GUÍA DE LECTURA: Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez.


Autor: Ancrugon

PDF: GUÍA DE LECTURA: Los girasoles ciegos de Alberto Méndez

9788433932365     “Ahora sabemos que el capitán Alegría eligió su propia muerte a ciegas, sin mirar el rostro furibundo del futuro que aguardaba a las vidas trazadas al contrario. Eligió entremorir sin pasiones ni aspavientos, sin levantar la voz más allá del momento en que cruzó el campo de batalla, con las manos levantadas lo necesario para no parecer implorante y, ante un enemigo incrédulo, gritar una y otra vez “¡Soy un rendido!”

Inicio de “Si el corazón pensara dejaría de latir”. (Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez).

“Los girasoles ciegos” es un conjunto de cuatro relatos cortos, todos ellos situados en la Guerra Civil española, los cuales se entrecruzan entre sí formando de esta forma un conjunto unificado que hace un profundo análisis sobre la derrota en sus diferentes tipos de manifestación y las justificaciones necesarias buscadas por los protagonistas para permanecer vivos tras haber sido espectadores, bien como parte pasiva o como activa, de los horrores de una guerra fratricida. Sin embargo no podemos obviar que la perspectiva del autor parte desde la distancia temporal (la novela fue publicada en 2004 y su autor nació en el 1941) e ideológica (Alberto Méndez perteneció hasta 1982 al Partido Comunista de España), lo que no resta valor testimonial ni ético a los relatos, aunque sí al hecho de la elección de las historias y los protagonistas, ya que situaciones similares se darían en ambos bandos y en todas las guerras del mundo.
Las cuatro narraciones cortas llevan los siguientes títulos: “Si el corazón pensara dejaría de latir”, “Manuscrito encontrado en el olvido”, “El idioma de los muertos” y “Los girasoles ciegos”. El libro, único escrito por Alberto Méndez, fue editado por la Editorial Anagrama en el año 2004, aunque anteriormente, 2002, uno de sus capítulos, “Manuscrito encontrado en el olvido”, fue finalista del Premio Internacional de Cuantos Max Aub y publicado por la Fundación Max Aub de Segorbe. El libro, nada más salir, se convirtió en un éxito de ventas, recibiendo ese mismo año el Premio Setenil en su Primera Edición y, póstumamente, los premios de la Crítica (2004) y Nacional de Narrativa (2005). En el año 2008 el director José Luis Cuerda llevó al cine el último de estos cuatro cuentos, el que da título al propio libro, “Los girasoles ciegos”, con guion de Rafael Azcona y teniendo como actores principales a Maribel Verdú y Javier Cámara.
Pero vayamos analizando las diferentes historias que componen esta pequeña colección. En la primera, la titulada “Si el corazón pensara, dejaría de latir”, el protagonista, el capitán Alegría, del bando nacional, decide inusitadamente rendirse al bando republicano el día antes de la toma de Madrid. En realidad no se considera a sí mismo militar y su espíritu y voluntad están bastante lejos de pertenecer al mundo castrense, sin embargo, su habilidad para la organización y la economía, le hacen progresar en un puesto de Intendencia. Así que nadie se explica su decisión, la cual es considerada como una traición por los suyos, y como cobardía por los otros, pero debemos buscar la justificación en el propio sentimiento de derrota del capitán, quien a pesar de saber que su bando va a ganar la guerra, no se siente vencedor ante tanta muerte innecesaria, ante una guerra destructiva y cruel sin justificación posible y ante una postura y una meta cuya consecución no tiene para él sabor de triunfo. Alegría no está de acuerdo en la persecución y eliminación sistemática del enemigo vencido con la excusa de que así dejarán de ser un peligro, porque si no hay piedad, da lo mismo quien gane una guerra, jamás habrá reconciliación. Esta forma de actuar aparece bien delimitada en los manuales de cualquier ejército y él la tenía patente, sin embargo cuando el exterminio continúa incluso cuando el vencido no puede defenderse, Alegría se siente derrotado en su fuero interno y no lo puede asimilar ni quiere ser partícipe de ello. Pero, ante tanta desesperación y confusión, ¿por qué no se suicida?, pensaréis algunos, y la respuesta es simple: él es un superviviente, siempre lo ha sido, y piensa que la gloria final no está en el número de vivos, eso es la victoria, sino que la gloria está en los muertos que han dado la vida por una causa perdida, a ellos, al bando derrotado, el tiempo los volverá víctimas y a los vencedores verdugos, a pesar de ser éstos quienes escriban la historia. Y el capitán Alegría quiere morir como víctima.
En el “Manuscrito encontrado en el olvido” nos encontramos con una coyuntura bastante usada en la literatura universal: simular que la historia la cuenta uno de los protagonistas a través de su propio diario que años más tarde es hallado en algún lugar perdido, lo que permite al verdadero narrador, el escritor, tomar distancia con el problema y plantearlo desde una posición neutral, como si él no tuviera nada que ver con el tema. Es esta una historia de amor, un amor inmenso dentro de un mundo terrorífico, un amor que va más allá de la muerte y la desesperación por la pérdida del ser querido, su amada, porque ella, antes de partir, se ha reencarnado dejándole un nuevo ser que le aferre a la vida. Es la historia de la huida a ninguna parte de dos jóvenes enamorados, casi dos niños, ella hija de los protagonistas de la última historia, él un poeta en ciernes y un soñador idealista que no se perdonará jamás el haber arrastrado a su amada embarazada hacia un viaje sin retorno, y un hijo, un recién nacido que por simple inercia vital quiere vivir y se agarra a ello con la fuerza del instinto. Es una historia llena de sufrimiento, tristeza y rabia, como tantas y tantas historias que nos podrían contar de tantas y tantas guerras que sólo sirven para truncar futuros como quien corta el césped, unas guerras injustas, las mires por donde las mires, que sólo sirven para condenar a quienes las ordenan y engrandecen mucho más estos pequeños, ignorados, olvidados, pero infinitos gestos de amor.
La tercera historia, o derrota, “El idioma de los muertos”, cuenta los últimos días de un miliciano, Juan Serna, quien tiene una relación con otro personaje de la primera historia y que está detenido en una cárcel del bando nacional. El azar quiso que con anterioridad coincidiese con el hijo del general del que depende su vida o su muerte, y para mantener la esperanza de ver amanecer un día más, va creando una historia ficticia de aquél, como la Sherezade de las Mil y una noches, que le vaya aplazando lo inevitable. Y a quien en realidad era un delincuente vulgar y sin escrúpulos, lo va encumbrando hasta convertirlo, para orgullo de sus padres, en un héroe. Sin embargo esa mentira la va pesando más y más, mientras a su alrededor se va desarrollando una vida carcelaria inhumana y sin esperanza.
Por último, “Los girasoles ciegos”, narrado a tres voces: la carta del diácono contando todos sus sentimientos, la memoria del niño que dice lo que vio y el narrador que funciona de hilo conductor de la historia. Ésta es la un “topo”, un hombre que por sus ideas republicanas debe permanecer escondido en su propia casa y hacerse pasar por muerto. Su familia, su mujer e hijo, hacen como si él no estuviera y continúan sus vidas en el Madrid de posguerra, ella como viuda y él como huérfano. Pero pronto aparece un tercer personaje rijoso, lascivo e hipócrita, que con la excusa del bienestar del niño, persigue a la madre para satisfacer su lujuria. Es una historia donde todos se ocultan de alguna manera: el padre, físicamente; la madre esconde sus sentimientos para no descubrir al marido; el hijo, niño pequeño, pero ya diestro en mentir y disimular, y el religioso oculta, con su falsa bondad, su verdadera naturaleza. Sólo al final cada uno muestra sus verdaderas personalidades.
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En conclusión, “Loa girasoles ciegos”, en conjunto, no es una novela de guerra, sino de las consecuencias de la guerra, es una amalgama de diferentes historias de derrotados, de ambos bandos, porque al final todos perdieron, unos la vida, la libertad, la estabilidad, pero otros perdieron su dignidad, su moral y, en muchos casos, su humanidad. Estas historias nos muestran al hombre desnudo, descarnado, tal como es, con sus buenos sentimientos y con sus notables defectos, con su bondad y su maldad, porque el ser humano es como una moneda que necesariamente debe tener una cara y una cruz. Y en el fondo todos andamos por la vida desorientados como los girasoles ciegos.

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