como testimonio de la decadencia de la burguesía”. Y el propio Marsé pensaba que los personajes de esta novela le habían salido algo desfigurados, algo caricaturizados, tal vez por la admiración que sentía hacia Valle Inclán y sus esperpentos.

Portada del libro

Juan Marsé desarrolló su primera época como creador en el periodo literario definido como “Literatura de posguerra” y, dentro de ella, en la “novela social”, la cual se caracterizaba por su realismo, intentando dar testimonio del momento histórico y general que estaban viviendo, tanto en el aspecto existencial de los personajes, lo que le acercaría a la novela psicológica, como a su comportamiento colectivo como individuos dentro de una comunidad.

Marsé pretende utilizar la figura del narrador omnisciente en tercera persona que va describiendo las acciones, pensamientos y sentimientos de los personajes sin vincularse con ellos, un narrador muy escrupuloso en ocasiones con los datos y las fechas, pero que en otras no evita aportar la subjetividad de sus propias opiniones, con lo que toma partido y desvirtúa su figura a favor del autor, por ejemplo, al inicio de la Tercera Parte, cuando deja claro lo que piensa de aquellos niños bien subiéndose al carro revolucionario:

“La naturaleza del poder que ejercen es ambigua como la naturaleza misma de nuestra situación: de ellos solo puede decirse que son de ideas contrarias. Sus primeros y juveniles desasosiegos universitarios tuvieron algo del vicio solitario. Desgraciadamente, en nuestra universidad, donde no existía lo que Luis Trias de Giralt, en un alarde menos retórico de lo que pudiera pensarse, dio en llamar la cópula democrática, la conciencia política nació de una ardiente, gozosa erección y de un solitario manoseo ideológico. De ahí el carácter lúbrico, turbio, sibilino y fundamentalmente secreto de aquella generación de héroes en su primer contacto con la subversión.”

Así mismo, hay dos momentos en los que quien habla no es el narrador si no la moribunda Maruja que, desde su inconsciencia, repasa sus recuerdos mediante un monólogo interior, como cuando conoció a Manolo:

“… la fragancia del jardín esa noche, las parejas bailando en la pista, la música y los cohetes de la verbena de San Juan, estaba muy asustada, fue durante un pequeño descanso después de preparar y distribuir otra bandeja de canapés (ya sabía yo que faltarían) pues me dije mira vamos a sentarnos un rato al borde de la piscina para verles bailar…”

Es lo que se denomina ‘enfoque múltiple’, recurso que, si bien en un principio puede desconcertar, en cambio nos muestra aquellos pensamientos más ocultos del personaje que no pudieron ser mostrados en el transcurso de la trama, algo que, menos acentuado, se repite cuando Manolo fantasea con sus ensoñaciones heroico-eróticas donde él salva a su heroína que se confunde entre Teresa y su actriz preferida, Jean Simmons.

Las minuciosas descripciones de los espacios, llevadas a cabo tanto por el narrador como por los personajes, dejan bien clara la división de los dos mundos antagonistas y definen, por ende, a los personajes que los habitan, levantándose una impenetrable barrera entre ambos:

“para la señora Serrat, el monte Carmelo era algo así como el Congo, un país remoto e infrahumano, con sus leyes propias, distintas”

El barrio del Carmelo, tan cercano y, al mismo tiempo, tan lejano del de San Gervasio, lugar de residencia de los Serrat era “una ensalada picante de varias regiones del país, especialmente del Sur”, es decir, un barrio de xarnegos, inmigrantes de vida precaria o, incluso, en los límites de la delincuencia.

El contexto en el que se desarrolla la novela es la sociedad española de finales de los 50 y principios de los 60 la cual, gracias al desarrollo del turismo y de una incipiente y frágil industrialización, ve como se van aclarando algo los nubarrones de la posguerra. Sin embargo, esta mejora económica trae consigo una acentuada diferenciación social que distribuye a la población en dos grupos bastante alejados: la clase baja, inmigrantes en su mayoría, y la incipiente y cada vez más pujante burguesía, lugar en el que se encontraban los Serrat. Esta diferencia de clases es algo que en Cataluña todavía se acentuaba más a causa de la identificación racial entre catalanes y no catalanes (xarnegos). El caso es que los hijos de los privilegiados (aquellos que forman una especie de aristocracia de altos cargos vinculados con el régimen) y, poco a poco en mayor número, los de la burguesía son los que llenan las universidades del país, siendo estos jóvenes quienes, al tener acceso a otras fuentes de información y de pensamiento, se van dando cuenta del estado social, político y religioso de represión en el que estaban viviendo, surgiendo entre ellos los primeros grupos intelectuales de oposición con personas jóvenes, en algunos casos bastante entregadas a la causa, aunque no faltaban quienes lo hacían por simple esnobismo. Al mismo tiempo, con la misma finalidad, pero alejados de estos por su estatus social, aparecen los primeros movimientos obreros que se oponen a la dictadura con sus acciones reivindicativas y revolucionarias. Así que se podría asegurar que a finales de los 50 y principios de los 60 comenzó en España el embrión de una resistencia social al franquismo que, con el tiempo, culminaría en la transición democrática.

Con este telón de fondo, la acción de la novela se despliega entre dos mundos sociales bastante distantes e incomunicados y que solo suelen encontrarse o bien por medio de acciones violentas (robos, irrupción en las propiedades o destrucción del mobiliario, como el suceso de la valla rota en la casa de la playa), o mediante una relación de poder y sometimientos (amo/criado, como en el caso de Maruja y su familia), por lo tanto, el tema principal es el sueño utópico de Manolo de conseguir una relación tan desigual a causa de las muchas diferencias económicas, culturales, familiares y sociales entre los dos protagonistas. Pero también podemos encontrar una serie de subtemas de bastante interés: la inconsistencia de una sociedad basada en las apariencias, la falacia del pensamiento romántico de que el amor rompe barreras, la impostura de unos personajes que fingen ser lo que no son, la moda del progresismo frente al inmovilismo…

Los personajes que componen el elenco de esta novela pertenecen a uno o a otro de los dos mundos contrapuestos que en ella se reflejan. Así, Teresa y sus amigos (Bori, Mari Carmen, Luis Trías y otros), a pesar de sus ideales democráticos, más o menos sinceros, no pueden esconder que vienen de un ámbito relamido, clasista y lleno de prejuicios, como tampoco Manolo, por mucho que lo intente, y sus colegas (el Cardenal, Hortensia, las hermanas Sister o Bernardo) pueden disimular que proceden del barrio obrero del Carmelo.

Estos personajes no están creados de una manera maniquea, es decir, Marsé no redujo la visión de la realidad en un enfrentamiento entre buenos y malos, pues todos ellos están formados de partes oscuras y partes luminosas. Cierto que su concepción social le hace ser más crítico con algunos personajes procedentes del lado burgués, pero en compensación también presenta a los otros con características bastante negativas. Tampoco sus personajes son planos, pues todos presentan alguna evolución, sobre todo tras algún fracaso y diversas contradicciones, consiguiendo de esta forma una mayor verosimilitud.

El lenguaje también es un rasgo que les diferencia, sobre todo en los giros y jergas propias de cada grupo, en sus frases a medias, en sus dobles sentidos, en sus características ironías y en la diferencia del sentido del humor, sin olvidarnos de sus variados apodos.

En conclusión, Últimas tardes con Teresa es una novela espejo porque en ella nos podemos ver reflejados, una novela donde entran en juego las contradicciones, los sueños imposibles, utópicos, que a sabiendas de ser una quimera se siguen hasta el final, el creerse lo que no es porque se necesita tener fe en algo, aunque sea falso, es una huida de la realidad, pero no solo de los menos favorecidos, sino, incluso, de quienes lo tienen todo menos la felicidad, es una búsqueda romántica de un mundo inexistente, pero que les ha hecho, al menos, en algunos momentos, sentirse vivos.

TEMAS DE TRABAJO.

En este comentario he hablado de los personajes de forma general pues quería que ellos fueran el eje de nuestras discusiones, así que os propongo que los describamos los principales uno a uno, no solo como han aparecido en la novela, sino yendo un poco más allá y viéndolos desde nuestros puntos de vista personales.

PERSONAJES: Manolo (Pijoaparte), Teresa, Maruja, El Cardenal, Hortensia, Bernardo, Luis Trías y los padres de Teresa.

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