Guía de lectura: Estrella distante, de Roberto Bolaño


¿Cuál es su equipo de fútbol favorito?
–Ahora ninguno. Los que bajaron a segunda y luego, consecutivamente, a tercera y a regional, hasta desaparecer. Los equipos fantasmas.

 

Sigo vivo, sigo leyendo, sigo escribiendo y viendo películas, y como les dijo Arturo Prat a los suicidas de la Esmeralda, mientras yo viva, esta bandera no se arriará.

Roberto Bolaño

Autor: Raúl Molina

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1. Roberto Bolaño: la persona

Puede que sea correcto comenzar esta guía diciendo que Bolaño fue un escritor maldito (como tantos otros en esto de las letras) o, para ser más precisos, con mala suerte. En su caso, el destino (casi siempre cuando decimos destino queremos decir salud oRoberto Bolaño accidente) pesó más que la voluntad de una vida literaria, bohemia. Seamos sinceros: hoy en día es bohemio quien se lo puede pagar y Bolaño no tenía un clavo. Qué narices, el hombre tuvo mala pata. Con más dificultades que facilidades, siempre en el filo de la navaja, vivió en México D.F., en Barcelona, en Girona y en Blanes, pero apareció la enfermedad y todo se fue yendo definitivamente poco a poco al traste. Corría el año 1992 y Barcelona estaba atestada de atletas: “Don Roberto Bolaño Ávalos, ¿verdad?”, debió de decirle el médico mientras en Montjuïc algún rubio alemán de ciento diez quilos lanzaba una jabalina a más de noventa metros, “padece usted una enfermedad hepática degenerativa, lo cual no quiere decir que vaya a morir en poco tiempo, sino que tendrá que vivir sin hacer excesos: no podrá beber ni hacer demasiado ejercicio y deberá llevar una vida más o menos tranquila, lo cual implica no trabajar en nada que exija fuerza física”. Una década después, contestaba a una pregunta sobre este momento en los siguientes términos: “Entonces supe que no era inmortal, lo cual, a los 38 años, ya iba siendo hora de que lo supiera.”

En resumidas cuentas, y para que todos nos vayamos situando: Roberto Bolaño, chileno desde su nacimiento en 1953, poeta desde un momento indeterminado a mediados de la década de los sesenta, asentado en México desde 1968, preso en Concepción durante los primeros meses del Golpe de Estado de Pinochet, exiliado (no forzoso) en Barcelona, Gerona y Blanes, rechazado por decenas de editoriales importantes, habitante de la cumbre de la literatura mundial desde 1998 y muerto en 2003 en el Hospital de Vall D’Ebron en Barcelona por una insuficiencia hepática provocada por una larga enfermedad, es el mayor escritor latinoamericano de los últimos treinta años (el mejor desde el Boom y desde Borges, no cabe la menor duda). Dos son sus obras cumbre: Los01 Hígado a Bolaño detectives salvajes (1998) y 2666 (2005 y, por tanto, póstuma). Del resto, algunas, obras maestras: La literatura nazi en América, Estrella Distante, AmuletoNocturno de Chile y unos cuantos relatos (“Sensini”, “Llamadas telefónicas”, “El ojo silva”, “Otro cuento ruso”…). El resto, necesarias, que ya es bastante. Y sin embargo, ninguno de nosotros hubiera firmado ser Roberto Bolaño: cárcel, hambre, frío, distancia, enfermedad, espera, frustración, muerte. Poco acogedor para tan sólo cinco años de fama literaria: desde 1998 hasta su muerte. Muchos dijeron en 2003 que si Bolaño no hubiera sido AB RH- seguiría con vida, que tuvo mala suerte hasta con su grupo sanguíneo, y es que conseguir un trasplante en un caso como este es muy difícil. Murió esperándolo: “Le debemos un hígado a Bolaño”, dejó escrito entonces Nicanor Parra, su referente.

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2. Hacia Estrella distante: historia de un (gran) libro

Diagnosticado de la enfermedad en 1992, Roberto Bolaño decidió dejar de lado la poesía (parcela en la que había cosechado algún pequeño éxito y nada de dinero) y dedicarse casi por completo a la narrativa para intentar asegurar el incierto futuro económico de su familia. Los primeros pasos no fueron fáciles: había publicado dos novelas antes de 1992 (Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce [junto a Antoni Garcia Porta] y La senda de los elefantes, ambas de 1984) y una un año después, La pista de hielo (1993), galardonadas con premios menores,  pero pasaron desapercibidas por la crítica. Tres durísimos golpes para un Roberto Bolaño que, totalmente convencido de que su escritura merecía algo más que el ostracismo al que estaba siendo condenada, se mantuvo sobre la lona. En 1995, llegaron las primeras buenas noticias. El chileno había mandado, todo lo compulsivamente que se lo permitía su endeble economía, manuscritos de La literatura Nazi en América a prestigiosas editoriales de Barcelona en una treta no muy bien vista en el mundillo pero utilizada por muchos autores y que Bolaño había aprendido a desarrollar (como narra en el relato breve “Sensini”) para ganarse algún dinero con los concursos de cuentos que organizaban los ayuntamientos y las pequeñas asociaciones. Cuando recibió el sí de Seix Barral, aceptó su publicación sin pensárselo dos veces a cambio de unos honorarios tan pequeños como necesarios y les comunicó al resto de casas editoriales que retiraran el manuscrito de todos los procesos de selección. Entre estos editores estaba un irritado Jorge Herralde (fundador y director de Anagrama), quien ha contado en varias entrevistas que La literatura nazi en América le gustó tanto cuando la leyó como jurado del premio de novela de la editorial que la hubiera publicado igualmente, lo ganara o no, y que en consecuencia la noticia de su aceptación por Seix Barral le sentó como un jarro de agua fría. Pareciera ser que los caminos de Anagrama y de Bolaño se iban a bifurcar mucho antes de unirse, sin embargo, Herralde decidió, en un gesto que hoy es historia de la literatura reciente, contestarle a Bolaño que era una lástima no poder publicarla y que le encantaría hablar con él cuando pasara por Barcelona. Cuenta el propio Herralde:

Me llamó a los pocos días, pasó por Anagrama, estuvimos charlando largo rato, me habló de sus penurias económicas y de su desesperación por los muchos rechazos editoriales, por lo que cuando llegó una carta de Mario Lacruz [Seix Barral] con una oferta, lógicamente módica, por La literatura nazi, no lo dudó un segundo. Y. hablando de rechazos, me recordó que la novela que escribió con Antoni García Porta también la había presentado a nuestro premio de novela y quedó preseleccionada en la larga lista de diez seleccionadas, pero no prosperó. Le dije que, si no tenía compromisos con otras editoriales, me encantaría leer otros textos suyos y al poco tiempo me trajo Estrella distante (luego me enteré de que también había sido rechazada por otras editoriales, incluso por Seix Barral), que me pareció extraordinaria, y así empezó nuestra relación editorial. (Para Roberto Bolaño, 45)

Paralelamente, Seix Barral había retirado La literatura nazi en América por el poco interés despertado entre un público que no entendió el juego literario propuesto por Bolaño y sinBolaño y Herralde duda creyó estar ante un ensayo o una obra de historia de la literatura. En esta montaña rusa que se convirtió su vida editorial durante estos años,, supo recibir con renovado entusiasmado la aceptación por Anagrama de Estrella Distante, que finalmente fue publicada en otoño de 1996 y recibida con halagos por la crítica, como también le ocurriera a La literatura nazi en América. Sin embargo, las ventas no fueron todo lo elevadas que tanto los editores como el propio escritor hubieran esperado: 951 ejemplares en 1996, 816 en 1997 y 918 en 1998. Sin embargo, ello no provocó la ruptura de los contratos editoriales. En 1997 vio la luz Llamadas telefónicas (de relatos) y en 1998 todo saltó por los aires: Bolaño se presentó en Anagrama con el manuscrito de Los detectives salvajes, Herralde lo publicó sin dudarlo y en poco tiempo el escritor chileno se hizo con el Premio Herralde, el Premio del Consejo Nacional del Libro de Chile, el Premio del Círculo de Críticos de Arte de Chile y, en 1999, con la undécima edición del más prestigioso galardón que se concede en latinoamerica a cualquier novela escrita en español: Premio Rómulo Gallegos (otorgado en Venezuela). Todos por unanimidad. Con 45 años, la literatura comenzó a devolverle los impagos atrasados.

3. Un prólogo que dice más que calla

Hablar de la obra de Roberto Bolaño es hablar de un universo que va mucho más allá de una sola novela: sus personajes e historias saltan de unas narraciones a otras, las amplían, las glosan, las rectifican y, en definitiva, crean un mundo de numerosos matices atravesado por el siempre presente problema de lo literario. El caso de Estrella distante es completamente modélico en este sentido, ya que nace como una ampliación del último capítulo, de apenas veinte páginas, de La literatura nazi en América, en el cual se narra la historia de Carlos Ramírez Hoffman, piloto de la Fuerza Aérea de Chile y poeta, bautizado en Estrella distante como Carlos Wieder (o Alberto Ruiz-Tagle). Desde el prólogo, nos insertamos en una obra de imposturas y seudónimos: Wieder-Ruiz Tagle-Ramírez Hoffman, Arturo B, Pierre Menard. Comentémoslo: “Esta historia me la contó mi compatriota Arturo B, veterano de las guerras floridas y suicida en África, quien no quedó satisfecho del resultado final” (11). Arturo Belano es el álter ego de Roberto Bolaño en varias de sus novelas. En esta, aunque nunca aparece citado como tal, el narrador posee numerosas características del Bolaño real y muchas similitudes con el Belano que aparece en muchas otras narraciones. Belano es la máscara de Bolaño, un ser que le permite ficcionalizar su propia existencia, inventar hechos paralelos a la realidad, alterar su historia personal y hacer de ella un universo que todavía hoy se sigue expandiendo con inéditos póstumos. Bolaño bautiza con el nombre de Arturo a su personaje para homenajear a su adorado Arthur Rimbaud, poeta francés del siglo XIX. Sobre Belano hay1111 Rimbaud varias teorías, la más popular de las cuales gira en torno a las similitudes fonéticas con el apellido del escritor chileno: Be-la-no; Bo-la-ño. Sobre el suicidio en África (que también se entrevé en Los detectives salvajes), dice Rodrigo Fresán en un breve artículo que cuando le preguntó al escritor por qué hablaba de suicidio si el mismo personaje aparece después en otras historias “Bolaño ensayó una redefinición de la palabra suicida como ‘dícese de aquel que piensa en suicidarse, pero no tiene por qué hacerlo o haberlo hecho’, o algo por el estilo. El suicidio como vocación teórica y no destino práctico. Esas cosas.” Volvamos al prólogo y al  juego de realidad y ficción que plantea: “Así pues, nos encerramos durante un mes y medio en mi casa de Blanes y con el último capítulo en mano y al dictado de sus sueños y pesadillas compusimos la novela que el lector tiene ahora ante sí” (11).  Para despistados, recordemos que Bolaño, el de carne y hueso, vivía1111 Borges en Blanes. Imaginarlo encerrado junto a su álter ego en una misma habitación en un juego borgiano. ¿Borges? Sí, aquí llega el argentino: “Mi función se redujo a preparar bebidas, consultar algunos libros, y discutir, con él y con el fantasma cada día más vivo de Pierre Menard, la validez de muchos párrafos repetidos” (11). Es inevitable (y también precioso) que Bolaño sienta muy habitualmente la necesidad de hacer referencias a su idolatrado Borges en diferentes narraciones, como si no nombrarlo fuera un pecado. Y es que, para Bolaño, el autor de El Aleph es un dios caído a la tierra, y ciego, como la gran mayoría de los dioses. En este caso, la conexión es Pierre Menard, un personaje de un cuento de Borges que “No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ­palabra por palabra y línea por línea­ con las de Miguel de Cervantes” (“Pierre Menard, autor del Quijote”). Y consiguió hacerlo en dos capítulos y medio, al menos formalmente: las palabras eran las mismas que las utilizadas por Cervantes, pero, ¡ay!, ya no tenían los mismos significados: “Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió […] También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard —extranjero al fin— adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.”. Así, Estrella distante no es el capítulo de La literatura nazi en América, ni es más,  ni tampoco menos, sino simplemente diferente. Es otra historia con numerosas similitudes y diferencias. ¿Más rica? Puede o, quizás, más pobre. Otra, como otra era la de Menard aunque pareciera la misma.

Algo está claro. Roberto Bolaño, el que habitó hasta 2003 el mismo mundo que nosotrosBolaño estudio habitamos, se lo pasa bien con la literatura. Juega con nosotros. Desde la primera página nos invita con cortesía a entrar en un mundo donde nada es ni completamente falso ni completamente cierto, donde cada uno viste su máscara y aparece y desaparece de la escena según los caprichos de un destino incontrolable. Estrella distante, podría haber dicho Bolaño (el real) sobre ella, puede ser una historia de medias verdades y medias mentiras, es decir, en la que no importa qué es real y qué no es real, pero en la que a la vez importa demasiado porque, tal vez, el mundo al que nos traslada es tan supurante y crudo que es el nuestro.  Y eso sólo lo pueden hacer los genios.

4. “Entonces se hacía llamar Alberto Ruiz-Tagle”: Estrella distante

Carlos Wieder es un bárbaro sin más moral que la estética capaz de apoyar ideológicamente una de las mayores masacres de la historia de la humanidad y trasladarla al Chile pinochetista mientras escribe las primeras frases del Génesis bíblico con el humo de un avión. Wieder es la contradicción que todos nosotros somos, pero llevada a unos extremos tan radicalmente separados que, como todos los extremos, se tocan en algún lugar recóndito e invisible. Y es que (¡hay que fastidiarse!) nos acaba pareciendo perfectamente posible que un ser tan sin escrúpulos sea capaz de escribir esa poesía celeste. Wieder no es nosotros. Probablemente ninguno de nosotros sea nunca Wieder. Esperemos, al menos que así sea. Pero todo ser humano está formado por esos claroscuros que Wieder estira hasta casi fracturarlos. Evidentemente, somos menos dantescos y sanguinarios, pero todos, como los icebergs, tenemos una parte sumergida que para nuestra desgracia (o para nuestra suerte, según se mire) es en gran medida inconsciente.

Wieder, en alemán, significa “de nuevo”, “otra vez” o “una y otra vez” y precisamente hace referencia a ese juego de máscaras y repeticiones al que hacíamos referencia. Como suele ocurrir en las ficciones de Bolaño, la vida del protagonista central de la novela no es narrada por su propia voz, sino por otra u otras que sólo alcanzan a describirlo parcialmente. Aquí, Wieder nunca toma la palabra, sólo actúa, hace, y el que nos cuenta muy parcialmente sus peripecias es un poeta chileno afincado en Barcelona que, con más o menos reservas, podemos identificar con el autor y con su álter ego Arturo Belano (aunque este nombre sólo aparezca en el prólogo).

El libro se abre con una referencia a una época convulsa de la historia chilena: “LaGolpe de estado chile primera vez que vi a Carlos Wieder fue en 1971 o tal vez en 1972, cuando Salvador Allende era presidente de Chile” (13). Allende fue presidente desde el 3 de noviembre de 1970 hasta el 11 de septiembre de 1973. En esta simbólica fecha, su gobierno fue derrocado por un golpe militar comandado por el general Augusto Pinochet que se saldó con decenas de muertos (incluida la de Allende) y con la instauración de un régimen dictatorial que finalizó en de 1990 de una forma poco usual. En octubre de 1988, el dictador, convencido de su aceptación popular, había convocado un plebiscito en el que los llamados a las urnas fueron cuestionados sobre la continuación o no del régimen. Sorprendentemente, ganó el NO con un 54% de los votos y Pinochet se vio obligado a dejar su cargo el 11 de marzo de 1990. Roberto Bolaño vivió en Chile los días del Golpe, eso es cierto, pero no lo es que viviera allí durante el gobierno de Allende en 1972. Llegó pocos días antes del  fatídico 11 de septiembre desde México DF, donde realmente vivía, para apoyar la causa socialista de la Unidad Popular, fue detenido en noviembre y posteriormente encarcelado en Concepción (como el narrador de Estrella distante) hasta que pudo escapar gracias a un antiguo compañero de la escuela primaria que se encontraba entre los policías que custodiaban a los presos.

En estos complicados días se sitúa el inicio de la novela. En los talleres literarios de Juan0 Infrarrealismo Stein y Diego Soto, coinciden jóvenes interesados en la poesía: Bibiano O’Ryan, las hermanas Garmendia, la Gorda Posadas, el narrador, un misterioso Alberto Ruiz-Tagle, etc. Sobre estos detalles de la obra, dice Jorge Herralde en una preciosa cita que Bolaño plasma “la reivindicación de la entraña poética del continente, el elogio melancólico de una pasión pobre (talleres tumultuarios, raros libros simbolistas de cuarta mano, una adorada foro de Williams Carlos Williams en una pared deslucida) hecha desde el malestar del acogido en la metrópoli” (Para Roberto Bolaño, 48). Lo literario no es un hecho aislado de Estrella distante, sino que es transversal en la gran mayoría de sus novelas e, incluso, de sus poemas. Bolaño es un obsesionado de las letras, un lector compulsivo, y ello contribuye a dar forma a sus novelas: son constantes las pesquisas, las opiniones y las discusiones sobre literatura, lo cual tiene como consecuencia que partes enteras de sus narraciones parezcan pequeños ensayos; una suerte de metaliteratura que Bolaño sabe coordinar con la acción. Un claro ejemplo es el inicio del capítulo 4 de Estrella distante:

Sus poemas [los de Juan Stein] eran breves, influido a partes iguales por Nicanor Parra y Ernesto Cardenal, como la mayoría de los poetas de su generación, y por la poesía lárica de Jorge Teillier, aunque Stein nos recomendaba leer a Lihn más que a Teillier. Sus gustos eran en no pocas ocasiones distintos e incluso antagónicos a los nuestros: no apreciaba a Jorge Cáceres (el surrealista chileno por el que nosotros sentíamos adoración), ni a Rosamel del Valle, ni a Anguita. Le gustaba Pezoa Veliz (algunos de cuyos poemas sabía de memoria), Magallanes Moure (una frivolidad que nosotros compensábamos frecuentando la poesía del horrible Braulio Arenas), los poemas geográficos y gastronómicos de Pablo de Rokha (que nosotros —y cuando digo nosotros, ahora caigo en la cuenta, creo que me refiero únicamente a Bibiano O’Ryan y a mí, de los demás he olvidado hasta sus filias y fobias literarias- eludíamos como quien elude un foso demasiado profundo y porque siempre es preferible leer a Rabelais), la poesía amorosa de Neruda y Residencia en la Tierra (que a nosotros, con neruditis desde la más tierna infancia, nos producía alergia y eccemas en la piel). (56-57)

A su vez, como si de relatos paralelos al más puro estilo cervantino se tratase, Bolaño inserta en la novela al menos tres historias vinculadas sólo muy tangencialmente a la trama más principal.

La primera es la de Juan Stein, el director del taller de poesía: judío y supuestamente emparentado con Cherniakovsky, héroe de guerra soviético, “aparecía y desaparecía como un fantasma en todos los lugares donde había pelea, en todos los lugares en donde los latinoamericanos, desesperados, generosos, enloquecidos, valientes, aborrecibles, destruían y reconstruían y volvían a destruir la realidad en un intento último abocado al fracaso” (66). De Angola a Nicaragua, de allí a Paraguay, luego a Mozambique o Namibia y posteriormente de vuelta a Nicaragua hasta que se le pierde la pista en Guatemala: ¿Es un mito fallecido en la internacionalización de la revolución, como lo fuera el Che Guevara, o un anónimo personaje enterrado (o no) en Valdivia, como parece descubrir Bibiano? Como tantas otras cosas, lo desconocemos.

La segunda es la de Diego Soto, amigo y rival de Stein; también poeta, también desaparecido. Exiliado en la República Democrática Alemana y en Francia, fue acuchillado por un grupo de neonazis en la estación ferroviaria de Perpignan tras intentar defender a una vagabunda.Petra

La tercera es la de Lorenzo, un joven homosexual chileno que perdió los brazos durante su infancia y que también marchó a Berlín. Tres años antes de morir de sida en 1995, gracias a unos actores catalanes que estaban viajando por Alemania, apareció en Barcelona para encarnar a Petra, la mascota de las pruebas paraolímpicas. Como justificándose por su inclusión, dice el narrador sobre el hilo conductor de estas historias:

Aunque lo único que los une fue la circunstancia de nacer en Chile. Y un libro que tal vez leyó Stein, que seguro leyó Soto (habla de él en un largo artículo sobre el exilio y la errancia publicado en México) y que también leyó, entusiasta como casi siempre que leía algo (¿cómo daba vuelta las hojas?: ¡con la lengua, como deberíamos hacerlo todos!), Lorenzo. El libro se titula Ma gestalt-thérapie y su autor es el doctor Frederick Perls, psiquiatra, fugitivo de la Alemania nazi y vagabundo por tres continentes. En España, que yo sepa, no se ha traducido. (85)

Volvamos a Carlos Wieder. Para crear su historia, probablemente Roberto Bolaño tuvo en mente a Raúl Zurita, poeta chileno profundamente comprometido que escribió su poema La vida nueva en el cielo de Nueva York con cinco aviones que trazaron las letras conZurita versos cielo humo blanco. El que usa Wieder es negro, como si quisiera unir literatura y muerte, los dos pares en apariencia contrarios que caracterizan su figura.

En su primera acción poética, poco después del Golpe de Estado de Augusto Pinochet, dibujó los primeros versículos del Génesis en latín: IN PRINCIPIO CREAVIT DEUS COELUM ET TERRAM. TERRA AUTEM ERAT INANIS ET VACUA ET TENEBRAE ERANT SUPER FACIEM ABYSSI ET SPIRITUS DEI FEREBATUR SUPER. DIXITQUE DEUS FIAT LUX ET FACTA EST LUX ET VIDIT DEUS LUCEM QUOD ESSET BBONA ET DIVISIT LUCEM A TENEBRIS. El narrador, junto a otros presos de Concepción, lo observó desde el Centro la Peña.

Poco tiempo después, actuó Wieder “sobre el aeródromo de Las Tencas, para un público compuesto por altos oficiales y hombres de negocios acompañados de sus respectivas familias –las hijas casaderas se morían por Wieder y las que ya estaban casadas se morían de tristeza- dibujó, justo pocos minutos antes de que la noche lo cubriera todo, una estrella, la estrella de nuestra bandera, rutilante y solitaria sobre el horizonte implacable” (41). Posteriormente, en una exhibición en El Cóndor “escribió un poema que un espectador curioso y leído calificó de letrista” en el que hablaba de Las Garmendia, de Patricia Méndez (“perteneciente a un taller de literatura gestionado por las Juventudes Comunistas y desaparecida por las mismas fechas que Carmén Villagrán” [42]) y del que sólo conocemos un verso: Aprendices de fuego. También por esas fechas participó en una exhibición en Santiago, donde escribió de nuevo versículos de La Biblia y del Renacer Chileno, y en otra en Los Ángeles, donde junto a otros dos pilotos dibujó una bandera chilena.

El narrador quedó finalmente en libertad sin cargos, como la gran mayoría de losAvión wieder detenidos en La Peña. Sin embargo, sus amigos no corrieron tanta suerte: “La buena noticia es que nos habían expulsado de la Universidad. La mala era que habían desaparecido casi todos nuestros amigos. Le dije que probablemente estaban detenidos o se habían largado, como las hermanas Garmendia, a la casa de campo. No, dijo Bibiano, las gemelas también han desaparecido. Dijo ‘gemelas’ y se le quebró la voz. Lo que siguió a continuación es difícil de explicar (aunque en esta historia todo es difícil de explicar), Bibiano se arrojó a mis brazos (literalmente), yo estaba sentado a los pies de la cama, y se echó a llorar desconsoladamente. Al principio pensé que le había dado un ataque de algo. Luego me di cuenta, sin el menor asomo de duda, que nunca más veríamos a las hermanas Garmendia” (47). El lector ya sabe que las Garmendia fueron asesinadas brutalmente por Carlos Wieder, pero en ese momento los personajes lo desconocían.

Aunque Bolaño no es un escritor que transforme la denuncia política en el centro de su escritura, nunca la excluye. No puede hacerlo, de hecho, porque fue preso político junto a muchos otros que no corrieron la misma suerte que él (las listas actuales de desaparecidos manejan 1210 nombres). En este sentido, los personajes de Estrella

Memorial de Desaparecidos en Santiago de Chile

Memorial de Desaparecidos en Santiago de Chile

distante suelen acogerse a algún radicalismo político de cualquier signo: mientras la vanguardia se adhiere a la izquierda, Wieder, vanguardista, se resguarda bajo el toldo de la dictadura pinochetista; Stein logra huir para hacerse revolucionario, etc. Por tanto, lo político, sin ser del todo central, no deja nunca de estar presente.

Wieder continuó con sus actuaciones. En 1974, financiado por varias empresas privadas, viajó al Polo Sur para escribir “La Antártida es Chile”. Posteriormente, es invitado a realizar una exhibición en Santiago un día poco propicio en que grandes mares de nubes negras cubrían el cielo de la capital chilena. Pero ni siquiera la lluvia que obligó a marchar a los invitados hizo cesar en su empeño a un Wieder que, finalmente, dejó en el cielo de Santiago los siguientes versos.

La muerte es amistad.
La muerte es Chile.
La muerte es responsabilidad.
La muerte es amor.
La muerte es crecimiento.
La muerte es comunión.
La muerte es limpieza.
La muerte es mi corazón.
Toma mi corazón.
Carlos Wieder.
La muerte es resurrección.

Ahora bien, nada de lo narrado hasta este punto sobre ese es seguro, nos dice el narrador. Pero tampoco importa:

Todo lo anterior tal vez ocurrió así. Tal vez no. Puede que los generales de la Fuerza Aérea Chilena no llevaran a sus mujeres. Puede que en el aeródromo Capitán Lindstrom jamás se hubiera escenificado un recital de poesía aérea. Tal vez Wieder escribió su poema en el cielo de Santiago sin pedir permiso a nadie, sin avisar a nadie, aunque esto es más improbable. Tal vez aquel día ni siquiera llovió sobre Santiago, aunque hay testigos (ociosos que miraban hacia arriba sentados en el banco de un parque, solitarios asomados a una ventana) que aún recuerdan las palabras en el cielo y posteriormente la lluvia purificadera. Pero tal vez todo ocurrió de otra manera. Las alucinaciones, en 1974, no eran infrecuentes. La exposición fotográfica en el departamento, sin embargo, ocurrió tal y como a continuación se explica (92).

La exposición se convirtió en la muestra en público del gran acto de barbarie que es Carlos Wieder. El poeta se descubría así ante las decenas de invitados como un sanguinario asesino sin escrúpulos capaz de fotografiar a sus víctimas para exhibirlas:

Según Muñoz Cano, en algunas de las fotos reconoció a las hermanas Garmendia y a otros desaparecidos. La mayoría eran mujeres. El escenario de las fotos casi no variaba de una a otra por lo que deduce es el mismo lugar. Las mujeres parecen maniquíes, en algunos casos maniquíes desmembrados, destrozados, aunque Muñoz Cano no descarta que en un treinta por ciento de los casos estuvieran vivas en el momento de hacerles la instantánea. Las fotos, en general (según Muñoz Cano), son de mala calidad aunque la impresión que provocan en quienes las contemplan es vivísima (97).

En un acto de cinismo radical, Wieder, al contrario que sus invitados, permanecía impasible, como si no fuera uno de los más bárbaros culpables de la ola de dolor y muerte que recorrió Chile tras el Golpe de Estado: “Un living grande y desordenado, botellas, platos, ceniceros llenos, un grupo de gente pálida y cansada, y Carlos Wieder junto a la ventana, en perfecto estado, sosteniendo una copa de whisky en una mano que ciertamente no temblaba y mirando el paisaje nocturno” (102).

A partir de esa noche las noticias sobre Wieder fueron confusas. Su figura se ocultaba tras seudónimos en revistas, libros, antologías de tercera fila o wargames. Su pista se perdía en Chile, al tiempo aparecía en Estados Unidos para volver a difuminarse  y, más tarde, emergía en Sudáfrica, en Alemania o en Italia. En 1992 su nombre salió a relucir en una encuesta judicial sobre torturas y desapariciones. En 1993 fue vinculado con un grupo responsable de la muerte de varios estudiantes en Santiago y Concepción. En 1994, el periodista y piloto Muñoz Cano publicó un libro, en uno de cuyos capítulos relata la velada de las fotografías. Lo intentaron juzgar, pero ninguna acusación prospera: “Muchos son los problemas del país como para interesarse en la figura cada vez más borrosa de un asesino múltiple desaparecido hace mucho tiempo. Chile lo olvida” (120).

Si la novela ha mantenido desde el inicio un tono policiaco, en estos últimos capítulos seLloret hace mucho más palpable con la aparición de Abel Romero (“uno de los policías más famosos de la época de Allende” [212]) y la posterior búsqueda de Carlos Wieder en Lloret de Mar. Al contrario que sus víctimas, el poeta macabro nunca ha desaparecido por completo: su figura fue haciéndose huecos en nuevas revistas europeas e incluso tras las cámaras de películas pornográficas alemanas. A Abel Romero, pagado por un cliente que nunca conoceremos, le fue encargada la misión de encontrar a Wieder y el narrador (¿Arturo Belano?) lo ayuda en su empresa porque es el único en toda la ciudad de Barcelona que, quizás, todavía pueda reconocerlo. El encuentro con el asesino de las Garmendia se produjo en un solitario restaurante del paseo marítimo de Lloret: “Él había envejecido mucho más. Estaba más gordo, más arrugado, por lo menos aparentaba diez años más que yo cuando en realidad sólo era dos o tres años mayor […] Parecía estar pasando una mala racha. Tenía la cara de los tipos que saben esperar sin perder los nervios o ponerse a soñar, desbocados. No parecía un poeta. No parecía un ex oficial de leyenda. No parecía el tipo que había volado a la Antártida para escribir un poema en el aire. Ni de lejos” (153).

A partir de aquí todo se torna confuso. “¿Lo va a matar?, murmuré. Romero hizo un gesto que yo no pude ver” (156).  El detective va al piso de Wieder, pero no somos testigos del encuentro. El narrador sólo nos cuenta que lo ve volver, igual que antes pero con una carpeta con papeles bajo el brazo cuyo contenido también desconocemos. “Le pregunté cómo había sido” (156), dice el narrador. “Como son estas cosas, pues, dijo Romero, difíciles” (156).

P.D. 1: Hay numerosos documentos sobre la vida y la obra de Roberto Bolaño en circulación. Para una interesante y rápida panorámica, es muy recomendable el documental Roberto Bolaño: el último maldito, producido por Televisión Española:

P.D. 2: Oír a Bolaño es todo un placer al alcance de cualquiera. Estas dos entrevistas son todo un regalo.

P.D. 3: En julio de 2003, un Roberto Bolaño gravemente enfermo sufre una fuerte crisis en su domicilio de Blanes cuando era ya el segundo en la lista de trasplantes. Junto a su compañera sentimental, Carmen, atraviesa los kilómetros que lo separan del hospital en pocos minutos. Allí dicen que contó chistes malos para tranquilizar a sus allegados pero, sobre todo, dicen que escuchó por última vez una canción. La última canción de Bolaño. Fue esta: “Lucha de Gigantes”, de otro maldito, Antonio Vega.

 

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