EN TORNO A LA LECTURA: La Estación Internacional de Canfranc


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Estación de Canfranc

Estación de Canfranc

Canfranc es una encantadora localidad pirenaica situada en el valle del río Aragón, enclavada a más de mil metros de altitud, en medio de un paraje idílico de enormes montañas cercano a las muy conocidas pistas de esquí de Candanchú y Astún, y a los pies del antiguo puerto del Somport, ahora sustituido por el túnel internacional del mismo nombre que comunica España con Francia.

Iglesia de la Asunción. Siglo XII

Iglesia de la Asunción. Siglo XII

Sus inicios datan del siglo XI como pueblo fronterizo, al cual los reyes de Aragón concederían importantes privilegios debido a sus escasos recursos agrícolas o ganaderos. A pesar de haber sufrido dos grandes incendios durante su historia, el último en 1944 en el que la mayor parte de municipio antiguo fue destruido, todavía se conservan bastantes vestigios de su patrimonio histórico: restos del castillo medieval, la Iglesia parroquial de la Asunción, la Trinidad, el Fuerte de Coll de Ladrones del siglo XVII o la Torreta de los Fusileros del siglo XIX.

Pero lo que le dio un verdadero despegue económico y demográfico al pueblo fue la llegada del ferrocarril y la construcción de la Estación Internacional en el paraje de Los Arañones. El montaje de la línea férrea dio comienzo en el año 1882 y el túnel que comunica los dos lados de la frontera fue concluido en 1908, sin embargo el trayecto no se inauguró hasta el año 1928. El tráfico de pasajeros y mercancías se mantuvo hasta 1970, en que la estación fue cerrada a causa del descarrilamiento de un tren de mercancías francés que causó el derrumbe del puente de L’Estenguet, por lo que la localidad sufrió un gran declive perdiendo hasta dos tercios de su población.

Día de la inauguración de la Estación de Canfranc. 18 de julio de 1928

Día de la inauguración de la Estación de Canfranc. 18 de julio de 1928

El rey Alfonso XIII y el Presidente francés durante la inauguración

El rey Alfonso XIII y el Presidente francés durante la inauguración

La Estación fue inaugurada por el rey Alfonso XIII y el Presidente de la República Francesa, Gastón Doumergue, el 18 de julio de 1928, tras unos años de intensos trabajos para retener las laderas abruptas de las montañas colindantes y restaurar los bosques para prevenir las avalanchas de nieve. El edificio, alargado y simétrico, está dividido en cinco cuerpos, midiendo 241 metros de longitud y con 75 puertas por cada lado. Fue construido con cuatro materiales predominantes: cemento, hierro, cristal y pizarra, al estilo palaciego neoclásico francés del XIX, aunque también se pueden observar tendencias modernistas en algunos puntos. En el cuerpo central se encuentra el vestíbulo principal, muy elegante y luminoso, desde donde se accede a todos los departamentos: taquillas, aduanas, restaurante, bar, biblioteca, hotel… Tres años más tarde sufría un importante incendio iniciado en el vestíbulo y que se propagó por la biblioteca, el restaurante y la techumbre de madera, restaurándose posteriormente. A ambos frentes, el oriental y el occidental, están los andenes cubiertos por una marquesina metálica sostenida por columnas.

El Ejército franquista la ocupó durante la Guerra Civil Española y tapió el túnel de Somport para evitar cualquier incursión desde Francia, pero una vez concluida la contienda volvió a abrirse al tráfico ferroviario siendo ocupada, en su parte francesa, por las tropas del ejército nazi alemán, sobre todo oficiales de la SS y miembros de la Gestapo, coincidiendo este el periodo histórico con el que nos ocupa en la novela.

Estación de Canfranc

Estación de Canfranc

Esta estación se convirtió en un lugar estratégico importante durante la Segunda Guerra Mundial por varios motivos. En primer lugar, porque por sus vías llegaron toneladas de oro y plata procedentes del expolio nazi sobre los bancos nacionales de los países ocupados o, sobre todo, arrebatados a los judíos que eran llevados a los campos de concentración, unos minerales que se blanqueaban en Suiza y se convertían en divisas con las que se pagaba, por ejemplo, el wolframio español (como nos muestra la reciente película de Simán Casal, “Lobos sucios”), imprescindible para blindar los tanques y cañones, divisas que posteriormente servían para comprar de nuevo el oro y la plata, ya convertidos en lingotes, por parte de los gobiernos español y portugués. El metal precioso llegaba, desde Suiza, en tren hasta Canfranc, pero allí tenía que ser descargado, a causa de la diferencia de ancho de las vías españolas en relación con las europeas, y ser transportado en camiones hasta Madrid, Portugal o, sobre todo al final de la contienda, el Puerto de Pasajes (Guipúzcoa), desde donde era embarcado hacia algún país sudamericano destinado a los nazis exiliados. Cuando esto ocurría, los soldados alemanes impedían el acceso a la estación a los lugareños y visitantes. Esta colaboración de España con Alemania, a pesar de ser nuestro país presuntamente neutral, era una forma de pagar la deuda contraída con Hitler por su ayuda durante la Guerra Civil, y se mantuvo a pesar de las amenazas de Estados Unidos y Gran Bretaña, bloqueando los norteamericanos las importaciones petrolíferas de España hasta que el tráfico de wolframio y el blanqueo del oro robado cesó por completo.

Otro punto de la importancia estratégica de esta estación fue la guerra de espías que en ella se llevó a cabo, ya que por aquí se intercambiaron mensajes entre la resistencia francesa y el Estado Mayor de los aliados, donde el propio jefe de la aduana francesa, Albert Le Lay (Laurent Juste en la novela), tuvo un papel bastante trascendental para la consecución de la derrota de los nazis quienes, al mismo tiempo, desplegaban a su vez su propia red de contraespionaje en la zona.

Al mismo tiempo un comercio de contrabando se generaba por este punto entre los dos países fronterizos, quehacer éste que iba enriqueciendo a algunos y manteniendo a la mayoría de los habitantes de la zona, teniendo en cuenta de la situación económica que se vivía en una España recién salida de la Guerra Civil y una Francia inmersa en la Segunda Guerra Mundial.

Pero sobre todo Canfranc siempre será un nombre inolvidable en la memoria de los descendientes de aquellas personas que escapaban, gracias a los “trenes de vida” organizados por españoles y franceses que arriesgaban sus vidas para salvar las de quienes huían del genocidio nazi quienes, por cientos, llegaban a la estación con la esperanza de que fuera su primer punto hacia la libertad, allí tomaban el tren con dirección a Madrid donde hacían trasbordo con destino a Lisboa y, desde la capital portuguesa, embarcaban con rumbo a América. Aunque muchos fueron quienes lo lograron, también, desgraciadamente, otros muchos no lo consiguieron ya que la Gestapo o las SS alemanas consiguieron arrestar a centenares de ellos en la propia estación o en las zonas cercanas. No hay cifras exactas del número de judíos que consiguieron escapar por estas montañas aragonesas ayudados por los vecinos de ambos lados de la frontera, pero sí se conocen los nombres de algunas personalidades, como Max Ernst, Alma Mahler y su marido Franz Werfel, o el hermano de Thomas Mann, Heinrich, con su esposa y su sobrino, también Lion Feuchtwanger y su esposa, o el pintor bielorruso Marc Chagall (Moushe Segal) y la famosa cantante francesa Josephine Baker quien, al contrario del resto, se negó a cruzar la frontera de incógnito y los hizo ante las cámaras de los periodistas.

En conclusión, Canfranc es un gigante dormido que no ha perdido la esperanza de despertar algún día, esperemos que no muy lejano, pero que en la actualidad es un lugar muy atractivo para visitar por sus paisajes, su naturaleza, sus posibilidades deportivas y por su paz y tranquilidad, sin olvidar el tesoro que en ella se esconde para los investigadores y novelistas, como Rosario Raro, que lo pueden utilizar como el espacio ideal donde desarrollar interesantes historias.

Un-detalle-de-la-portada-de-la-novela-and-039-Volveras-a-Canfrancand-039---con-una-fotografia-de-la-estacion-de-ferrocarril-de-Canf

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