Guía de lectura: El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.


Autor: Ancrugon
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     Giuseppe Tomasi di LampedusaGiuseppe Tomasi Di Lampedusa, un hombre reservado, taciturno y poseedor de una particular postura escéptica respecto al mundo, escribió una única novela en toda su vida, El Gatopardo, la cual comenzó a la edad madura de los sesenta años, cuando la perspectiva de los recuerdos, los actos, los sucesos y los sentimientos comienza a estar libre de las pasiones y el calor juvenil y todo puede verse tras los fríos lentes de la distancia, tanto espacial como temporal. Era este autor un hombre de vasta cultura y de rancio abolengo aristocrático, por lo que fácilmente podremos deducir que esta será una obra cuya gestación duraría toda la vida de su creador, concluyéndose poco antes de su muerte en 1957, cuando la clase social a la que pertenecía por nacimiento ya era más una figura ornamental, cuando no un simple objeto de museo o de cuento infantil, que de influencia real y efectiva en los avatares socio-políticos de las democracias occidentales.
portada     Sin embargo, a pesar de las negativas iniciales a la edición de la novela por lo que ella pudiera representar en defensa de una sociedad y sistema caducos, cosa políticamente incorrecta en aquellos intervalos temporales de cambios perturbadores, este único rayo creativo encumbró a su autor puesto que, gracias a él, se la ha llegado a considerar como una de las cimas literarias de la serranía intelectual del siglo XX, por muchos e innegables detalles como el hecho de estar ante una prosa extraordinaria, ante una magnífica capacidad evocadora, ante una maestría en la descripción del paisaje siciliano y una recreación exquisita del entorno histórico dentro del plano de ficción, porque El Gatopardo parece el fruto de un sueño que una vez tuvo un hombre ya viejo quien, como nos dijo Vargas Llosa en su prólogo a la novela, fue “un aristócrata que no sabía vivir el mundo que le tocó, pero, en cambio, sabía soñar con fuerza sobrehumana”.
En su estilo predomina el humor, pero no el de carcajada fácil, sino el de tono jovial propio del carácter italiano, con apodos como el de Peppe Mmerda, el abuelo de Angélica, o las descripciones como la del jardín de Donnafugata: “Era un jardín para ciegos: la vista era ofendida constantemente; pero el olfato podía extraer de todo él un placer fuerte, aunque no delicado”. Otro de los puntos fuertes es el lenguaje sensual, desde el retrato de las mujeres, hasta las comidas, los atuendos o pinturas. Y por último no debemos olvidarnos de la luz, la luz del Sur, la luz siciliana que lo llena todo y todo lo tiraniza apareciendo constantemente: “El sol, violento y desvergonzado, el sol narcotizante incluso, que anulaba todas las voluntades y mantenía cada cosa en una inmovilidad servil, acuñada en sueños violentos, en violencias que participaban de la arbitrariedad de los sueños”.
La novela es simplemente el retrato de una familia de nobles, en plena decadencia, que se aferra a su existencia más onírica que real y se resiste pasivamente a la evolución de las cosas encerrándose en su vivir cotidiano de opulencia, lujo y derroche, desviando la mirada ante el ineludible fracaso histórico. La cabeza visible de la familia, el príncipe Fabrizio Corbera, perteneciente a la casa de los Salina, es un espectador escéptico y distante del cambio del orden establecido a causa de la guerra de Unificación Italiana: con el desembarco de Garibaldi en Sicilia y el subsiguiente cambio de dinastías en el gobierno caen los aristocráticos borbones, representantes del Antiguo Régimen, y son sustituidos por la Casa de Saboya, constitucional y modernizada, apoyada por una burguesía que sueña con establecer algún día la idealizada República.
El príncipe Fabrizio Corbera, basado en la figura del propio abuelo del autor, le sirve a Giusepe Tomasi di Lampedusa para expresa su concepción de la historia como algo estático y de la vida como algo fatalmente pesimista, juicio de hombre moderno que ha aprendido a desconfiar de tantas promesas incumplidas con la excusa del progreso, lo que le acarrearía más de una acusación de reaccionario y de inmovilista: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”, le dirá Tancredi a su tío cuando se marche para unirse a las tropas de Garibaldi. Y así ocurre, pues tras la revolución garibaldina vendrá el cambio, pero sólo de figuras porque la estructura se repite y la única novedad es quien está arriba, ya que los de abajo siempre son los mismos: “Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre. El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos… Y luego será distinto, pero peor. Nosotros fuimos los Gatopardos, los Leones. Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra”, sentencia Fabrizio, y pronto verá como él, el aristócrata refinado, es sustituido por el burgués tosco, pero inmensamente rico.
La estructura de la novela es una continua sucesión de instantes en los que no pasa nada, son como fotografías de un álbum familiar que se abre cada vez que nos llenamos de nostalgia de los tiempos pasados. La Historia lleva su curso en las ciudades, en los campos, en los caminos… pero a ellos casi ni les roza, aunque vaya a ser la causa de su desplome, porque dentro del mundo de los Salina la vida lleva un ritmo más pausado, como el agua de un remanso, y poco a poco van languideciendo en su propia inmovilidad. Según el protagonista, Sicilia duerme arropada por su mar, sus aromas, su clima y su sol implacable, pero, sobre todo, dejándose llevar de su apatía y sus desinterés hacia todo lo que venga de fuera, como lo deja bien claro Fabrizio al enviado por el nuevo gobierno, Chevalley, para convencerle de que se sume al Senado: “El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que los sicilianos quieren, ellos odiarán siempre a quien los quiera despertar, aunque sea para ofrecerles los más hermosos regalos. […] Todas las manifestaciones sicilianas son manifestaciones oníricas, hasta las más violentas: nuestra sensualidad es deseo de olvido, los tiros y las cuchilladas, deseo de muerte; deseo de inmovilidad voluptuosa, es decir, también de muerte, nuestra pereza, nuestros sorbetes de escorzonera y de canela”. Y el carácter de los sicilianos es analizado en varias ocasiones por el mismo Don Fabrizio: “Quedáronse extasiados ante el panorama y la irrupción de la luz. Pero confesaron que se habían quedado petrificados al observar el abandono, la vejez y la suciedad de los caminos de acceso. No les expliqué que una cosa derivaba de la otra, como he intentado hacer con usted. Uno de ellos me preguntó luego qué venían a hacer en Sicilia aquellos voluntarios italianos. “They are coming to teach us good manners (le respondí). But they won´t succeed, because we are gods”.Vienen para enseñarnos la buena crianza, pero no podrán hacerlo, porque somos dioses. Creo que no comprendieron, pero se echaron a reír y se fueron. Así le respondo también a usted, querido Chevalley, los sicilianos no querrán nunca mejorar por la sencilla razón de que creen que son perfectos. Su vanidad es más fuerte que su miseria”.

     Ya sin los prejuicios propios de la crítica literaria de la década de los sesenta del pasado siglo XX, bastante influenciada, sino dirigida, por las estructuras socio-políticas del momento, que catalogó a El Gatopardo como una novela histórica fallida por su visión reaccionaria de la historia y por su falta de rigor en sus frecuentes saltos temporales con referencias a una modernidad desconocida para la época que se describía, nosotros podemos arriesgarnos a calificarla como una novela absolutamente histórica, no solo porque aparezcan en sus páginas acontecimientos históricos concretos, con hechos y personajes reales, referentes a la llegada de Garibaldi a la isla, lo que desencadenaría la caída de los Borbones y la unificación italiana, sino porque la misma historia ficticia, aunque basada de alguna forma en los propios antepasados del autor, está delimitada por el desarrollo de los momentos perfectamente históricos. El eje de la novela, ciertamente, está centrado en el protagonista, el Príncipe de Salina, pero éste no es sino el representante de una clase social en plena decadencia y por lo tanto sus reflexiones sobre el momento histórico que están viviendo y las diferentes posiciones de los personajes ante estos hechos son el verdadero centro de esta narración.
Cierto que hay momentos que el autor parece tener lapsus temporales que le hacen dar saltos hasta su propia época que no parecen venir a cuento, como, por ejemplo, cuando está describiendo el palacio de Ponteleone: “En el techo los dioses, reclinados sobre dorados escaños, miraban hacia abajo sonrientes e inexorables como el cielo de verano. Creíanse eternos: una bomba fabricada en Pittsburg, Pensilvania, demostraría en 1943 lo contrario”. O cuando reflexiona sobre las condiciones higiénicas de Donnafugata: “Se mostró a Don Fabrizio una carta de las autoridades de Girgenti que anunciaba a los laboriosos ciudadanos de Donnafugata la concesión de una donación de dos mil liras para el servicio de cloacas, obra que sería terminada en 1961 , como aseguró el alcalde, incurriendo en uno de esos lapsus cuyo mecanismo explicaría Freud muchos decenios después”. Pero estos son simplemente unos paréntesis para evidenciar algunos hechos ocurridos en fechas más recientes que tuvieron conexión, de alguna forma, con esta historia, lo cual le concede más realismo y veracidad a la novela.
Sobre la otra acusación, es cierto que Lampedusa se dejó llevar por su nostalgia y nos mostró “una visión retrógrada – y aun cínica – de la Historia”, como diría Vargas Llosa en su prólogo, pero no era ni más ni menos que su forma de verla tal como correspondía a un hombre educado en el seno de esa clase social a quien la estulticia de la nueva aristocracia del dinero posiblemente le hiciera añorar tiempos mejores. Pero la única verdad ante esto es que una obra de arte lo es a pesar de la afiliación del artista.
Sin embargo, está claro que Lampedusa nos refleja a la perfección las estructuras en que se sustentaba su mundo aristocrático tradicional: la familiar y la social.
el_gatopardo24     La estructura familiar se basaba en una relación vertical de obediencia absoluta y respeto sin condiciones al padre para quien todos los miembros de la familia, tanto la esposa como los hijos, eran unas más de sus propiedades, como podemos observar en el siguiente párrafo:
“La ansiosa arrogancia de la princesa hizo caer secamente el rosario en la bolsa bordada de jais, mientras sus ojos bellos y maniacos miraban de soslayo a los hijos siervos y al marido tirano hacia quien el minúsculo cuerpo tendía en un vano afán de dominio amoroso.
     Mientras tanto él, el príncipe, se levantaba: el impacto de su peso de gigante hacía temblar el pavimento, y en sus ojos clarísimos se reflejó, por un instante, el orgullo de esta efímera confirmación del señorío sobre hombres y edificios”.
Por su lado, la estructura social era la propia del feudalismo, con un sentimiento de clase muy arraigado, donde el Príncipe era el dueño y señor de todo y el resto sus súbditos, entre quienes también existían escalas de poder e importancia. Todo ello se va derrumbando tras la revolución y el Príncipe se ve afectado: “…Ahora, sensible como era a los presagios y a los símbolos, contemplaba una revolución en aquella corbatita blanca y en aquellos dos faldones negros que subían las escaleras de su casa. No sólo el príncipe no era el mayor propietario de Donnafugata, sino que se veía a sí mismo obligado a recibir, vestido de tarde, a un invitado que se presentaba vestido de noche”.

el-gatopardo-o-el-cine-como-arte-insustituible    Tancredi, el sobrino tan querido, es el primero en darse cuenta que si querían disfrutar de sus privilegios, deberían subirse al tren de los cambios: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Y es que la historia siempre se repite, todo vuelve y nada cambia tanto como nos creemos, simplemente nos vamos adaptando a las circunstancias.
Los nuevos dirigentes siguen reverenciando al Príncipe y le conceden favores, como el de permitir que se quede el padre Pirrone cuando se decide la expulsión de los jesuitas, pero él ya no es el hombre más influyente, pues la nueva burguesía ha ido ocupando el lugar que va cediendo la caduca aristocracia… Cambian los nombres, pero el sistema, más o menos disfrazado, con otras siglas y diferentes ideologías, continúa: “Mire Francia; se hicieron matar con elegancia y ahora están ahí como antes, digo como antes porque no son los latifundios ni los derechos feudales los que hacen al noble, sino las diferencias”. Le dice el sobrino.
La Historia nos enseña que los que saben acomodarse a las nuevas situaciones continúan disfrutando de sus privilegios, sin embargo quienes sufren los cambios son aquellos que se resisten, como le ocurre a Concetta, quien encerrada en su trasnochada dignidad ofendida, es incapaz de luchar por lo que quiere y desprecia las oportunidades que se le van ofreciendo, y así va viendo pasar el tiempo hasta que su vida vacía se convierte en una colección de recuerdos. En cambio, Tancredi, uno de los valores jóvenes del antiguo mundo, se enamora de Angélica, la imagen bella del nuevo estado de cosas, la representante indiscutible de la atractiva, valiente, audaz y decidida nueva sociedad burguesa y su tío, a causa de este noviazgo, no tiene más remedio que tratar como a un igual Don Cologero, el padre de ella.
Por todo lo dicho, es sencillo sacar la conclusión de que El Gatopardo es una hermosa metáfora de la vida y de la Historia.

GATO16     La novela la escribió Lampedusa, pero todo lo que en ella ocurre está visto desde los ojos de Fabrizio, hasta su propia muerte, menos, claro están en el último capítulo donde él ya ha desaparecido, y es que El Gatopardo es la novela de un solo personaje que engloba a todos los demás, porque el resto está en ella en función de él mismo. Don Fabrizio es un siciliano como todos los sicilianos, pero muy diferente, a la vez, al resto: hombre descontento a perpetuidad, pasivo ante la ruina de su propio linaje, pero reflexivo y crítico, como demuestra en una conversación con el padre Pirrone: “-Comprendo, padre, comprendo. Y aquí no me comprende nadie. Esta es mi desgracia”. Por eso sus vecinos le veían como un hombre extraño, lleno de extravagancias y aficiones raras, un espíritu rebelde de comportamiento peregrino al que pocos entendían: “Entre a estos señores Don Fabrizio pasaba por ser un extravagante. Su interés por las matemáticas era considerado como una pecaminosa perversión y si él no hubiera sido precisamente el príncipe de Salina y si no hubiese sabido que era un excelente jinete, infatigable cazador y medianamente mujeriego, con sus paralajes y sus telescopios hubiera corrido el peligro de ser dejado de lado”.
Pero también aparece otro personaje que sin ser humano ni tener un papel activo, en cambio su importancia es indiscutible en el desarrollo del argumento, me refiero a la muerte, en cuyas intervenciones, ya desde casi el principio de la novela con el hallazgo del soldado muerto en el jardín, siempre lo ha hecho de forma bastante poética y, cómo no, siendo Don Fabrizio un galán con tanto estilo, ella tenía que ser una mujer siempre rodeada de imágenes evocadoras: “Era ella, la criatura deseada siempre, que acudía a llevárselo. Era extraño que siendo tan joven se fijara en él”.

Castillo de Donnafugata

Castillo de Donnafugata

     Concluyendo, El Gatopardo es una reflexión bastante más profunda de lo que parece a simple vista sobre el cambio de los tiempos y de las diferentes actitudes que adoptamos los humanos ante los acontecimientos, y esto nos lo supo decir Lampedusa en un alarde de síntesis repleto de matices e ideas cuya solidez, basada en la indestructible e indiscutible tradición, se resquebraja; pero siempre hay alguna escusa si se sabe buscar bien:
“Soy un pobre débil –pensaba mientras su poderoso paso resonaba sobre el sucio empedrado-, soy débil y nadie me sostiene. ¡Stella!. ¡Se dice pronto!. El señor sabe si la he querido. Nos casamos hace veinte años. Pero ella es ahora demasiado despótica y demasiado vieja también”.
Le había desaparecido el sentido de la debilidad.
“Todavía soy un hombre vigoroso y ¿cómo puedo contentarme con una mujer que, en el lecho, se santigua antes de cada abrazo y luego, en los momentos de mayor emoción, no sabe decir otra cosa que ¡Jesús, María!?. Cuando nos casamos, cuando ella tenía dieciséis años, todo esto me exaltaba, pero ahora…He tenido con ella siete hijos y jamás le he visto el ombligo. ¿Esto es justo? –gritaba casi, excitado por su excéntrica angustia-¿Es justo?. ¡Os lo pregunto a todos vosotros! –y se dirigía al portal de la Catena-. ¡La pecadora es ella!”.
El Gatopardo finaliza con la muerte de Salina, con una tranquilidad absoluta, sin aspavientos ni resistencia alguna porque lo inevitable simplemente debe cumplirse sin más, lo cual es una metáfora bastante acertada del final de toda una época y del nacimiento de otra, ni peor ni mejor, ni tan siquiera diferente…

gatopardo Elcolor

JUGUEMOS:
1. ¿A cuál de los sentidos impresiona más el jardín del príncipe de Salina?
2. ¿Qué sorprendentes objetos encuentran Angélica y Tancredi en las habitaciones abandonadas de Donnafugata?
3. ¿Con quién o qué compara Don Fabrizio a su perro Bendicò?
4. ¿Con quién compara el príncipe a Mariannina en la frase: “Una especie de _______ con sayas de seda”?
5. ¿Qué vio el Príncipe desde una ventana de su palacio de Donnafugata?
6. ¿Qué venía a pedirle el piamontés Chevalley a Don Fabrizio?
7. ¿Qué problemas tenía el padre Pirrone en su familia?
8. ¿De qué hablaba constantemente el coronel Pallavicino?
9. ¿Qué calculaba Don Fabrizio antes de morir?
10. ¿Cómo acabó Bendicò?

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