GUÍA DE LECTURA: Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós.


GUÍA DE LECTURA:
Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós
Por Ancrugon

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     “Cuando el tren mixto descendente, núm. 65 (no es preciso nombrar la línea), se detuvo en la pequeña estación situada entre los kilómetros 171 y 172, casi todos los viajeros de segunda y tercera clase se quedaron durmiendo o bostezando dentro de los coches, porque el frío penetrante de la madrugada no convidaba a pasear por el desamparado andén. El único viajero de primera que en el tren venía bajó apresuradamente, y dirigiéndose a los empleados, preguntoles si aquel era el apeadero de Villahorrenda. (Este nombre, como otros muchos que después se verán, es propiedad del autor.)
-En Villahorrenda estamos -repuso el conductor, cuya voz se confundía con el cacarear de las gallinas que en aquel momento eran subidas al furgón-. Se me había olvidado llamarle a Vd., señor de Rey. Creo que ahí le esperan a Vd. con las caballerías.
-¡Pero hace aquí un frío de tres mil demonios! -dijo el viajero envolviéndose en su manta-. ¿No hay en el apeadero algún sitio dónde descansar y reponerse antes de emprender un viaje a caballo por este país de hielo?
No había concluido de hablar, cuando el conductor, llamado por las apremiantes obligaciones de su oficio, marchose, dejando a nuestro desconocido caballero con la palabra en la boca. Vio este que se acercaba otro empleado con un farol pendiente de la derecha mano, el cual movíase al compás de la marcha, proyectando geométrica serie de ondulaciones luminosas. La luz caía sobre el piso del andén, formando un zig-zag semejante al que describe la lluvia de una regadera.
-¿Hay fonda o dormitorio en la estación de Villahorrenda? -preguntó el viajero al del farol.
-Aquí no hay nada -respondió este secamente, corriendo hacia los que cargaban y echándoles tal rociada de votos, juramentos, blasfemias y atroces invocaciones que hasta las gallinas escandalizadas de tan grosera brutalidad, murmuraron dentro de sus cestas.” (Inicio).

    9788426137784 Doña Perfecta es una novela del autor canario Benito Pérez Galdós, escrita en 1876 y aparecida en La Revista de España a lo largo de cinco entregas que fueron desde marzo a mayo de aquel mismo año. Pero para poder comprenderla a la perfección debemos repasar antes un poco la historia de nuestro Estado, y más concretamente, hacia la segunda mitad del siglo XIX.
En aquella época España era un reino en plena decadencia, sumido en una endémica inestabilidad política, con continuos levantamientos militares que confluyeron en las Guerras Carlistas, en la Revolución Gloriosa, con la expulsión de Isabel II y que llevaría a la Primera República, concluyendo con la Restauración monárquica de Alfonso XII, y todos esto era aprovechado para la insurrección de partidas guerrilleras o de simples bandidos que campaban a sus anchas por los caminos y campos del interior imponiendo sus propias normas e intentando desestabilizar aún más a un país que ya se tambaleaba.
Así mismo, la sociedad estaba dividida en dos partes irreconciliables: por un lado los liberales, preferentemente urbanos, amigos de los cambios, de las transformaciones regenerativas, y por el otro los rurales tradicionalistas, conservadores, apegados a sus privilegios y a la iglesia, que temían cualquier atisbo de renovación y, sobre todo, a las desamortizaciones con que los sucesivos gobiernos liberales habían desencadenado sobre las posesiones del clero y la nobleza.
Esas dos Españas aparecen claramente demarcadas en esta novela por medio de sus personajes, girando todo alrededor de dos polos: Pepe Rey, llegado de la capital, liberal progresista y convencido seguidor de los avances científicos, y Doña Perfecta, afincada en la ficticia Orbajosa, cultivadora de costumbres y defensora de las tradiciones contra cualquier ataque de la modernidad, sobre todo si éstos llegan del exterior o ponen en duda cualquier dogma fatalista religioso que ella toma como verdad infalible. Alrededor de ellos se agolpan los satélites: el militar Pinzón o las hermanas Troyas son de los pocos amigos que Pepe Rey encuentra en aquella plaza, mientras que su tía se rodea de toda su tropa, encabezada por el eclesiástico Don Inocencio, como lugarteniente, Licurgo o Caballuco, como sus capitanes, y María Remedios, ejerciendo de espía… Y en el medio la inocente Rosarito, víctima del amor hacia uno y la intolerancia e intransigencia de los otros.
Doña Perfecta es un claro ejemplo del realismo de Baroja, puesto que la novela se desarrolla dentro un marco histórico perfectamente delimitado, por el que se mueven diversos personajes de distintos estratos sociales a los cuales se les distingue claramente por su forma de hablar característica, quedando el narrador en un plano exterior desde el que simplemente se limita a darnos la crónica de los hechos, empleando para ello el diálogo en estilo directo, lo cual acerca mucho esta novela al género dramático, y siendo detallista y bastante gráfico a la hora de las descripciones, tanto de lugares como de personas. Veamos un ejemplo en el retrato que hace de Doña Perfecta:

     “(…) Doña Perfecta era hermosa, mejor dicho, era todavía hermosa, conservando en su semblante rasgos de acabada belleza. La vida del campo, la falta absoluta de presunción, el no vestirse, el no acicalarse, el odio a las modas, el desprecio de las vanidades cortesanas, eran causa de que su nativa hermosura no brillase o brillase muy poco. También la desmejoraba la intensa amarillez de su rostro, indicando una fuerte constitución biliosa.
     Negros y rasgados los ojos, fina y delicada la nariz, ancha y delicada la frente, todo observador la consideraba como acabado tipo de la humana figura; pero había en aquellas facciones una cierta expresión de dureza y soberbia que era causa de antipatías, Así como otras personas, aun siendo feas, llaman, doña Perfecta despedía. Su mirar, aún acompañado de bondadosas palabras, ponía entre ella y las personas extrañas la franqueable distancia de un respeto receloso; Mas para los de casa, es decir, para sus deudos, parciales y allegados, tenía una singular atracción. Era maestra en dominar, y nadie la igualó en el arte de hablar el lenguaje que mejor cuadraba a cada oreja.
     Su hechura biliosa, y el comercio excesivo con personas y cosas devotas, que exaltaban sin fruto ni objeto su imaginación, habíanla envejecido prematuramente, y siendo joven, no lo parecía. Podría decirse de ella que con sus hábitos y su sistema de vida se había labrado una corteza, un forro pétreo, insensible, encerrándose dentro, como el caracol en su casa portátil. Doña Perfecta salía pocas veces de su concha. Sus costumbres intachables y la bondad pública que hemos observado en ella desde el momento de su aparición en nuestro relato, eran causa de su gran prestigio en Orbajosa. Sostenía además relaciones con excelentes damas de Madrid, y por este medio consiguió la destitución de su sobrino.” (pp. 281-282).

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     Sin embargo el planteamiento de la novela es más cercano al naturalismo, pues al autor nos propone una tesis e irá desgranando, pieza a pieza, todos los elementos hasta llevarnos a la conclusión que él ya tenía prevista. Indudablemente a Galdós no se le podía acusar de conservador y ello lo deja bastante claro en esta obra sugiriendo la idea de que el mundo rural español de la época era la parte oscura, digamos tenebrosa, de la sociedad española contemporánea. Y así, cuando Pepé Rey viaja hasta aquellas profundidades del atraso patrio con la intención de casarse con su prima, no tiene ni idea realmente de dónde se está metiendo, ni que ya le tienen preparada una buena encerrona tramada entre las tres mentes manipuladoras de la ciudad: Doña Perfecta, Don Inocencio y María Remedios, seres acostumbrados a que todo se haga a su antojo y que no van a permitir que Rosarito se case con él, y para ello no repararán en esfuerzos, manejos ni medios…
El autor deja su impronta anticlerical con toda claridad en ese empecinamiento de los provincianos ante las ideas modernas, pero, no nos equivoquemos, pues Galdós no ataca a la religión, sino al clero y a esa sociedad oscura y manipuladora que como champiñones crece a su sombra alimentándose del miedo del pueblo. Ataca a esos seres cuyos tentáculos se extienden por todas las instituciones, sean religiosas, culturales o políticas y frenaron el progreso de una España ya de por sí atrasada.
Por otra parte, es admirable el recurso que emplea Galdós para elegir los nombres propios, tanto de los personajes, como de los lugares, dejando en libertad toda la carga irónica que ellos puedan expresar. Por ejemplo: Pepe Rey hace directa referencia al monarca hermano de Napoleón e impuesto por él y, por lo tanto, odiado por todos, unos por ser extranjero, otros por ser impuesto y la mayoría por sus ideas revolucionarias de renovación. Doña Perfecta, respetada y considerada así por todos sus conciudadanos, descubrimos que dista bastante de serlo cuando se desvelan sus patrañas de vulgar elemento facineroso. Don Inocencio tiene la inocencia simplemente en el nombre, ya que en realidad es bastante culpable de todo lo que ocurre. María Remedios, la “sobrina” del cura y madre de su “sobrino”, es poco virginal y sus arreglos pueden llegar a ser fatales. El tío Licurgo nada tiene de legislador espartano y Caballuco, como su nombre indica, bastante de animal. Por su parte, Jacintito, así, con diminutivo de niño pijo, el “sobrinito” de Don Inocencio, huele a cualquier cosa menos a lo que su nombre sugiere. O las Troyas, son las hermanas que arman todos los líos en aquella ciudad tranquila y pacífica… En lo referente a lugares podemos comenzar con Orbajosa (urbs – allium = ciudad de ajos)… de cuya producción estaban tan orgullosos sus ciudadanos. O Villahorrenda, que hacía honor a su nombre. ¿Y qué decir de los Alamillos?, cuando el propio Pepe dice al llegar:

     “¡Qué triste camino! No se ve ni un solo árbol en todo lo que alcanza la vista. Aquí todo es al revés. La ironía no cesa. ¿Por qué, si no hay aquí álamos grandes ni chicos, se ha de llamar esto los Alamillos?” (Pág. 16).

     Todo comienza con la llegada a Orbajosa de Pepe Rey, un joven ingeniero cuyo padre es el dueño de gran parte de las pobres tierras de aquella región, y a quien su tía, Doña Perfecta, otra de las grandes terratenientes de la localidad, manda hacer venir para que conozca a Rosario, su hija y prima de Pepe, con quien pretende contraer matrimonio y así la niña quedaría como heredera da la mayor fortuna de la ciudad.
La primera impresión que el protagonista se lleva de lo que ve es el paisaje austero de la meseta castellana, donde si algo abundaba era la pobreza y el abandono típicos de una zona subdesarrollada y en manos del hermetismo caciquil que le cerraba las puertas al progreso. El mismo Pepe le comenta a Licurgo, uno de los criados de Doña Perfecta:

     “ – ¡El Cerrillo de los Lirios! -observó el caballero, saliendo de su meditación-. ¡Cómo abundan los nombres poéticos en estos sitios tan feos! Desde que viajo por estas tierras, me sorprende la horrible ironía de los nombres. Tal sitio que se distingue por su árido aspecto y la desolada tristeza del negro paisaje, se llama Valleameno. Tal villorrio de adobes que miserablemente se extiende sobre un llano estéril y que de diversos modos pregona su pobreza, tiene la insolencia de nombrarse Villarrica; y hay un barranco pedregoso y polvoriento, donde ni los cardos encuentran jugo, y que, sin embargo, se llama Valdeflores.
     ¿Eso que tenemos delante es el Cerrillo de los Lirios? Pero ¿dónde están esos lirios, hombre de Dios? Yo no veo más que piedras y hierba descolorida. Llamen a eso el Cerrillo de la Desolación, y hablarán a derechas.
     Exceptuando Villahorrenda, que parece ha recibido al mismo tiempo el nombre y la hechura, todo aquí es ironía. Palabras hemosas, realidad prosaica y miserable. Los ciegos serían felices en este país, que para la lengua es paraíso y para los ojos infierno.” (Pág. 73-74).

Al principio, Doña Perfecta se muestra encantadora con su sobrino quien ve en ella la imagen que le había pintado su propio padre:

     “En tanto, Pepe bajaba de la jaca, y en el mismo portal le recibía en sus amantes brazos doña Perfecta, anegado en lágrimas el rostro, y sin poder pronunciar sino palabras breves y balbucientes, expresión sincera de cariño.
     – ¡Pepe… pero qué grande estás! … ¡Y con barbas! que parece que fue ayer cuando te ponía sobre mis rodillas… Estás hecho un hombre, todo un hombre… ¡Cómo pasan los años!… ¡Jesús! Aquí tienes a mi hija Rosario.” (pág. 92).

     Pero pronto descubriremos la verdadera catadura de esta dama, cuya falta de escrúpulos le hará emplear cualquier método antes que perder un ápice su autoridad ni ceder ante las ideas abiertas y progresistas que expresa alegremente su sobrino. Su hipocresía y egoísmo le hace luchar contra toda pequeña luz que acabe con la inmovilidad de Orbajosa, lo cual sería fatal para su propio prestigio:

     “(…) -Cuidado, Pepito; te advierto que si hablas mal de nuestra santa Iglesia perderemos las amistades. Tú sabes mucho y eres un hombre eminente que de todo entiendes; pero si has de descubrir que esta gran fábrica no es la octava, maravilla, guárdate en buena hora tu sabiduría y no nos saques de bobos (…)” (pág. 103).

El argumento de esta obra es muy sencillo y bastante clásico: Doña Perfecta es una viuda rica propietaria que vive en una pequeña ciudad provinciana, Orbajosa, sumida en la “España profunda”, quien, tras acordar con su hermano, también importante terrateniente en la misma villa, pero residente en Madrid, la boda del hijo de aquél, Pepe Rey, con su propia hija, Rosario, para mantener intacto el patrimonio familiar, invita a su sobrino a visitarles y conocer a su prima. Pero el joven, de educación más evolucionada y moderna, con ideas progresistas y pensamiento científico, causa bastante mala impresión tanto a Doña Perfecta como a su confesor y amigo, Don Inocencio, quien soñaba desposar a la niña con su propio sobrino Jacintito. Sin embargo el amor surge entre los primos y la tragedia, al puro estilo de Romeo y Julieta, se vislumbra en el horizonte a causa de la intransigencia:

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   “No sabemos cómo hubiera sido doña Perfecta amando. Aborreciendo tenía la inflamada vehemencia de un ángel tutelar de la discordia entre los hombres. Tal es el resultado producido en un carácter duro y sin bondad nativa por la exaltación religiosa, cuando esta, en vez de nutrirse de la conciencia y de la verdad revelada en principios tan sencillos como hermosos, busca su savia en fórmulas estrechas que sólo obedecen a intereses eclesiásticos. Para que la mojigatería sea inofensiva, es preciso que exista en corazones muy puros.” (Pág. 302).

     Los actores están magistralmente diseñados, pues lejos de conformarse con desarrollar unos personajes tipo, Galdós nos va presentando diferentes personalidades que no son lo que parecen al principio y los vemos evolucionar a lo largo de la novela descubriendo su verdadero rostro:
DOÑA PERFECTA REY: tía de Pepe Rey y madre de Rosario. Mujer testaruda, anclada en un inmovilismo que vive a espaldas de la realidad, experta en la hipocresía y falsa cristiana que sólo vive para imponer su voluntad sobre todo lo que le rodea, empleando cualquier medio por cruel que sea.
PEPE REY: Joven ingeniero residente en Madrid, progresista, inteligente, perspicaz, franco, generoso y de mentalidad abierta. Aunque su llegada a la ciudad parece en un principio ser del agrado de todos, pronto se dará cuenta que es todo lo contrario: unos codician a su novia, otros le están comiendo las tierras y lo llenan de pleitos, otros le odian por sus ideas y todos intentan destruirle por un medio o por otros. Al final, para defender su orgullo y su amor, no duda en emplear también medios rastreros.
DON INOCENCIO TINIEBLAS: Penitenciario de la Catedral de Orbajosa que esconde, tras su apariencia piadosa, la realidad que nos muestra la antítesis de su propio nombre: difamador, vil, falso e incapaz de cumplir con las obligaciones de su ministerio. De cuna humilde, es un hombre codicioso que pretendía llegar a lo más granado de la ciudad casando a su sobrino con Rosarito:

      (…) Nada más natural que nuestro deseo de ver a Jacintillo emparentado con esa familia, la primera de Orbajosa; nada más natural que nuestro deseo de verle dueño de las siete casas del pueblo, de la dehesa de Mundogrande, de las tres huertas del cortijo de Arribas, de la Encomienda y demás predios urbanos y rústicos que posee la niña (…) (Pág. 260).

     ROSARIO: es una muchacha ingenua, de sentimientos nobles, encerrada en una cárcel de oro donde es utilizada como moneda de cambio para los intereses de unos y otros. Pero todo su mundo se derrumbará al enamorarse de su primo y desencadenar la tragedia, y aparecerán las dudas entre la obediencia a su madre o seguir los dictados de su corazón. Galdós la describe de la siguiente forma:

     “(…) una muchacha de apariencia delicada, débil, que anuncia inclinaciones a lo que los portugueses llaman saudades. En su rostro fino y puro se observa la pastosidad nacarada que la mayor parte de los poetas atribuyen a sus heroínas, y sin cuyo barniz sentimental parece que ninguna Enriqueta y ninguna Julia pueden ser interesantes. Tenía Rosario tal expresión de dulzura y modestia, que al verla no se echaban de menos las perfecciones de que carecía. No es esto decir que era fea; mas también es cierto que habría pasado por hiperbólico el que la llamaran hermosa, dando a esta palabra su riguroso sentido. La hermosura real de la niña de doña Perfecta consistía en una especie de transparencia, prescindiendo del nácar, del alabastro, del marfil y demás materias usadas en la composición descriptiva de los rostros humanos; una transparencia, digo, por la cual todas las honduras de su alma se veían claramente; honduras no cavernosas y horribles como las del mar, sino como las de un manso y claro río. Pero allí faltaba cauce, faltaban orillas. El vasto caudal de su espíritu se desbordaba, amenazando devorar las estrechas riberas. (pp. 92-93).

     PEDRO LUCAS (TÍO LICURGO): Viejo campesino rudo y ladino, que se va apropiando tierras, poco a poco, de las de Pepe Rey y al que, junto con otros más, le acribillarán a pleitos.
CRISTÓBAL RAMOS (CABALLUCO): Fiel amigo de Doña Perfecta y, como ella, uno de los más importantes caciques de la comarca, trabaja como correo y lidera un grupo de rebeldes carlistas, y aunque no tiene nada en contra de Pepe Rey, todo cambia cuando se entera que éste ha visitado a las Troyas de una de las cuales él es novio.
MARÍA REMEDIOS: Es una de las principales causantes de todas las desgracias venideras, aunque al principio se mantiene totalmente al margen de la narración, al final desencadenará toda la secuencia de hechos. Su objetivo, y el de su tío, Don Inocencio, es casar a su hijo con Rosario y, por ello, la llegada de Pepe Rey supone un duro golpe, así que no duda acudir a Doña Perfecta para meter cizaña y aconsejar que se lleva a cabo alguna acción en contra de Pepe:

     “-Nada más que un susto. Pues qué, ¿había yo de aconsejar un crimen…? ¡Jesús, Padre y Redentor mío! Solo la idea me llena de horror, y parece que veo señales de sangre y fuego delante de mis ojos. Nada de eso, señora mía… Un susto, y nada más que un susto, por lo cual comprenda ese bergante que estamos bien defendidas. Él va solo al Casino, señora, enteramente solo, y allí se junta con sus amigotes, los del sable y morrioncete. Figúrese usted que recibe el susto y además le quedan algunos huesos quebrantados, sin nada de heridas graves, se entiende…; pues en tal caso, o se acobarda y huye de Orbajosa, o se tiene que meter en la cama por quince días. Eso sí, hay que recomendarles que el susto sea bueno. Nada de matar…, cuidadito con eso; pero sentar bien la mano.
     – María -dijo doña Pefecta con orgullo-: tú eres incapaz de una idea elevada, de una resolución grande y salvadora. Eso que me aconsejas es una indignidad cobarde.
     -Bueno, pues me callo… iAy de mí, qué tonta soy! -refunfuñó con humildad la sobrina del Penitenciario-. Me guardaré mis tonterías para consolarla a usted después que haya perdido a su hija.” (pág. 246).

     JACINTO: Hijo de María Remedios y sobrino de Don Inocencio, es abogado y en Orbajosa se le considera el joven con más futuro, por lo que sus familiares piensan que están en su derecho a casarlo con Rosario y ser el heredero de la fortuna de Doña Perfecta. Por otro lado, lleva el caso de Licurgo y otros campesinos contra Pepe Rey, lo que le causa verdadera satisfacción. Es un personaje pedante, pueril y carente de personalidad.
DON CAYETANO: Es el cuñado de Doña Perfecta y vive en la misma casa, pero totalmente aislado en su mundo de intelectual, totalmente dedicado a estudiar la historia de Orbajosa, pero, en general, piensa igual que su cuñada.
Quizá éste sea el personaje más emblemático de la novela puesto que representa simbólicamente a la ciudad, siempre recreándose con las supuestas glorias de un pasado dudoso, pero que le impide ajustar su paso a la marcha del presente.

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