GUÍA DE LECTURA: Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, por Ancrugon


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    “El cura esperaba sentado en un sillón con la cabeza inclinada sobre la casulla de los oficios del réquiem. La sacristía olía a incienso. En un rincón había un fajo de ramitas de olivo de las que habían sobrado el Domingo de Ramos. Las hojas estaban muy secas, y parecían de metal. Al pasar cerca, Mosén Millán evitaba rozarlas porque se desprendían y caían al suelo.

     Iba y venía el monaguillo con su roquete blanco. La sacristía tenía dos ventanas que daban al pequeño huerto de la abadía. Llegaban del otro lado de los cristales rumores humildes.

     Alguien barría furiosamente, y se oía la escoba seca contra las piedras, y una voz que llamaba:

     – María… Marieta…

     Cerca de la ventana entreabierta un saltamontes atrapado entre las ramitas de un arbusto trataba de escapar, y se agitaba desesperadamente. Más lejos, hacia la plaza, relinchaba un potro. “Ése debe ser –pensó Mosén Millán- el potro de Paco el del Molino, que anda, como siempre, suelto por el pueblo”. El cura seguía pensando que aquel potro, por las calles, era una alusión constante a Paco y al recuerdo de su desdicha.

     Con los codos en los brazos del sillón y las manos cruzadas sobre la casulla negra bordada de oro, seguía rezando. Cincuenta y un años repitiendo aquellas oraciones habían creado un automatismo que le permitía poner el pensamiento en otra parte sin dejar de rezar. Y su imaginación vagaba por el pueblo. Esperaba que los parientes del difunto acudirían. Estaba seguro de que irían –no podían menos- tratándose de un misa de réquiem, aunque la decía sin que nadie se la hubiera encargado. También esperaba Mosén Millán que fueran los amigos del difunto. Pero esto hacía dudar al cura. Casi toda la aldea había sido amiga de Paco, menos las dos familias más pudientes: don Valeriano y don Gumersindo. La tercera familia rica, la del señor Cástulo, no era ni amiga ni enemiga.

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9788423342396     Réquiem por un campesino español, es una pequeña historia de un nuevo redentor que dará su vida por la salvación de una utopía, como, a fin de cuentas, son todos los actos de fe, creyendo hasta su último aliento que la verdad puede triunfar, que la verdad nos hace libres, y siendo una víctima más del inframundo de la caverna.

Ramón J. Sender escribió esta novela, que en un principio se tituló Mosén Millán, en tan sólo una semana, pero, a pesar de ello y de su brevedad, tiene la calidad suficiente para estar considerada una verdadera obra de arte, tanto por su agilidad, su desarrollo, su frescura como por el esbozo de los personajes, sin olvidarnos de que los temas tratados, justo en el momento de su creación, 1953, seguían bastante latentes en la memoria, el dolor y el ánimo de los españoles, catalogándose por este motivo de novela social donde Sender denuncia las miserias humanas, no sólo las económicas con sus enormes y eternas desigualdades, sino también las físicas y morales, porque Sender era más que un novelista, un cronista de su época y de la vida cotidiana, y así nos presenta la sociedad rural heredada de la Restauración, más propia del Antiguo Régimen que de una nación desarrollada y democrática, dividida en dos clases sociales totalmente opuestas: los terratenientes, quienes se consideraban dueños de todos los privilegios por designio divino, y los campesinos, quienes malvivían trabajando para engordar a los primeros. Y entre ellos la Iglesia, cuyos miembros predicaban la resignación, el conformismo y la mansedumbre entre los pobres mientras compartían mesa con los poderosos. Lógicamente estas situaciones sociales eran perfectos viveros donde brotaban las hierbas de la rebeldía que dieron como fruto los múltiples pequeños héroes que el poder establecido, celoso de su status quo, calificará, a través de los tiempos, de marginales anti sistema o simplemente delincuentes. Y es que Ramón J. Sender vivió de primera mano todas estas situaciones y estuvo siempre atento a todos los movimientos sociales surgidos en aquella época convulsa de la historia española y europea.

Los elementos de tiempo y lugar se funden en el transcurso de un día, mejor dicho, de un momento de un día de 1937, lo que dura la espera previa a la misa de aniversario de la muerte de Paco el del Molino, durante el cual, Mosén Millán, el cura de la parroquia, repasa toda la vida del difunto desde su bautizo hasta su asesinato, con lo que si sumamos el año que ha pasado desde aquel acto, se puede asegurar que el tiempo interno de la obra va desde el nacimiento de Paco hasta el día de la misa, que es de donde parte la historia, haciendo un total de veintiséis años, como nos explica el narrador:

     Veintiséis años después se acordaba de aquellas perdices, y en ayunas, antes de la misa, percibía los olores de ajo, vinagrillo y aceite de oliva.

     Por su lado el espacio surge de la sacristía de la iglesia, donde se desarrolla la acción actual, para extenderse mediante la evocación por todo el pueblo y sus alrededores.

Durante esos años, en aquel pequeño pueblo aragonés, se van viviendo las diferentes etapas de la historia de España: reinado de Alfonso XIII, dictadura de Primo de Rivera, las elecciones municipales ganadas por los republicanos y que supondrían la abdicación y exilio del rey, la llegada de la Segunda República con su inestabilidad de gobiernos y la Guerra Civil, la cual se vive pero no se nombra en la novela.

El personaje central es Mosén Millán, un anciano de 74 años quien llevaba más de cincuenta ejerciendo en aquella parroquia, durante los cuales ha visto nacer, crecer y morir a muchos de sus vecinos, especialmente a Paco, al que le reprochaba el haberse metido en aquellos asuntos que sólo le podían traer problemas, como así fue. Pero el párroco es un hombre sin ambición personal y sin personalidad, cobarde y temeroso de enfrentarse a la verdad, lo que le impide ejercer su pastoreo como le pide su religión, por lo que se olvida de defender al débil y acusar las injusticias, dejándose simplemente llevar por la situación y acomodándose a lo que ordenan los poderosos y no su conciencia, justificándolo con el pensamiento de que “Dios permite la pobreza y el dolor.” Por lo que el personaje del cura y su apatía ante las circunstancias es una clara metáfora del fracaso de la Iglesia que representa y su incapacidad para llevar a cabo la doctrina que predica:

– Usted me prometió que me llevarían a un tribunal y me juzgarían.
– Me han engañado a mí también. ¿Qué puedo hacer? Piensa, hijo, en tu alma, y olvida, si puedes, todo lo demás.
– ¿Por qué me matan? ¿Qué he hecho yo? Nosotros no hemos matado a nadie. Diga usted que yo no he hecho nada. Usted sabe que soy inocente, que somos inocentes los tres.
– Sí, hijo. Todos sois inocente; pero ¿qué puedo hacer yo?

     Por eso ahora, un año después, durante la insoportable espera anterior a la misa, él sigue confiando en su pasividad, en que todo se irá arreglando por sí solo, y aguarda sin hacer nada a que acudan los familiares o amigos del difunto como signo de perdón, de redención, pero sólo llegan los tres actores directos de la muerte de Paco, aunque ninguno de ellos apretara un gatillo, y hasta se permiten querer pagar la misa, dejando al descubierto la hipocresía de la fe de los poderosos y de la falsedad del perdón de los pecados… Y un cuarto personaje que irrumpe en el templo con toda su fuerza simbólica: el caballo blanco de Paco, cuya pureza contrasta con la oscura mezquindad de los otros. Así pues, a Mosén Millán en esta pequeña obra le ha tocado el papel de Judas, pues acaba vendiendo a un inocente por nada:

A veces, hijo mío, Dios permite que muera un inocente. Lo permitió de su propio Hijo, que era más inocente que vosotros tres.

     Paco el del Molino es un hombre joven, valiente, voluntarioso y lleno de fe en el ser humano y en la verdad, pero comete el imperdonable error de enfrentarse al poderoso y de defender los derechos de los pobres contra el de los que lo tienen todo, por lo tanto Paco se convierte en un ser molesto que debe ser eliminado para que los de siempre puedan seguir haciendo lo se les antoje y, denunciado por el Judas de turno, el propio párroco, Paco se convierte en un Cristo social cuya muerte será necesaria para atemorizar al resto y así evitar que corra más sangre… y como Cristo morirá acompañado de otros dos hombres tan inocentes como él. A Paco nos lo va describiendo la mala conciencia de Mosén Millán, un año después de su asesinato, recordando cada hecho de su vida, una vida que un principio discurría bastante paralela a la del cura hasta que un día, ejerciendo de monaguillo, le acompañó a dar la extremaunción a un moribundo de las cuevas y entonces comenzó a alejarse, porque Paco descubrió la injusticia y la sangre de sus pocos años le hervía de rabia al ver que nadie hacía nada por remediarlo. Luego, con la República, llegó a ser concejal y se enfrenta cara a cara con los poderosos o, en el caso de la aldea, con sus representantes, lo que le granjea la simpatía del pueblo y el encono de los ricos… Y al final le falla hasta aquello en lo que más cree: la justicia. Y los forasteros uniformados, como los romanos con Jesús, acabaron con su vida.

Y como en toda historia tenemos dos bandos: los que habitan a la sombra del poderoso y los que se arrastran a pleno sol. De los primeros está don Valeriano, el administrador de las tierras del duque y uno de los hombres más ricos del terreno, pero que desconocía el significado de la palabra caridad, porque atesorar riqueza, más que un acto de avaricia, era una ostentación de poder. Falto total de conciencia está dispuesto a pagar la misa porque “había que olvidar”… Como no pudo comprar a Paco para que dejara de trabajar a favor de los campesinos, decidió abandonar el pueblo mientras los forasteros hacían el trabajo sucio.

Luego está don Cástulo Pérez quien quiere estar a bien con todo el mundo y siempre intenta jugar a dos barajas, como cuando se entera de la caída del rey y se apresura a prestar el coche a Paco y Águeda, el día de su boda, para llevarlos a la estación, coche que, sin embargo, también servirá de confesionario para Mosén Millán el día en que mataron a Paco y el último lugar donde intentó cobijarse ya herido de muerte y cubierto de sangre.

Por último aparece don Gumersindo, una mala bestia acostumbrado a avasallar a quien se le ponga por delante y bastante mal educado. Siempre lleva botas de campo y sus taconazos se hacían oír a la perfección allá por donde pasaba como símbolo de su poder.

Entre los segundos destacaremos a dos: la Jerónima y el zapatero.

Para la Jerónima parece que Sender se inspiró en un personaje lorquiano de Yerma, la Vieja Pagana, pues como aquella, aunque es soltera, alardea de que siempre tuvo los hombres que quiso. Es una mujer supersticiosa que ejerce de partera y ensalmadora, lo que la enemista con el joven médico, aún así lo que mejor desempeña es de chafardera llevando y trayendo noticias, sobre todo en el carasol, el lugar donde se reúnen todas las mujeres. Pero esta mujer es también una ferviente defensora de los pobres y siempre habla pestes de los ricos del pueblo y fue la única que criticó a los señoritos forasteros:

El pueblo estaba asustado, y nadie sabía qué hacer. La Jerónima iba y venía, menos locuaz que de costumbre. Pero en el carasol insultaba a los señoritos forasteros, y pedía para ellos tremendos castigos.

      Por su parte el zapatero, personaje bastante recurrente en la literatura popular, es gracioso, ingenioso, chistoso, y en cuestiones de política es neutral, pero más por anarquista que por condescendiente, lo que le llevará a ser el primer represaliado del pueblo. Tiene una relación especial con la Jerónima, con quien siempre está discutiendo, pero ella llora su muerte desconsoladamente, lo que no sabemos es si por estar enamorada de él o por haberlo denunciado. Y aunque es un hombre bastante anticlerical, con Mosén Millán tiene siempre bastantes atenciones:

Mire, Mosén Millán. Si aquellos es la casa de Dios, yo no merezco estar allí, y si no lo es, ¿para qué?

      También están el grupo de señoritos falangistas capitaneados por el centurión, quienes se comportan como lo que son, simples perros de presa a las órdenes de su dueño. El monaguillo que se pasa todo el rato recitando el romance sobre la muerte de Paco, como una letanía que hace más pesada la carga de conciencia del cura. O el padre de Paco, un campesino esclavo de la tierra pero que no pierde el buen humor, como cuando alguien le pregunta, al nacer Paco, si el hijo es suyo y él responde:

Hombre, no lo sé… Al menos, de mi mujer, sí que lo es.

      Concluyendo, Réquiem por un campesino español es una novela sencilla, como corresponde a sus personajes principales, gente de pueblo, sacrificada, abnegada y explotada, cuyo lenguaje es sobrio, escueto, de frases cortas, directas y con escasa afectación. Es una novela escrita por un hombre del pueblo y para ser leída por el pueblo.

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     Ramón J. Sender nació en Chalamera de Cinca, un pequeño pueblo de la provincia aragonesa de Huesca, en 1902, yendo a morir a un lugar tan lejano como la ciudad estadounidense de San Diego, en 1982, en su continuo exilio, primero obligado: de 1939 a 1942 en México, y posteriormente voluntario en los Estados Unidos. De espíritu rebelde y agitado, militó en su juventud en las facciones más izquierdistas del espectro nacional para, a medida que madura en edad y pensamientos, se fue dejando tentar por el anarquismo tal vez desencantado de un universo político cada vez más corrupto y alejado de su propia finalidad. Autodidacta y de mente abierta, comenzó a trabajar como periodista en publicaciones libertarias tras concluir su servicio militar en las colonias españolas de Marruecos, por ello sus primeras novelas tienen ese trasfondo social y acusador: en Imán (1930) nos habla sobre la guerra absurda que España llevó a cabo en el Norte de África; en O.P.: orden público (1931), critica el régimen policiaco del estado español; en Siete domingos rojos (1932), reflexiona sobre la lucha anarquista; en Mr. Witt en el cantón (1935), relata la insurrección cantonal de Cartagena, y en Contraataque (1937), realiza una especie de documental sobre su participación en la Guerra Civil en la Sierra de Guadarrama.

Tras marchar a las américas siguió publicando, pero con un estilo más alegórico y sacando de dentro la rabia en forma de sátira y reflexión más filosófica y llegaron: El lugar del hombre (1939), La esfera (1947), El rey y la reina (1949), El verdugo afable (1952), Los cinco libros de Ariadna (1957) y Nocturno de los catorce (1971), obras que fueron apareciendo entremezcladas con sus trabajos en novela histórica: Epitalamio del prieto Trinidad (1942), Bizancio (1956), Jubileo en el Zócalo (1964) y La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964), y con otros, seguramente los más importantes, compuestos por sus memorias vivenciales de la reciente historia de España: Mosén Millán, luego titulada Réquiem por un campesino español (1953) y la serie Crónica del alba, compuesta por nueve novelas que fueron escritas entre 1942 y 1966.

En sus trabajos de vejez aparecen más sus antipatías y temores ideológicos, por lo que se resienten en su calidad final: La tesis de Nancy (1962), En la vida de Ignacio Morell (1969), El fugitivo (1972) y La mirada inmóvil (1979).

Además de toda esta extensa obra narrativa, Sender escribió ensayos, teatro y poesía, radicando la mayor parte de su éxito en su estilo potente, pero sencillo, de resonancias sugerentes, en su pasión por la vida vista desde una perspectiva filosófica, en su fecunda imaginación y en su capacidad de pintar escenas y personajes cercanos, entrañables y creíbles.

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